EL CADÁVER DE LENIN
Un proyecto en el que se reúnen el culto a la personalidad y la idolatría de la ciencia es el tratamiento del cadáver de Lenin. Entre las manifestaciones del optimismo revolucionario y la fe en la ciencia, algunos pensaban que la muerte era un accidente evitable y que la evolución del conocimiento permitiría, en el futuro, prolongar la vida e, incluso, remontar la finitud. Como es sabido, tras la muerte del primer gran líder de la Revolución, se creó un grupo para organizar el funeral que se denominó “Comisión para la Inmortalización”. El cuerpo del dirigente fue embalsamado y se intentó conservarlo en refrigeración, se construyó un mausoleo para exhibirlo y algunos miembros del partido esperaban el momento en que la ciencia y la tecnología hicieran posible resucitarlo. Durante el asedio nazi de Moscú, el cuerpo de Lenin fue evacuado para evitar cualquier profanación. Como apunta Gray:
Después de la guerra se siguió tratando el cuerpo de Lenin como si fuera una persona viva. En 1973, cuando el Politburó decidió renovar los documentos del partido, el primer carné que fue emitido de nuevo fue el de Lenin. A lo largo de las últimas décadas del comunismo, el traje de Lenin se cambiaba cada dieciocho meses y era sustituido por uno nuevo confeccionado por un sastre de la KGB.
Armando González Torres, Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías?, Ariel, 2025.

Recetario de sinsabores

CUEVAS DEL PALEOLÍTICO
En el gran santuario de Lascaux, lleno de cámaras —que se ha llamado “la Capilla Sixtina del paleolítico”— se ha hecho manifiesta una experiencia de la divinidad, no como en Chartres o en el Vaticano en figuraciones humanas (antropomórficas), sino en animales (teromórficas). En lo alto, en los abovedados techos, hay toros colosales saltando, y las ásperas paredes abundan en escenas animales que transmutan la gran gruta en la visión de un feliz terreno de caza […]. Y entre estas magníficas manadas hay una figura impresionante muy curiosa: una forma animal que no puede haber vivido en el mundo ni siquiera en el período paleolítico. Es un hechicero-bestia, la manifestación dominante de toda esta visión milagrosa. Hay otra pintura misteriosa, un gran bisonte, destripado por una lanza que ha traspasado su ano y sale a través de su órgano sexual, está de pie ante un hombre tumbado. Este último está en un rapto de trance chamánico. Lleva una máscara de pájaro […] tiene manos como de pájaro en lugar de humanas. Con toda seguridad es un chamán. El atuendo de pájaro y la transformación en pájaro son características de la tradición chamánica hasta hoy día, desde Siberia a Norteamérica.
Joseph Campbell, Las máscaras de Dios: Mitología primitiva, versión española de Isabel Cardona, Alianza, 1991.

UNA FORMA DE ESPLENDOR
La inactividad tiene su lógica propia, su propio lenguaje, su propia temporalidad, su propia arquitectura, su propio esplendor, incluso su propia magia. No es una forma de debilidad, ni una falta, sino una forma de intensidad que, sin embargo, no es percibida ni reconocida en nuestra sociedad de la actividad y el rendimiento. No estamos accediendo ni a los dominios de la inactividad ni a sus riquezas. La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Hoy se ha ido difuminando hasta volverse una forma vacía de actividad. […]
La inactividad en cuanto tal es un ayuno espiritual. De ahí que de ella provenga un efecto curativo.
La obligación de producir transforma la inactividad en una forma de actividad para poder explotarla. Y así, entretanto, también el dormir se considera una actividad. La así llamada power nap constituye una forma de actividad propia del dormir. […] Prolongamos la obligación de rendimiento y optimización hasta las horas de sueño. Es posible que el ser humano se deshaga en el futuro tanto del dormir como del sueño, puesto que ya no le parecerán eficientes.
Byung-Chul Han, Vida contemplativa. Elogio de la inactividad, trad. Miguel Alberti, Taurus, 2023.
LA CRISIS DEL HUMANISMO
En griego krísis significa separación, interpretación, acusación, condenación, juicio. En este sentido “los amantes de la sabiduría”, desde su aparición, por el hecho mismo de la “re-flexión”, son críticos. Al pretender estudiar la estructura última de los seres, esos “sabios” (en el sentido fuerte: sabio hindú, sabio egipcio) son “físicos” y “teólogos” al mismo tiempo. Cuando un Tales nos dice que “el mundo está lleno de dioses”, no expresa una simple metáfora, ni es la manifestación de un politeísmo grosero, ni es una alegoría de las fuerzas naturales. Él piensa en el hecho verdaderamente real para el griego, de que lo divino está en todo lugar: el alma, las esferas, los astros, el “orden” son divinos. El ontó-logo no puede menos que ser un “teó-logo”, y su “sabiduría” no es nuestra “filosofía”, sino más bien una “teo-sofía”. Los filósofos a partir del siglo XVII d. C. han producido una reducción, absolutamente inaceptable, en el objeto de la ciencia, dejando de lado el análisis del fenómeno religioso; si aplicamos esta visión reducida al pensamiento antiguo, lo deformamos radicalmente.
Enrique Dussel, El humanismo helénico, Editorial Docencia, 2012.

