EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

El blues del mal viaje

El blues del mal viaje Foto: Especial

Cuántos de nosotros no hemos visto la noticia del periódico La Prensa con el titular “Orgía en una fiesta hippie”. Yo la descubrí por primera vez, en la era preInternet. Eran los noventas y la imagen ya poseía un aura mítica. Qué aquelarre debió haber sido aquello, pensaba. Me atrevería a decir que el simple hecho de contemplar la reproducción de la nota hacía sonar en mi cabeza una rola de Three Souls in my Mind. Lo que ignoraba, como muchos lectores, es que detrás de aquel acontecimiento había tenido lugar el peor de los mal viajes que se le puede administrar a cualquiera. Y habría seguido sin saber exactamente qué pasó, de no ser por Rafael Cabrera.

TUVIERON QUE TRANSCURRIR 55 AÑOS para enterarme que detrás de aquella nota se agazapaba la reclusión de los hermanos Obregón Moreno. Y decenas más de suculentas historias y desventuras. Así como a mí, a muchos también les producía fascinación la noticia. Pero hubo alguien que decidió desenterrar ese cadáver del panteón de la prensa amarillista y contarnos la verdad detrás. Algo que a Rafael Cabrera le llevó muchos años, más de una década, conseguir. Y he aquí el mayor triunfo, que posee muchos, de Redada en una fiesta hippie (Debate, 2026), la tenacidad de su autor para no renunciar a contar los hechos, a no abandonar nunca la investigación, a cerrar este círculo tan ninguneado de nuestra historia cultural.

Como mucha gente, a lo largo de los años, escuché muchos rumores sobre la mítica fiesta hippie. Pero poco se hablaba del atropello que habían sufrido los dueños de la casa donde se había perpetrado. Y si alguien lo mencionaba, en la jerarquía de los acontecimientos quedaba en el olvido, lo jugoso de la historia se concentraba en el chismorreo. Entre los arrestados figuraban artistas, estrellas del cine e intelectuales. Los nombres de Alejandro Jodorowsky e Isela Vega, entre otros nombres populares de la época, acapararon los titulares. Hacía falta que un periodista como Rafael Cabrera viniera a documentar con rigor los acontecimientos. Y vaya la manera en que lo hizo.

Como un auténtico azotado del tema, Rafael Cabrera arma (y desarma) el mito paso a paso. Con una precisión que no permite fisuras. Es en la introducción donde conocemos a José Toribio, el hermano de Manuel y la persona clave para que por fin esta historia emergiera a la luz con todos sus claroscuros. Luego divide el libro en cinco bloques. La primera parte, “La invitación”, reconstruye las circunstancias que originaron todo. Aquí todo parece un divertimento, por la inocencia que impera en el ambiente, y por las razones para organizar la fiesta, para celebrar un divorcio. Pero no hay que irse con la finta por lo gracioso que pueda parecer el texto, en realidad se trata de un libro muy duro. Y conforme avanzas en la lectura, se te va helando la sangre al ir descubriendo el atropello policial y el abuso de autoridad por parte del gobierno.

COMO UN AUTÉNTICO AZOTADO DEL TEMA, RAFAEL CABRERA ARMA (Y DESARMA) EL MITO PASO A PASO. CON UNA PRECISIÓN QUE NO PERMITE FIURAS

A TRAVÉS DE CIENTOS DE ENTREVISTAS con los involucrados de primera mano, los que quisieron participar, porque muchos omitieron hacer declaraciones, Rafael Cabrera edifica. El método de trabajo implica primero recabar la información, horas de archivos de grabación, que después se deben transcribir de una manera que realza por su distribución. Rafael Cabrera nunca se engolosina. Sabe que tiene oro, pero aguarda el momento perfecto para soltar las distintas hipótesis que convierten a Redada en una fiesta hippie en algo más que una anécdota curiosa.

La segunda parte, “La fiesta”, es la parte nuclear, pero es algo breve, no porque así lo quisieran los invitados, sino porque es el pasaje en el que ocurre el apañón. Y es el momento en el que irrumpe por primera vez lo siniestro, encarnado por el Negro Durazo. La tira siembra droga en la casa, es el pretexto para llevarse detenidas a 143 personas. Algo distinto ocurre en el ambiente, en México, donde la corrupción reina, cómo es posible que la policía no acepte sobornos y aprese a los invitados. Es eso lo que Rafael Cabrera develará en los siguientes capítulos.

Es en la tercera parte, “El arresto”, cuando comienza el mal viaje. Una vez transcurrido el alboroto, y después de que liberan a todos los arrestados, excepto a dos, los hermanos Obregón Moreno. Es entonces cuando el chisme y el chiste trasmutan en un asunto muy grave. A los carnales se les acusa de tráfico de droga y son enviados a Lecumberri. El Palacio Negro. Lo que comenzó como una inofensiva fiesta se convirtió en una pesadilla. Este es el meollo de Redada en una fiesta hippie, una crónica sobre cómo en México se te castigaba por ser joven en esa época. Y es al mismo tiempo la historia de dos hermanos que no se llevan bien y sufren el mismo calvario a manos de la justicia.

La cuarta parte, “La cárcel”, narra el tiempo que estuvieron en Lecumberri. Lapso en el que también estuvo preso el escritor José Agustín porque lo habían agarrado con una lata con mota. Ahí, Manuel, el hermano que se había divorciado, se convirtió en un verdadero chavo de onda y le entró duro a las drogas. Al parecer todo se trató de una venganza política. Aunque los verdaderos motivos nunca salieron a la luz. Y a pesar de que hay un sospechoso, tampoco se conoce la identidad de la persona que avisó a la policía de la fiesta. Pero eso poco importa.

La mejor parte del libro es la final, “El after”, no conforme con destapar la cloaca detrás de la redada, Rafael Cabrera dio cierre a las historias contando lo que ocurrió con los invitados después de su liberación. Y lo mejor, es que conecta algo que parece no tener correspondencia, pero que sí es parte de una misma historia. A la redada la sucedieron varios acontecimientos que cambiarían la historia del país para la juventud: El Halconazo y el Festival de Avándaro. Organizado entre otras personas por Luis de Llano, quien, of all people, adivinen dónde había estado meses antes. En la fiesta, pero se fue antes de que cayera la chota. Todo estaba conectado. Y tomaría rumbos insospechados, como el hecho de que Arturo Vega, “La Estrella”, se convirtiera tiempo después en uno de los perpetradores visuales del movimiento punk en Nueva York, al hacer mancuerna con los Ramones.

Excepto por algunos juicios de valor, Rafael Cabrera ha contado un episodio negro de la vida cultural del país de manera impecable. Era indispensable que existiera la crónica de aquel suceso. Qué bueno que Rafael Cabrera se clavó en este material con la audacia de un auténtico detective pop.


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