La imaginación perturbadora de Nacho Padilla

Ignacio Padilla murió hace diez años, un 20 de agosto, en un trágico accidente. Dejó una importante huella y un gran hueco en las letras mexicanas. Valeria Villalobos lo recuerda como un profesor poco común, conversador, fabulador, culto, divertido: “Sus palabras, sus cuentos, su voz siniestra pero dulce, se queda entre nosotros con los misterios que nos regaló en cada libro y clase”.

Ignacio Padilla (1968-2016), autor de Miguel de Cervantes: Caballero de las Desdichas.
Ignacio Padilla (1968-2016), autor de Miguel de Cervantes: Caballero de las Desdichas. Foto: Fuente> Especial

Hace años, me encontré con Una forma falsa de verdad, en cuya cuarta de forros puede leerse una semblanza peculiar del autor: “Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968). Ha sido estudiante en Edimburgo, pornógrafo en México, cervantista en Salamanca, diplomático en Londres y reo de muerte en Tanzania. Entre sus libros sobresalen las colecciones de relatos Subterráneos (1990) y Las antípodas y el siglo (2001); las novelas Si volviesen sus Majestades (1996) y Amphitryon (Premio Primavera, 2000) [...] ”. La primera parte parece falsa, pero con el tiempo descubrí que era más bien la verdad de un cuentista, una suerte de biografía infame que pude confirmar cuando conocí a Nacho Padilla.

Me inscribí a su clase de Siglo de Oro. Como todo buen profesor, en realidad enseñaba lo que se le daba la gana. Ese semestre quiso que sólo leyéramos una de sus especialidades: el Quijote. Cada sesión era una tertulia que protagonizaba quien parecía ser un íntimo amigo de Cervantes y Sancho. Nos relataba la vida del Manco de Lepanto con la emoción de quien sostiene el relato como un arcabuz bien cargado y el enemigo acorralado. Al análisis de la obra, con su barroco y estilizado lenguaje, le seguía una narración del cautiverio del escritor en Argel, sus penosas deudas y su celosa rivalidad con Lope de Vega. Nadie interrumpía. Nos entregábamos a aquella cueva de Salamanca.

COMO TODO BUEN PROFESOR, EN REALIDAD ENSEÑABA LO QUE SE LE DABA LA GANA. ESE SEMESTRE QUISO QUE SÓLO LEYÉRAMOS UNA DE SUS ESPECIALIDADES: EL QUIJOTE.

Regresábamos al siglo cuando él mismo hacía una pausa y con una sonrisa astuta nos compartía alguna etimología vinculada con lo narrado. Monstruo (del latín monstrare) era una de sus favoritas. Entre los peores errores que puede cometer un padre, decía, está el de asignarle al “Coco” una corporalidad. Es indispensable que cada niño personalice a su demonio, para que el monstruo muestre lo que le resulta más temible y pueda combatirlo. El padre sólo debe aludir a su existencia para catalizar la lucha. Así funciona lo monstruoso: por sugerencia. Sobre esto conversaría mucho y escribiría tanto más en El legado de los monstruos o La industria del fin del mundo.

ERA INDISTINGUIBLE EL NACHO ESCRITOR del profesor cervantista, el estudioso de Shakespeare, el ensayista... Muchos de nosotros salíamos de clase sin estar seguros qué de todo lo escuchado era cierto. Pero no importaba; la ficción es un tipo de verdad. Además, con insistencia nos prevenía sobre sus ciencias ocultas: aseguraba que los buenos escritores requieren de una importante dosis de malicia y neurosis; y él demostraba ambas sin timidez.

Años después comencé a leer a Roberto Bolaño, a quien Nacho no sólo había leído sino conocido. Cuando se lo comenté, sacó dos libros de los desordenados libreros de su oficina y me dijo: “Léelos. Cuando los acabes te invito a comer”. Compartió conmigo entonces sus juicios sobre la obra de Bolaño y su primera plática con él en Blanes. Me relató también, con un misterio de cónclave y una voz de ultratumba, el encuentro de escritores latinoamericanos convocado por Seix Barral en Sevilla en 2003. Cuando estábamos por terminar, me dijo: “Espera, no puedes irte sin saber por qué todos los osos son zurdos”. Era inquietante y encantadora aquella destreza fabuladora. Podía tejer una historia en dos bocanadas de sus Marlboro rojos. “En el caparazón de las tortugas kaní se encuentra la razón del brillo de los espejos venecianos, ¿sabías?”, me dijo en otra ocasión. Hablar con él era entrar de lleno al mundo; urdirlo de relaciones secretas; inaugurar misterios.

Un día, en un pasillo de la universidad, me comentó que tenía que hacerme una pregunta muy seria. “Cuando eliges asiento en un avión, ¿en dónde prefieres sentarte?” En la ventana, contesté. Mi respuesta lo tranquilizó. Si no traía puestos los lentes, me exigía que me los colocara. Para él la literatura estaba en todos lados y había que estar muy atento; todo era lente, ventana. Su entusiasmo frente al lenguaje y las letras era irremediablemente contagioso. En él se reconocía la vitalidad y, al tiempo, una imaginación perturbadora, insondable y libre, llena de quimeras, autómatas, dobles, espeleólogos, tierras ignotas.

NUESTRA ÚLTIMA COMIDA fue a finales de junio de 2016. Entonces quedamos de volver a comer en agosto. Ya no pude verlo de nuevo. Acababa de regalarme Las fauces del abismo y me dijo entre risas que me cambiaría una crítica por un autógrafo. Escribió en aquel ejemplar: “Para Valeria, sirena entre monstruos, cómplice entrañable, siempre”. Ese “siempre” resuena hoy, a diez años de su muerte, con fuerza.

Aunque dejó una treintena de libros, Ignacio Padilla sabía que su proyecto de cuentos, su “Micropedia”, como él la llamaba, jamás sería completada; y tenía razón, su imaginación desbordaba su tiempo. Sus palabras, sus cuentos, su voz siniestra pero dulce, se queda entre nosotros con los misterios que nos regaló en cada libro y clase. Tal vez, sea posible encontrarlo, como en Amphitryon, en algún pueblo perdido de Alemania escribiendo bajo el nombre de Thadeus Dreyer. Tal vez sigue buscando bestias ocultas en alguna gruta remota. Tal vez esté imaginando el retorno de sus majestades; mientras algunos de nosotros lo seguimos leyendo para convocar el suyo.

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Portada de El Cultural No. 565

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