Tengo vagos recuerdos del 86. Tenía, cuántos años. ¿Siete? ¿Ocho años? Ocho pasajeros esperan en el metrobús con playera de Sudáfrica para ir al Fan Fest del Zócalo.
Del 86 recuerdo sobre todo a Pique. Pegaba los stickers en las libretas. Era un viajezote la primaria. Incordiar a los maestros, agarrarte a moquetes en el recreo y metros antes de llegar a casa quitarte los pantalones y tirarlos a un baldío. Claro, era más penado que te agarraran con las rodillas peladas que en calzones. Siempre le podías echar la culpa a un cabrón de sexto. Y te creían. En todos lados sonaba la canción “México”, de Timbiriche. Entonces venía lo mejor, tu chocomil que allá se llamaba Paquín, era un sobre amarillo, y a ver las cápsulas de Cantinflas Show. El buen Mario Moreno caricaturizado explicándote el mundo. Y después: a dormir. Qué dicha.

Un día, sin deberla ni derramarla, un viaje en autobús. Con mi tío el Aguacate. A dónde vamos. Oh, tú espérate, mi mazacotito. Un trayecto largo como fin de semana con puente. Atravesar estados, mear en la madrugada a orillas de la carretera, beber agua en gasolineras destartaladas. Pero, por eso, a dónde vamos. Cero palabras. Sin respuesta. Sólo súbete y tápate con esta cobija que bajó la temperatura. Horas, más horas. Y de repente. Otra vez en los hombros del Aguacate. Túneles. Oscuridad que se resuelve a unos metros en luz.

Llevar el color a donde sea necesario. Creativos por Venezuela
Mi madre no lo sabía. Su histeria no lo hubiera permitido. Se acaba el túnel y qué hay al otro lado. Una cancha. No le disparan al mensajero. Era un chamaco. Pero si en algo me permiten equivocarme, creo que vimos a la selección de Bulgaria. Por qué hizo eso el Aguacate. No lo sé. A lo mejor pensaba que sería futbolista. Él tampoco lo fue. Su momento preferido eran las caguamas al final del partido. Pero bueno, allí estábamos. En Ciudad Universitaria. No entendía nada. Para mí entonces el fut no era lo que es ahora. Era el poster de Chiquitibum en el cuarto del Cacha. Era ir al llano a ver cómo el Chaquetas se agarraba a madrazos con los del otro equipo. Era oír las historias del Tiroro sobre su paso como aguador de Diablos Blancos.
El azoro, la multitud, y se acabó el partido. Yo, ahí, una mancha más en la tribuna. Pero testigo al fin. Y entonces el regreso. El golpazo de realidad traducido en otras doce o catorce horas de camión. Y casi al amanecer ver de nuevo Torreón. Dónde estuvieron Carlos y el Aguacate. En la casa de Molonco. Mi madre nunca lo supo. Yo había sido raptado. Y no rajé. Nunca delaté al Aguacate ni a sus amigos. Pero tampoco olvidé ese túnel que pisaron tantas y tantas leyendas. El lunes siguiente les presumí en la escuela que había caminado por el mismo lugar que recorrió Hugo Sánchez. Mis compañerillos no me creyeron. Me madrearon. Me rompieron mi madre. Y me quedé llorando ese día en un extremo del patio. Después se me olvidó porque me sacaron del salón para avisarme que mi tío estaba afuera de la escuela. Salí y me la cantó directo. Pobrecito de mí si le contaba a mi mamá que habíamos ido al Chilango. Por quedarme callado me dio cinco pesos. Me los gasté todos en estampas de Pique para una de mis compañeritas.
LOS PRECIOS DE LOS BOLETOS ALCANZARON LOS 120 MIL PESOS. LO QUE EXCLUYÓ AL MEXICANO PROMEDIO DE LOS ESTADIOS. PERO NO ASÍ DEL FUTBOL. A LA RAZA EL ELITISMO LE VALE MADRE SI DE VIVIR EL DEPORTE SE TRATA.
FIFAS YO, FIFAS TÚ, FIFAS TU MADRE
Cuarenta años después el Mundial volvió a nuestro país. Y no existía mejor lugar en el planeta para estar en ese momento que en la Ciudad de México. Como todos saben, nos tocaron muy pocos partidos. Pero con esas migajas hicimos oro. Las condiciones cambiaron por completo. Los precios de los boletos alcanzaron los 120 mil pesos. Lo que excluyó al mexicano promedio de los estadios. Pero no así del futbol. A la raza el elitismo le vale madre si de vivir el deporte se trata. Las imágenes que llegaban de los Fan Fest del gabacho eran un funeral en comparación con lo que aquí vivimos.

