COMISIÓN DE SOMBRAS

Sobre la duda de Sócrates

Jacques-Louis David, La muerte de Sócrates, 1787.
Jacques-Louis David, La muerte de Sócrates, 1787. Foto: Fuente > Creative Commons

Frente a la muerte, como Hamlet ante el cráneo mondo y lirondo de Yorick, sólo es posible decir la verdad. En el Fedón encontramos a Sócrates en los últimos momentos de su vida, y muy a propósito, reúne a sus discípulos para discutir temas centrales en su teoría de las ideas como la anamnesis, aquello de que todo conocimiento es, en realidad, una forma de reminiscencia; o que “cuantos se dedican por ventura a la filosofía en el recto sentido de la palabra no practican otra cosa que el morir y el estar muertos” porque, señala más adelante, “mientras tengamos el cuerpo y esté nuestra alma mezclada con semejante mal, jamás alcanzaremos de manera suficiente lo que deseamos. Y decimos que lo que deseamos es la verdad”. El cuerpo “nos llena de amores, de deseos, de temores, de imágenes de todas clases (…) Guerras, revoluciones y luchas nadie las causa, sino el cuerpo y sus deseos”. Entonces, se debe aprender a morir. Obligación indispensable para entender lo que sigue más adelante.

Sin embargo, el centro del diálogo es la inmortalidad del alma, es un mito demasiado extenso para reproducirlo aquí, pero en resumen detalla el recorrido del alma después de la muerte, todas tienen un juicio y un guía, su genio o daimon (excepto las que han cometido grandes pecados como el homicidio, a quienes ningún guía quiere conducirlas por el Hades), aquellas almas que “han vivido en el término medio” pueden purificarse e incluso recibir la recompensa por sus buenas acciones; los que han cometido delitos “que no tienen remedio” son arrojados al Tártaro de “donde no salen jamás”; y los que “se han purificado de un modo suficiente por la filosofía, viven completamente sin cuerpos para toda la eternidad, y llegan a moradas aún más bellas”.

Y JUSTO ANTES DE CONCLUIR, con la famosa frase de “Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio”, por haberlo curado de la vida, Sócrates dice de buenas a primeras que todo lo que ha dicho en el Fedón es una mera conjetura, pero “estimo que conviene creerlo, y que vale la pena correr el riesgo de creer que es así. Pues el riesgo es hermoso, y con tales creencias es preciso, por así decirlo, encantarse a sí mismo”. En este momento el platonismo se rompe como la oscuridad quebrada por un rayo que nos asusta y nos deja atónitos, ciegos y sordos por el impacto, es la famosa aporía que solía inspirar Sócrates en sus discípulos.

No hay manera de soportar aquella alocución. Nos ha contado con insólita precisión y detalle la vida del alma después de la muerte, y ahora ¿debemos encajar esta amarga broma? Se entiende entonces el afecto acerbo que Nietzsche le dedicaba al maestro, al llamarlo, “encantador de ratas”. El individuo debe decidir si tomará o no la resolución de vivir de acuerdo a su conciencia y su razón. Esta exigencia de decisión creativa, de elección sumaria, coloca a Sócrates más allá de su época, pues su procedimiento es estrictamente existencial. No es raro que Kierkegaard sugiriera que “la soledad de la responsabilidad existencial”es una invención socrática.

Ese peso debió haber sido enorme para su época (y para la nuestra). Es fama que el Fedón es responsable, por lo menos, de dos muertes célebres. En un epigrama de Calímaco, recogido en la Antología Palatina, se describela muerte del filósofo Cleómbroto de Ambracia bajo estos términos:

¡Adiós, Sol” dijo Cleómbroto de Ambracia,

y desde lo alto de la muralla saltó al Hades.

No conocía ningún mal digno de muerte,

sino que había leído un solo texto de Platón: Sobre el alma.

Mientras tanto, en la Roma de César, Catón el Joven, después de leer durante toda la noche el Fedón, pide su espada y se suicida. El acto está narrado en las Vidas Paralelas, pero escuchemos por el momento a Pascal Quignard:

Después de haber leído el Fedón de la primera a la última línea, deja el rollo a su lado. Busca su espada. Está colgada sobre su lecho. La toma. Saca la espada de la vaina. Toca la punta. Examina el filo y dice: “Ahora, me pertenezco a mí mismo”. Vuelve a tomar el libro de Platón y comienza a leer otra vez el Fedón. Los pájaros comienzan a cantar. Hunde bruscamente la espada en su vientre.

Plutarco agrega efectos dignos del cine gore: Catón no puede suicidarse correctamente porque tiene la mano lastimada. Entonces cae de su cama haciendo tal ruido que entran criados e hijos y hacen llamar a un médico, éste sutura el vientre de Catón, y le piden que descanse. En cuanto los hombres han salido, Catón se arranca los puntos y saca fuera sus intestinos.

LA VIRTUS ROMANA nos quiere hacer creer que Catón se suicidó ante el avance de César, pues no quería vivir en una tiranía. Y en el caso de Cleómbroto, nos aseguran que adelantó vísperas, y quiso conocer la eternidad de su alma. Por eso los clásicos grecolatinos son clásicos: porque disfrazan la densa desesperación de límpida libertad humana. Sin embargo, me niego a creer que alguien se arranque las entrañas con sus propias manos por cuestiones de realpolitik; el mundo sería un matadero donde resbalaríamos al caminar con las vísceras del prójimo, si es que aún tuviéramos las propias en la barriga. Y encuentro absurdo que, siendo el alma eterna, alguien quisiera adelantarse a tal dicha de la que gozaría de cualquier manera, suicidándose.

LOS CLÁSICOS GRECOLATINOS SON CLÁSICOS PORQUE DISFRAZAN LA DENSA DESESPERACIÓN DE LÍMPIDA LIBERTAD HUMANA.

No, fue la duda. El conocer que el propio Sócrates deja abierta la posibilidad de que nada de lo que ha detallado en el Fedón sea cierto: “Ahora bien, el sostener con empeño que esto es tal como yo lo he expuesto no es lo que conviene a un hombre sensato” (Fedón, 114d). Dan ganas de tener a la mano una espada, un sable de luz. Este impasse ha sido subrayado por Nietzsche. “Me hubiese gustado que se hubiera quedado callado hasta los últimos instantes de su vida —¿acaso solo entonces podría haber sido clasificado en una categoría superior de espíritus?”, escribe enLa Gaya Ciencia.

Aquello que Sócrates nos propone secretamente (y acaso no tan secretamente para espíritus como Catón y Cleómbroto, debido a que, como ha señalado Klaus Thomas, “Hay pocos hombres que estarían dispuestosa morir por una demostración ontológica”), es la decisión suprema, el verdadero ser o no ser frente al cráneo de Yorick: vivir o suicidarse. Mantener una desolación activa, un ejercicio de autoencantamiento, de funambulismo sobre uno mismo para soportar la existencia, o aprender a morir y, como Catón, decir en griego antiguo Nun emos eimi: ahora soy mío.

Sea como fuere, al final, tal vez incluso ante nuestra propia muerte, habremos de descubrir la mentira, o si queremos decirlo con menos aspereza, la ilusión que hemos inventado para sobrevivir: el gran escritor, el seductor invicto, el pater familias, la bienamada o el malcontento, la perpetua nodriza de nuestros seres queridos… y habremos de creerla hasta que reviente como hermosa ámpula de cristal en el abrazo perfecto de nuestra extinción.