Los gestores de la muerte

De entre todos los empleos inimaginables que existen en la Ciudad de México, David Blanc escogió el de un “gestor funerario” para hacer una crónica urbana y contar la vida de esos trabajadores que se ocupan de cargar a un peso muerto, transportarlo y tramitar permisos, actas de defunción, documentos en los hospitales e incluso atestiguar los embalsamamientos. Personas que son esenciales e invisibles a la vez

Los gestores de la muerte
Los gestores de la muerte Foto: Cortesía del autor

Hace un par de años decidí trabajar como chofer de una funeraria en la Ciudad de México. No por dinero ni por trabajo. En realidad, quería escribir un texto sobre un tema ajeno a mis intereses personales. Y pensé que transportar cadáveres durante un día en una de las urbes con más muertes y congestión vehicular a nivel mundial, sería una forma para lograrlo.

La pregunta que siguió a mi ocurrencia fue cómo podría adentrarme en el mundo funerario. La respuesta fue más sencilla de lo que imaginé. Encontré vacantes de sobra en internet. Apliqué a una que decía así:

Se busca personal masculino para chofer de casas funerarias. Es importante que cuentes con conocimiento del reglamento de tránsito, sepas manejar automóvil automático y estándar, y tengas tu licencia de manejo vigente. Ofrecemos un sueldo competitivo de $8,500 pesos mensuales más vales de despensa.

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Me citaron al día siguiente en la casa matriz de la funeraria con ropa formal y dos copias de mi currículum.

Lo primero que hice fue una prueba escrita sobre el reglamento de tránsito y algunos conocimientos de mecánica. Contesté la mitad de las preguntas —seguramente mal—, y el resto las dejé en blanco; a duras penas sé cambiar un limpiaparabrisas y me pedían detallar cómo inspeccionar las bujías. Esperé unos minutos hasta que un señor alto y trajeado se sentó a mi lado y revisó mis papeles. Según su sistema de calificación, aprobé con honores. Me felicitó con un buen apretón de manos y empezó a decirme todas las respuestas correctas, como si aquello fuera mi curso introductorio.

Después tuve una entrevista con el jefe de Recursos Humanos. Un tipo simplón que se jalaba constantemente su polo blanco para cubrirse la barriga. No tuvo reparo en decirme de inmediato que mi apariencia física no encajaba con el perfil del puesto. Me ofreció el contacto de una empresa de internet en la que había trabajado para que me asignaran las colonias bien acomodadas de la ciudad. Me negué. Le dije que yo lo que quería era ser chofer de la funeraria.

El tipo cerró la puerta de su oficina, se sentó frente a mí de manera retadora, y me dijo: “Tú no sabes de qué va esto. No creo que estés curtido para meterte a un barrio bravo y sacar a un cuerpo sin que se te caiga. Si se te azota, te la hacen de pedo los familiares, y ahí no nos hacemos responsables. ¿Cómo le harías para bajar a alguien de cien kilos del sexto piso de una unidad habitacional que lleva muerto varios días, eh?”. Por supuesto, no tenía idea. Hasta ese momento caí en cuenta de una obviedad: para transportar un cadáver, primero hay que moverlo y meterlo en el coche. Me limité a asentir con la cabeza, levantando las cejas, sorprendido. La paga me pareció todo menos justa cuando supe que, además de los mencionados riesgos, los turnos duraban entre doce y cuarenta y ocho horas. Había que levantar cadáveres de hasta doscientos kilos, algunos en estado de putrefacción o incluso desmembrados. Y generalmente había que arrebatárselos a los familiares que se aferraban al cuerpo.

Tras su larga explicación que me supo más a amenaza, el sujeto concluyó: “Bueno, si quieres entrarle es bajo tu propio riesgo. Yo te anoto. El jefe de choferes es quien decide si te quedas o no. Preséntate el próximo lunes a las nueve y platicas con él”. Antes de salir, me dijo que tenía que llevar mi propio equipo, pues no daban uniformes, guantes ni cubrebocas hasta que cumpliera un mes en el trabajo. No podían darse el lujo de gastar en un puesto con tanta rotación.

TÚ NO SABES DE QUÉ VA ESTO. NO CREO QUE ESTÉS CURTIDO PARA METERTE A UN BARRIO BRAVO Y SACAR A UN CUERPO SIN QUE SE TE CAIGA

No me presenté a la cita. Me pareció que los peligros eran ineludibles, y como nadie me iba a pagar un solo centavo por enfrentarlos, no tenía otra justificación que mi ocurrencia. Decidí que no valía la pena. Pero no desistí. Lo que hice fue tomar una ruta alternativa.

