FILO LUMINOSO

Por si hacía falta otra crítica de La Odisea, de Christopher Nolan

Matt Damon en el papel de Odiseo, y Zendaya como la diosa Atenea 
en una escena de la película.
Matt Damon en el papel de Odiseo, y Zendaya como la diosa Atenea en una escena de la película. Foto: Especial

La Odisea, de Nolan, es un origami compungido de catatónicos impulsos fílmicos. No, piénsalo, es un panóptico de proporción gargantuesca y belleza extraordinaria. No, en realidad es un caleidoscopio de estertores babeantes y manierismos azorados del primer año de escuela de cine. No, la verdad es que se trata de la obra épica del siglo, que merece ser vista en nuestro lecho de muerte, como en Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973). No, es tan sólo un flujo incontinente de imágenes muertas de un extorsionista cinemático, traidor al legado europeo y sicario desmañanado de la podredumbre hollywoodera. No, simplemente es una mala película.

A estas alturas, en tiempos de redes sociales, qué más se puede decir de la disección que han hecho críticos, comentaristas, opinadores, aventureros, grafómanos, cinéfilos y cinéfobos de Christopher Nolan, su cine, sus intenciones, su lectura y su compresión de La Odisea homérica. Como era de esperarse la adaptación de semejante texto por un cineasta polémico iba a desatar brutales tormentas de ira, fervor y conspiraciones. Todo comenzó con su casting, que independientemente de su veracidad histórica de inmediato fue tildado de woke (progresista, incluyente, en antagonismo con los relatos supremacistas y coloniales usuales), en particular por incluir a una mujer negra, Lupita Nyong’o, en el papel de Helena, la mujer más bella de la historia (que en lugar de sumisa aparece desafiante y harta de ser responsabilizada por la locura bélica masculina), así como en el de su hermana y esposa de Agamenón, Clitemnestra; y a Elliot Page, un hombre trans, en el papel de Sinón (importado de la Eneida, para todos los que adolecemos de cultura griega). Estas dos transgresiones que las pequeñas mentes tomaron como un insulto a su fe y creencias, lanzaron mil buques de odio, racismo y estertores puritanos. La debacle siguió en materia de los formatos: “Si no la ves en Imax mejor ni la veas, a menos que quieras insultar personalmente al gran director de fotografía Hoyte van Hoytema”. Continuó con la actualización de las emociones y sentimientos en torno a la guerra y las masacres, y se extendió a las expresiones de desazón y angustia de Matt Damon en el papel de Odiseo, que muchos no consideran verosímiles para un personaje mítico de un poema épico.

NOLAN DESOLEMNIZÓ Y DESPOETIZÓ esta obra al mostrar un mundo de crueldad, cinismo y ausencia de dioses. Para muchos es imperdonable una Odisea de seres mortales, sanitizada de horrores, donde la única aparición divina está encarnada por una joven que es degollada (Zendaya) en el templo de Atenas, ante los ojos de Odiseo. Esa visión atroz se convierte, dentro de la imaginación del rey guerrero, en la diosa y el reflejo de su culpa. El ir y venir entre el Olimpo y los mortales ha sido omitido. Si bien para muchos esa ausencia descalifica la obra por completo, otros creemos que la aproximación cuasi realista, con toques de thriller de acción, de cine de horror y de reflexión bélica cargada de profundo remordimiento es una valiosa y oportuna lectura de esta obra que no nació para ser leída sino escuchada.

NOLAN SE ENFOCA ENEL EPISODIO DEL CABALLO DE TROYA COMO UNA EXPRESIÓN DEL INGENIO Y MALICIA DE UN ESTRATEGA E INTRIGANTE CONSUMADO COMO ODISEO

¿Pero qué hacer con tantos anacronismos ante el fervor defensivo de cientos, miles, quizá millones de helenistas de cepa y de los otros? Quienes leímos La Odisea y La Ilíada contra nuestra voluntad en secundaria, en las tortuosas ediciones de Porrúa, bajo amenazas (y no regresamos como adultos responsables de nuestras lecturas al libro), nuestro conocimiento de la obra viene mucho más de versiones fílmicas (de malas a terribles), paráfrasis literarias, exploraciones ensayísticas y citas que del texto mismo. Por tanto, la crítica brutal de la ahora celebérrima traductora Emily Wilson a Nolan, así como los incontables comentarios ilustres de expertos, son entretenimiento metacinematográfico adicional que cambia muy poco la perspectiva del espectador y nos lleva a cuestionar el sentido y valor de la fidelidad de una película a la obra que la engendró.

De cualquier forma, hay un innegable elemento de kitsch en cualquier fantasía de capa y espada, y más si está hablada en inglés con acentos contemporáneos. Nolan trata de conducir su relato con una especie de compostura escéptica: acepta que existen prodigios sobrenaturales pero trata de mostrarlos como aberraciones de lo real: cíclopes y lestrigones gigantes devoradores de hombres, tentáculos de Escila, el torbellino de Caribdis y la visión de la Boca de Hades, un infierno que recuerda al lago de Texcoco de los años 80, en el atardecer.

NOLAN SE ENFOCA EN EL EPISODIO del Caballo de Troya como una expresión del ingenio y malicia de un estratega e intrigante consumado como Odiseo, quien evoca a Jason Bourne. El regalo se vuelve un arma mortal ya que como todos sabemos sirve para introducir a un puñado de hombres (en una escena grotesca y escatológica que recuerda a su filme Dunkirk, 2017) a la ciudad amurallada y abrir las puertas a las tropas. Esto da lugar a su gran triunfo, la masacre indiscriminada del pueblo (que obviamente nos hace pensar en Gaza y el genocidio perpetrado por Israel), la victoria definitiva después de diez años de guerra. Pero a la vez, esa traición de la buena voluntad y las leyes de la hospitalidad de Zeus se vuelve una carga de culpa que le impide reencontrar el camino a casa, como los guerreros que cargan el trastorno de estrés postraumático y los viajeros cósmicos de Interestelar (2014).

La simple elección de este material parecía enfatizar la leyenda de que Nolan es un director que no sabe o no le interesa dirigir mujeres. No obstante, uno de los mejores episodios es el encuentro de los hombres de Odiseo con la bruja Circe (Samantha Morton), quien más que un encantamiento hace escultura de sus víctimas, transformándolos en cerdos con la pasión de un artista y un deseo de venganza un tanto literal. Está también la ninfa Calipso (sublime Charlize Theron, salida de su propio anuncio de Dior) que lo secuestra pero lo cura poco a poco, alimentándolo con la flor del loto que le provoca una fabulosa apatía y desinterés en regresar a su mujer, hogar e Ítaca por siete años, que pasa en una confusión digna de Memento (2001). Así como él mantuvo el sitio de Troya, los groseros y gorrones pretendientes de su esposa Penélope (arisca y compungida Anne Hathaway) tienen sitiado su propio castillo, ante el rechazo y escozor de su hijo Telémaco (Tom Holland) y el criado y porquerizo ciego Eumeo (espléndido John Leguizamo).

Por otro lado, las sirenas aparecen como siluetas remotas, apenas descifrables. Su canto más que atraer a Odiseo le provoca una angustia profunda, un desasosiego incurable por las vidas arrebatadas, por su propia vergüenza y por descubrir que el triunfo militar no es otra cosa que una forma disfrazada de derrota moral. Un castigo semejante es lo que los enemigos de Nolan quisieran que padezca por el resto de los tiempos.


Google Reviews