Diversa Cultural

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PRELUDIO DE METRÓPOLIS ı Foto: Especial

PRELUDIO DE METRÓPOLIS

El estruendo del gran órgano se elevó como un intenso rugido hacia la cúpula. Su fuerza titánica redoblaba en la bóveda como queriendo romperla en mil pedazos y huir al infinito. Freder echó la cabeza hacia atrás; sus ojos, desorbitados y enardecidos, miraban sin ver hacia lo alto. Sus manos ordenaban aquel caos de notas y creaban música, luchaban con la vibración del sonido que se agitaba hasta lo más profundo de su ser. Nunca había estado tan cerca de las lágrimas en su vida, y ahora, dichoso e impotente, se abandonó a aquella neblina brillante que le aturdía. Sobre él, la cúpula del cielo en lapislázuli de donde pendían —misterio en oro, doce veces repetido— los signos del Zodíaco. Por encima de ellos, los siete coronados: los planetas. Y más alto todavía, una miríada de estrellas brillantes como plata: el Universo. Al compás de la música, las estrellas de los cielos iniciaron su solemne y portentosa danza. El estruendo de las notas disolvió la habitación en la nada.

El órgano que tocaba Freder se alzaba en medio del mar como un acantilado contra el cual rompían las olas. Con sus poderosas crestas de espuma, se alzaban violentamente; y la séptima era siempre la más fuerte. Pero muy por encima del mar, que respondía con su rugido al estruendo de las olas, las estrellas del cielo tejían su solemne y portentosa danza.

Thea von Harbou, Metrópolis, trad. Amparo García Burgos, Martínez Roca, 1986.

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LA ÚLTIMA CRÓNICA

Detente un poco. ¿Me encuentro ya tan cerca del final? ¡Sí! Ya todo ha terminado, un paso o dos sobre esas tumbas recientes y el fatigoso camino habrá concluido. ¿Podré culminar mi misión? ¿Podré llenar el papel con palabras dignas de la gran conclusión? ¡Levántate, Negra Melancolía! ¡Abandona tu soledad cimeria! Trae contigo las oscuras nieblas del infierno para que oscurezcan los días; trae contigo tierras marchitas y exhalaciones pestilentes que al penetrar en cavernas huecas y conductos subterráneos llenen sus venas pétreas de corrupción, para que no sólo dejen de florecer las plantas, se pudran los árboles y los ríos bajen llenos de hiel, sino también para que las montañas eternas se descompongan y la putrefacción alcance al poderoso océano; para que la atmósfera benigna que rodea el planeta pierda toda su capacidad de generar vida y sustento. Hazlo así, poder de semblante triste, mientras yo escribo, mientras unos ojos leen estas páginas.

¿Y quién las leerá? Cuidado, tierno vástago del mundo renacido. Cuidado, ser bondadoso de corazón humano, que sin embargo vives ajeno a la preocupación, frente humana aún no surcada por el tiempo. Cuidado, no vaya el torrente alegre de tu sangre a detenerse, no vayan a encanecer tus cabellos dorados, no vaya a tornarse tu franca sonrisa en arruga cincelada y profunda. Que el día no contemple estas páginas, no vayan sus alegres colores a desvaírse, palidecer y morir. Busca un campo de cipreses cuyas ramas ululen con la armonía adecuada; busca alguna caverna profunda en las entrañas de la tierra donde no penetre más luz que la que se abra paso, parpadeante y roja, a través de una única grieta y tiña la página que lees con el tono siniestro de la muerte.

Mary W. Shelley, El último hombre, trad. Lucía Márquez de la Plata, Akal, 2020.

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UN EXPERIMENTO GENÉTICO

Día 81. Parece que fuera de verdad un experimento. La idea es desagradable. Pero ahora que hay evidencias de que la Colonia terrestre era un experimento, la inserción de un grupo haini normal en la población autóctona protohomínida de otro mundo, esa posibilidad no ha de ser descartada. La manipulación genética humana fue práctica común entre los colonizadores; no hay otra razón que explique los hilfs de S o los degenerados homínidos alados de Rokanon. ¿Hay otra explicación para la fisiología sexual guedeniana? Accidente, es posible; selección natural, difícilmente; la ambisexualidad de estas criaturas tiene un valor escaso o nulo como factor de adaptación.

