COMISIÓN DE SOMBRAS

Sobre la noble mentira

Rafael Sanzio, La escuela de Atenas, 1509-1511. Foto: Cortesía del autor

En un capítulo particularmente salvaje de La República de Platón donde se nos recuerda que la política está fundada sobre la censura, el terror dosificado y la mentira como método de orden público, se prohíbe para la ciudad ideal que se represente a “los hombres de mérito como dominados por la risa, y mucho menos a los dioses”. Asimismo, se nos recuerda que el propio Esculapio comprendía que no había que intentar ayudar, ni mucho menos salvar a quienes nacieron con debilidades o enfermedades, “no creían que le aprovechara vivir, ni a él mismo ni a los demás, ni que debiera haber un arte aplicable a estas gentes, ni que hubiera que cuidar de ellos, así fuesen más ricos que Midas”; ahí en ese mismo fragmento se habla de una noble mentira que ofrece identidad y una ruta a seguir, mentira que tiene que persuadir a “los magistrados mismos y a los soldados, y luego a los demás ciudadanos, de que la formación y educación que les hemos dado, y cuyos efectos se imaginaban sentir como si por ellos hubiera sido aquélla instituida, no ha sido sino un sueño”.

La historia invita a creer que, si bien por el solo hecho de formar parte de la misma ciudad, todos los individuos son hermanos, la verdad es que el dios “ha mezclado el oro en la producción de aquellos de entre vosotros que son más capaces para mandar, y por esto reciben mayores honores. Mezcló plata en la composición de los auxiliares, y hierro y bronce entre los labradores y demás artesanos”. Se exhorta a que cada individuo se mezcle y se reproduzca sólo entre la clase a la que pertenece, aunque sabiendo que eso es muy difícil, “si resultare alguna contaminación de bronces o de hierro, que no tengan piedad de ellos en modo alguno, sino que, dando a su naturaleza la estimación que merece, se les arroje con los artesanos o con los labradores”.

TODO UN PROGRAMA IDEOLÓGICO convertido en historia nacional. Es muy probable que nosotros podamos identificar claramente la “noble” mentira en nuestra propia política nacional, que no es otra cosa que forzar y adaptar toda la historia de México, desde las culturas mesoamericanas que se convierten en origen y paraíso, y llevarla, por las buenas o por las malas hasta la puerta del Palacio de Gobierno. No siento ningún interés en rebatirla y menos en apoyarla, mi texto vira hacia otra parte; sólo habría que señalar que cualquier otro partido en el gobierno haría uso de la misma herramienta para legitimarse, y que esa ficción, erigida en franca ideología, está sancionada desde Platón; y por ello, prefiero esa idea más radical y sabrosa de Simone Weil sobre la abolición de todos los partidos políticos.

Pero no es la ficción social lo que aquí interesa, sino hurgar en las ficciones individuales, estrictamente privadas y personales —que acaso coincidan en uno o muchos puntos con la ficción social, qué duda cabe—: pero es legítimo preguntarse cuáles son las mentiras nobles que nos mantienen en pie, que nos obligan a levantarnos por las mañanas, porque si bien la necesidad de comer, pagar la renta y mantenerse a uno mismo o a aquellos que dependan de nosotros, es una verdadera tenaza, no basta para forzarnos a seguir.

Aunque sea in media res no está demás definir esas ficciones privadas, propongo de manera provisional y sólo para mantener un territorio común, que ficciones son ese conjunto de ideas que nos ayudaron a sobrevivir, aquel conjunto sin el cual muy probablemente nuestra humanización jamás hubiera sido posible del todo: un código ético, unas reglas de conducta, en un principio enviadas por algún Dios o transcritas en tablas de mandamientos, o códigos de convivencia como el tratado de Hammurabi, o un mito que otorgue cohesión a un grupo social y nos ofrezca un rango, ideal, ficticio, pero sancionado dentro del sistema.

Nuestra imaginación, nuestro razonamiento, son muy poco dados a la cohesión, a menos que se trate de facultades extraordinariamente entrenadas, y aun así, hay filósofos y científicos, para nombrar nuestros puestos más altos en ese rubro, que se han suicidado, o que en un arrebato han matado a alguien, o se han recogido en un silencio bestial, y si eso ocurre con ellos, entre los individuos de a pie, francamente se necesitan dosis ingentes de ficciones (además de otras drogas, incluso legales, lo que ya es decir, total, ya lo indica Frost, the best way out is always through) para sostener día con día esta barbaridad que llamamos conciencia.

CÓMO ELEGIMOS, ALIMENTAMOS Y FORTALECEMOS esas ficciones es la gran pregunta, cómo cambian a lo largo del tiempo, cómo las adaptamos frente a los vaivenes del infortunio y la desgracia, o los reforzamos ante los eventuales triunfos… es allí donde se prueba la eficiencia o ineficacia de nuestras ficciones.

Lo relevante es que estas nobles mentiras que se acuñan en nuestra conciencia, si bien beben de lo que pedantemente se llama constructo social, la verdad es que son delicadas filigranas que se elaboran arduamente dentro de cada uno de nosotros, tomando de aquí y de allá, de experiencias y lecturas, de entramados familiares y estofados nacionales, de la decusación entre el zeitgeist hegeliano y nuestra “íntima tristeza reaccionaria” velardiana, y al final del día, somos nosotros a solas los que trazamos bisontes y esgrafiados en nuestro pequeño fragmento de oscura conciencia.

FICCIONES SON ESE CONJUNTO DE IDEAS QUENOS AYUDARON A SOBREVIVIR, AQUEL CONJUNTO SIN EL CUAL MUY PROBABLEMENTE NUESTRA HUMANIZACIÓN JAMÁS HUBIERA SIDOPOSIBLE DEL TODO

Los momentos —raros, estoy convencido que hay vidas que pasan y se agotan sin ellos—, en que esas ficciones se nos revelan como lo que son, deben ser estelares y monstruosos, la literatura guarda celosamente algunos de ellos, como las últimas páginas de La muerte de Iván Illich; o los chillidos agónicos del hombre del subsuelo; los soliloquios de Hamlet y de Segismundo; y si tengo que pensar en otro arte, recuerdo los aullidos finales del padre de familia en Teorema de Pasolini, es curioso que ante el desmoronamiento de nuestro marco de referencia sólo quede el grito, el horror primigenio. Y es que sin esas ficciones no sólo nos quedaríamos sin nada qué decir, el verdadero miedo, el problema real, abismal, es que tal vez sin ellas no quede nada qué entender leaving only the growing terror of nothing to think about, acota T.S. Eliot en un verso.

En todo caso, es de suponer, que en algún momento todos somos capaces de ver pasar el rostro de la noche frente a nuestros ojos, y colapsar o, por el contrario, correr a afianzar los pilotes de cimentación, resanar lo que ya ha roído el salitre, y sellar los resquicios por donde se cuela la humedad y seguir, día a día, como si nada hubiera ocurrido.

No hay reproche, acaso muy lejos de tratarse de una debilidad, los más fuertes de la especie son aquellos que una y otra vez saben ajustar, reformular o incluso cambiar por completo sus ficciones para adecuarlas a nuevas necesidades y a nuevos tiempos; tal vez sean las ficciones, y sólo ellas, las que conduzcan a un individuo dado al triunfo o al fracaso vital, y el resto perezcamos en un espasmo, en una sorda esclerosis de la conciencia.


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