En 2022 el zoólogo, liternatur-nauta y divulgador, Andrés Cota Hiriart, publicó su brillante y apasionado recuento de descubrimientos, maduración y experiencias con una variedad de animales insólitos: Fieras familiares (Libros del Asteroide). Este impecable ensayo personal, crónica de una obsesión, trabajo de campo, selección de diarios de viaje y antología de asombros tiende puentes entre la formación de un espíritu inquisidor de la naturaleza y la pasión enfebrecida por conocer, entender y celebrar a algunos seres extraños e inquietantes que amenazan quedar extintos, víctimas de los procesos del Antropoceno / Capitaloceno. De esa aproximación al mundo animal, Cota Hiriart pasó en su más reciente libro a enfocarse en otro tipo de fauna, aquella que habita, se nutre y reproduce dentro de los cuerpos de otras especies. Fieras interiores es una serie de experiencias personales, vasto conocimiento y reflexiones agudas acerca del universo de los parásitos. Estos recuentos de pequeños (aunque algunos lleguen a medir muchos metros) y voraces invasores, impostores, manipuladores y depredadores incluyen también historias de colaboración y convivencia.
Se reúnen aquí relatos de horror, náusea y atrocidad, pero sobre todo sorprenden las transformaciones, algunas de ellas fantásticas, que realizan algunos seres que transitan por diferentes vidas y cuerpos ajenos hasta alcanzar su destino o huésped definitivo. Estas fieras de las entrañas hacen pensar en insólitos nahuales metamórficos que se transforman en bestias místicas para engañar, derrotar o dominar a sus enemigos.
Para internarnos en este tema debemos comenzar preguntándonos con el autor: “¿Qué diantres es un parásito?”. La respuesta no es tan simple y Cota señala un punto fundamen-tal: “El parásito sólo es parásito para aquel que domina la narrativa”. Además hay que tener en cuenta que, como apunta Carl Zimmer, citado en este libro: “Los parásitos pueden superar a las especies que viven libremente en una proporción de cuatro a uno”. Además, se especula que entre el 40 y 50 por ciento de todas las especies conocidas son parasitarias en alguna fase de su ciclo vital. Es decir que vivimos en un planeta dominado por parásitos. Nosotros mismos podemos considerarnos parásitos o por lo menos una especie invasora, altamente destructiva, que si bien tal vez no acabaremos con el planeta ni con la vida en su totalidad, estamos en camino, vía la destrucción masiva, de crear las condiciones de nuestra propia extinción.

Gran hotel de extranjeros. Claude Beausoleil

UN PARÁSITO ES UNA CRIATURA que depende de un organismo huésped para obtener nutrientes, energía o refugio para sobrevivir y reproducirse. Es un ser que crea una relación que si bien puede ser debilitante, devastadora o mortal para el huésped también puede ser de colaboración y beneficio para ambas partes. Cota Hiriart en su libro no se propone provocarnos pesadillas y miedo (o no únicamente) sino mostrar con admiración y respeto a esos seres que llevan millones de años aprendiendo la biología y costumbres de sus víctimas, así como creando y perfeccionando mediante la evolución mecanismos para poder vivir explotando sus recursos. Cota nos lleva a entender el concepto del holobionte, creado por Lynn Margulis: un huésped (animal, vegetal o fungi) y los microorganismos asociados (bacterias, virus y fungi) crean una unidad ecológica. En nuestro caso, somos ecosistemas móviles constituido de microbiotas (gástrica, epidérmica, delas vías respiratorias y genital) en las que coexisten virus, bacterias, protozoarios, arqueas y hongos. Alrededor de 100 billones de microorganismos habitan sólo en la microbiota del tracto digestivo y esa jungla determina nuestra salud, preferencias alimenticias e incluso olor corporal. El autor se aproxima a la condición parasitaria no tanto desde el punto de vista de la amenaza a la pureza e integridad corporal, sino desde la certeza de que el individuo no es un organismo autónomo cerrado. El yo es una multitud, una colección de seres y sociedades diversas. Llevamos en el intestino más ADN de otras especies que humano. Esos organismos nos aportan capacidades metabólicas que no tenemos y, aunque podríamos imaginarlos como parásitos, son esenciales para la vida y tienen un impacto considerable en nuestra mente.
