Los diarios de Túnez

Entre el contraste de una geografía abrumadora y la tensión constante de la vida diaria, Filpio del Puente recorre el paisaje magrebí dividido por la belleza sutil de sus luces y el rechazo a un entorno insoportable. Es la crónica de una estancia en Túnez marcada por el desasosiego, la búsqueda de la belleza escondida y el constante anhelo de evasión. Estos diarios registran un testimonio íntimo que contrapone la fascinación por las ruinas de Cartago con el impulso de querer marcharse.

Los diarios de Túnez
Los diarios de Túnez Foto: Cortesía del autor

Jardins De Carthage

Y la tierra me respondió cuando le pregunté:

—¡Oh, madre!, ¿odias a los hombres?

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Portada de El Cultural No. 562

—Bendigo, entre los hombres, a los ambiciosos

a aquellos que aman afrontar los peligros

y maldigo a los que no se adaptan a los cambios del tiempo y se contentan en vivir la vida

como las piedras.

“La voluntad de vivir”

—Abou el Kacem Chebbi

Hoy se celebra en Túnez el Aid. He firmado un contrato como profesor en un liceo francés y desde hace un par de semanas vivo en un lugar muerto llamado Jardins De Carthage. Tan pronto como dejé caer los pies en esta tierra no he pensado en otra cosa que no sea rehacer las maletas y largarme.

La ciudad entera huele a jazmín con mierda. Ese perfume magrebí que encuentro en los taxis, en los centros comerciales, en cada tienda a donde entro, en las calles, en el liceo donde trabajo, en las mezquitas, me hace pasar los días entre arcadas y llenando mis pulmones de aire para aguantar la res-piración como si estuviera dentro del agua.

Aquí el sol no se acaba nunca. La agresividad de los árabes que enseñan los dientes para comprar une banette o pedir un taxi siempre desde la intimidación y la provocación, desde el rencor y el egoísmo. Hombres flacos y malolientes sostenien-do con la mano lerda un té verde repleto de hojas de menta y de piñones, calzados con medias viejas y sandalias de plástico desgastadas a la manera de sus ídolos de futbol, vestidos con una capa de polvo igual que cada coche que pasa, con un grito escapando siempre de sus bocas en una rabia declarada contra todo y contra nada. Las mujeres vienen y van por les souks también gritando, también cubiertas de polvo, también con un ligero humor a mierda y a jazmín, unas envueltas en sus hiyabs y otras con hermosas y gruesas cabelleras despeinadas que imagino, serían las de un animal mítico. En una porción tan antigua del mundo todo se ve nuevo, gris, con obras de edificios en perpetuo estado de construcción; ni siquiera el aire, atrapado en su desencanto, circula, permanece quieto, pesado, dejándose morir como agua descompuesta. Su lengua está hecha de escombros gemebundos, su música es un grito y su comida un vómito caliente. Hay basura por todas partes, y la violencia que no perdona.

Cuando salgo, no faltan las miradas de desprecio des ces salauds sentados afuera de los salones de té; muchachitos o viejos aletargados; yo les pago con la misma moneda, siempre alerta, siempre a la espera de que alguno de esos cabrones salte ladrando desde su silla con un cuchillo del tamaño de su brazo, para ofrecerle a Alá mi sangre como si yo fuera un cordero resignado, listo para entregarle sin más, mi vida.

Qué diferente es la luz de mi Túnez a la que vio Paul Klee en el mismo lugar, pero con cuánta fe busco encontrarla y seguir las rutas casi primitivas que describió Maupassant en su cuaderno de viaje La vie errante. A algo me tengo que aferrar.

QUÉ DIFERENTE ES LA LUZ DE MI TÚNEZ A LA QUE VIO PAUL KLEE, PERO CON CUÁNTA FE BUSCO ENCONTRARLA Y SEGUIR LAS RUTAS CASI PRIMITIVAS QUE DESCRIBIÓ MAUPASSANT

Vine aquí buscando escribir los grandes versos y comer del Mediterráneo; aprender de sus músicas y de sus poetas, apropiarme de sus paisajes y hacer distancia para entender de otra manera a mis calles y a mi gente, hablarme en otro idioma y encontrar en lo lejano puertas que me llevaran a esa mi casa que hasta hoy ha sido sólo un presentimiento. Pero di con esto que tengo en las manos, y que sostengo con asco y a la vez con ternura, mirando desde la ventana de mi blanco y vacío departamento de Jardins De Carthage, dejando que los cantos de las mezquitas entren y se instalen y se pongan a roncar los extractos de un Corán que a mí no me dice nada.

