Dos Amelias o cómo engañar a la fatalidad del destino

A través de la historia, los boxeadores y boxeadoras han seguido todo tipo de rituales para atraer la suerte y alejar los malos espíritus: usan talismanes, se persignan, rezan, se arrodillan, bailan, visten prendas especiales. Así comienza este ensayo de Marina Porcelli sobre las peleas de box mixtas que existen desde los orígenes del boxeo, para ilustrar después cómo esta práctica trascendió en algunas piezas literarias clásicas de escritores como Arthur Conan Doyle y Carson McCullers.

La pionera Margarita Montes, de Mazatlán, intercambia golpes en un
cuadrilátero improvisado
La pionera Margarita Montes, de Mazatlán, intercambia golpes en un cuadrilátero improvisado Foto: Especial

Que Firpo, Luis Ángel Firpo, la licencia número uno de boxeo en Argentina, nunca se subía al ring sin su robe de chambre a cuadros amarillos y negros, que le traía suerte, decía. Jack La Motta usaba una también, estampada de leopardo. Pienso ahora en los pantalones impecables de Alí, en los muchos boxeadores y boxeadoras que llevan talismanes, objetos de la fortuna, prendas para la suerte: vendas, botas, pantaloncitos. El mono Gatica escondía una estampita de San Roque entre los pliegues, Locche, Monzón, ofrendaron los guantes a la Difunta Correa, la santa del desierto, cuando obtuvieron el campeonato mundial. Otros rezan antes de subir al cuadrilátero. En voz baja encadenan plegarias desde los vestuarios o se persignan al borde del ring. PacMan, el famosísimo Manny Pacquiao, se arrodilla con la frente apoyada sobre la barra de su rincón. Algunos bailan. Dicen que en 1929, Guillermo Silva, Kid Charol —el número 11 de la revista Historia del boxeo, de abril de 1970, lo afirma— daba pasos de charleston cuando pisaba la lona. Además, tenía una cabeza de búfalo en miniatura bordada en uno de los laterales de los shorts. En todo caso, se trata siempre de conjurar al destino para que el destino no caiga sobre nosotros con todo el peso de su fatalidad. Detenerlo, protegerse, suplicarle, inventar una especie de escudo o mampara que nos ponga a salvo de lo que puede salir mal. Como un ruego contra la muerte. Decir algo en voz alta para que efectivamente pase, o decir lo contrario de lo que queremos que pase. El ritual invoca ciertas palabras, orden de gestos, repeticiones que estabilizan. Nos defiende. Rompe lo previsible, y arma una lógica donde la fatalidad no sucede. Esto, aunque una vez que le entramos al misterio, decía Rafael Barrett, lo que siempre encontramos es más misterio.

Vestirse de una manera para que lo maligno no nos alcance. Que no tenga entrada, cabida en nuestra historia. Algo en la vestimenta, entonces, esto de lucir y enfundarse —y entre boxeadores hay más, Hearns se cortaba religiosamente el pelo antes de cada pelea, Julio César Chávez se ponía un pañuelo rojo en la frente contra los maleficios del rival; algunos, muy supersticiosos también, como Alfonso Senatore, subían al cuadrilátero con sólo una toalla alrededor del cuello. Se moría de frío. Prefería helarse, así declara, que andar vestido y quebrar la Cábala—.

LA ROPA NOS PROTEGE CONTRA LA DESGRACIA, CONTRA LA DESOLACIÓN Y LA MUERTE. DE HECHO, HAY REGISTROS DE SACERDOTES VESTIDOS DE MUJERES EN LOS TEXTOS SUMERIOS

ESTO DE QUE LA ROPA TRASCIENDE, va más allá. Casos donde se otorga fuerza desacostumbrada a las mujeres que se visten de hombres, y casos en los que se feminiza a varones que se enfundan en túnicas y faldas. Arranca a los cuerpos de su determinación binaria. Y con este nuevo sentido de la reverberación, se enfatiza el deseo y las connotaciones del ritual. La ropa nos protege contra la desgracia, contra la desolación y la muerte. De hecho, hay registros de sacerdotes vestidos de mujeres en los textos sumerios, y se habla siempre de los galla (los galli) del 4500 a. C. Se sabe que el emperador romano Heliogábalo (Elagabalus) del año 222 prefería que “lo llamaran dama, en lugar de señor”. En Inglaterra, hay casos de prostitución de varones con ropa de mujer desde fines del siglo xiv. También se visten de mujer los protagonistas de las comedias de Lope de Vega, y en las de Tirso de Molina van como hombres las mujeres, las comedias de enredo suponen casi siempre un desplazamiento hacia el otro género. Además, en ciertos pueblos de Dinamarca, la tradición dicta que los varones que pronto van a casarse deben lucir durante unos días el vestido de la novia: con esto se engaña a los malos espíritus, y se evita que las fuerzas diabólicas arruinen el futuro de la pareja y su salud.

