Tony: ni crudo ni bien cocido

Guillermo de la Mora reseña Tony, la adaptación cinematográfica sobre los primeros años de Anthony Bourdain y examina los aciertos y las limitaciones del director Matt Johnson en su aproximación a la figura del célebre chef. La cinta retrata el periodo formativo del joven universitario en Provincetown durante la década de 1970, un entorno bohemio y marginal que precedió a su consagración mundial en la gastronomía

Tony: ni crudo ni bien cocido
Tony: ni crudo ni bien cocido Foto: Especial

A la memoria de Antonio Calera-Grobet (1974-2025),

gastrósofo, poeta, editor y Pantagruel chilango,

seguro también habría renegado de esta adaptación.

Un fantasma alto y flaco recorre el mundo de la gastronomía contemporánea, un gringo de ascendencia francesa y centroeuropea muestra de manera intrigante el mundo tras bambalinas que acontece en las cocinas que alimentan a diversas clases sociales en los más variados rincones del mundo. Su nombre es Anthony Bourdain (1956-2018).

Con una cadencia y provocación comparada a la prosa de H. S. Thompson,llegó a trasmitir la complejidad e importancia que tiene la preparación de alimentos y el elemento humano que lo circunda. Un fenómeno que sucede muy cerca de los comensales y que, aun así, resulta casi invisible para la vasta mayoría.

En su primera obra literaria autobiográfica Kitchen Confidential (2000) Bourdain nos narra cómo llega a descubrir el placer y la aventura que puede llegar a ser la comida (una sopa fría a bordo de un crucero, una ostra engullida casi viva) hasta su camino para convertirse en chef, su iniciación en un restaurante portugués en un pueblito costero, su paso por la CIA (Culinary Institute of America) hasta su gerencia en el célebre restaurante francés Brasserie Les Halles en Nueva York.

La adaptación fílmica Tony, dirigida por Matt Johnson, consiste en llevar a la pantalla algunos de los primeros capítulos de este libro, cuando el joven y universitario Bourdain pasa un verano formativo en Provincetown, Massachusetts. Un lugar que él mismo describe así:

Era un pequeño pueblo pesquero de inmigrantes portugueses, situado en la punta del cabo con forma de anzuelo. Sin embargo, durante los meses de verano, parecía Times Square frente al mar. Eran los 70´s, así que toma eso en cuenta cuando imagines a un puebli-to de Nueva Inglaterra, lleno de turistasde verano o de un solo día, hippies, vagos, ladrones de langostas, chicas de moral relajada, drogadictos, malvivientes refugiados de Key West y miles de enérgicos hombres gay de vacaciones. Para alguien sin raíces y con tendencias sensualistas, era el escape perfecto.

Cuando la semana pasada vi el poster de la película, me emocioné. Tonos ocres en el poster junto a la marquesina, un personaje principal poco agraciado físicamente interpretando al joven Tony (Dominic Sessa), Leo Woodall (conocido por su actuación en White Lotus) y, por supuesto, ¿Antonio Banderas? Este último elemento era un poco desconcertante la verdad, como si una presencia taquillera fuera necesaria para darle empuje. Tenía la pinta de una película semi indie que podría acompañar a la figura del joven Anthony bastante tiempo antes de que se hiciera de una fama mundial al ser host del programa de televisión No reservations. Una suerte de Bildungsroman en pantalla. Para colmo, me encontraba en el centro de Split, en Croacia, donde las construcciones romanas conviven con las socialistas de la época de Josip Broz Tito. Un lugar adecuado. El cine Karaman fue fundado en 1907 y sigue funcionando. Esperanza.

EL PERSONAJE PROMETÍA, la fotografía prometía, el espacio prometía. La cinta comenzó y escena tras escena, la proyección se convirtió en una receta poco sazonada de un biopic. Un chico con ínfulas de escritor y mitómano patológico llega a un puerto costero para buscar a una mujer a la que intenta impresionar con mentiras y referencias etimológicas. Se queda sin dinero el primer día gracias a un comportamiento idiota y es adoptado por la figura paternal de Antonio Banderas, que interpreta al dueño de un restaurante de mariscos de origen misterioso. Trabaja con él durante todo el verano, se foguea en el entorno de una cocina sucia donde circula más cocaína que sal. Debido a un accidente anodino, se incendia el susodicho local y decepciona a su mentor. Luego decide robarle la casa con su ex compañero junky para salir de la isla. La chica a la que perseguía, de alguna manera parece seducida por este personaje del oprobio y lo invita a acostarse con ella. Él cae en una crisis de conciencia y le explica que es un farsante. Ella le cierra la puerta en la cara, ataviada como dios padre la trajo al mundo y él decide convertirse en un cocinero profesional.

“EL PERSONAJE PROMETÍA, LA FOTOGRAFÍA PROMETÍA, EL ESPACIO PROMETÍA. LA CINTA COMENZÓ Y ESCENA TRAS ESCENA, LA PROYECCIÓN SE CONVIRTIÓ EN UNA RECETA POCO SAZONADA DE UN BIOPIC

Si la trama parece un tanto absurda, es porque así la vi en pantalla. Los diálogos inteligentes y las reflexiones bizantinas del escritor brillan por su ausencia y se ofrece en su lugar una planicie de lugares comunes. Tony nos ofrece a un personaje inmaduro, pretencioso e inútil, incapaz de alguna interiorización profunda. Dejando eso de lado, el filme parece no tener nada que ver con el amor a la comida, ni con el descubrimiento de una sensibilidad y técnica que se requiere para darle forma, de la imaginación y disciplina constante querequiere un buen plato. La comida que se ve en pantalla parece un tanto asquerosa, como si procediera de un lugar de ínfima categoría. El amor a la literatura y a la gastronomía se encuentran lejanos, sin referencias ni actitudes literarias que soporten la susodicha intención del personaje principal por convertirse en escritor.

Como tiro de gracia, uno de sus mentores reales mencionados de ese periodo en Confidential, Howard Mitcham (1917-1996) escritor y gastrónomo enloquecido, no aparece por ninguna parte, lo cual es una pérdida. Del libro a la pantalla, nos llegó el plato frío.

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Portada de El Cultural No. 572

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