COLINA DEL ODEÓN

Y cada noche cuando salgo a correr una luna que nace en el Sahara se levanta y la carretera se ilumina. Mi barrio sin luz es regado con ella y sólo el follaje de los árboles y las hierbas se quedan en las sombras negándose a ser tocadas por la luz del presente, como una vegetación pintada al carboncillo por donde la historia respira, negra, infranqueable. A mi paso, algunas mujeres atraviesan las calles y los baldíos, y son fantasmas envueltos en esos larguísimos vestidos y velos marrones o negros, luego se guardan en sus casas y una luz eléctrica se enciende al interior como única señal de que ahí existe vida. Los ojos de las cabras me adivinan sin interés, pero su sola presencia hace que mi trote lleve otro ritmo mientras cruzo sus terrenos; metros más adelante, a mis costados, descansan las ruinas púnicas de Cartago que también me miran, y entre su silencio y el mío, entre mi respiración y su majestuosidad inerte, parece que un diálogo se ha ido haciendo. Me acerco a La Marsa por el Bd de l’environnement y como una ballena que ha salido a respirar, emerge la Mezquita Mâlik Ibn Anas, callada y pulcra sobre la Colina del Odeón. Sigo por la rue du Maroc hasta las puertas de Sidi Bou Said, rodeo la Mezquita blanca y azul que se eleva sobre la glorieta principal y subo por el pueblo hasta llegar al mirador en donde cada noche me detengo un largo rato, y entre temas de Laurent Voulzy, Franco Battiato y Mounir Bashir, voy desgranando esperanzas que arrojo una a una hacia un mar nocturno que no se distingue, sólo se escucha. Una nueva geografía se suma al mapa de mis sueños.

Me pongo de pie. Es hora de regresar a casa.

ABDEL HALIM HAFEZ. EL PELUQUERO

Hoy fui a cortarme el cabello. El lugar al que voy está en La Marsa. El peluquero ha convertido su peluquería en un altar dedicado al cantante y actor egipcio Abdel Halim Hafez. En el pequeño local hay retratos de la leyenda árabe en sus diferentes facetas; figuras, banderines, estampas, todo lo que tenga que ver con “el Ruiseñor Moreno”, mote con el que también se le conocía al artista, está ahí. El peluquero admira tanto a Abdel, que ha terminado por parecerse al ídolo sin siquiera proponérselo. La primera vez que fui a la peluquería, me divertí al imaginar que el hombre demacrado que cortaba el cabello era el mismísimo Ruiseñor Moreno, quien, viviendo una vida anónima, hecho humo en otro país a lo Mastroianni en el filme de Theo Angelópoulos, El paso suspendido de la cigüeña, se había pasado los años recortando los cabellos y las barbas de cuanta persona visitara el altar que el artista había levantado de sí mismo en su negocio, decorando cada rincón con los trofeos de las glorias pasadas. Cada vez que voy a que me arregle el cabello, me dejo hacer por sus tijeras y sonrío al verlo tararear sus canciones entre el griterío de los otros clientes y el motor incesante de la maquinilla, todos ahí bebiendo su té verde con menta y piñones y café añejo, mientras sólo él y yo sabemos que mi corte está en las manos de un artista que todos dan por muerto.

Los diarios de Túnez
Los diarios de Túnez ı Foto: Cortesía del autor

GABÈS

Todavía tengo el paisaje del desierto en los ojos. Llegamos a la estación de Gabès. El conductor se baja del louagey sin decir una palabra, dando la orden con la mirada, nos pide que lo esperemos sin movernos de nuestros asientos. El Brujo no hace caso y se baja para estirar las piernas y fumar un cigarro. Lo observo desde la ventana mientras voy tragando aire con la boca para no respirar los olores que hay adentro. El Brujo me dirige una mirada, pero a diferencia de las otras veces, a su rostro se le han borrado los gestos. El cigarro que se consume en su mano es una colilla de ceniza de la que alcanza a sacar dos o tres nubes de humo cuando lo lleva a sus labios; camina a la parte trasera del coche y más serio que nunca, clava su mirada hacia enfrente como si en ese punto estuviera lo que andaba buscando; aunque lo intento, por la posición en la que estoy sentado y los bultos encimados de atrás que cubren casi por completo ese campo visual, no alcanzo a ver lo mismo que él, pero sin resignarme hago otro esfuerzo torciendo el cuello y la cadera para que mis ojos vayan a donde el Brujo mira. ¿Será posible que lo haya encontrado? Estoy a punto de bajarme del louage, pero no lo hago, me recargo en el asiento y con la mente voy al lugar que el Brujo ha venido describiendo a lo largo del viaje.

NEFTA

Hoy el Brujo me ha confiado su último descubrimiento. Algo, exclama, sin lugar a dudas extraordinario. Me cuenta entusiasmado que el sol se unta; que el sol es arcilla que podemos frotar en la piel como una crema, que sus rayos son materia que no sólo se siente, sino que se toca, que se toca y se unta porque es arcilla, eternidad de oro con la que podemos cubrirnos, así lo dijo. Qué maravilla, pienso, el sol embarrado en el cuerpo, la humanidad vestida del calor más intenso, más intenso que la lava, pienso, llevando en las carnes el infierno.

