La posteridad literaria es caprichosa y enigmática: no siempre las obras que los autores consideran las más logradas, o sus personajes más dilectos, son los que sobreviven con mayor fortuna. Un personaje puede adquirir una presencia y representar un conjunto de valores que rebasen con mucho la expectativa o la intención del autor. Habría que recalcar lo que tanto se ha dicho: que el Quijote es un personaje vivísimo, por el que algunos tienen una vaga referencia de su autor, un tal Cervantes. En efecto, la novela ha rebasado el resto de su obra y ha opacado la figura de un escritor, de por sí ya opaca en vida. El Quijote es un personaje independizado de su creador, al que no pocos confunden con una figura real que encabezó iniciativas difusas, un poco chuscas y fracasadas pero ejemplares, a favor de la justicia y de los pobres.
Quién sabe si sea posible trazar una historia de la recepción y de la diseminación paulatina del símbolo del Quijote en las más diversas dimensiones de la cultura. Lo cierto es que, como decía Vladimir Nabokov, «don Quijote es más grande hoy de lo que era en el vientre de Cervantes. Ha cabalgado durante más de trescientos cincuenta años a través de las junglas y tundras del pensamiento humano y ha ganado en vitalidad y estatura. Ya no nos reímos de él. Su blasón es la piedad, su pendón es la belleza. Permanece en todo lo que es amable, lejano, puro, desprendido y galante. La parodia se ha hecho parangón». 1
Merced a su independencia, el Quijote es un personaje que habita en el limbo colindante entre la ficción y la realidad y, precisamente por ese estatuto ambiguo, se convierte en un símbolo adaptable a los más diversos motivos, en una marca rentable y en un objeto de culto estético, cívico y moral. «Una vez más, este fenómeno —sin duda rarísimo— corona lo que tal vez sea el éxito más brillante al que un escritor pueda aspirar. ¿De qué se trata en realidad? Un novelista —o un autor dramático— cree haber creado a un personaje. Sin quererlo —y a menudo no lo sabrá nunca, pues morirá demasiado pronto para ello— ha creado un mito, y precisamente es propio del héroe mitológico salir de su obra original para evolucionar libremente en obras ulteriores».2 En su prolongada fuga de las intenciones de su autor, de las apreciaciones críticas de su tiempo y de la misma esfera literaria, el Quijote ha devenido un personaje ubicuo y poderoso en los imaginarios contemporáneos.

Y muy tarde comprendí
QUIÉN SABE SI SEA POSIBLE TRAZAR UNA HISTORIA DE LA RECEPCIÓN Y DE LA DISEMINACIÓN PAULATINA DEL SÍMBOLO DEL QUIJOTE EN LAS MÁS DIVERSAS DIMENSIONES DE LA CULTURA
Gracias a su conversión en mito, acaso todos los lectores nos hemos encontrado con numerosas interpretaciones del Quijote que tienen muy poco que ver con lo estrictamente literario y que buscan extraer de esta obra una moraleja política y vital. Por ejemplo, cuando muy joven asistí a escuchar una mesa redonda sobre El Quijote. Ahí un profesor se refirió a la novela como un «manual de liberación» y el «mejor libro de ciencia política jamás escrito». Cuando otros participantes mencionaron el humor como un rasgo de la obra, los rebatió con seriedad. Para este crítico la novela no tenía, ni remotamente, el fin insustancial de la recreación, sino el de la creación de conciencia: Cervantes aspiraba a liberar, a subvertir el sistema político, social y jurídico de su época y a promover la rebeldía popular, burlando a la censura mediante un conjunto de claves secretas. Por supuesto, tras esta rotunda interpretación, yo salí avergonzado de mi falta de perspicacia literaria porque nunca pensé en «liberarme» o «luchar contra el sistema» después de leer la novela.
En realidad, hasta bien entrada la edad adulta, no había leído con placer el más prestigioso de los libros del idioma español. Cuando era niño, en las escenas de esta novela que nos hacían leer de forma despiadada en la escuela, me aterraban los personajes esperpénticos y explosivos que veían alucinaciones en el campo y confundían molinos con gigantes. Ese párvulo lector que yo era, suplicaba que los personajes bajaran el volumen de sus exclamaciones y se aburría con la monótona sucesión de absurdos y necedades. En mi juventud, ya consciente del prestigio de libro, detestaba El Quijote con esa sensación simultánea de orgullo y culpa con la que se repudia a la familia. Me resultaba difícil entenderme con los protagonistas, ese par de extravagantes, dueños cada quien de su locura, y con el elenco de venteros mezquinos, ladrones, estafadoras, putas, nobles, enamorados y todo tipo de engendros exaltados. Me disgustaban el amontonamiento de personajes, el gritoneo y la permanente violencia de los episodios, la utilización excesiva de la casualidad y la coincidencia, el humor fundamentalmente físico y la fantasía grotesca. Todos esos eran registros estéticos que no alcanzaba a asimilar mi gusto de muchacho (mal) educado en la linealidad de los relatos y en la idealización de las novelas románticas.
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NOTAS
1 Vladimir Nabokov, Curso sobre El Quijote, Ediciones B, 1997, p. 79.2 Michel Tournier, «Don Quijote, el hijo ingrato de Miguel de Cervantes Saavedra» en VV. AA., Don Quijote alrededor del mundo, Instituto Cervantes-Galaxia Gutenberg- Círculo de Lectores, 2005, p. 127.

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