MUERE MODIGLIANI
La enfermedad no destruyó aquel rostro luciferino que tuvo Amedeo Modigliani. Sí, era una orgullosa cabeza de artista y de aristócrata la que yacía sobre la almohada de la beneficencia. La cabeza de aquel de quien su amigo el escultor Jacques Lipchiz diría: “Era tan hermoso que se entendía que todas las mujeres estuviesen locas por él”. El violento Modigliani ya no recorrerá las calles con sus gritos. ¡Qué silencio del Dôme a la Rotonde, de Campagne Première al Grande Chaumière!
Aquel que habló tan poco ¿no volverá a hablar jamás? ¿Duerme realmente para siempre? Pero he aquí que se entreabren los labios del agonizante con los párpados ya cerrados, y fue entonces cuando los que velaban recogieron sus últimas palabras, dos palabras:
—Italia! Cara Italia!
La infancia livornesa... La adolescencia florentina...Venecia...
Amedeo Modigliani ha muerto.
25 de enero de 1920.
Telegrama místico. De Montparnasse a Montmartre. La atroz noticia se extiende rápidamente. Fue [el pintor Moïse] Kisling quien avisó a los parientes de Livorno. Llamó también a Roma, al hermano del pintor, Emmanuele Modigliani; diputado socialista en el Parlamento italiano, una de las cabezas más lúcidas de la Segunda Internacional que el fascismo castigaría duramente...
Aquel del que nunca sabremos si comprendía la dramática vida de su glorioso hermano dirigió a Kisling este telegrama: “Enterradlo como a un príncipe”.
André Salmon, La apasionada vida de Modigliani, trad. Manuel Arranz, Acantilado, 2017.
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ADOLESCENCIA
En pocas horas iba saliendo de la adolescencia, con la sensación de que su carne había madurado en la proximidad de una apetencia de hombre. La habían visto como Mujer, cuando no podía verse a sí misma como Mujer —imaginar que los demás le concediesen categoría de Mujer—. “Soy una Mu-jer”, murmuraba, ofendida y como agobiada por una carga enorme puesta sobre sus hombros, mirándose en el espejo como quien mira a otro, inconforme, vejada por alguna fatalidad, hallándose larga y desgarbada, sin poderes, con esas caderas demasiado estrechas, los brazos flacos y aquella asimetría de pechos que, por vez primera, la tenía enojada con su propio contorno. El mundo estaba poblado de peligros. Salía de un tránsito șin riesgos para acceder a otro, el de las pruebas y las comparaciones de cada cual entre su imagen real y la reflejada, que no se recorrería sin desgarramientos ni vértigos...
Alejo Carpentier, El siglo de las luces, Alianza Editorial, 2014.
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KANSO
Los dos kanji que componen kanso significan, respectivamente, “simplicidad” (kan) y “sencillez sin adornos” (so). Kanso, utilizado como adjetivo o sustantivo, apela a la simplificación. Al eliminar el desorden innecesario, los hábitos perjudiciales y las actividades inútiles y restrictivas, llegamos a comprender qué es lo más importante para nosotros. Además de una elección de
estilo de vida, esta idea encuentra su expresión en el arte japonés. Un jardín zen, que sea sumamente minimalista y conste únicamente de arena y una roca, es kanso a propósito para estimular la imaginación del visitante más allá de lo inmediatamente visible, brindándole la oportunidad de
reflexionar sobre los aspectos más importantes de la vida.
Mari Fujimoto, ikigai y otras palabras japonesas para una vida plena, trad. Gemma Salvà, fotografías de Michael Kenna, Lunwerg-Planeta, 2024.
