OJOS DE PERRA AZUL

Corazón Partío

Corazón Partío
Corazón Partío Foto: Cortesía de la autora

Me comí un corazón humano. Todavía latía, pesaba más de lo que imaginaba. Estaba tibio. Con cada contracción me humedecía las palmas con una sangre espesa que empezaba a enfriarse. Lo observé bien. Dicen que el amor entra por los ojos, para mí entra por la boca. Hay quien besa, yo muerdo. Mi deseo conduce al aparato digestivo.

Hundí los colmillos en un ventrículo, desgarré una arteria, sorbí la vena cava. Arranqué una válvula, después otra, esas compuertas que deciden las entradas y salidas. Las mastiqué despacio, se sentían deliciosas como un cartílago o un tendón tierno. Entre un bocado y otro las combiné con galletas de animalitos, lo siniestro se mezcló con lo cotidiano, lo salvaje con lo infantil. Yo llevaba una falda corta que terminó salpicada de sangre y coágulos. Degusté el placer que me alimenta. Mi voracidad se evidenció sobre la tela y en mis muslos.

Más tarde, en el diván, le confesé esto a mi psicoanalista. Cuando duermes comes todo lo que no devoras en la vida real, me dijo, no ingieres carne sino órganos, aquellos que permanecen ocultos bajo la piel. ¿Mis pasiones, mis pulsiones? Pregunté. No respondió y se llevó la mano al pecho, al parecer preocupado.

Llegué a la conclusión de que no era el suyo sino el de alguien más. No pude ponerle nombre ni apellido, tampoco un rostro, no pertenecía a algún hombre a quien hubiera amado ni que haya dejado de querer. ¿Era del jardinero? Muy viejo para mí. ¿Del entrenador? Demasiado musculoso. ¿De un ex novio? Ya no sirve. Era de un desconocido.

ESA MISMA SEMANA tuve una primera cita. Más que romántica, fue una exploración anatómica por parte mía. No evalué su inteligencia ni sentido del humor. Tampoco pregunté sobre sus estudios, relaciones anteriores. Fingí interesarme en sus hobbies, gustos musicales, en sus inclinaciones políticas y asuntos sin importancia. Lo que hice con discreción fue averiguar el estado de salud cardiovascular. Lo imaginé sin camisa mientras lo examinaba con el estetoscopio. Inspeccioné su víscera cardiaca detrás del esternón, recostada sobre el diafragma, vulnerable. Calculé su peso, la fuerza y la cadencia del bombeo, la textura, la elasticidad. Evalué si era fácil de digerir o me caería pesado. Pensé en hacerle una resonancia magnética para ver si padecía alguna insuficiencia, soplos, cicatrices, zonas infartadas. Si era fibroso o estaba contraído. Si había sido desgarrado por algún accidente de tránsito o de amor, si se encontraba hipertrofiado. Lo difícil no es hallar uno sano, sino uno que se deje engullir. Cuando lo abracé noté su fuerte arritmia, una señal de que esperaba ansioso ser mordido.

Mi forma de amar es absoluta. Quiero poseer al otro, que esté adentro, que ocupe mis cavidades, que se quede en mí. Mi fijación oral no es una cuestión de hambre sino una necesidad de incorporación, de volver al otro parte mía.

Si hubiera una segunda cita contigo considérate advertido. Te arrancaré el corazón, lo tragaré, serás mío. Y en la oscuridad de mis entrañas dejarás de ser ajeno, te alojarás en mi cuerpo, del que no podrás salir.

*Cada cabeza es un rumbo.


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