EL ERUDITO
¿Cuál ha sido, y podría seguir siendo la ocupación dominante en una persona erudita? El hombre erudito —o, en su caso, la mujer erudita— lee de manera incansable, es un gran lector en profundidad, un indagador, en el sentido de que “intenta averiguar, inquirir algo, discurriendo o con preguntas”. Una indagación, con pretensión exhaustiva, que se centra en los autores de los textos y, sobre todo, en las palabras con las que han sido escritos acerca de cosas y hechos acaecidos en este mundo, a lo largo de su historia y su geografía. Durante un largo periodo histórico —antes de la invención de la imprenta y la disponibilidad de libros “impresos”— el erudito leía rollos, legajos, códices, todo tipo de escritos realizados por amanuenses. Desde Gutenberg, el erudito por antonomasia lee infatigablemente libros impresos, muchos libros, y se convierte en un erudito libresco: el objeto de la dedicación casi exclusiva del que podríamos llamar el erudito a secas son los libros que han escrito “otros”.
Cristóbal Pera, La persona culta. Anatomía de una especie en peligro de extinción, prol. Enrique Krauze, Ediciones Cal y arena, 2014.
PACTO CON EL DIABLO
Notre Dame es tan inmensamente grande que es imposible conocer todos sus recónditos rincones y estar al tanto de los miles de detalles de sus fachadas… Por eso, historias como la de Teófilo de Adana pasan desapercibidas, aun estando esculpidas en piedra, ya para toda la eternidad, en la propia catedral. La encontramos en el pórtico del transepto norte, conocido también como Puerta del Claustro, sin que llame la atención de demasiados visitantes, que normalmente sólo se fijan si conocen la historia. De hecho, es bastante complicado saber qué tipo de imágenes están representadas en dicho pórtico si no se ha escuchado previamente la historia de San Teófilo y su pacto con el Diablo. Se trata de una representación en dos franjas, la superior y la de en medio, de la vida de Teófilo, quien según se cuenta, en un arrebato vendió su alma al Diablo, después de ser ninguneado por sus compañeros y expulsado por el obispo. Las imágenes que aparecen son las de San Teófilo, el mago que le ayudó a contactar con el Maligno, el propio Satanás y la Virgen, redentora final de aquel pacto tras el arrepentimiento del monje. Es una historia bien conocida dentro de la cristiandad y, sobre todo, del catolicismo, que la utilizó durante toda la Edad Media para ejemplificar cómo uno puede desviarse fácilmente del camino si se deja llevar por sentimientos que no tienen que ver con Dios y la misericordia. […] La historia de Teófilo es una de las primeras leyendas cristianas en las que se hace una referencia específica al pacto con el Diablo.
Manuel Jesús Palma Roldán, La estirpe de Fausto. Los pactos con el diablo a lo largo de la historia, Almuzara, 2022.


