LOS IMPRESENTABLES

Poeta sublunar: Mister Poe

Poeta sublunar: Mister Poe
Poeta sublunar: Mister Poe Foto: Cortesía del autor

Antes de sentarse frente a él, mediando sólo unos pasos del largo escritorio, se quitó el sombrero. Se rascó el remolino de pelo y esperó a que lo reconociera. El señor Putnam no lo reconoció. Carraspeó, guardó silencio. Desaparecieron sus ojos serenos y aparecieron dos globos blancos, ojos de pez que se da cuenta, cuando escuchó las tres primeras palabras de su interlocutor.

—Soy mister Poe.

Lo siguiente quedó consignado en las Memorias de George Palmer Putnam, publicadas en 1912: “... empezó a decirme que la publicación que venía a proponer era de un interés fundamental. El descubrimiento de la gravitación por Newton resultaba una mera fruslería comparado con los descubrimientos revelados en su libro… que el editor haría bien en abandonar todos sus restantes intereses y hacer de la obra el negocio de su vida. Bastaría para empezar una edición de cincuenta mil ejemplares”.

TE RECOMENDAMOS:
Portada de El Cultural No. 547 │ Arte digital > A partir de la Mezquita Jameh de Yazd, Irán > Belén García > La Razón

En una carta dirigida a Putnam unos días más tarde, Poe resumía su proposición general del siguiente modo: “Puesto que nada fue, en consecuencia todas las cosas son”. G. Putnam publicó sólo 500 ejemplares de Eureka, el último libro de Edgar Allan Poe. No había pasado ni un mes desde que una tormenta invernal redujo el público de su conferencia titulada: “El universo”, la cual daría origen al libro, a poco más de setenta personas. Mister Poe dictó su poema con un aliento oscuro, con ojos profundos, turmalinas en los nichos de un cráneo.

—Me propongo hablar del universo físico, metafísico y matemático; material y espiritual; de su esencia, origen, creación; de su condición presente y de su destino —sus palabras viajaron entre las butacas vacías.

Había muerto hacía un año su mujer, Virginia Clemm, y él volvía a presentarse en público después de una temporada lejos de los salones neoyorquinos. Vivía con su suegra en Fordham, con el espíritu exaltado apuntando al cielo insondable y el ánimo anegado de alcohol. “Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura —le había confiado en una carta a uno de sus pocos amigos—. Durante esos arrebatos de absoluta inconsciencia bebía, sólo Dios sabe con qué frecuencia y qué cantidad.”

EUREKA FUE EL TESTIMONIO POÉTICO de esa temporada, de ese espíritu y de ese ánimo. Nadie se interesó y nadie quiso comprenderlo. Los científicos a quienes apelaba guardaron un silencio de piedra y los intelectuales quedaron convencidos del deterioro irreversible de su salud mental. Del otro lado del Atlántico, el rigor intelectual de su poema épico sobre el universo sería considerado un astro de la poesía moderna. “Había mucho más de audaz y original en tomar el más antiguo de los temas poéticos […] hacer en inglés y en el siglo XIX lo que Hesíodo y Lucrecio habían hecho en latín años atrás…”, escribió W. H. Auden.

El año siguiente erró alucinado y borracho por Filadelfia y murió en la calle, vistiendo ropa que no era suya. Cortázar escribió al respecto que: “Nuestro tiempo tiene pocos poetas cosmogónicos; la poesía es siempre cosa sublunar”. Queda en el frontispicio de ese alto edificio en llamas, el intelecto de Poe, una dedicatoria: ”A los pocos que me aman y a quienes yo amo, a los que sienten más que a los que piensan, a los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades, ofrezco este Libro de Verdades”.

TE RECOMENDAMOS:
Diversa Cultural