Scherer, Leñero, Quezada

Se han cumplido 100 años del nacimiento de una figura central del periodismo mexicano: Julio Scherer García. No el menor de sus empeños en su larga trayectoria fue conducir el periódico Excélsior entre los años de 1968 y 1976. Bajo su dirección, ese diario anunció transformaciones profundas en la prensa nacional que tomarían forma definitiva en la revista Proceso y el diario Unomásuno. El Cultural ofrece una semblanza de Scherer y de dos de sus inseparables: Vicente Leñero y Abel Quezada.

Scherer, Leñero, Quezada
Scherer, Leñero, Quezada Foto: Especial

La prensa ha celebrado el centenario del nacimiento de Julio Scherer. El día de su muerte, el 7 de enero de 2015, escribí algunas notas en mi columna de Milenio Diario. La unanimidad, esa flor rara, rodeó sus funerales con la corona de la admiración. Un mes antes, el 3 de diciembre de 2014, murió Vicente Leñero y preparé algunos apuntes al vuelo para mi entrega del periódico. Tiempo después el mundo de la cultura conmemoró, en 2020, los cien años del natalicio de Abel Quezada y solté al aire algunos recuerdos del tiempo en que leíamos en casa al caricaturista.

Si pienso en estos tres personajes, de inmediato aparece en la pantalla de mi memoria la portada de Los periodistas, la novela sin ficción publicada por Joaquín Mortiz en la cual Vicente Leñero contó el golpe al diario Excélsior. Leñero contó así la composición de esa fotografía tomada para la historia: “Julio Scherer caminaba a la punta con Abel Quezada a su derecha, Gastón García Cantú a la izquierda, y detrás Armando Vargas, Arnulfo Uzeta, Jorge Villa, caminando como disparados, dueños de una acera, sin rumbo ya; cien periodistas caminando detrás de Julio Scherer hasta la esquina con Morelos. Lloraban Jorge Ramírez de Aguilar, el grandote Ramón Márquez, el Güero Manuel Arvizu, Martha Sánchez”.

Se me ocurre que estas postales que escribí hace tantos años podrían leerse como una sola fotografía del periodismo moderno mexicano. He releído esos textos, los he corregido, en la medida de lo posible, aumentado aquí y allá y entregado a El Cultural.

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RAFAEL PÉREZ GAY ı Foto: Especial

LA LEYENDA DE JULIO SCHERER García atravesará la neblina del tiempo y se convertirá en una verdad intocable, pétrea, aleccionadora, como un monumento. No es lo mejor para una obra, pero no es para menos, Scherer fundó el periodismo moderno mexicano, hay un antes y después de su obra. Crecí y aprendí a leer periódicos en la era de Scherer, es decir, ese momento en el cual la prensa abandonaba las sombras donde sometía sus contenidos al poder a través de componendas y buscaba en cambio la intemperie de la libertad de expresión.

Tres características de esta obra mayor del siglo XX mexicano: primero, la valentía, nada puede hacerse en el periodismo y en la literatura sin arrestos, no que los periodistas y los escritores tengan que ser como toreros, pero sin arrojo no hay mucho que hacer en esta arena; segundo, alma de dirigente y mentor, todo gran periodista es un mandamás en su oficio y sus terrenos; tercero, talento para la empresa y buena prosa, dirigir y escribir bien, dos cualidades por las cuales cualquier periodista pactaría con el diablo. Scherer pactó y acumuló un enorme poder ejerciendo estos tres rasgos hasta convertirse en una escuela.

Scherer, Leñero, Quezada
Scherer, Leñero, Quezada ı Foto: Especial

Ciertamente, la evolución de estos rasgos buscó y encontró contra viento y marea el riesgo de la libertad de expresión, una vocación informativa que privilegió los hechos por encima de todo y el horizonte de una aspiración democrática perdida y negada por el sistema político mexicano.

Entiendo que una historia del periodismo mexicano del porvenir incluirá entre sus numerosos capítulos al menos estos momentos culminantes de transformación:

Scherer, Leñero, Quezada
Scherer, Leñero, Quezada ı Foto: Especial

LA PRENSA COMBATIVA del siglo XIX, ésa que escribieron los liberales, escritores y periodistas capaces de escribir un soneto y luego una defensa brillante de la República, una crónica de la Alameda y más tarde una solfa contra el invasor. Puede decirse que los dos centros neurálgicos de ese periodismo fueron El Siglo Diez y Nueve de Ignacio Cumplido (1844) y El Monitor Republicano de Vicente García Torres (1841).

