AL MARGEN

En defensa del Parque Lira

Lago de Camécuaro, Michoacán.
Lago de Camécuaro, Michoacán. Foto: Especial

Cuando observamos el Valle de México retratado por el pincel de José María Velasco siempre nos sorprende lo irreconocible que resultan sus verdes matices, prístinos cielos y escasas construcciones. El asombro es mayor cuando descubrimos que un lugar que el pintor frecuentaba para obtener esas panorámicas fue Tacubaya. Para entonces —las últimas décadas del siglo XIX—, ésta se había convertido en la zona de descanso más socorrida por la élite capitalina, un sitio idílico, atravesado por ríos, bucólicos jardines y con uno que otro molino a la vista; la escenografía idónea para montar una casona de verano —sobre todo para sobrevivir entre sus colinas a la profusa temporada de lluvias que azota a la Ciudad de México en aquella temporada.

Si hoy intentáramos mirar nuestro valle desde el mismo punto donde Velasco asentó su caballete, encontraríamos que muy poco de ese paisaje pervive; ejes y vías rápidas han secuestrado a los ríos y el asfalto ha inundado los campos de maguey donde se extraía el pulque que bebió madame Calderón de la Barca. Sólo queda un testimonio de ese pasado, conservado contra todo pronóstico: el Parque Lira.

BAUTIZADO EN HONOR a su último inquilino, Vicente Lira Mora, ha sido testigo de, cuando menos, tres siglos de historia. Ahí fue erigida en el siglo XVIII la casa del Conde de la Cortina. De los años que su heredero ocupó la propiedad, el historiador Rafael Fierro Gossman recuperó un testimonio en su blog Grandes Casas de México que da cuenta de su entorno: “…al atardecer custodiado por la mano amiga del Conde, bastaba salir a la primorosa terraza, donde en altura podía verse en lontananza sumirse en el sueño de la noche a la Ciudad de México”. Esta casa es hoy conocida como Casa de la Bola y llegó a acompañar otras edificaciones construidas también para descanso, como la afamada Casa Amarilla, nombrada así en honor a Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas.

Estas son tan sólo dos de las diversas herencias culturales que nos recuerdan el pasado del Parque Lira como espacio recreativo y de descanso, pero esa historia no se ha quedado como vestigio de otro tiempo, ha continuado siendo su vocación para quienes viven hoy en sus alrededores. Ahora ésta peligra bajo la pretensión de una oferta cultural que no es más que una comercialización atroz de un parque, que no sólo es contraria a su propia tradición, sino que afecta su preservación misma. La llamada experiencia inspirada en Alicia en el país de las maravillas pretende tomar un espacio libre para la ciudadanía de toda la capital con el fin de lucrar con él, al tiempo que pone en riesgo su patrimonio histórico.

En Parque Lira ya hay oferta cultural, como un museo, una ex capilla convertida en centro artístico y una biblioteca; no hacen falta carpas con luces. Por fortuna, sus vecinos han iniciado una lucha por su defensa. Bien merecen nuestra solidaridad, porque en realidad va más allá del parque en cuestión; se trata de defender el espacio público y el goce de la cultura al que todos tenemos derecho.