“Poesía confesional médica”: así describe Ariel Miller el género de su obra. O, más que describir, inventa: fabrica para sí una genealogía, identifica antecesores, señala precedentes. En el prólogo de Estancias psiquiátricas nos topamos con los nombres de Sylvia Plath, Robert Lowell, Ingeborg Bachmann, Wolf Wondratschek, Forough Farrojzad y Leopoldo María Panero, todos bajo la égida de la poesía confesional. Sin embargo, Miller esboza este linaje para demolerlo enseguida: hay cierto parentesco, pareciera admitir, pero no una línea directa que hile esta constelación con él. Su poesía arde sola, aparte, como un astro sin planetas ni cometas, pues, como bien dice, en ella “la realidad no se inmiscuye con lo imaginado, sino con lo vivido, con la precisión de la decaída y el retorno al origen absoluto del ser.”
La poesía de Miller constituye un ejercicio arrollador. Estancias psiquiátricas es un libro doliente y doloroso, un libro que atraviesa el dolor y que nos lo comunica con fiereza. Y esta palabra, dolor, será clave en su lectura. No el dolor expresado, simplemente, sino como una doble vía, un camino de ida y vuelta. Y es que Estancias psiquiátricas es un libro que padece tanto como se compadece.
LA POESÍA PUEDE SER un pararrayos para el sufrimiento del mundo. Creo que esta es una de las convicciones quesustenta la poética de Miller. Así sucede, por ejemplo, con el poema “Rwanda”, que aborda con una empatía radical los sucesos del genocidio de Ruanda, en el cual la población hutu, entonces en el gobierno, procuró la eliminación total de la población tutsi del país. Algunos calculan que la mortandad, producto de este proceso, asciende al millón de víctimas. Esto ocurrió en 1994, el año de nacimiento de Miller, y esta oscura coincidencia sirve de punto de partida para el poema. Pero no hay en él usufructo de un hecho histórico; antes bien, hay reconocimiento en el dolor, un acercamiento tan humilde como honesto desde este suelo común que es el sufrimiento. El dolor es lo que permite a los individuos reconocerse entre sí, así como al individuo reconocerse en los pesares de pueblos enteros, más allá de fronteras, banderas, consignas y los avatares e imposición de la geopolítica. Y entonces vienen a la mente estos versos del poema “La noche de clonazepam”:
Seguiremos muriendo y jugando [a la guerra:
siempre puede uno dar un paso [más después de haber muerto.
Por otra parte, enfocando su experiencia individual, en el poema “Cuarta estancia psiquiátrica” nos brinda una mirada de su temporada en un hospital psiquiátrico desde el desabrigo, desde el lugar de quien se encuentra a merced de una institución que lo alberga y dispone de él, que lo define y clasifica, sin atender a su voluntad o sus protestas. Miller señala, con estilo descarnado, lo negativo de la psiquiatría: el padecimiento del paciente que experimenta el tratamiento como la intervención fría de una voluntad ajena. Dice en el poema:
La enfermedad innominable [que diagnostican
y rediagnostican y amerita noches [sin cariño a pesar de un abrazo
los paliativos para lo inmutable [de saberse el general del otoño
olvidado en el verano...
Sigue un inventario de fármacos: los anticonvulsivos, los antipsicóticos, los estabilizadores de humor, los antidepresivos. No es mi pretensión juzgar la efectividad de la práctica psiquiátrica, pues no dispongo de los medios y la preparación para hacerlo; lo que sí puedo decir es que el poema de Miller da cuenta de una experiencia privada, que muchos hemos experimentado al encontrarnos a merced de la ciencia médica: el desamparo.
Los versos finales de este poema declaran:
Tengo suficiente muerte en mí [para construir un cementerio
exclusivo para los psiquiatras [que no tienen ni la más mínima
idea de por qué quisieron ser psiquiatras.
Esta crítica del sistema psiquiátrico, efectuada desde su interior, desde quien ha sido digerido, digamos, por esta ciencia, me hace pensar en otro antecesor de Miller, otro miembro posible del linaje discontinuo y roto que lo precede: Antonin Artaud. Aunque nuestro autor no lo mencione en su prólogo, hay algo en su estilo y, sobre todo, su tono cruento, que hace pensar en el escritor francés.
Ahora bien, incluso al relatar y elaborar su propia experiencia, Miller nunca abandona a los otros: su palabra se con-mueve, se transforma deliberadamente en un espacio de com-pasión. Así, por ejemplo, encontramos en el largo poema Introducción a la psiquiatría un inventario cercano, empático de los pacientes de un pabellón psiquiátrico. No un catálogo, sino un ejercicio de la palabra que acompaña, que reconoce el padecimiento propio en el otro.
Su estilo, cabe señalar, posee una peculiaridad. El uso que hace Miller de la lengua permite sospechar, en ciertos giros y vocablos, en cierta disposición de la sintaxis, el espectro de otras lenguas. No hay que olvidar que Miller era un traductor prolífico, que poseía, como Rimbaud —otra posible adición a su lista de antecesores, de difuntos familiares—, el don de las lenguas, un talento especial para aprenderlas, cultivarlas, comprender sus mecanismos internos. De hecho, varios de los poemas al final del libro fueron escritos originalmente en alemán, para luego ser traducidos al español por el mismo Miller —hecho nada intrascendente, como veremos enseguida—. En los poemas de Estancias psiquiátricas se dejan sentir los fantasmas de estos otros idiomas: atraviesan los textos como si se tratase de casas embrujadas. Como bien dice en “El vecino que no se suicidó para dejar en paz a las palomas”:
Amo en alemán, sufro en alemán,
les explico a cientos de médicos [lo que siento en alemán.
