EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

Cómo ordenar una biblioteca (de libros de música)

CÓMO ORDENAR UNA BIBLIOTECA
(DE LIBROS DE MÚSICA)
CÓMO ORDENAR UNA BIBLIOTECA (DE LIBROS DE MÚSICA) Foto: Cortesía del autor

Hace años que vivo sepultado bajo libros de música.

Soy enemigo de las novedades. Odio los premios Nobel. Detesto a los histéricos que apenas anuncian al ganador salen corriendo a comprar sus libros. Se trate de señoras copetonas o güeyes frígidos. Desconozco la mayoría de la literatura contemporánea. Pero no por ínfulas de superioridad o por desdén. Me resulta doloroso alejarme de la ruta de lecturas que tengo trazada. Ese es el corazón de la cuestión. Sólo esporádicamente pongo en pausa mi lista de pendientes para sumergirme en alguno de los autores que me han formado. Por ejemplo, no puedo posponer a Fadanelli, Ortuño, Toscana o Bonnie Jo Campbell.

EL OFICIO DE BIBLIÓMANO congenia a toda madre con la personalidad adictiva. El libro es una droga. Como la música. Y cuando se combinan resulta el peor de los vicios. Y lo más cercano a una colección de discos (en caset, cd o en vinyl) es una de libros de música. Ser melómano no sólo consiste en amasar un número infinitesimal de álbumes. Al verdadero amante de la música, además de escucharla, le interesa desmenuzarla. Documentarse, leer al respecto, investigar, conocer a fondo las circunstancias bajo las cuales fue creada, son actividades paralelas tan indispensables como el acto mismo de oír un disco.

Mi obsesión por los libros de música es, como muchas cosas buenas en mi vida, obra de José Agustín. El primer libro que anhelé poseer con todas las tripas fue La nueva música clásica. Era inconseguible. Se había esfumado hasta de las librerías de usado. Después de muchos años de pesquisa, de rebuscar entre las bibliotecas de mis amigos, de nunca rendirme, por fin sustraje las ediciones de Cuadernos de la Juventud y de Editorial Universo de casas de semiconocidos. Entonces se produjo la revelación. Comprendí que mi relación con la música también se daría a través del papel.

MI OBSESIÓN POR LOS LIBROS DE MÚSICA ES, COMO MUCHAS COSAS BUENAS EN MI VIDA, OBRA DE JOSÉ AGUSTÍN. EL PRIMER LIBRO QUE ANHELÉ POSEER CON TODAS LAS TRIPAS FUE LA

NUEVA MÚSICA CLÁSICA

Todavía pasarían algunos años para que yo comenzara a amasar la nada desestimable fortuna que poseo ahora en libros de música. En un par de décadas, un tiempo récord si lo consideran. José Agustín me convirtió en ladrón, antes que en escritor. Como yo no deseo hacer lo mismo con alguien más, mis libros de música los resguardo en mi habitación. Nadie tiene acceso a ese librero. Y por supuesto que no los presto. Hace un montón de pedas que dejé de incurrir en esa práctica estúpida y autodestructiva. Aunque no soy la biblioteca municipal, si alguien quiere leer alguno de los inconseguibles libros de mi acervo, es bienvenido a sentarse en la sala de mi casa hasta que lo termine. Le regalo un té de oolong de cortesía.

A los veinte años me habría sido imposible atesorar una biblioteca de libros de música. En principio, porque apenas si se traducían algunos títulos. No sería hasta la década del 2000 que el boom de los libros sobre rock atacaría las mesas de novedades. El segundo factor habría sido el dinero. Ser bibliómano es una afición dispendiosa. Entonces no contaba con el poder adquisitivo para hacer frente a todos mis antojos. Tampoco soy solvente ahora. Pero debido a mi relación con el mundo del libro, propiciada por mi dedicación a la literatura, una gran cantidad de los huéspedes de mi biblioteca han sido obsequios. Otros me los han enviado distintas editoriales para que los reseñe en esta misma columna.

Haciendo cuentas, considero que sólo he pagado por el 15% de mi biblioteca de libros de música. O quizá por un 18%. De lo contrario, no podría presumir semejante colección. Que cada semana va en aumento, por cierto. Desde aquí quiero agradecer a todos los que han contribuido a la causa.

Una vez que rebasé los cincuenta títulos (no sé cuántos tengo en total, no los he contado, pero por la fotografía podrán hacerse una idea), tuve que ordenarle al carpintero un librero especial. Con el transcurrir de los meses demostró ser insuficiente. Ahora tengo que mandar hacer otro. Pero una vez despejé mi escritorio, el hogar natural de todos los libros que se van sumando a mi patrimonio sentimental, el principal problema consistió en idear una propuesta de orden. Algo un tanto inexplicable en mí. En busca de un poco de inspiración me exprimí Cómo ordenar una biblioteca de Roberto Calasso.

La opción de acomodarlos por el mismo color de lomo me pareció bastante ñoña. Así que la descarté de inmediato. Entonces decidí que procedería a hacerlo por editorial. Una vez completada la tarea lo sentí muy artificioso. Como de librería de Sanborns. Por abecedario me pareció propio de un viejo decrépito. Está bien que soy un viejo ebrio y perdido, pero no tengo por qué exagerar. Ensayé todas las formas posibles que me vinieron a la cabeza. Por bandas. Por género. Los de los Beatles con las bios de Lennon, McCartney, et al. Sin embargo, tampoco me sentí identificado con esa forma particular de desorden.

QUÉ HARÍA EL VIEJO MAESTRO italiano en mi lugar, me preguntaba. Una solución habría sido acomodarlos conforme fueran llegando. Pero por alguna razón que no puedo explicar, esto también me quitaba el sueño. No quería que el caos se instalara a sus anchas. Aunque esto también suponía otro problema. Se revolverían los libros leídos con los que estaban pendientes de leer. Y no, no es que el caos me asuste. Cualquier lector de este espacio lo sabe. La cuestión es muy básica. Me siento muy orgulloso de mi biblioteca de libros de música y quería admirarla a placer. Soy muy cuidadoso con este librero, nunca abro la cortina de mi habitación antes de las doce, para que el sol no decolore los lomos.

Sería oneroso enumerar aquí los títulos que poseo. Mis favoritos los he ido reseñando aquí mismo en El Cultural. Ese fue también otro diseño de orden que deseché. Los consentidos. Los consentidazos. Los que nunca volveré a leer. Pero de los cuales soy incapaz de deshacerme. Al final, para ponerle fin a mi tormento, me decanté por la siguiente forma. La percepción extrasensorial. Sí, coloqué los títulos en lugares donde sé que podría encontrarlos fácilmente. Cómo sé dónde están ubicados, es un misterio. Pero en caso de búsqueda, no demoraré más de dos minutos en hallarlos. Cada mañana al despertar, sé, con los ojos cerrados, dónde descansa la autobiografía de éste o aquel personaje.

Y por fin, con ese sistema de disposición, encontré la paz.


Google Reviews