Hubo un hombre que, en la locura tiránica del régimen soviético, encarnó los versos que Jorge Luis Borges escribiera en el poema “Tamerlán (1336-1405)”, reunido en su libro El oro de los tigres. “Mi reino es de este mundo. Carceleros y cárceles y espadas ejecutan la orden que no repito. Mi palabra más ínfima es de hierro.”
Anatoli Vasílievich Lunacharsky, escritor, dramaturgo y político bolchevique fue elegido como el Narkomprós, el Comisario del Pueblo para la Educación, en 1917. Sin embargo, tenía algunos atributos que terminaron por alejarlo de la cúpula comunista: no era fanático y era culto. Tramó, junto con Aleksandr Bogdánov, el Proletkult, la institución de cultura proletaria que rigió la vanguardia soviética. Tenía ideas, Lunacharsky. Creía, por ejemplo en la “Construcción de Dios”, una propuesta para que el régimen soviético no se asumiera ateo sino agnóstico. Una mezcla del Culto a la Razón de la Francia revolucionaria, la idea positivista de la Religión de la Humanidad y el Diamat, el materialismo dialéctico soviético.
Pero Lunacharsky, el comisario erudito, es recordado por presidir el tribunal del juicio inverosímil que tuvo lugar en Moscú el 16 de enero de 1918. Respaldado por la Revolución triunfante, el Comisario Lunacharsky tuvo la idea de acusar a Dios de crímenes de lesa humanidad. En su más reciente libro, Perplejos y descarriados, el escritor mexicano Fernando Escalante Gonzalbo lo cuenta del siguiente modo:
En el banquillo había una Biblia. Ejercía la acusación el pueblo ruso, en nombre del resto de la humanidad […]. Como es lógico, el juicio resultó espectacular, con un público de cientos. Los abogados que se le asignaron a Dios sólo supieron decir en su defensa que no era apto para ser juzgado, porque sus graves trastornos mentales lo hacían inimitable. En su contra se adujo la historia entera, con alegatos y testimonios que duraron más de cinco horas. El tribunal lo encontró culpable y lo sentenció a muerte sin apelación posible. Al amanecer del día siguiente, el 17 de enero, un pelotón de fusilamiento disparó varias ráfagas al cielo de Moscú.
Lunacharsky murió de angina de pecho en 1933. No hubiera librado las purgas de Stalin. Su representación teatral de la demencia comunista es, acaso, el más alto símbolo de las ambiciones divinas de las dictaduras. Y tal vez Borges tuviera menos en mente al sátrapa mongol Tamerlán que al Comisario Lunacharsky cuando escribía en su poema:
Sé todo y puedo todo. Un ominoso libro no escrito aún me ha revelado que moriré como los otros mueren y que, desde la pálida agonía, ordenaré que mis arqueros lancen flechas de hierro contra el cielo adverso y embanderen de negro el firmamento para que no haya un hombre que no sepa que los dioses han muerto. Soy los dioses. Que otros acudan a la astrología judiciaria, al compás y al astrolabio, para saber qué son. Yo soy los astros.