En los días previos a la inauguración, las revueltas sociales cobraron una fuerza inusi-tada en la capital. Las madres buscadoras, una presumida huelga en el metro y la CNTE buscaban hacer cumplir sus exigencias. Era el momento de elevar la protesta. Lo que provocó una división de opiniones. Por un lado, estaban aquellos que querían que nada entorpeciera el Mundial. Y por el otro, quienes entendían que no se trataba de boicotear el espectáculo, porque cuando la causa es legítima, no puedes tapar el sol con un dedo. Pocas veces me he sentido tan orgulloso de ser mexicano como los días previos a la inauguración. Observé con mis propios ojos, mientras daba un rol en bici por la ciudad, que la gente no se va a quedar callada. Y eso, más allá de cualquier asomo de cursilería, me insufla una gran esperanza. Por mucho que amemos el futbol, no hay que hacernos pendejos. Hasta un mirreyzaso lo dijo en una entrevista durante los festejos que se volvió viral: hay 130 mil desaparecidos en México. Punto.
Caminar por las calles durante esos días se convirtió en una reunión de la ONU. Por Insurgentes te podías topar con turistas de casi cualquier continente. Y muchos de ellos con la playera de la Selección Mexicana. Y de dónde salieron tales prendas. De Tepito. De dónde más. Unos meses antes del mundial, en las noticias se cacareó un decomiso monstruoso de piratería en el Barrio Bravo. Veinticinco toneladas de ropa deportiva. Y por supuesto, la mayoría era de futbol. Lo que para nada hizo mella en el comercio ilegal. Y cómo culpar a la raza por surtirse en Tepis. El precio de la camiseta oficial era de 2 mil pesos. Y la réplica, casi exacta, de la misma calidad, tan es así que tienes que estudiarle los detallas para diferenciarla, costaba 350 pesitos con los piratecas. Como se mofaba un meme que circuló durante esos días: “estoy apoyando a la Selección, no a Adidas”. Un par de amigos, los gemelos Mark y Fer, ya no quieren comprar nada original. Se surten en la calle de Aztecas. Un domingo acompañé a uno de ellos por la playera de Brasil. Y ahí mismo, ante tus ojos, te planchan el dorsal de tu predilección.
Conozco a varias personas que acudieron a los mundiales de Rusia o Qatar. Pero, cosa curiosa, no salieron de la provincia para éste. Imagino que ha de ser chingón viajar a otro país para el Mundial. Sin embargo, lo que yo más anhelaba era atacarme de futbol aquí en mi país. Escuchar el silbatazo de salida en México. Y compartir esos momentos con mi pandilla. En medio de este clima politizado, de crítica hacia la FIFA y su constante doblarse de manos contra el poder. Algo que jamás olvidará la memoria colectiva fue la llamada de Trump a Infantino para que le quitaran la roja a Folarin Balogun. Como tampoco se borrará de nuestra memoria que la presidente Claudia Sheinbaum no estuvo presente en el Estadio Azteca durante la inauguración. Algo insólito en la historia.

CAMPEONES MUNDIALES EN ECHAR DESMADRE
Existen muchos tipos de aficionado. Pero nunca he sido el que se queda a ver el partido en su casa. No si somos anfitriones del Mundial. Para la inauguración decidí acudir al Fan Fest del Zócalo con unos amigos. Los mismos con los que había asistido a un concierto horas antes. Recuerdo pensar al destapar la primera chela durante la tarde, la vida es buena, esta noche toca Shame y mañana empieza el Mundial.
Desperté con una ligera resaca, pensé sudar la cruda con la caminadita desde San Cosme hasta la plancha, pues sabía que en el Fan Fest no venderían alcohol. Lo cual me pareció una medida prudente. Sin saber lo que pasaría durante los festejos de los partidos de la Selección. De hecho, nadie sospechaba lo que ocurriría conforme el Mundial se fuera calentando. Pero un indicio fue con lo que me topé en cuanto comencé a caminar por Carranza.