En esas páginas se transformó la prosa narrativa, los periodistas de entonces fueron calificados por Cosío Villegas como una de las generaciones más brillantes que ha dado México. Escribo los nombres de algunos notables: Francisco Zarco, Ignacio Ramírez, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano.

Scherer, Leñero, Quezada
Scherer, Leñero, Quezada ı Foto: Especial

Otro punto de inflexión de esa historia del futuro será sin duda la aparición de El Imparcial en 1896, la prensa industrial en la que Porfirio Díaz concentró todos los subsidios que pasaba bajo cuerda a las oficinas de los diarios del cierre del siglo XIX. Rafael Reyes Spíndola trajo de Estados Unidos la interview y mandó por primera vez a la calle a cubrir la noticia al repórter.

En ese diario y en distintas empresas escribieron los modernistas. Ahí puede leerse la prosa de Amado Nervo, Luis G. Urbina, José Juan Tablada, Alberto Leduc, Rubén M. Campos, Ciro B. Ceballos y quienes fueron dueños de esa casa loca y soberbia que cambió las letras nacionales en el papel impreso de Revista Moderna.

LA TRADICIÓN QUE FLUYE AÚN en una corriente subterránea y se oye siempre a lo lejos, como una memoria que transmite las leyes de la herencia, tuvo un nuevo punto culminante en el periódico Excélsior que dirigió Julio Scherer, del año de 1968 al de 1976, acompañado por Manuel Becerra Acosta y Alberto Ramírez de Aguilar. Entre los tres escribieron una columna, “Desayuno”, firmada por Julio Manuel Ramírez. No podían saberlo, pero habían fundado el periodismo moderno de México. “La rivalidad cotidiana nos hacía querernos”. Cuenta Scherer: “Alberto Ramírez de Aguilar, gerente y subdirector de Excélsior, murió prematuramente y de él me despedí en el hospital. Poseído por el cáncer, llevaba consigo el dolor de un profundo desencanto. Manuel, subdirector del periódico, acortó su vida. Era creativo, sorprendente, en sí mismo una cátedra de periodismo. Se entregó a los excesos y la muerte de su padre la recibió en París”.

Excélsior: “Al interior de nuestra casa nos fortalecimos: Octavio Paz había fundado Plural y Vicente Leñero transformaba Revista de Revistas. Rosario Castellanos, Pablo Latapí, Enrique Maza, Alejandro Gómez Arias, Froylán M. López Narváez, Hugo Hiriart, Ricardo Garibay, Samuel del Villar, Miguel León Portilla, Miguel Ángel Asturias, Heberto Castillo, Gastón García Cantú, Francisco José Paoli, Gutierre Tibón, escribían en la doble página editorial. Abel Quezada asestaba golpes en su trabajo inimitable”.

EN MI CASA HABÍA UN RITUAL matutino: leer no pocas veces en voz alta a los articulistas de Excélsior. Cada quien su clásico: mi padre leía con devoción a Gastón García Cantú; mi hermano a Daniel Cosío Villegas, mi madre y yo no nos perdíamos a Jorge Ibargüengoitia y los cuatro a Carlos Monsiváis. Los cartones de Abel Quezada eran artículos en sí mismos que leíamos primero que a nada ni nadie. De esa doble página recuerdo a Pedro Ocampo, a Rosario Castellanos.Todos los periodistas y escritores giraban alrededor de un surtidor: Julio Scherer.

DE ESA DOBLE PÁGINA RECUERDOA PEDRO OCAMPO, A ROSARIO CASTELLANOS. TODOS LOS PERIODISTAS Y ESCRITORES GIRABAN ALREDEDOR DE UN SURTIDOR: JULIO SCHERER

Cuando Luis Echeverría decidió dar un manotazo para terminar de una vez por todas con aquel diario, no supo que multiplicaba lo que quiso liquidar, una poda. De ese golpe surgieron la revista Proceso y el periódico Unomásuno. Cito a Scherer para no parafrasear mal: “Manuel fundó Unomásuno en 1977 y renunció al diario en 1989. Optó por el exilio a cambio de un millón de dólares y se marchó a España. El dinero se lo entregó Fernando Gutiérrez Barrios en esa época secretario de Gobernación. La entrevista que cuenta estos pormenores la escribió Carlos Marín. Proceso la publicó el 2 de octubre de 1989”.

