El deseo de un viejo es repugnante, pero el deseo de una vieja es todavía peor. Todo el mundo lo sabe. Y, sin lugar a dudas, Susan también lo sabía.
Susan jamás se había pasado de la raya. A pesar de ser indiscutiblemente una mujer del montón, se había agenciado un marido guapo y solvente. Había cumplido con su deber conyugal durante más de treinta años, gimiendo y jadeando, como suponía que hacían todas las mujeres, porque, en realidad, ¿qué sentido tenía el sexo? Susan había concebido a sus hijos sin dificultad y los había traído al mundo con diligencia. Susan, que los quiso con el mismo amor eficiente y algo distante que ella había recibido, sabía que podía considerarse afortunada, porque nunca había tenido grandes problemas en la vida.
Siempre la habían llamado Susan, ni Sue ni Susie: algo en ella exigía un tratamiento formal. Mostraba cierto aire de indiferencia, como si estuviera por encima del común de los mortales. Se hallaba en su cama del ala hospitalaria de la unidad geriátrica, con el pelo recién peinado y un libro de bolsillo (uno de los primeros en la lista de los más vendidos) entre sus pulcras manos cuando, dos se-manas después de su octogésimo sexto cumpleaños, reparó en una joven que venía a cambiar una bombilla y sintió el deseo agitarse en sus marchitas entrañas.
Esta última frase no solo es un cliché imperdonable, sino que además no es del todo cierta. Como todo el mundo sabe, el deseo se manifiesta de formas muy distintas, y si encima se trata de algo completamente nuevo para nosotros, todavía tenemos que aprender a reconocerlo. En el caso de Susan, las lágrimas brotaron repentinamente de sus ojos y su corazón empezó a latir de forma inusitada. “Será que estoy mayor”, se dijo, porque siempre se sentía mejor cuando conseguía dar una explicación a las cosas. “A lo mejor me estoy muriendo”. Y pensó, como de costumbre, que la muerte sería la mejor solución para un montón de problemas.
“SERÁ QUE ESTOY MAYOR , SE DIJO, PORQUE SIEMPRE SE SENTÍA MEJOR CUANDO CONSEGUÍA DAR UNA EXPLICACIÓN A LAS COSAS. A LO MEJOR ME ESTOY MURIENDO.
Sin embargo, mientras desestimaba sus verdaderos sentimientos, sus ojos volvieron a fijarse en los brazos largos y bronceados de Miffy, tan suaves y brillantes como el almíbar, que se estiraban intentando alcanzar el casquillo, y en el pelo largo y dorado que le caía por la espalda mientras trataba de colocar la bombilla en su sitio. Después, recorrió con la mirada el cuerpo de Miffy, que se contoneaba y se meneaba con el esfuerzo de la tarea: pasó por sus pechos, su cintura, su vientre, y descendió luego por sus muslos, pensando: “Así que esto es la juventud”.
Se dio cuenta de lo hermoso que puede ser un cuerpo joven: esbelto, proporcionado, lleno de curvas perfectamente diseñadas, flexible, grácil; en una palabra, milagroso. Empezó a preguntarse si era posible que ella hubiera tenido ese aspecto en otro tiempo. Y, enredado con estos pensamientos, emergió un sentimiento distinto y muy preocupante: Susan deseaba tocar a Miffy. Tocarla entera. Quería estirar las manos y deslizarlas por los pechos de la joven, por su espalda, por la curva de su cintura y de sus caderas, hasta llegar a… En ese momento, Susan se obligó a parar. Sentía vergüenza, una profunda vergüenza consustancial a su condición de mujer británica protestante de clase media, que había marcado toda su educación. Sabía lo importante que era ser, ante todo, una dama. No era apropiado, de ningún modo, pensar de determinada manera, ni vestir ni comer ni hablar de determinada manera. Y esta clase de fantasías eran escandalosa e indefectiblemente intolerables. Estaban mal y punto, se dijo. Eran asquerosas. Susan apartó los ojos de Miffy, que por fin había conseguido enroscar la bombilla, y clavó la mirada en las páginas de su insípida novela.
Hay que decir que, quizá porque en cierto sentido siempre había estado un poco desaprovechada, Susan era en su vejez mucho más atractiva que en su ju-ventud. Tenía la fría virtud de la porcelana intacta, como si hubiese estado encerrada en una vitrina tras una puerta de cristal; en realidad, podría decirse sin faltar a la verdad que, en muchos sentidos, nunca la habían tocado. Era una mujer menuda, con un corte de pelo impecable, y, como fiel testimonio de lo que había sido su vida, puesto que siem-pre había llevado guantes de goma para hacer todas las tareas del hogar, sus manos eran aún jóvenes, sus dedos delicados, y sus uñas suaves y rosas.
Fueron precisamente esas manos que sujetaban el libro las que atrajeron la mirada de Miffy mientras se recomponía, colocándose bien el uniforme y riéndose por el esfuerzo que había tenido que hacer. Después miró la mesita de noche, con el vaso de agua, la jarra, el peine, todo perfectamente colocado; vio el espantoso libro y el rostro cansado y ansioso que se inclinaba so-bre sus páginas y luego volvió a fijarse en sus manos, consciente por primera vez de que aquel andrajo de persona había sido en otro tiempo una mujer delicada y encantadora.
Era como si estuviera cerca de una hoguera y una pequeña chispa hubie-ra salido disparada por el aire y hubiera aterrizado justo en el centro de su pecho, incendiando su corazón y encendiendo con su calor un resplandor de compasión.
Se acercó a la cama de Susan y se puso a hacer esos gestos inmemoriales de cuidado y preocupación como ahuecar almohadas, alisar las sábanas, remeter la manta y apartar de la colcha cualquier cosa que pueda incomodar o molestar al ocupante de la cama. Y mientras hacía todo esto, dijo:
—¿Cómo se encuentra hoy, señora Stallworthy?
Susan, como heredera y defensora del orden jerárquico, no consideraba apropiado fraternizar con el personal, pero se sintió obligada a responder:
—Muy bien, gracias, Miffy. Te ha costado trabajo cambiar esa bombilla, ¿eh?
Miró la mano de Miffy, apoyada en el áspero tejido de la desgastada manta de hospital, y recordó que hacía mucho tiempo, como un premio excepcional, le dejaban pedirse una tostada con mantequilla caliente y sirope dorado de Lyle a la hora del té, y la mantequilla que goteaba de la tostada bajo el brillo del sirope líquido era exactamente del mismo color que la piel de Miffy. Tuvo que hacer un esfuerzo para no estirar la mano y tocarla, e incluso, pensó desconcertada, para no llevársela a la boca.
Vida insecta
