—Me fui porque tenía hambre.
Responde con voz queda y espaciando las palabras.
Me llevo a los labios el vaso de agua, un puro reflejo. No hay entrada en mi cuerpo para algo que no sea su voz.

Diversa Cultural
Acabo de preguntarle por qué se fue de su pueblo siendo tan niña. Por qué estaba tan segura de que lo mejor que podía hacer era irse. Por qué no aguantó hasta crecer.
Por qué su mamá no la retuvo. Yo qué sé del hambre.
—¿Y no sentiste miedo? —Su mirada es la de quien sabe que diga lo que diga no será comprendida.
Insisto:
—Me cuesta imaginarme a esa edad abandonando la casa. Ni te imagino dejándome ir.
—Tenía harta hambre. Mis hermanitos andaban todo el día detrás de mí, y yo sin nada para darles… —Responde con una mano extendida en la que empieza la cuenta de sus hermanos, uno, dos, tres… no termina de contar.
Cómo será el cansancio, el desconsuelo de no poder saciar a los que quiero.
Qué tamaño de hambre saca a una niña de su familia, su casa, su pueblo.
Sus pupilas de obsidiana me devuelven mi rostro, me dejan sin aliento para la otra pregunta, que no haré.
Debe de haber otra razón y quisiera encontrarla en sus ojos.
Acumulo una nueva culpa, pero no es por mi ignorancia de esa atroz precariedad. Es porque siento que hay algo que no me dice.
OTRAS HISTORIAS ME ATRAVIESAN Y LAS ESCRIBO: EL ALCOHOLISMO DE MI PADRE, LA ENFERMEDADDE MI HERMANO PEQUEÑO, INFANCIAS ROTAS, DUELOS INACABABLES.
Elia, digo para mí el nombre de mi madre, ¿qué te amenazaba?
Erri de luca escribe: “En el nombre del padre: inaugura la señal de la cruz. En el nombre de la madre se inaugura la vida”. Es el verano de 2022 y llevo ya algún tiempo acumulando lecturas. Busco textos sobre lengua, migraciones, destierros, memoria. Desde mi primer libro de cuentos persigo este viaje ancestral. Busco la vida de Elia. Otras historias me atraviesan y las escribo: el alcoholismo de mi padre, la enfermedad de mi hermano pequeño, infancias rotas, duelos inacabables. Pero también leo y fraguo preguntas sin enunciarlas, me dedico a vuelos de reconocimiento. Ahí todavía no puede haber escritura, solo la observación de mi pena, como escribió C. S. Lewis acerca de la muerte de su mujer, un testimonio que también es el de un amor observado.
Me acompañan otros libros y no sabía, hasta que empecé a escribir estas páginas, que mis muertos vendrían a ejercer su derecho a hablar, en la lengua franca que convoca a los vivos. Incluso ellos tienen un derecho a decir, a ser reconocidos en sus islas remotas. Me vuelvo un umbral para esas voces y las de mis ancestras, incomprensibles e íntimas.
Entre las voces, la de Elia es cardinal. Encarna lo que soy y lo que han sido las mujeres que me anteceden.
Es verano y cantan atronadoras las cigarras. He abierto todas las ventanas de la casa y entra el aire de la montaña. Se dice que ese canto atrae la lluvia, y pronto comienzan los pájaros a volver a sus nidos. No puedo pensar en términos de propietaria: estos árboles donde anidan aves rojas, de belleza incalculable, no pueden ser míos. O los bambúes que planté insignificantes y ahora prosperan en una sombra imponente que magnifica la voz del viento. Nada es mío. Comenzamos la construcción de esta casa hace diez años, vi cada bloque de adobe nacer de esta misma tierra, la obra fue avanzando si había dinero, se detuvo cuando hizo falta. Nos robaron algunas vigas de madera y fue costoso instalar celdas solares, pero al final logramos que la casa hiciera poco estropicio en esta montaña: recuperamos agua de lluvia en una cisterna, casi todo el año sobrevivo con esos litros venidos del cielo, ahorro electricidad, el baño es seco: aquí no se ensucia el agua. Heredo y honro el pensamiento de un sacerdote católico vienés que compró estas tierras en Ocotepec, pueblo aledaño a Cuernavaca, y soñaba con comunidades autolimitadas tecnológicamente. No conocí a Iván Illich, pero junto con otras personas le compré a su heredera, la monja que fue su compañera de vida en los últimos años, Valentina, un pedacito de tierra en este pueblo, y leí sus obras y me comprometí a vivir de cierta forma que él imaginó, pero ya no alcanzó a ver. Le damos un nombre a este conjunto de casas sin murallas, donde estar a la vista de los vecinos es precisamente lo que nos protege: Ecotepec.
Los fines de semana llego manejando desde la Ciudad de México; vivo y trabajo allá. En ocasiones, apenas entrando a Cuernavaca, voy por Elia a su casa y venimos a la mía, o quedamos en un café.
Se sienta en la mesa del comedor. Preparo té de jazmín, pero antes de servirlo tengo que abrir camino, apilo los libros llenos de papelitos de colores que separan páginas, mezclados los que ya leí con los que me falta leer. Me mira maniobrar y comienza a pasarme algunos hasta que tenemos una decorosa área despejada. Se acerca la taza a la nariz, oler la infusión es lo que más disfruta. Bebe casi cuando se ha enfriado.
Las campanas del pueblo comienzan a sonar, se escuchan también los cohetes que anuncian una celebración. Algunos domingos también se oye a la distancia el sonido de la misa que se transmite por altavoces. Un telón de fondo que no estorba nuestra conversación.
Le hablo de este libro. Solo puedo escribirlo con ella, a su lado, entre nosotras.
Necesitaré que me cuente algunas historias que no sé, que pensé que sabía, que no recuerdo del todo o que simplemente me gustaría escuchar otra vez. Se trata de volver a la infancia, ese principio.
Invito a Elia a que anidemos juntas. A buscar en su memoria y en la mía. En su lengua y en la mía.
Suspira profundo. Me mira sonriendo. —¡Híjole! Hay muchas historias.
No sé si la frase queda inacabada.
Sé que le gusta la idea cuando de pronto enumera alborozada lo que va a contarme, en un afán de organizar, como cuando se deleita describiendo los guisos y comidas que piensa cocinar.
—Te voy a contar de tu abuelo Gabriel, que un día desapareció, así nomás, y de tu abuela Ana, que se quedó solita… De mis ocho hermanos, los más chicos que andaban detrás de mí con hambre. De Sara, que no escucha y no habla, y le encanta poner música a todo volumen. De mi abuelito, el papá de mi mamá, que también se llamaba Gabriel y anduvo en la Revolución. Se queda en silencio y añade: De tu papá… ¿quieres saber?
Pero hay otro silencio: no menciona al tercer Gabriel en esta historia, mi hermano.
Propongo:
—También escribiré lo que recuerdo. Vamos a juntar las historias. Le brillan los ojos.
—¿Estás leyendo esos libros para escribir esto? ¿Estudias, como cuando tu papá te compraba las enciclopedias…?
Estudiar es exactamente lo que hago, con esos libros y con mis recuerdos.
Se levanta para servirse más té.

El blues del quirófano