Contacté a tres funerarias pequeñas con el pretexto de ser un periodista de un medio internacional encargado de hacer un reportaje sobre los choferes de las funerarias. Una de ellas, ubicada en la colonia Doctores, respondió mi mensaje. Le comenté al administrador que me habían pedido pasar un día completo con los choferes. Para corroborarlo, me pidió mi credencial de periodista y el contacto de mi jefe. Le mandé una credencial falsa, de un medio inventado, y el teléfono de un amigo cercano.

Nunca le marcó a mi amigo, ni buscó el medio, pero días después me confirmó por WhatsApp que la administración le había dado luz verde para que hiciera el reportaje. Me citó un miércoles a las ocho de la mañana. Me pidió llevar un cubrebocas y unos guantes de látex.

Ese día llegué veinte minutos antes de la cita para ubicar el lugar. La funeraria está montada en una antigua casa color verde pistache, entre un local de café y un puesto de tacos de guisado. No se identifica a simple vista. El rótulo con el nombre está tapado por un árbol, y el constante tumulto —a media cuadra hay una estación del Metro— oculta la puerta de entrada. Si uno se detiene de frente, apenas puede notar que la recepción está llena de ataúdes de distintos tamaños y colores.

Los gestores de la muerte
Los gestores de la muerte ı Foto: Cortesía del autor

Me recibió Jonatán, el supervisor de turno que ocupaba el escritorio de la entrada, corpulento, de color terroso, con una voz ronca pero suave. Me presentó después a los tres choferes, a quienes se refirió como gestores. Le pidió a Raúl, quien parecía ser el más astuto y vivaracho del trío, que me mostrara las carrozas fúnebres y contestara mis preguntas. En lo que me llevó hacia la cochera, ubicada a un costado de la casa, supe que tenía veintiocho años, medía un metro y sesenta, era ex policía y borracho jubilado.

En vez de una elegante carroza negra y alargada, Raúl me enseñó una camioneta Volkswagen Caddy azul marino, con los limpiaparabrisas rotos y sin luces direccionales. Después de ver que en la parte trasera no había asientos, sino unos rieles donde colocaban los ataúdes, resolvió mis dudas más apremiantes de periodista. Los muertos, en efecto, pesan más por tiesos. Si están en estado de putrefacción, huelen peor que un muladar, mucho más que un perro muerto. Para explicarse mejor, me contó la historia del señor que había fallecido por cirrosis dos semanas atrás. Lo hizo como un asunto numérico: entre cuatro choferes apenas pudieron cargar el cadáver de noventa kilos de una planta baja a la camioneta; sin embargo, no hubo cigarros ni chicles suficientes para quitarles la peste atorada en la garganta, porque llevaba varios días muerto sobre su propio vómito.

“Hay veces que los agarras y se sienten como gelatina, los jalas y se desprende toda la extremidad”, me contó Raúl. Aunque para él, lo más pesado era manejar de noche, tras un turno de cuarenta y ocho horas, sin descanso y con el estómago rugiendo de hambre y náuseas a la vez.Con un horario tan holgado, a merced de la demanda y bajo el yugo de la peste y el horror de las muertes, había ocasiones en que no comía durante un día entero por falta de apetito. Aun así, me confesó que le gustaba su trabajo, ya que no estaba atado a un escritorio y hacía lo que más gozaba de esta vida: manejar de un lado para otro.

Me contó también que su profesión va más allá de levantar y transportar cuerpos. Le toca tramitar las actas de defunción ante la autoridad, obtener permisos de traslado para mover cadáveres por las calles, y hacer el papeleo en los hospitales. Fue entonces que caí en cuenta por qué Jonatán se refería a ellos como gestores. Una vez superado el calvario burocrático, Raúl tiene que revisar a detalle los cadáveres, como si fuera perito forense, para asegurarse de que no sean cuerpo del delito. “Luego la familia te intenta convencer: tírame paro, ándale, te compro un chesco”, me dijo en voz baja, “pero nel, no recibimos sobornos”.

Le pregunté sobre la carga de trabajo del día. Mi intención, en realidad, era descubrir si me iba a tocar algún servicio. Con lo que había escuchado ya no tenía ganas de subirme a la carroza fúnebre: “Hoy no creo, está relax. Cuando los días están así, podemos ver una peliculita. Y si tenemos sueño, hasta nos dan chance de echarnos una jetita. Pero cuando hay chamba, andamos vueltos la verga: ¡Pum, pum, pum! Lleva, trae, ve, haz el trámite, regresa, y así estás todo el pinche día. Salen mínimo cinco servicios, pero hoy yo creo que ninguno. Deberías regresar luego, la chamba sube en agosto y no para hasta el siguiente año”.