Cuadras atrás, más o menos desde el eje, vi unas rejas abandonadas. El filtro había sido removido hasta la mera entrada del Zócalo. En Carranza con 20 de Noviembre. La gente venía por dos vías. Y se amontonaba en un mismo punto. Lo que creó un efecto embudo. Miles de personas luchaban con desesperación por avanzar. El acceso permitía sólo el paso de una a la vez. Lo que ocasionó un caos que si no ocurrió una tragedia fue de puro milagro. Niños, señoras de la tercera edad, personas con carriolas, se apretujaban en una prensa de carne que impedía a mucha gente respirar. A una de las amigas que me acompañaba, la Contadora del Rock, la sensación de asfixia le provocó que le diera la “garrapata”. Una forma coloquial de llamarle a la claustrofobia. Y vaya que ella sabe moverse entre multitudes, en los festivales de música nunca ha tenido un ataque de la garrapata. Metros antes de alcanzar la puerta, decidió regresarse.
Cuando por fin fue mi turno para traspasar al otro lado, vi a decenas de uniformados chacoteando, ajenos al desmadre que había provocado la mala organización. En la azotea de uno de los edificios aledaños un viene viene, háganme el favor, era quien daba instrucciones a la masa. Como digo, no ocurrió una tragedia, pero era el primer aviso de lo que sucedió semanas después en el Ángel. Dentro las cosas no eran tan distintas. Los genios que diseñaron el espacio decidieron poner unas sombras afuera del baño. Lo que ocasionó que la gente se aglomerara allí. Era imposible transitar hacia cualquier lado. Incluida la salida. Y para hacer más complicado el movimiento de los asistentes, ubicaron la venta de bebidas y comidas en los extremos. Entonces chocaban con el contraflujo de los que venían del módulo del cashless. El efectivo estaba prohibido. Así que había que cargar una tarjeta. Por una lata de cerveza cero, 220 pesos y 380 con vaso conmemorativo. Más caro que en el Limantour.
Aquello era tan imprudente, que huí. Tardé más de media hora en poder salir del océano de carne. Todo el centro estaba acordonado. Caminé varias cuadras, hasta Izazaga, para tomar un taxi. Me refugié en el Salón Puebla, en Santa María La Ribera. Llegué a tiempo. Justo para ver la espantosa ceremonia de inauguración. No miento, esa noche tuve pesadillas. Soñé que me casaba, lo cual no me desagradaría. Pero en mi boda tocaba Maná.
EL MUNDIAL ME VA A MATAR
El partido contra Chequia lo vi en las 5 Monas, una pulquería ubicada en las entrañas de Coapacabana. Al acabarse el partido, los que nos habíamos reunido caminamos por la calle San Gabriel hasta el Circuito Estadio Azteca. Gracias a los dioses del fucho no le cambiaron el nombre también. O habría escrito aquí Circuito Estadio Ciudad de México. O peor, Circuito Estadio Banorte. Al pasar por la avenida Santa Úrsula, ya se venía la conglomeración de raza. Pero no sería nada comparado con lo que nos topamos al incorporarnos al circuito. Un río de gente desfilaba hacia abajo, hasta la avenida Tlalpan. Agitaban banderas, echaban relajo con orden. Nada qué ver con los desmanes que se habían suscitado en el Ángel durante los festejos del segundo partido de la Sele. Algo quedó claro esa noche, que el mexicano promedio no ha salido de la preparatoria. Confunde la fiesta con destruir propiedad pública y privada. Con agarrarse a madrazos. Con insultar a los extranjeros. Con beber para perder el control.
Las críticas no se hicieron esperar. Y lamanera de reaccionar del gobierno de la ciudad no fue lanzar serpentinas moradas y ajolotes de papel. Pero nadie lo sabía. No lo sospechábamos. Afuera del Azteca, a diferencia del Ángel en aquel juego contra Corea, el clima era de alegría. Había muchos viejitos y niños. Y nadie estaba destruyendo nada. La felicidad se podía ver en los rostros de todos. Acaso lo más grave fue el “quiere volar” que le aplicaron a una botarga de Acuario. Pero el botarguero no se amilanó. Al contrario, incitó a la gente a que al grito de “la pintura, la pintura”, lo arrojara por los aires.
Una vez que llegamos a Tlalpan, nos llegó el primer indicio de la represión. Una cuadrilla de granaderos bajó el circuito barriendo a la multitud. Algo innecesario. Porque nadie estaba en plan belicoso. Minutos antes nos habíamos tomado fotos con una pareja de turistas de Ghana. Pobres, en cuanto vieron a la chota huyeron paniqueados. Los miembros de mi palomilla y yo decidimos regresar. Nos subimos por la banqueta hasta la calle De las Flores. Ahí nos estacionamos. Había un ambientazo. Habían improvisado puestos de comida. Y los negocios y domicilios habían abierto sus casas para rentarte el baño. La gente bailaba, estaba chupando tranquila. Nadie en plan destroyer.