La revista: “Proceso nació el 6 de noviembre de 1976, aún bajo el gobierno de Luis Echeverría. En la portada apareció mi nombre con el título de director general, una dolorosa remembranza de Excélsior […]. Nombrado director gerente de Proceso, Miguel Ángel Granados Chapa tomó el mando de la revista. […] renunció ocho meses después de la fundación”.

De uno de los libros más apreciables de Scherer, páginas de un memorialista importante que supo retratar una época, Vivir, publicado por Planeta en 2012, traigo también a esta página una parte de la viñeta del día en que los periodistas perdieron Excélsior: “Veo a Vicente Leñero al lado de Gastón García Cantú y los imaginé unidos para siempre; veo a Elena Guerra, los ojos secos y el alma inundada; veo a Bambi con su pequeña bolsa de mano que ocultaba en su interior una pistola calibre .22. Vi a Ángel Trinidad Ferreira, compadre desde la primera semana que nos conocimos, bailarín, pitcher, jugador de dominó, invencible en el pleito callejero”.

Hace tiempo decidí que ya no quiero conocer más escritores, con los que conozco basta y sobra para todo lo bueno y todo lo malo de la vida literaria. Se entiende, conocerlos en persona. Con los que conozco, pensé, tengo la baraja completa.

ADMITO QUE MI BARAJA quedó incompleta al menos por un naipe, un as, pues no conocí a Vicente Leñero y me hubiera gustado conocerlo. En cambio, leí sus libros unos tras otro, los primeros, los cuentos de La polvareda y las novelas Los albañiles y Estudio Q, porque los dejó en casa mi hermano cuando se fue a Alemania y ahí quedaron varios años hasta que tuve edad para leerlos.

Leñero contó que conoció bien a mi hermano. Hizo un perfil amable y crítico, irónico y con doble filo en la sección que escribió en la Revista de la UNAM hasta poco antes de morir: “Lo que sea de cada quien”. Resulta que un día Pepe, mi hermano, le pidió prestado a Leñero cincuenta pesos. Leñero se los prestó y mi hermano nunca se los pagó. En la casa a esto se le llamaba dar un sablazo, mi padre llegó a hacer del sable una de las bellas artes: le llamaba préstamo puente. Échame un capote, no tengo en qué caerme muerto. A donde vaya, creo que Leñero tendrá oportunidad de cobrarle a mi hermano el préstamo puente.

SEGUÍ LEYENDO LOS LIBROS DE LEÑERO, sobre todo sus novelas Redil de ovejas y El garabato. Aún conservo las viejas ediciones de la serie El Volador de Joaquín Mortiz. No me acerqué al teatro pues soy un lector desesperado y desesperante de ese género, lo confieso no sin cierta pena, pero leí Pueblo rechazado y Compañero sin idea, sin entusiasmo, perdido.

A finales de los años setenta encontré entonces a un escritor admirable, el autor de Los periodistas. Parecerá una obviedad, pero el descubrimiento me hechizó. De modo que se podía escribir una novela sin una hazaña de la imaginación, se podía escribir una novela sin ficción. El relato del golpe de Luis Echeverría al periódico Excélsior, el retrato de una generación de periodistas, las complejas relaciones de la prensa con el poder, en fin, todo esto con diálogos de novela, episodios de novela, todo esto en una novela.

Mucho tiempo después supe que el periodismo es una corriente caudalosa que lo permite todo y cuyo único límite es la verdad informativa, el talento y, por paradójico que suene, la imaginación. Desde entonces, yo digo que en mi historia no existe el falso dilema entre periodismo y literatura. En parte, esto lo aprendí leyendo a Leñero.

Años más tarde leí La gota de agua y Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz. No creo exagerar si digo que se trata de dos novelas escritas como lo hicieron en otros ámbitos Gay Talese y Norman Mailer. Algo similar me ocurrió con las crónicas de Ricardo Garibay. Leñero, por cierto, escribió un muy buen texto como entrada a las obras completas de Garibay. No escribo prólogo porque se trata, más bien, de un retrato, una estampa de época, los trazos para la reconstrucción de un personaje. En ese género anfibio, Leñero era imbatible.

