COMISIÓN DE SOMBRAS

Sobre la metamorfosis

Apolo y Dafne, Piero del Pollaiuolo, c. 1470-1475
Apolo y Dafne, Piero del Pollaiuolo, c. 1470-1475 Foto: Cortesía del autor

“Los dioses fueron maestros de la transformación. Incluso cuando el mundo se aquietó siguieron aplicando la potencia primordial de la metamorfosis a casos singulares, a ocasiones particulares para que la vida no perdiese su carácter aventurado”. De esta manera, Roberto Calasso interpreta ese canto de cambios perpetuos que es la Metamorfosis de Ovidio.

Esa potestad, convertirse en cisne, toro, lluvia de oro, que ejercen los dioses y pueden usar como recompensa o castigo contra la humanidad al provocar su transformación en ciervo, laurel, roble o tilo como en el caso del matrimonio de ancianos Baucis y Filemón, es exclusiva de su naturaleza, uno de sus atributos, que los mortales contemplan embelesados u horrorizados.

Cuando los dioses pierden ese poder, la metamorfosis comienza a asentarse en la psique humana; el primer estertor lo descubre Michel de Montaigne en el texto “Del arrepentimiento”, cuando declara que no pinta el ser sino “el tránsito”: “si mi alma pudiera asentarse, no haría ensayos”. Se queja de su propia inconstancia: “no dejarse ir, no desmentirse, es la cosa más rara, más difícil”, pero al menos sentía el consuelo de “si no me hallo en mí, estoy siempre muy cerca”. ¿Qué es esa inconstancia del ánimo que Montaigne verifica en sí mismo y lo contrista, al punto de asomarse al arrepentimiento esa “retractación de la voluntad”?

A VECES, PASAN SIGLOS ANTES de que otro autor pueda definirlo. Elias Canetti reconoce una sola responsabilidad del escritor, y no es una responsabilidad política, o mejor, lo es, pero bajo condiciones muy distintas, no se trata ni de activismo ni acción directa, sino del desarrollo y el ejercicio de la metamorfosis. “Lo que un escritor debe poseer hoy en día para tener derecho a serlo, lo primero y más importante, diría yo, es su condición de custodio de las metamorfosis”. El título honorífico es bellísimo, y la habilidad consiste “en mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres. Deberían metamorfosearse en cualquier ser, incluso el más ínfimo, el más ingenuo o el más importante”.

La razón sobre la que se funda esta fuerza centrípeta es doble: por un lado, porque el escritor va camino “hacia su autodestrucción a una velocidad cada vez mayor”; y por el otro, gracias a una condición que Canetti no sabe definir de otro modo que usando una palabra exiliada a las catacumbas de las religiones: misericordia.

De modo que ya nos es posible precisar: la labor de un autor es un ejercicio de anástasis, un descensus ad inferos no con el fin de regodearse en él —ir a tomarse la selfie a los bajos fondos— sino para rescatar, como Cristo, al mayor número de almas posibles del olvido y las pasiones tristes —según la definición de Spinoza—, el odio o el miedo. Canetti cierra con esta alocución directa: “Perseverarás en la tristeza, no menos que en la desesperación, para aprender cómo sacar de ahí a otras personas”. Quizás, lo que nuestro querido Montaigne no comprendía del todo —él que lo comprendía todo—, era que esa aflicción era el aleteo de la metamorfosis.

Por la misma época en la que Canetti presentía ese pálpito, Borges jugaba con otras ideas que conducían al mismo camino, cito en extenso:

Esa doctrina (que su más reciente inventor llama del Eterno Retorno) es formulable así: “El número de todos los átomos que componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y sólo capaz como tal de un número finito (aunque desmesurado también) de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de permutaciones posibles debe ser alcanzado, y el universo tiene que repetirse. De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble. Tal es el orden habitual de aquel argumento, desde el preludio insípido hasta el enorme desenlace amenazador. Es común atribuirlo a Nietzsche”.

Bajo el inane, y acaso procaz, vocablo de “permutaciones”, se esconde el halo de la metamorfosis; sin embargo, esta vez ya no se trata de un poder ni individual ni condenado a habitar el parvo esfuerzo del escritor, sino de una voluntad cósmica que Borges interpreta como el “tiempo circular” y rastrea de era en era, desde las teorías del comunista Blanqui, pasando por Schopenhauer, hasta alcanzar a Pitágoras —“si hemos de creer a los pitagóricos, las mismas cosas volverán puntualmente y estaréis conmigo otra vez y yo repetiré esta doctrina”— aunque, para perplejidad unánime, nunca mencione a Ovidio.

No importa, el verdadero poder de la metamorfosis es escapar de la esclerosis. Muy recientemente, el filósofo italiano Emanuele Coccia ha propuesto la metamorfosis como el modo de entender las variaciones, casi en el sentido musical, de todo lo viviente, un movimiento de todos los cuerpos que ni cesa ni se define, y subraya, no debemos asimilarlo a la evolución ni al progreso, pues la metamorfosis busca liberarse de toda teleología.

Llamamos metamorfosis a esta doble evidencia: todo lo viviente es en sí mismo una pluralidad de formas —simultáneamente presentes y sucesivas—, pero ninguna de ellas existe de manera autónoma, separada, ya que la forma se define en continuidad inmediata con una infinidad de otras, que están antes y después de ella.

AQUÍ, LA EXISTENCIA CIRCULAR se ha despojado por completo del yo —del tedio amenazante de la metempsicosis— para convertirse en un nosotros donde el poder de la metamorfosis lo compartimos, tal vez sería más correcto decir lo heredamos, con todo lo que existe, tanto la vida orgánica como la inorgánica, ejecución que nos libera incluso de nuestra especie, tal como sugiere Coccia: “solamente porque hemos hecho de nuestra personalidad y nuestra naturaleza puramente humana un fetiche —un objeto de fe absoluta—, consideramos la muerte como un acontecimiento absoluto”. No hay tal, la metamorfosis de la vida “cambia de especie, de forma, de modo de existencia”. No es que las cosas mueran y renazcan, nada de eso, sencillamente cambian de forma, se convierten en alimento y estímulo para otras variedades geológicas; y de ese modo, como un bello uroboros, regresamos a Ovidio: “se llama nacer al hecho de comenzar a ser algo distinto a lo que éramos y morir a lo contrario”.

EL FILÓSOFO ITALIANO EMANUELE COCCIAHA PROPUESTO LA METAMORFOSIS COMO EL MODO DE ENTENDER LAS VARIACIONES, CASI EN EL SENTIDO MUSICAL

No pretendo abonar al lector a ninguna convicción ni doctrina, sino llamar su atención sobre la fuerza de un concepto —acaso, voluntad o deseo— que no cesa de increparnos o seducirnos —como los dioses a los mortales— y que, en cualquier caso, nunca nosha abandonado.


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