Afortunadamente Raúl tuvo razón. Las siguientes horas estuve sentado en una silla al lado del escritorio de Jonatán, sin mucho que hacer. La funeraria pintada de color mamey con partes recubiertas de mosaicos blancos, se apoderó poco a poco de mi ánimo. Repasaba en mi cabeza las anécdotas, e intentaba convencerme que no valía la pena correr tantos riesgos para obtener una historia. Y si llegaba a salir un servicio, ¿qué les iba a inventar después de haberles dicho que precisamente iba a eso? Quién sabe. Cuando se presentara la ocasión, lo decidiría.

Jonatán estuvo sentado la mayoría del tiempo a mi lado y cada tanto platicamos. Conocía muy bien el mercado funerario. Llevaba toda una vida en el negocio, desde su servicio social en criminología. Según él, las dos empresas más grandes y reconocidas de la ciudad son consorcios con capital extranjero, que a su vez tienen otros negocios prominentes, y por eso ofrecen servicios de lujo que rondan entre los 35 y los 60 mil pesos. El resto, funerarias pequeñas y familiares en su mayoría, ofrecen servicios básicos y económicos. Ahí, por ejemplo, un traslado cuesta mil 800 pesos. Me enteré que la funeraria también fungía como embalsamadora. Al fondo de la cochera había un cuarto de tanatopraxia, con dos planchas metálicas en donde hacían el trabajo casi a pie de calle.

A las seis de la tarde, a falta de servicios, Jonatán mandó a los tres choferes a comprar unas piezas en alguna de las tantas refaccionarias de la zona. Decidí que esa sería mi última aventura antes de volver a casa. Me fui con Raúl. Los otros dos choferes salieron en otra camioneta delante de nosotros. A las dos cuadras, cuando tomamos Doctor Vértiz, decidieron echar carreritas y casi nos estampamos contra un poste de luz. Luego, Raúl y yo nos perdimos, porque le marcaron para cobrarle una deuda que, según escuché, era de cuatro mil pesos. La llamada lo distrajo y perdimos de vista a los otros choferes, a la altura del mercado Hidalgo. Tardamos media hora en encontrarlos. Y otra media más en perder el tiempo y comprar las dichosas piezas.

Regresamos a la funeraria casi a las siete de la noche. Me bajé de la camioneta antes de entrar a la cochera. Le dije a Raúl que pasaría a la recepción para despedirme de Jonatán, y después me iría. Le agradecí por el tiempo que me había dedicado, y él, sin mucho afán, se despidió de mí.

No encontré a Jonatán. Decidí esperarlo cuando entró corriendo Raúl con una sonrisa de oreja a oreja, y me dijo: “ahora sí vas a ver qué pedo pinche güero”. Me tomó del brazo y me llevó hacia la cochera. Me contó como pudo que habían llegado dos muertos para embalsamar durante el tiempo que estuvimos fuera, resultado de un terrible accidente automovilístico. “A esto venías, ¿no güey? A ver muertos, pues vas”, sentenció en la entrada del cuarto de tanatopraxia, y con un leve empujón me metió.

En las planchas metálicas yacían dos cuerpos inertes, abiertos a la mitad, la piel del estómago parecía un libro abierto. Había cuatro embalsamadores, dos por muerto. A uno le estaban drenando la sangre con una manguera. Al otro no sé qué le hacían, pero las manos de los embalsamadores estaban completamente sumergidas en sus entrañas.

“Ora, acércate para que veas bien”, me dijo Raúl, y me movió hacia delante hasta que quedé frente a un cadáver. El olor a muerto era penetrante. Alcancé a ver un par de órganos de textura esponjosa. Quería registrar esa escena para fines de esta historia, pero sin tantos detalles para poder dormir los días siguientes.

ORA, ACÉRCATE PARA QUE VEAS BIEN’, ME DIJO RAÚL, Y ME MOVIÓ HACIA DELANTE HASTA QUE QUEDÉ FRENTE A UN CADÁVER. EL OLOR A MUERTO ERA PENETRANTE. ALCANCÉ A VER UN PARDE ÓRGANOS DE TEXTURA ESPONJOSA

Las tripas estaban de fuera. La sangre corría a toda prisa por las mangueras, directo a unas cubetas de plástico montadas en el piso. Aquello parecía un deshuesadero humano. Lo que más me impactó fue que los embalsamadores, sin excepción alguna, estaban haciendo su trabajo a mano limpia, sin guantes ni protección.

A pesar de la insistencia de Raúl en acercarme más, salí del cuarto. Me despedí de Jonatán que ya había regresado a la recepción y me fui a toda prisa. En la calle, el olor de los tacos de guisado me revolvió el estómago. Todavía tenía el tufo de muerto impregnado en la garganta.

Caminé hacia la estación del Metro. En la esquina me perdí entre el tumulto. Así terminó mi primer y último día como gestor de la muerte.