Hace algunas semanas la noticia de la incorporación de la obra de Sergio Hernández al Museo Metropolitano de Nueva York se sumó a la larga lista de hitos internacionales del pintor mexicano. La presencia de esas seis piezas en una de las colecciones más prestigiadas del mundo —donadas por el curador, investigador y promotor del arte latinoamericano Edward J. Sullivan— representa un reconocimiento de la larga tradición artística de Oaxaca, de la cual el propio pintor abreva en su obra. El universo pictórico de Hernández está poblado por los paisajes, fauna y tradiciones de su estado, pero hay una a menudo ignorada y que ahora se expone en la Ciudad de México: la pasión por el béisbol.
Hoy no es necesario volar a la Gran Manzana para apreciar la cultura oaxaqueña que permea la poética de Hernández, basta con llegar a la estación de metro Puebla y adentrarse en la Ciudad Deportiva. Ahí el Museo Diablos, ubicado en el Estadio Harp Helú, ha desarrollado una nueva exposición temporal dedicada a este aspecto menos conocido de su producción. Un jonrón de arte reúne un conjunto de piezas de técnicas que oscilan entre la pintura, la gráfica y hasta el collage, pero todas con el llamado “rey de los deportes” como hilo conductor.
AL RECORRER LA MUESTRA, los muros retumbaban con la emoción del duelo que sucedía en simultáneo en el campo de los Diablos Rojos, haciendo juego con la propia sonoridad que emana del universo beisbolero de Hernández. Con su característica cromática, las obras irradian alegría y movimiento. El golpe del bat, el chasquido de una matraca, el roce de un pantalón en la arena son algunos de los muchos sonidos que asaltan al espectador frente a las obras. El efecto es casi magnético, atrae y adentra al público en el ambiente del diamante, pues el artista no sólo logra capturar el dinamismo de los jugadores —a veces apareciendo casi como acróbatas, aunque a menudo sugeridos por breves líneas y difuminadas manchas—, sino sobre todo la afición de las gradas.
Hay pocas oportunidades y espacios para que esa misma afición se vea a sí misma representada por la mano de uno de los mayores exponentes del arte contemporáneo mexicano. En esto el Museo Diablos ha hecho una gran labor conectando el deporte con la cultura, una relación que a pesar de ser estrecha, si la miramos desde una perspectiva histórica, pasa frecuentemente desapercibida. En mi visita a la exposición vi a familias y parejas con jerseys de los Diablos Rojos que aprovechaban el tiempo entre un juego y otro —nos tocó un día de doble cartelera— para conectar su pasión beisbolera con los trazos de Hernández. Al entrar a la sala nos recibía además una maqueta del nuevo Estadio Yu’va de Oaxaca, que promete igualmente fortalecer el vínculo entre arte y deporte de la mano del mismo artista, quien prepara una serie de murales.

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