ALREDEDOR DE 100 BILLONESDE MICROORGANISMOS HABITAN SÓLO EN LA MICROBIOTA DEL TRACTO DIGESTIVO Y ESA JUNGLA DETERMINA NUESTRA SALUD, PREFERENCIAS ALIMENTICIASE INCLUSO OLOR CORPORAL
Si bien, por un lado, tenemos cierta familiaridad y rechazo compulsivo por los hematófagos o ectoparásitos que chupan sangre como piojos, ácaros, garrapatas y otros insectos oportunistas, su estrategia consiste en acceder a nuestra piel o cabellera y tratar de mantenerse ahí por el mayor tiempo posible. No obstante, estar en la superficie los hace más visibles y por tanto vulnerables. Por otro lado, los micro y macroorganismos que se internan en nuestras vísceras, los endoparásitos, cuentan con numerosos recursos para evitar ser detectados y entre los más sorprendentes son métodos para hacer cambiar los comportamientos de sus huéspedes en su beneficio, de hecho, controlando su mente. Estas capacidades las estudia el campo emergente de la neuroparasitología, que investiga las formas en que algunos organismos controlan el sistema nervioso de sus huéspedes. Este tema es la parte medular y más arriesgada de este libro.
COTA HIRIART ARRANCA su relato con una historia, digamos convencional —aunque no por eso menos angustiante— de parasitismo. Con su usual estilo cargado de gozo por la autorrepresentación, erudición y humor —a veces un tanto grotesco—, el autor nos lleva a entender las complejidades de las relaciones parasitarias, su importancia ecológica —“Los parásitos funcionan para regular el tamaño y densidad de las poblaciones”—, evolutiva —“…los parásitos no son únicamente enemigos… son los agentes bióticos que más que ningún otro depredador o patógeno esculpen el panorama viviente de los ecosistemas— y psicológica. Algunos parásitos “…invadiendo los tejidos y órganos internos de recintos corporales que no les pertenecen… comandan su clandestino dominio”, escribe Cota Hiriart y añade que quienes llevan las riendas del juego de la biodiversidad son entes minimalistas, discretos y sofisticados a niveles aún incomprensibles.
ALGUNOS PARÁSITOS, como las sanguijuelas, al morder inyectan saliva que contiene anestésicos y anticoagulantes, para no llamar la atención del huésped y mantener el flujo de sangre ininterrumpido. Tendemos a imaginar que el parásito quiere extender la relación con su huésped por el mayor tiempo posible pero esto no siempre se aplica, ya que para algunos unas fases invasivas son transitorias. Ciertos parásitos no solamente pueden producir sustancias con efectos a nivel cutáneo, sino que algunos pueden manipular a sus huéspedes para que tengan comportamientos que los benefician aun a costo de la vida de su huésped. Recientemente se ha hablado mucho del hongo Ophiocordyceps unilateralis, que se convirtió en una especie de estrella mediática por su aparición en el juego de video y la serie de HBO, The Last of Us, debido a que puede infectar / posesionar hormigas (y otros insectos) a las que induce a subir a determinada altura (25 centímetros), a pesar de su vértigo innato, y morder una hoja para morir mientras un hongo eclosiona en su cabeza y libera esporas.
Por su parte, los nematomorfos (gusanos “cabello de caballo”) se introducen en un grillo y al alcanzar la madurez lo hacen tirarse al agua y ahogarse, ahí el gusano completa su ciclo reproductivo acuático. Pero algunos parásitos producen efectos más complejos, especialmente cuando requieren de uno o más huéspedes intermediarios antes de llegar a su huésped definitivo. Uno de los más llamativos y terribles es el Leucochloridium paradoxum que invade los tentáculos oculares de algunos caracoles a los que transforma en estructuras pulsantes, coloridas, similares a orugas. Al mismo tiempo los hace buscar más la luz y estar expuestos a aves para ser devorados. El parásito, una vez en el sistema digestivo del ave madura a su fase adulta y hermafrodita para producir huevos y recomenzar el ciclo. Hay una larga lista de especies (se han identificado cientos) que han aprendido a lo largo de milenios a manipular a seres con hormonas y neurotransmisores que logran introducir al cerebro del huésped llevándolo a modificar sus atributos fisionómicos, a cambiar su fenotipo extendido (telarañas, hábitats),a cuidar y sacrificarse por sus crías co-mo si fueran propias o a ofrecerse comocarnada, cual títeres manipulados por hilos químicos. Estos neuroparásitos se dividen en dos grupos: modificadores de comportamiento (zombificadores) e influenciadores sutiles (secuestradores del sistema nervioso)
Este factor psicológico que comenzó a identificarse en insectos, hongos y virus que pueden parasitar insectos, apenas ha comenzado a estudiarse en animales, particularmente en mamíferos y humanos. El ejemplo del parásito que puede afectar al ser humano que más se ha explorado es el Toxoplasma gondii, que probablemente está presente en la mitad de la humanidad, y la toxoplasmosis se ha asociado con la esquizofrenia y el desorden bipolar. Este parásito no sólo ha descifrado la fisiología roedora sino también su funcionamiento neuronal. Al infectar a ratones los hace perder el miedo al olor de la orina de gato e incluso parecen tener una mórbida atracción por los felinos, con lo que se vuelven presa fácil y al ser devorados el parásito regresa a un intestino donde puede reproducirse y recomenzar el ciclo.
