Jaime se quitó la americana y se remangó la camisa. No escondió los tatuajes, no hizo falta. A mamá le gustaba la atención de Jaime. Sus detalles. Sus gestos. Que se preocupase por lo que ella quería comer, por el punto de sal que a ella le gustaba. Le encantó volver a ser Bea y no solo mamá, y que alguien le preguntara por su vida fuera de la maternidad y la viudez. Y yo estaba allí, callada, viéndola tan contenta, sentada con ellos, que olvidé que Jaime me había ofrecido una tarta que llevaba leche y huevos. Y a él también se le olvidó. Creo. A veces se me ponen ojos de vaca y no escucho nada. O escucho mucho, pero entiendo poco. Y me voy a un baño y me miro al espejo y me veo cara de antigua y pienso que qué poco me queda para morir y que qué claro tengo que moriré sola. Cuando se me ponen ojos de vaca el cuerpo se me agarrota y me cuesta mucho sonreír. Se me despedaza el poco mundo que he creado, como si fuese de arena y viniese una ola o llegase papá dando chancletazos haciendo el tonto en vez de quedarse quietito debajo de la sombrilla con mamá. Y me pregunto si tiene sentido algo. Estudiar aquello, trabajar de esto otro, mudarme, esa relación que fue tan bonita tan lejos tan difícil, o esta otra que rueda tan rápido que tengo miedo a que se resquebraje por el camino y vaya soltando pedazos y que todos los pedazos sean míos. Como la canción que dice que pudo ser un amor del montón, pero todo el montón era mío. Se me llenan los mofletes de nostalgia. Nostalgia anticipada, porque aún no sé qué echo de menos, qué me falta, qué me sobra si yo no tengo nada. ¿Cuánto hay que perder para no tener nada?
Estaba allí, pequeña, no teniendo nada que hacer porque había hecho lo que quería y lo que creía que querían de mí. Una relación estable con un hombre serio y responsable.
¿Un padre? un padre perdí, apunte ahí usted. Cuando se me ponen ojos de vaca me cuestiono todo tanto que repito mi nombre varias veces para no olvidarlo. Lo hacía con seis años, lo hago con veintisiete y lo hice durante la comida con veinticinco. Veinticinco años de ojos de vaca que solo una carcajada de mamá logró borrar. No sé por qué se rio, pero Jaime también se reía con ella y me apretaba fuerte el muslo con sus dedos. Yo estaba allí, pequeña, no teniendo nada que hacer porque ya había hecho lo que quería y lo que creía que querían de mí. Una relación estable con un hombre serio y responsable. Sentar la cabeza. Volver al norte. Estar quieta un rato. Comer de todo. Comer flores.
Después del café, Jaime quiso que acompañásemos a mamá a su coche. ¡Hombre, cuánto tiempo! A Jaime lo paraba todo el mundo. ¡Buenos ojos te vean! ¿Qué tal la niña? Mamá me cogió del brazo y me susurró: es igualito a tu padre, no puede dar un paso sin que se pare con alguien. A mamá le gustó ese carisma, que fuese tan atento y que no hubiese tomate crudo en ninguno de los platos de la comida. Y si a ella le gustaba, a mí me gustó un poquito más. A Jaime también le gustó la calma de mamá. Me dijo que le encantó conocerla porque así sabía cómo sería yo de mayor. A mí no se me ocurrió pensar que cuando yo tuviese setenta años él llevaría, probablemente, diez años muerto. Sí pensé que qué bonito y que qué suerte la mía si de mayor me parezco a mamá. A partir de esa comida, a mamá nunca le faltaron flores en su salón. Un mundo de flores. Qué detallista, Jaime. Esto parece un jardín. Ay, este Jaime, cómo es. Cuando llegué a casa, mamá me había enviado un WhatsApp pidiéndome que le diese las gracias a Jaime por la comida. Cuando llegué a casa, fui a por el tupper de la empanada para matar el hambre. También se ganó a Bea. Nos la encontramos cargada con altavoces, pancartas y banderas del orgullo porque su asociación había cambiado de local. Jaime le prometió que, con sus furgones, las ayudaría con la mudanza y que les donaría mesas y sillas. Lo hizo. Jaime parecía tener siempre en su cabeza el perfil de Facebook de cada persona para saber exactamente qué decir y qué no. Incluso en qué idioma hablar. Con mi hermano, castellano. Con mi hermana, gallego. Y yo solo podía sentirme un gorrión a su lado e hinchar el pecho.
Se me ponía cara de realidad próspera o de pronóstico acertado con cada persona de mi familia que se dejaba conquistar por Jaime. Jaime hacía que no tuviese que gustar, sino que la otra persona quisiera gustarle a él. Y a mí toda esa sensación de no tener que ir con cinturón de seguridad me provocaba que Jaime me enamorase más y más. Nadie ponía un pero y a mí se me mezclaba la adrenalina con la calma. Jaime hablando de su hija tan independiente y trabajadora, Jaime hablando de política como si fuese el horóscopo y tuviese que complacer a todo el mundo, Jaime hablando de sus trabajos, enseñando fotos de sus decoraciones. No, son composiciones. Jaime enseñando fotos de sus composiciones. Jaime hablando con mi hermano del siguiente restaurante con estrellas Michelin al que íbamos a ir y a mi hermana de la importancia del lenguaje inclusivo.

