El estruendo de los tambores incita al baile, la gente canta, grita. Es el carnaval en la isla Guadalupe. La festividad recuerda: la vida es dura pero siempre ofrece belleza.
Los moko-zobis custodian el festejo, son personas en zancos, emulan espíritus protectores. Las leyendas cuentan: cruzaron el Océano Atlántico desde África, caminaban al lado de los barcos, para acompañar a quienes tenían como destino ser esclavos. Gracias a su altura, los moko-zobis podían avizorar las amenazas físicas y espirituales.
Ese es el entorno donde nace Maryse Condé en 1937, justo en los días previos al carnaval. Su isla natal, Guadalupe, era un territorio francés de ultramar. Sus padres, funcionarios del gobierno francés, gracias a su trabajo le dieron comodidades a su familia: agua corriente, auto, acceso a la educación. En un medio donde la mayoría carece de lo elemental, lo básico es un privilegio.

Y muy tarde comprendí
Condé recibió una esmerada educación francesa, no supo de la esclavitud ni de la violencia. Se hizo consciente de los estigmas de su color de piel cuando, a los dieciséis años, fue a estudiar a Francia. Ahí experimentó qué implicaba ser negra:
París, para mí, era una ciudad sin sol, una celda de áridas piedras, un ir y venir en metros y autobuses donde los desconocidos comentaban sin disimulo: —¡Pues no es fea la negrita! No era la palabra negrita lo que me hacía daño. Era el tono sorpresa. Yo constituía una sorpresa. La excepción en una raza que los Blancos se empecinaban en considerar repulsiva y bárbara.
En la ciudad luz padeció violencia y discriminación, no por su condición económica, sino por su color de piel. En París se casó con un actor de Guinea y decidió adentrarse con él en África, en busca de sus orígenes. Durante esa travesía vivió en Costa de Marfil, Guinea, Ghana y Senegal. No encontró ahí su raíz, enfrentó violencia por ser diferente, a pesar de ser negra. El impacto modificó su percepción:
Sí, ciertamente, [África] me ha hecho daño. Pero también me ha dado mucho. Da con una mano, hiere con la otra. El orgullo de ser negra, el orgullo de ser mujer, el orgullo de ser lo que soy, eso África me lo dio. Me ayudó a construirme a mí misma. Sin ella, habría sido una niña colonizada normal y corriente, como tantas otras. En cuanto a mi nombre, empecé a escribir antes de divorciarme, antes de que muriera mi ex marido. Hay que reconocer que Maryse Phyxtoc, mi verdadero nombre, no es muy armonioso. Es menos eufónico que Condé.
Residir en África fue decisivo para su trabajo intelectual, esa experiencia dio vida a una convicción: toda biografía tiene algo de mítico. La memoria es imaginación, pero las sensaciones perduran, el cuerpo las registra, son heridas, revivirlas crea tensión, resistencia. Contarnos historias es resistir, narrar emana identidad. Las protagonistas de sus novelas son mujeres en diferentes momentos históricos y países, a través de ellas Condé explora formas de dominio, la construcción del género en distintos contextos y la conformación de culturas.
Quienes habitan la obra literaria de Maryse Condé son personajes de gran fortaleza, aprenden a reír la pena. Son como los moko-zobis del carnaval, avizoran males del cuerpo y del espíritu; expresan las marcas del colonialismo y la esclavitud en la psique, el cuerpo y la estructura social, de todos, no sólo de las personas con piel negra. Maryse descubre en ella y en otros que una emoción no anula a la otra, coexisten, sin contradicción, por eso su primer volumen de memorias se llama Corazón que ríe, corazón que llora.
QUIENES HABITAN LA OBRA LITERARIA DE MARYSE CONDÉ SON PERSONAJES DE GRAN FORTALEZA, APRENDENA REÍR LA PENA. SON COMO LOS MOKO-ZOBIS DEL CARNAVAL
Para Condé la libertad interior es amarga y luminosa. La escritora se transfigura en sus personajes, en una de sus novelas icónicas, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, lo expresa antes del arranque de la acción: “Tituba y yo hemos vivido en estrecha intimidad durante un año. En el transcurso de nuestras interminables conversaciones me ha dicho cosas que no he confesado a nadie.”
La ternura, la sensualidad, el ardor en las heridas condicionan las relaciones, nos cimbran, despliegan modos insospechados de estar en el mundo. Tituba, su bruja de Salem, integra:
Sí, ahora soy feliz. Comprendo el pasado. Leo el presente. Conozco el porvenir. Ahora sé por qué existen tantos sufrimientos […] Pero sé también que esto tendrá un final. ¿Cuándo? ¿Qué importa? No tengo prisa, estoy liberada de la impaciencia propia de los humanos. ¿Qué es una vida con respecto a la inmensidad del tiempo?
Maryse Condé escribió más de veinte novelas, ensayo, obras de teatro, cuento y dos volúmenes de memorias. Murió en 2024, recibió múltiples reconocimientos. Quizá el más significativo, en absoluta congruencia con su trabajo, porque no encajaba en ningún molde, fue el Premio Nobel Alternativo, en 2018. Lo otorgó la Nueva Academia Sueca, una organización cultural efímera. Ese galardón se creó para existir sólo una vez, ante la suspensión del tradicional Premio Nobel. Se eligió con particular cuidado una escritora cuya aportación al mundo resultara indiscutible y ajena a toda clasificación.
En una entrevista Condé definió así el sentido de su escritura: “Yo creo que la responsabilidad de una escritora mujer negra es la de inculcar en el otro respeto y amor por la diferencia. Para mí esa es la belleza de mi trabajo y de mis orígenes”.
La diferencia, sentirnos distintos, es autorreconocimiento, pero nuestro ser abreva en una realidad compartida. Maryse Condé es inclasificable, es un espejo donde cualquiera puede identificarse.

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