El 8 de julio de 1995, el boxeador de Tijuana, Jorge Maromero Paéz, se subió al ring vestido de novia. Fue en Lake Tahoe, en el combate contra Vida Ramos. Páez declaró que justo ese día se había casado, y que los olanes y el velo y el tul eran también un tributo amoroso a su pasado en el circo, a sus años de acrobacia. Esa noche, Paéz llevaba guantes rojos, y los reportes insisten en que nunca perdió la concentración: hizo sombras y dio golpes al aire al ritmo de Estoy agotado de Maná —siempre me sorprendió que eligiera justamente esa canción para aparecer en el ring—, y antes del primer campanazo, sus segundos le quitaron las ligas de las piernas. En ese combate, sin embargo, el Maromero perdió por puntos. Cierro la historia así porque en este énfasis de lo teatral, en este acting y en este performance de los gestos que repetimos o invocamos, no deja de ocurrir, al final, lo que Kafka señala sobre los leopardos que irrumpen en el templo y beben hasta vaciar los cálices de sacrificio: “hasta que es posible preverlo”, dice Kafka, “y se vuelve parte de la ceremonia”.

La boxeadora profesional irlandesa Katie Taylor celebra una victoria.
La boxeadora profesional irlandesa Katie Taylor celebra una victoria. ı Foto: The Profile

DOS AMELIAS O LA DISPUTA DE LA FUERZA

Por puro azar, los dos personajes se llaman Amelia, y quizá de lo que se trate es de enlazar esta coincidencia, inventarle un sentido. Concretamente, hablo de unvarón que se viste de mujer para una pelea en un cuento de Conan Doyle (“La caída de Lord Barrymore” publicado en Strand Magazine en 1912), y hablo de una mujer que vence a un hombre en una pelea de boxeo, en La balada del café triste (1951), el famoso relato de Carson McCullers.

Claro que los registros de peleas mixtas están en los orígenes del boxeo. No sólo porque la primera boxeadora moderna, Elizabeth Wilkinson Stokes (1722), se enfrentaba a hombres, sino por otra tradición que tiene a Margarita Montes de Mazatlán (1913), y a Elvecia Cheppi (1926) de Tandil, Argentina, entre los ejemplos más nítidos. Se supone que Margarita Montes realizó en total 28 peleas, cinco fueron contra mujeres: las otras 23, contra varones, y casi siempre Montes venció por knock out. De ahí se desprende la anécdota contra un boxeador que se enoja, después de que ella le rompe el pómulo derecho, y hay revancha, y en la revancha, ella le destroza el pómulo izquierdo. También hay otra pelea contra un hombre que pesa diez kilos más que la mujer. Previsiblemente, Margarita Montes pierde, pero lo reta a una segunda oportunidad, y entonces sí sale ganadora.

De Elvecia Cheppi sabemos lo que da cuenta el periódico Nueva Era del 26 de marzo de 1926, sobre su “sensacional match de fondo” en Tandil: que ella puede “liarse a trompadas a toda mujer y a todos los vecinos, boxeadores o no, sean herreros o médicos, que pesen 70 kilos”. Sigue el diario que el anuncio fue a cinco rounds, pero finalmente se hicieron seis “porque el público lo pedía a gritos”. Que la impresión que causó Elvecia fue muy buena “ya sea como pugilista como por su correcta conducta”. “La señorita Cheppi maneja la izquierda y la derecha con suma agilidad y la aplica con mucha certeza”, además de mostrar una enorme resistencia porque elige no sentarse en los breaks.

“La pelea tuvo lugar el Día del Topo, que es el 2 de febrero” escribe Carson McCullers. Es el comienzo de capítulo en que, a las siete de la tarde, sucederá el combate entre Miss Amelia y su ex marido, Marvin Marcy. Una mujer ruda, hosca, económicamente sólida, que ha construido su café y su riqueza a fuerza de trabajo y sentido práctico. Su único punto débil es su primo jorobado, primo Lymon, que llega de golpe y toma posesión de la casa. Ella lo hospeda hasta la llegada de Marvin Marcy, que también quiere apoderarse de la casa. Todo se define, entonces, en una pelea de boxeo, a las siete de la tarde, en el patio del café. Amelia y Marvin entrenan, se pasan grasa de cerdo por el pecho, se vendan las manos.

