OJOS DE PERRA AZUL

Rock Me, Baby

Rock Me, Baby
Rock Me, Baby Foto: Cortesía del autor

Tuve un saxofón. Alto, dorado, pesado cuando lo colgaba del cuello y ligero al sostenerlo entre las manos. Al soplar y presionar las llaves, vibraba y respiraba conmigo. Tomé clases. Las abandoné pronto, las lecciones empezaron a ponerse complicadas después de que el profesor me pidió que fuera su novia y le dije que no. Decidí continuar por mi cuenta, ensayaba sola, a veces durante horas, sin saber exactamente lo que estaba haciendo. No aprendí a leer las notas. No entendía de acordes, escalas ni armonías, aunque sí podía reconocer lo que las melodías me provocaban, escalofríos, sonrisas, éxtasis, añoranzas. Formé parte de una banda, participé en un par de tocadas en las que, debo admitir, no creo haber hecho el mejor performance. Amaba la música, es fuego en el corazón, pero tuve la humildad de reconocer que nunca sería buena para tocar un instrumento.

HACE POCO FUI CON MIS AMIGOS al concierto de un grupo de rock, mexicano, disidente, del bueno. Yo era una más entre los cientos de espectadores, un ser anónimo en aquella multitud. Me creía una invitada especial, con la absurda pretensión de haber llegado a un lugar donde alguien me estaba esperando. Ansiedad. Desde el principio, además de por los oídos, las canciones me entraron por la boca, los huesos, nervios, por los poros de la piel, por todas partes. La voz del cantante transmitía intensidad, el bajo hacía temblar el recinto, los golpeteos de la batería me sacudieron. La guitarra me atrapó, aullaba, me atravesaba el pecho. El líder de la lira estaba hacia la izquierda del escenario. Mi mirada, con voluntad propia, se fue estrechando hasta converger en ese único punto. Visión túnel. Todo lo demás comenzó a volverse borroso, la gente, la iluminación, los teléfonos levantados. Enfoqué la cámara de mi celular, hice zoom. Distinguí el sudor en su cara, las venas en sus manos, el pelo revuelto que le cubría el rostro, la tensión en la quijada. Descubrí en él un gesto melancólico que me enloqueció, parecía un extraño en tierra extraña, perdido en los gemidos de los riffs, delirando y, a la vez, concentrado en sí mismo, olvidándose del mundo. La guitarra era una extensión de su cuerpo que hablaba, gritaba; la estridencia parecía venir de un lugar anterior a las palabras, un lenguaje hecho de ese otro universo que es la música, el suyo, al que yo pude entrar.

El público se abrió como un mar partido en dos, las luces me encontraron, yo lo vi y él me vio, fueron segundos o dos horas, no lo sé, el tiempo se detuvo. Levantó una mano, me hizo una seña. Después volví a ser una entre tantos. Fantaseé con un encuentro posterior, él y yo platicando hasta la madrugada, botellas de vino, confesiones, historias, enredados en deseo. Satisfechos. Lo que pasa backstage se queda backstage.

No sé tocar bien el saxofón ni cantar, mucho menos bailar, por eso escribo lo que me pasa para que nada se me olvide. Las hojas son mis pentagramas, las letras mi clave, cada frase un compás. Mi voz, la tonalidad. Un punto suspensivo, la pauta, el superabismo en el que sobrevivimos.

* Tengo que tomar una escisión.

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