Disculpen el Celebrity Deathmatch, pero los extremos se tocan. El “discazo” a Eric Clapton parecía una anécdota sobre la estupidez de un fan y la reacción del guitarrista. Pero se armó la bola de nieve viral y una discusión muy grave con linchamiento digital. El 7 de mayo, al terminar un concierto en Madrid, el primero en España en 20 años, Clapton salía del escenario cuando alguien le lanzó un disco que le cayó en el pecho. Al parecer se enojó, pero castigó a los 15 mil asistentes y ya no salió a tocar las canciones del encore. Ardieron Troya y Roma juntas. Sus fieles más enfurecidos, desde asistentes al concierto hasta el hijo del vecino en otro continente, lo condenaron como si fuera un atentado contra Dios —que le dicen— y sus 81 años de blues blanqueado. Los más ofendidos ampliaron un pantallazo del video para descubrir qué disco era. Resultó ser el debut del grupo argentino Las Jirafas. El idiota que lo aventó era algún miembro que quiso hacerse promoción, obtener un autógrafo o que se llevara su disco para escucharlo. Lo hizo de una forma estúpida, no mala leche, pero la arrogancia de Clapton fue la de una deidad de cristal, se lo hacen creer quienes lo rodean y lo idolatran.
CREMA Y APARTE, CLAXON ME DA FLOJERA por aburrido, me causa apnea del sueño con todo y que lo vi en 2001. Pero me cae gordo por racista y xenófobo, luego de saquear la música negra para pavimentar su carrera. Perdí el interés en él y su guitarra cuando leí que, durante un concierto enBirmingham en 1976, invitó a los negros, inmigrantes y a todos los no blancos a salir del recinto y abandonar el país. En ese mismo concierto apoyó abiertamente al ultraderechista Enoch Powell en su cruzada por evitar que Inglaterra se convirtiera en una colonia negra. Un Ted Nugent británico. Aunque los fans volteen al otro lado si se los comentas y lo minimicen como un desliz.
La costumbre de arrojar objetos a los artistas es americana e inglesa, se la sabe Don Claxon. El New York Times reportaba que al actor John Ritchie lo tomatearon en Hempstead, Long Island, en 1983. En la música popular, particularmente en el rock y el pop, a los músicos les han lanzado proyectiles de admiración o desprecio: flores, prendas interiores y exteriores, drogas, botellas, latas, herramientas, escupitajos, jeringas, monedas, juguetes sexuales, cartas, agua, cerveza, orines, zapatos, iPhones, dulces, como la lollipop que se estrelló en el ojo azul de Bowie, y animales, como el murciélago que le aventaron a Ozzy en 1982 y al que le arrancó la cabeza de una mordida.
Sin ir tan lejos, el 8 de mayo en un concierto de Julión Álvarez en Metepec, a media canción alguien le aventó un ramo de rosas que le cayó en la cara. Un ramalazo. El Rey de la Taquilla respiró hondo y siguió cantando como si nada entre ovaciones hasta el final. ¿Qué culpa tenían los miles que pagaron por verlo? Que se infarten los fans del Dios Claxon por compararlos, pero qué profesional se vio el tal Julión al no tomarlo personal. Le faltó humildad al Mano Lenta.
Las reglas del marqués de Queensberry