Cota Hiriart entra en el terreno de la especulación informada al proponer, a partir de artículos en publicaciones científicas y su propio análisis, el posible efecto de la toxoplasmosis en un familiar cercano. Con su destreza como narrador, la historia adquiere numerosas facetas al revelar elementos que van más allá de la biología para crear un pintoresco retrato familiar, una entrañable postal de la vida coyoacanense en la segunda mitad del siglo XX y una brillante descripción del personaje central del relato, la extravagante, volcánica y atormentada abuela Tita. Al infectar a los humanos, este organismo puede formar quistes en el cerebro y alterar circuitos relacionados con la secreción de dopamina y procesos en la amígdala. En humanos, la infección crónica se ha asociado —de forma todavía debatida— con cambios sutiles en personalidad y en toma de riesgos, pero no hay evidencia de “control mental” propiamente, sino que hay asociaciones estadísticas a partir de estudios poblacionales.

EL AUTOR ES UN CIENTÍFICO y por tanto no especula al respecto de la posible concepción del universo que puedan tener los parásitos más allá de resolver sus necesidades de alimentación y reproducción. Sin embargo, como lector parece inevitable imaginar el entendimiento que puedan tener estos organismos de su fabuloso poder para convertir a seres mucho mayores y ¨más evolucionados” en marionetas orgánicas. Estos seres no tienen consciencia ni representación mental del universo ni intencionalidad ni una comprensión de sus actos. Lo que tienen es una capacidad de respuesta a estímulos y refinamiento de estrategias que han evolucionado en millones de años. Resulta fascinante considerar si estos parásitos pudieran percatarse de su impacto psíquico. Esto abre la puerta a reflexionar sobre las inteligencias no humanas, especialmente de seres carentes de un cerebro o incluso de unidad corporal, como puede ser el caso de las hifas del micelio de los hongos, capaces de resolver problemas de laberinto, encontrar rutas eficientes, comunicarse e intercambiar nutrientes e información con otros organismos, entre otras cosas.
LOS PARÁSITOS PUEDEN DETECTAR ESTADOS Y COMPORTAMIENTOS DE SUS HUÉSPEDES, SINCRONIZAR SUS CICLOS VITALES Y LLEVAR A CABO ESTRATEGIAS COMPLEJAS Y ESPECÍFICAS PARA SU BENEFICIO.
En un tiempo en que gran parte de la atención de la cultura se enfoca en la inteligencia artificial y lo que realmente significa pensar, es importante reconsiderar lo poco que entendemos la inteligencia de los parásitos a la que vemos como simples procesos químicos, como detectar gradientes de concentración de sustancias. No está de más comparar, a pesar de pertenecer a ámbitos distintos, la manipulación por neurotransmisores parasitarios y la manipulación algorítmica —predictiva, basada en recompensas dopaminérgicas— de los Modelos Grandes de Lenguaje o LLMs —como ChatGPT, Claude y Gemini—. Los parásitos pueden detectar estados y comportamientos de sus huéspedes, sincronizar sus ciclos vitales y llevar a cabo estrategias complejas y específicas para su beneficio. Mientras que los algoritmos pueden reconfigurar el entorno simbólico del usuario, manipularlo y crearle estados de psicosis o adicción, el parásito despliega sus recursos de control sin “entender” lo que está haciendo, de manera similar a como un LLM ejecuta programas sin “entender” el lenguaje ni las preguntas que se le hacen. El neuroparásito es resultado de la selección natural, de información codificada en el genoma, por tanto, no hay un diseño superior ni un destino final de la especie, pero de cualquier manera resulta difícil no preguntarse con el autor: “¿Será acaso que la ascensión de la humanidad no es más que el resultado de una compleja estrategia evolutiva ajena a nuestra especie?”.

