Diversa Cultural

Diversa Cultural
Diversa Cultural Foto: Especial
JAMES BUCHANAN
JAMES BUCHANAN ı Foto: Especial

JAMES BUCHANAN

Empezó su vida como agente de una empresa escocesa distribuidora de whisky. Tenía una notable personalidad, llena de encantos personales. Su energía no tenía límites. Era conocido y admirado como hombre elegante y de buen gusto. Cuando apareció el blended whisky creyó que había llegado su hora. Decidió criar su propio blend, un blend que fuese la bebida del hombre de la City, del hombre de negocios. En 1884 apareció en el mercado londinense “The Buchanan”, un blend. La botella era negra con el rótulo blanco y oscuro. A partir de su lanzamiento, el whisky de James fue apellidado “Black and White Scotch Whisky”; desde el principio la etiqueta fue sobria, y hasta hoy ha cambiado poco. Su amor por los animales llevó a James a adoptar dos scotches, uno blanco y otro negro [mismos que incorporó a la etiqueta].

Benito Luiz de Almeida Prado, Enciclopedia del Whisky, trad. del portugués de José Ma. Zunzunegui, Paraninfo, 1978.

STEVENSON EN SAMOA

Cuando en 1887 Stevenson viajó a los Estados Unidos fue recibido clamorosamente. Después de una temporada de reposo en las márgenes del lago Saranac, se embarcó en San Francisco en un yate de placer con el propósito de hacer una travesía por los mares del Sur. En ese momento se inició su leyenda, la del enfermo errante por oscuros parajes tropicales: las Marquesas, Tahití, Honolulu, las islas Gilbert, Samoa. Cerca de Apia, capital de Samoa, Stevenson compró un terreno de veinte hectáreas donde se instaló definitivamente en 1890. Allí construyó Vailima, la casa de los cinco ríos. Al poco tiempo de su llegada, los nativos le dieron por nombre el de “Tusitala”, o sea, el narrador de historias. […] El periodo de Vailima demostró ser, contra todas las expectativas de sus amigos y editores, uno de los más fructíferos. Stevenson volvió, paradójicamente, a todo lo que había detestado en su juventud. Se convirtió en un caballero, en una institución social, en el personaje más importante de la isla. Fanny [Osborne, su esposa] organizaba bailes, garden-parties, partidas de polo. Stevenson intervenía en los asuntos de la isla, recibía a los mandatarios locales e intrigaba entre los gobernantes indígenas. Su narrativa, entretanto, con la excepción quizás de los tres cuentos de los mares del Sur, se remonta a la Escocia de la que tanto había tratado de huir. Las últimas novelas, Catriona, St. Ives y Weir de Herminston son crónicas históricas de su país natal.

El 3 de diciembre de 1894 Robert Louis Stevenson murió en Vailima, víctima de un ataque de aplopejía.

Sergio Pitol, Siete escritores ingleses: De Jane Austen a Virginia Woolf, Sep Diana, 1982.

STEVENSON EN SAMOA
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LA NOCHE: UN PLACER

Amo la noche con pasión. La amo como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire cálido, en el aire ligero de las claras mañanas. El búho huye en la noche, negra sombra que atraviesa la oscuridad, y, alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

Entonces me entran ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr sobre los tejados como los gatos; y un impetuoso e invencible deseo de amar se enciende en mis venas. Salgo, ando por los sombríos arrabales y por los bosques cercanos a París, donde oigo rondar a mis hermanas las bestias y a mis hermanos los cazadores furtivos.

Lo que se ama con violencia siempre acaba por matarte. Pero ¿cómo explicar lo que me pasa? ¿Cómo hacer comprender siquiera el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé, sólo sé que así es. Ahí va.

El caso es que ayer… ¿Fue ayer? Sí, no hay duda, a menos que fuese antes, otro día, otro mes, otro año, no lo sé. Sin embargo, tuvo que ser ayer, pues aún no se ha hecho de día y el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo?… ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá jamás?

Guy de Maupassant, La noche, trad. Íñigo Jáuregui, ilust. Toño Benavides, edición bilingüe, Nórdica Libros, 2011.

LA NOCHE: un placer
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PALABRAS PERDIDAS

Las palabras que se pierden. ¿Dónde las habré puesto? ¿En qué cajón, en qué encimera, en qué casa, en qué año? Para encontrar la palabra perdida tuve que buscar en un cajón la palabra “encimera” y entonces recuperé la casa y el año, pero no la palabra, que llegó luego. Las palabras cuya ausencia te vuelve de madrugada, y te empuja a levantarte como las ganas de orinar. Las palabras que se buscan chasqueando los dedos, como si llamaras a un perro, a aquel perro que no volverá.

Marcos Ordóñez. Una cierta edad. Cuadernos y diarios (2011-2016), Anagrama, 2019.

EL PRESENTE ESTÁTICO
EL PRESENTE ESTÁTICO ı Foto: Especial

EL PRESENTE ESTÁTICO

Elena permaneció inmóvil hasta que cesó el ruido como de lluvia procedente de la calle y oyó que los barrenderos se alejaban hablando entre sí, y riéndose, con una naturalidad inexplicable. A partir de ese instante los acontecimientos adquirieron el ritmo de una pesadilla, depositándose en un presente estático que alteraba las leyes de la duración. Así, piensa en su padre y sin que una idea desplace hacia el pasado a la anterior, calcula la pérdida de prestigio inherente al hecho de que a la juez Rincón se le haya muerto un forense desnudo en el dormitorio. Como un ahogado inverso, ve de súbito pasar por su cabeza todo su porvenir, proyectado sobre una sábana que también es una mortaja en la que cabe, envuelto, el presente actual, que continúa estirándose, ensanchándose contra todas las leyes temporales.

Juan José Millás, No mires debajo de la cama, Santillana, 2004.

LA FRAGILIDAD DEL PASADO
LA FRAGILIDAD DEL PASADO ı Foto: Especial

LA FRAGILIDAD DEL PASADO

La memoria es identidad. Lo he creído desde..., oh, desde que me acuerdo. Eres lo que has hecho; lo que has hecho pervive en tu memoria; lo que recuerdas define lo que eres; cuando olvidas tu vida dejas de ser, incluso antes de tu muerte. Una vez pasé muchos años intentando salvar a una amiga de una larga decadencia alcohólica. Vi de cerca cómo ella perdía la memoria próxima y luego la lejana y con ellas casi todo lo que había en medio. Era un ejemplo aterrador de lo que Lawrence Durrell en un poema llamaba “la lenta ignominia de la mente”: su caída en desgracia. Y aquella caída —en la cual absurdas proezas de fabulación, encaminadas a que la mente se tranquilizase a sí misma y a mi amiga, pero a nadie más, encubrían la pérdida de recuerdos específicos y generales— iba acompañada de la que sufrían quienes la conocían y la amaban. Intentábamos aferramos a nuestros recuerdos de ella —y de este modo, simplemente, a ella—, diciéndonos que “ella” seguía allí, nublada pero visible de vez en cuando, en momentos repentinos de verdad

y claridad.

Julian Barnes, Nada que temer, trad. Jaime Zulaika, Anagrama, 2011.


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