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Scherer, Leñero, Quezada ı Foto: Especial

Se me pasó en las narices un libro: La vida que se va, publicado en 1999 y reeditado hace uno o dos años. Una vieja le cuenta su vida a un reportero. Así de fácil, así de difícil. Fantasías, sueños, ilusiones a través de la composición de una red de muchas historias unidas entre sí. Pero si alguna vez estuve convencido de que Leñero era un gran escritor fue leyendo Gente así: 17 historias reales o ficticias, de una mano experta, en un estilo directo y profundo, con caracterizaciones de una fuerza indómita. Seguí con Más gente así. Un memorialista que restaura personajes, épocas, lugares, familia, amigos y enemigos. Lo mismo me pasó con Vivir del teatro. Entonces concluí que en esa mano autobiográfica estaban los mayores poderes de Vicente Leñero.

No tengo mucho que decir de Leñero en la redacción de Proceso pues como he dicho no lo conocí. Tampoco podría opinar sobre su compromiso con la verdad. Cuando aparecen la verdad y las defensas y las luchas, si se trata de periodismo y literatura, me duele un poco la cabeza. Me parece, además, que por más empeños que gaste Leñero, mi hermano no le pagará los cincuenta pesos que le debe.

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Scherer, Leñero, Quezada ı Foto: Especial

LO DIGO RÁPIDO: ABEL QUEZADA (1920-1991) es uno de los grandes artistas mexicanos del siglo XX. Le pertenece a Monsiváis la idea de que Quezada fundó la sátira moderna mexicana. Tuvo razón sobre todo si pensamos que humor, ironía y sátira no son la misma cosa, aunque compartan fronteras.

Quezada fue tocado por un don y varios talentos: la capacidad para hacerse querer por el público y la virtud que poseen algunos artistas para convertirse en nómadas de los géneros: historietista, caricaturista, guionista (eso eran sus cartones, guiones), escritor, pintor y un próspero hombre de negocios.

Le tocó en suerte a Quezada asistir al cierre del ruizcortinismo e inventar a un hombre que llevaba la cabeza tapada con una capucha: “el Tapado fuma Elegantes”, una marca de cigarrillos de la época. El único de los posibles precandidatos, aspirantes a la presidencia, que fumaba era López Mateos. Había acertado y creado a un personaje que acompañaría a la vida pública de la segunda mitad del siglo XX: el Tapado.

LE TOCÓ EN SUERTE A QUEZADA ASISTIRAL CIERRE DEL RUIZCORTINISMO E INVENTARA UN HOMBRE QUE LLEVABA LA CABEZA TAPADA CON UNA CAPUCHA: ‘EL TAPADO FUMA ELEGANTES’, UNA MARCA DE CIGARRILLOS DE LA ÉPOCA

Después de la aventura periodística a la cual lo llevó el coronel García Valseca, el final del ruizcortinismo coincide con la llegada de Quezada al periódico Excélsior. En ese tiempo inventa al señor Pérez, el hombre urbano promedio y posrevolucionario. Durante años, Quezada creó personajes populares que se enquistaron en el gusto popular y, también, en el gusto sofisticado. Gastón Billetes, El Charro Matías, Solovino, el Político Flotante.

Todas las mañanas, en la mesa de la casa, lo primero que leía el joven que fui era el cartón de Abel Quezada. Era un crítico sereno que ejerció la sátira con inigualable poder; la verdad es que también fue un elegido de la clase política, todos los políticos querían comer con Quezada, pero él estaba por encima de todos ellos.

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Scherer, Leñero, Quezada ı Foto: Especial

Si pienso en Quezada no puedo dejar de pensar en nuestros tiempos, en los caricaturistas del régimen de López Obrador, en su entrega vergonzosa al poder. Los amigos del ex presidente: El Fisgón, Helguera, Hernández y Rocha, exceptúo aquí al otro amigo, Pedro Miguel, han tenido que sostenerse sólo en sus probables dotes de dibujantes y desbarrancarse en la orfandad intelectual y el elogio al presidente, como ocurría antes. Las comparaciones no son odiosas: por fortuna del otro lado se puede leer a Calderón, Falcón, Trino, Camacho, Jis, Jabáz, Solís y Magú.

Pero otra vez me he desviado: Abel Quezada, un artista de primera línea en cualquier parte del mundo.