En el circuito se organizaron las peleas de trafitambos. Dos chavitas meadas de la risa se embutieron los cilindros y comenzaron a chocar entre ellas. Nadie corría el riesgo de salir herido. Me aproximé hasta la esquina para tomar un video. Detrás de mí había una doña con sus dos bendiciones. Una niña como de diez y un morro como de ocho. El niño se quejaba con su madre de que no podía ver nada, así que grabé unos minutos de la batalla y luego le mostré mi celular. Minutos después se escuchó el primer tronido. No entendimos que estaba pasando, hasta que sonó el segundo. Eran unos petardos potentísimos. Después vinieron las bombas de humo. Y detrás los granaderos. Lo que provocó una estampida. Y sabemos lo peligroso que es que ocurra eso. Alguien puede caer al piso y morir aplastado.
Entiendo que las órdenes eran que ningún festejo se convirtiera en otro Ángel. Sin embargo, el clima era pacífico. No había necesidad de mandar un grupo de choque contra la población vulnerable. Por un momento me sentí en tiempos de Echeverría. Y no creo exagerar. Hacía mucho que no me tocaba atestiguar algo así. En México, después del 68 el tema de la represión se había manejado con mucha cautela. Y es verdad que en otros países la fuerza policial contra los manifestantes es bastante ruda. Pero aquí nadie llevaba armas de fabricación casera, eran niños y personas de la tercera edad que estaban celebrando el triunfo de su Selección. Da rabia.
Pero la fiesta no acabó, dentro del barrio habían levantado una valla con rejas. Vendían cheve. Un sonidero amenizaba y las parejas bailaban. No hubo ningún conato de bronca. Y lo mejor, la policía no se presentó a molestar. No todo es defenestración. Hay gente que sí se sabe divertir.
EL SUEÑO SE ACABÓ
Para el partido de Ecuador decidí no acercarme al Ángel. No por miedo a la policía. Por miedo a la muchedumbre. Esa noche murieron cuatro personas. Incluida una muchacha de 19 años, la edad de mi hija. La presidente había declarado que no podían contener los festejos. Según las cifras, se reunieron 400 mil personas. La tragedia que tanto se había anunciado, por fin se presentó. Las lágrimas de felicidad por el triunfo de la Selección se confundieron con las lágrimas de tristeza de aquellos que perdieron a sus familiares. Es que imagínate, sales de tu casa para ir a festejar y regresas muerto en un cajón.
Lo que sí no pude resistir fue ir al Ángel después de la derrota contra Inglaterra. Necesitaba ver el ocaso del sueño. He sufrido, como miles de mexicanos, de esa enfermedad incurable llamada Selección Nacional. Y como muchos, no pude evitar emocionarme. Y con lo que me topé fue con grandes bancos de personas rumbo a sus casas. Algo parecido a las migraciones de las aves. Pero como era de calcularse, había un gran sector de necios que estaban armando su propia fiesta. Reforma era un loop de gritos de “cervezas tres por cien”, gente en guerra de espuma y motos atronando el escape. Cada metro cuadrado era lo mismo, una monotonía ensordecedora que se rompía por momentos por las peleas de trafitambos por aquí y por allá. Era como caminar por un relleno sanitario. Las toneladas de basura tapizaban el suelo. La chambota que les esperaba a las empleadas de limpieza de la ciudad. Mismas que ya habían salido en las noticias a quejarse.
A las cinco de la mañana del lunes seis salí a dar un rol en bici por Reforma. Todo estaba limpio. De no ser porque estaban desmontando las pantallas, bien podría parecer que ahí no había pasado nada. El Mundial se había terminado para nosotros. No viví el del 70, no había nacido. Y en 86 era muy pequeño, pero éste que ha sido mi primer mundial mexicano consciente (bueno ni tanto) y aunque nos hayan dado pocos partidos puedo afirmar que ha sido el mejor de mi vida.
Y si los rumores son ciertos, y competiremos por la sede en el 2038, quiero que sepan que si nos la dan, estamos preparados. Somos el país más chingón en materia mundialista.

Oda a una camiseta azul y otros poemas