LA MARSA

Cada vez que tengo un momento de calma, vengo a la playa de La Marsa, me tiro en la arena un largo rato y veo las olas repetirse delante de mis ojos. Han sido días llenos de trámites para poder vivir y trabajar en Túnez; ir de una oficina a otra, darme de alta en algo, hacerme de las primeras facturas, sellos, permisos, abrir una cuenta de banco, enterarme de cómo pagar el gas, la luz, los servicios más indispensables. Poco a poco voy recogiendo expresiones, palabras, los usos de la gente, los ritmos con los que se mueve esta ciudad. Las tardes son largas aquí; termino las clases, salgo de la escuela y avanzo por un pasillo que conecta al plantel con los departamentos en donde vivimos los profesores; dejo mis cosas, organizo unos papeles, cuen-to mis dinares y salgo a buscar un taxi para seguir dándole forma a mi vida en el Magreb. Es entonces cuando la luz del día se aquieta y los minutos avanzan lentos, pastosos, como hechos al óleo, por eso las impresiones que recojo en estas horas son iguales a contemplar una pintura. Pero en días como hoy me quedan estos momentos y los invierto en caminar por el barrio, llegar al mar y dejar que la pintura cambie, de manera imperceptible, sus colores.

La Marsa tiene lugares a los que les he tomado afecto, lugares que he ido descubriendo por accidente; doblando en la esquina de alguna calle que parece un tajo hecho sin cuidado en el mapa, siguiendo el humo y los olores que salen de un establecimiento, embaucado por los ruidos de la muchedumbre concentrada en la puerta de un local, atraído por la fachada o por algún rincón que a veces parece plaza y otras un puño de dados tirados al suelo, pares y nones que sumados resultan en una matemática perfecta que logra conmoverme: el árbol erguido afuera de una mezquita que funciona como minarete vegetal, el salón de té pintado de azul y blanco con sus tapetes árabes, su música árabe, sus rui-dos árabes, sus pequeñas mesas árabes y sus árabes ancianos coronados con un fez, sosteniendo, ora un rosario, ora el vaso con el líquido café, verdoso, ora un teléfono. Y la luz aceitosa que se deja caer en donde puede y muere, lenta, sigilosa, satisfecha sobre lo que va tocando. Si en mis maletas pudiera llevarme algo de este país, me llevaría la luz de estas horas.

LA LUZ ACEITOSA QUE SE DEJA CAER EN DONDE PUEDE Y MUERE, LENTA, SIGILOSA. SI EN MIS MALETAS PUDIERA LLEVARME ALGO DE ESTE PAÍS, ME LLEVARÍA LA LUZ DE ESTAS HORAS.

Me gusta entrar en el café Ben Yedder de la avenida Ali Balhaouène y pedir una o dos tazas para beberlas de manera rápida, mientras muelen mi pedido y alcanzo a guardarme dos o tres palabras de ese tunecino hecho de todas las lenguas que sale en forma de escupitajo por las bocas de las personas que beben a mi lado. Justo detrás de la avenida, en la minúscula calle Madagascar, se encuentra Chez Zina, un restaurante de comida típica, que es de los pocos lugares en donde he podido encontrar algo comestible.

La noche se hace en el mar, pero antes de ponerme de pie y salir a buscar un taxi para volver a mi piso, le echo otra mirada a ese infinito oleaje negro para ver si me trae el sueño que se ha repetido desde hace tiempo: una embarcación hecha de marfil rompe la oscuridad, primero como un discreto ojo que se abre, luego, al fijarse en la arena, es un castillo blanco todo de hueso que sin duda es mi casa, y que de alguna de sus partes expulsa una rampa que da hasta una pequeña puerta por donde yo entro para salir de una vez y para siempre, de este lugar.

Mañana, si el día lo permite y le saco al tiempo otro de estos momentos, vendré aquí para ver cómo la luz muere en las cosas y en mi carne, poder ver el mar, el mar y también mi casa.

CARREFOUR LA MARSA

Esta tarde una mujer cayó detrás de mí. La vieja que la acompañaba soltó un grito que me hizo voltear y ver el cuerpo tendido en el suelo caliente. Me apresuré para ayudarla. Los pesados huesos de la mujer apenas le respondían y del hiyab salía un rostro comprimido por el dolor. Entre la vieja y yo levantamos a la mujer caída que no se atrevió nunca a abrir los ojos. Fui a buscar su zapato que voló a un par de metros, se lo entregué y seguí caminando sin voltear una sola vez.

Tengo que salir de este lugar.

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Cristina Sánchez-Andrade

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