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EL EROS BLOQUEADO
En la perspectiva del historiador de la psique griega Bruno Snell, la primera formación en la sociedad griega de una personalidad humana consciente de sí misma como un todo distinto de otras personalidades y del mundo que la rodea, puede rastrearse hasta un momento de ambivalencia emocional que escinde el alma. El adjetivo glukupikron de Safo señala ese momento. Se trata de una revolución en la autoconciencia humana que Snell denomina “el descubrimiento de la mente”. Este descubrimiento es desencadenado por el Eros bloqueado. Su consecuencia es la consolidación de un “yo”:
El amor cuyo curso es obstaculizado, y que no logra alcanzar su realización, adquiere un dominio particularmente fuerte sobre el corazón humano. Las chispas de un deseo vital estallan en llamas precisamente en el momento en que el deseo ve bloqueado su camino. Es la obstrucción la que vuelve conscientes los sentimientos enteramente personales… [el amante frustrado] busca la causa en su propia personalidad.
La tesis de Snell es sensacional y ha provocado entusiasmo, amplio disenso y una controversia persistente. No hay una resolución disponible para las cuestiones históricas e historiográficas implicadas, pero la intuición de Snell acerca de la importancia del amor agridulce en nuestras vidas es poderosa, y apela a la experiencia común de muchos amantes.
Anne Carson, Eros the bittersweet, an essay, trad. personal, Princeton University Press, 1986.
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LA LÓGICA SIMBÓLICA
La recreación intelectual es algo que todos necesitamos para nuestra salud mental, y es indudable que se puede lograr un gran goce saludable con juegos como el chaquete, el del ajedrez, o el nuevo juego “Halma”. Pero cuando usted ya ha llegado a dominar cualquiera de estos juegos, no obtiene de ello ningún resultado que pueda mostrar. Usted disfruta del juego y de la victoria, pero no entra en posesión de ningún resultado que pueda atesorar y del que pueda sacar provecho efectivo. Domine usted la maquinaria de la lógica simbólica y tendrá siempre a mano una ocupación intelectual que absorberá su interés y que será de una efectiva utilidad en cualquier tema del que pueda ocuparse. Ello le proporcionará la claridad del pensamiento y la habilidad para encontrar el camino en medio de la confusión, el hábito de disponer sus ideas de una forma metódica y ordenada y el poder de detectar falacias y despedazar los argumentos insustancialmente ilógicos que encontrará de continuo en los libros, en los periódicos, en los discursos e incluso en los sermones y que con tanta facilidad engañan a los que nunca se han tomado la molestia de aprender este arte fascinante. Inténtelo. Es lo único que le pido.
Lewis Carroll, El juego de la lógica, selección, trad. y prólogo de Alfredo Deaño, Alianza, 2018.
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DESTIERRO DE FLORENCIA
No resulta decoroso hablar de sí mismo, y una idéntica razón invalida las propias alabanzas o acusaciones. Pues son falsos testimonios y nadie es capaz de valorarse justamente, ya que nos ofusca el amor propio. Hay, sin embargo, ocasiones en que todavía es lícito hablar de uno mismo, y principalmente en dos casos. Primero: cuando se corre peligro o se quiere evitar la infamia. Segundo: cuando con ello se puede enseñar a otros con útil doctrina. A mí me mueven ambas razones: el temor a la maledicencia y el deseo de adoctrinar.
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Yo, que por patria tengo el mundo entero, como los peces la mar, aunque bebí en el Arno antes de echar los dientes y amé tanto a Florencia que por su amor sobrellevé un destierro injusto, fundaré mis juicios en la razón, más que en el sentimiento.
El vulgo ignorante no tiene discreción en sus juicios; lo mismo que cree que el diámetro del sol no es mayor de un pie, así, en cuanto a las costumbres, es presa de la misma engañosa credulidad. Pero nosotros, que conocemos lo mejor de nuestra naturaleza, no vamos a seguirle como borregos, sino a corregir y enderezar sus errores. Pues los que viven conforme a entendimiento y razón, dotados de una especie de libertad divina, no se sienten atados a la opinión ajena. Y no hay que extrañarse, pues en vez de estar sujetos a la ley, ellos son los que la imponen y promulgan. […]
Dante Alighieri, “Il Convivio”, tratado 1, cap. 2; “De vulgari eloquentia”, libro 1, cap. VI en Dante, trad. Jaime de Echánove Guzmán, Editorial Prensa Española, 1972.
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