¿Por qué un mundo entero para ese experimento? No hay respuesta. Tinibossol cree que la colonia se instaló durante un período interglacial mayor. Las condiciones de vida parecieron adecuadas en los primeros 40 mil o 50 mil años. Cuando el hielo avanzaba otra vez, los hainis se retiraron y los colonos fueron abandonados a su suerte; un experimento inconcluso. Teorizo acerca de los orígenes de la fisiología sexual guedeniana. ¿Qué sé realmente? […]

Ursula K. Le Guin, La mano izquierda de la oscuridad, trad. Francisco Abelenda, Minotauro, 2008.

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TRUFFAUT EN UN CENTRO DE MENORES DE PARÍS ı Foto: Especial

TRUFFAUT EN UN CENTRO DE MENORES DE PARÍS

Desde [el barrio] de Villejuif, Truffaut escribe a sus progenitores sin descanso, pidiendo mermelada y sus libros sobre Chaplin y Orson Welles. En casa interpretan estas cartas como un ejercicio de cinismo y un ejemplo claro de su falta de arrepentimiento, ante lo cual los padres tardan dos meses en ir a visitarlo. Por Navidad, cinco galletas, una tableta de chocolate y ningún palmetazo, escribe François a su madre. […] Cumple los dieciocho encerrado en un calabozo por tentativa de fuga e injurias. No podrá ver a su madre, quien por primera vez había acudido a verlo. En el centro cuenta también con sus protectores, que le procuran revistas de cine y periódicos. Sí resultan enojosos los días que pasa en la enfermería: sus frecuentes visitas al burdel de la Rue Navarin y una vida sentimental ya bastante activa han dejado en François la marca de la sífilis, que en el centro curan con inyecciones en el vientre cada tres horas. Los pinchazos se convierten para él en unidad de tiempo: “Espero recibir antes de las siguientes treinta y ocho inyecciones las Palabras de Jacques Prévert”, escribe a su madre el 8 de marzo.

Daria Galateria, Condenados a escribir. Escritores entre rejas, trad. Francisco Campillo, Impedimenta, 2025.

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EL FUTBOL DE AYER

Hace unas semanas el magnífico jugador del Barcelona Pep Guardiola hizo unas valerosas y pertinentes declaraciones en las que pidió a los dirigentes de los clubs que hablen menos, sobre todo si es para lo acostumbrado: soltar bravuconadas, meter el dedo en el ojo ajeno y de vez en cuando insultar sin rodeos a los árbitros, a los rivales, a sus propias plantillas, a la Federación o a quien se tercie. Guardiola acabó diciendo lo que esos dirigentes bien saben, pero se esfuerzan como insensatos en que se olvide: “Ellos sin nosotros no son nada”. […]

Hace un poco más de tiempo, el jugador brasileño Romario, hoy en el Valencia, anunció desafiante y tranquilo sus intenciones de seguir haciendo lo que se le antojara en su vida privada y de salir, por tanto, cuantas noches le apeteciera, a bailar hasta las mil y gallo. Y explicó, muy razonablemente, que era amigo de la noche y que sólo si la disfrutaba era feliz y luego metía goles en los partidos. Le han llovido las censuras: se lo ha acusado de insolidario, de reclamar favoritismos, de señorito y por supuesto de cabeza loca. La contradicción es fantástica: por un lado, se desea contar con un jugador imprevisible, genial, anárquico pero mortífero y que, como suele decirse en la jerga, “marque la diferencia”; por otro, los generales anhelos de uniformización de los individuos y algunas grotescas apelaciones a la disciplina —como si todo fuera el Ejército— inducen a la mayoría a olvidar que si un futbolista se sale de la norma en el campo es muy probable que deba de ser también “diferente” en su vida y sus costumbres. Y así, vivimos en una sociedad que busca desesperadamente e idolatra a los singulares, que son quienes hacen más felices a las gentes y dan dinero a sus jefes, y a la vez intenta por todos los medios que esos singulares dejen de serlo porque en el fondo eso molesta y subraya la medianía no ya de sus compañeros (a los que de hecho ayudan a brillar a menudo), sino de sus patrones celosos.

Javier Marías, “No son nada” (1995), Salvajes y sentimentales. Letras de futbol, Ed. y selección Paul Ingendaay, Debolsillo, 2007.

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