En alemán insulto a los psiquiatras.
A MUERTE A LA QUE SE REFIERE ES TAN REAL COMO SU PROPIO NOMBRE. ES UNA MUERTE QUE SUPERA LAS CONVENCIONES LITERARIAS QUE LA NOMBRAN Y QUE, INGENUAS, PRETENDEN DOMESTICARLA O APLACARLA
Esto nos lo dice, no hay que olvidarlo, en español. El abismo entre las lenguas y los afectos se vuelve así emblemático del cisma que separa al paciente del médico. Vemos aquí a Miller como a una persona que, agotada, se ve obligada a traducirse a sí misma constantemente y fallar en el intento. De hecho, me atrevería a decir que el libro entero está escrito contra esta imposibilidad para traducir el mundo interior en los términos que el mundo exterior exige. De allí su estilo crudo, directo, sin concesiones.
Más adelante en el volumen, en el poema titulado “¿De nuevo?”, continúa dando cuenta de esta escisión quizás insalvable. En este poema se refiere a su médico tratante y lo interpela:
Usted no conoce mi odio en español, [que es un odio cierto, penetrante,
como un amor correspondido [en un domingo soleado tras un sábado lluvioso.
Esta es también la fractura fundamental que separa a la realidad de lo vivido. La realidad ocurre, continúa, brutal y objetiva; lo vivido es lo que de ella se queda con nosotros, en nosotros: nos modela y nos retuerce. “Los ejes de esta poesía han de ser desanudados por quien quiera hacerlo, y quien sea que lo haga, suscitará la belleza que se enfosca, desde su concepción, en las diminutas cuevas de dolorosas realidades”, reza el prólogo del libro. Todos estos poemas, arduos, desgarrados y desgarradores, sin un gramo de simple cursilería, despojados de todo sentimentalismo, pulidos hasta los huesos mismos de la experiencia vivida, todos estos poemas, digo, consiguen internarse hasta los bajos fondos de esas cuevas que albergan las “dolorosas realidades”.
Pero no todo en Estancias psiquiátricas trata de la vida en instituciones médicas o de procesos históricos a gran escala. El libro nos brinda ventanas numerosas a la cotidianidad de Miller. Una cotidianidad no exenta de peligros, cabe agregar: un día a día que también se ve asediado por esa realidad intratable, bestial. El ámbito doméstico, las calles de Berlín, los vecinos, la adicción, el sexo, el amor, todo se ve invadido. La realidad nos alimenta con basura, nos advierte nuestro autor, y hace de lo vivido, de nuestra experiencia subjetiva, de nuestra mente consciente e inconsciente, un espacio en ruinas. Como bien exclama en el poema “Suicidio”:
¡Qué maldita desgracia
esto de verse obligado a vivir [y cada noche soñar
el esperpento asqueroso [que la realidad nos suministra!
LA POESÍA DE MILLER es especialmentereceptiva a este suministro, a este material esperpéntico y malsano que recibimos, muchas veces sin tener fuerza o ganas para cuestionarlo. Lo señala y lo denuncia, como también señala y denuncia el lugar del sujeto en el sistema médico o su indefensión absoluta ante los horrores de la historia. Esta imputación se alza desde un lugar de vulnerabilidad total, desde el grado cero de la fragilidad: Miller se pone en juego por completo, apuesta su existencia entera en este libro. Es así como consigue crear una intimidad instantánea con nosotros: uno siente que, en efecto, está hablando con él. Su poética desarticula las distancias e imposturas propias del lenguaje literario al uso. Libre de engolamientos, de pompa, su dicción desnuda, sus poemas contienen elementos narrativos, factuales, que los acercan a la crónica. Y pienso que esto es fundamental: la labor de Miller es la de un testigo. Procura dar cuenta de lo que ha vivido y experimentado. Dejar constancia de los hechos.
Nada más hay que leer los primeros versos de “Cuidados intensivos: la muerte real” para percatarse de ello:
Me llamo Ariel Miller Salazar,
mi nombre consta de una entidad [burocrática
con el número de paciente 317235***:
Trae noticias para los poetas [y filósofos
que han romantizado [la degeneración y la caída:
conocí a la muerte que nos
espera más allá de las metáforas [y los símiles
que trovan los descuidos [de su pútrido idealismo
La muerte a la que se refiere es tan real como su propio nombre. Es una muerte que supera las convenciones literarias que la nombran y que, ingenuas, pretenden domesticarla o aplacarla. Para decirla, para decir el sufrimiento que conlleva, Miller ha escrito estos poemas demoledores, esta arqueología del dolor propio y ajeno, este tratado del desamparo. Para dar cuenta, para brindar testimonio, para que todo esto no quede silenciado. Para relatar las muertes que lleva por dentro, como anuncia en el poema “Introducción”:
Heme aquí, vivo, que relato [a mis muertos.
Para mí, como lector, no queda sino volver una y otra vez a estos poemas. Releer esta crónica del tormento y acusar recibo, encajar el golpe, darme por aludido, reconocerme simultánea-mente como víctima y como cómplice de esas realidades asesinas quedenuncia Miller y de los estragosque causan en nuestras vidas. Dejarme interpelar por estas “palabras que ruegan al lector sin pedirle a cambio que comprenda”, como dice el prólogo. Recibirlas aunque no comprenda, pero esforzándome por comprender, luchando por comprender, por sacudirme de encima el pútrido idealismo y el esperpento asqueroso que la realidad nos suministra.
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