El “Día del Topo”se refiere a la superstición de comienzos de febrero, cuando se pone atención al comportamiento el animal que sale de la madriguera después de meses de haber hibernado. Si el animal ve su sombra, y decide guardarse otra vez, el invierno seguirá inexorable; si el animal decide quedarse afuera por fin, esto indica la llegada pronta de la primavera. En la historia de McCullers, sin embargo, no se sabe cómo se cumple la superstición: sólo se señala este día fundacional: como un aviso, como una bisagra, como un giro. Como un tópico que abre posibilidades. Lo que sí escribe McCullers es que esa misma tarde “un halcón con la pechuga ensangrentada voló sobre el pueblo y dio dos vueltas sobre la casa de Miss Amelia” y este aviso instala así, ominosamente, la fatalidad. La que caerá sobre Miss Amelia, cuando ella, con su fuerza, está a punto de vencer a Marvin, la que hizo que el primo Lymon se le colgara del cuello, y la derrotara. Porque Miss Amelia cae, pero cae no por su propia limitación, no es la fuerza “masculina” la que la vence: ella cae por traición. “Con un chillido feroz”, dice la novela, el primo Lymon salta desde el mostrador del café y se cuelga del cuello de la mujer.

EL ‘DÍA DEL TOPO’ SE REFIERE A LA SUPERSTICIÓN DE COMIENZO DE FEBRERO, CUANDO SE PONE ATENCIÓN AL COMPORTAMIENTO DEL ANIMAL QUE SALE DE LA MADRIGUERA DESPUÉS

DE MESES DE HABER HIBERNADO.

En cambio, el cuento de Conan Doyle que (insisto) es de 1912, se inscribe en la tradición que desde 1880 había prohibido el boxeo de mujeres, y las determinaba fuera del “ámbito de la fuerza”. Estaba mal visto que una mujer peleara, y sobre todo, en esta prohibición explícita estaba implícito el cuestionamiento a su capacidad. En “La caída de Lord Barrymore”, un hombre es humillado por otro, vestido de mujer. La humillación consiste, justamente, en que es vencido por una falda. Se trata de una pelea entre dos lords, una venganza. Un intento de saldar cuentas. Lord Barrymore anda por el mundo prepoteando a transeúntes, ofendiendo a los quepasan, abusando de su poder. Hasta que un hombre vestido de mujer (que se hace llamar Miss Amelia) lo aborda en el parque: y le grita que ha sido ultrajado, que se siente ofendido. Cuando el ataquecomienza, en este marco de “escarnio público”, varios se suman a la turba, con ánimo de linchar a Lord Barrymore. De hecho, hay todavía un detalle más: otro personaje, un criado de Lord Barrymore, está disfrazado de clérigo, lo que sugiere también la idea de falda. Y este detalle, esta irrupción de lo teatral en el combate (la falda del clérigo, las mujeres-hombres, el enredo de los cuerpos que buscan hacer justicia) desata que en las dos historias, en la de McCullers, en ésta de Doyle, en estas dos Amelias, lo que subyace, lo que vale la pena señalar es el cuestionamiento al monopolio de la fuerza física de los varones. A fin de cuentas, Joyce tildaba de “andrógino” al atuendo de los sacerdotes.

Katie Taylor, la actual boxeadora irlandesa, que nació en Bray el 2 de julio de 1986, y que ganó el campeonato mundial cinco veces (entre 2006 y 2014) y seis veces el campeonato europeo (entre 2005 y 2014) contó una vez que, durante sus primeros años de entrenamiento, “fingía ser hombre para poder pelear”. Concretamente, se hacía pasar por varón para que la ingresaran a las competiciones. Usaba un casco para que no la descubrieran, firmaba sus participaciones con el nombre de Kay. Esto lo cuenta antes de uno de sus combates míticos contra Amanda, en 2025:

Solía tener el pelo recogido en mi casco y ser conocida como Kay Taylor. Cuando me quité el casco al final de la pelea y se dieron cuenta de que era una niña hubo un gran alboroto. Era la única mujer boxeadora en el país en ese momento así que tenía que fingir que era un niño para entrar en estas competencias.

La pregunta, entonces, es si sólo los varones son físicamente fuertes, o si ya va siendo hora de refutar esa dicotomía pesada, la que asigna a las mujeres como sexo débil, la que las limita y las condi-ciona a ese destino.


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