
EN DEFENSA DEL YIDIS
Kafka, como sabemos, no era ni un tribuno ni un gurú. Sin embargo, el 18 de febrero de 1912, cuando aún no tenía treinta años, se esforzó por organizar en su municipio un evento dedicado a la lengua yidis, de la que hasta entonces sólo había oído retazos.
Su discurso de apertura no se pareció ni a un arrebato lírico ni a una clase de lingüística. Haciendo honor a su personalidad, Kafka se limitó a dar esa noche una charla que desconcertó al público. Frente a él se encontraba una audiencia de judíos praguenses, la mayoría de los cuales consideraban el yidis una lengua despreciable. ¿Era realmente un idioma?, pensaban. Más bien era un dialecto hablado por los judíos empobrecidos del Este. […] Comenzó su discurso informando al público que no necesitarían subtítulos para seguir el recital en yidis. “Antes de que comiencen a recitarse los primeros versos de los poetas judío-orientales, quisiera decirles que ustedes entienden la jerga más de lo que creen”. […] Continuó: “El miedo es visible en sus rostros”. ¿Temían los espectadores no comprender esa lengua con aire de galimatías impenetrable? No exactamente. “Una vez que el yidis se apodere de ustedes, ya no reconocerán su antiguo desprecio. Sentirán tal unidad con el yidis que no tendrán miedo al yidis, sino a ustedes mismos.”
Maïa Hruska, Diez versiones de Kafka, Anagrama, 2026.

Una carnita asada con David Toscana
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EL RELOJ DE ÉBANO
Los cristales eran escarlata, de un fuerte color de sangre. Por otra parte, en ninguna de las siete estancias había lámparas ni candelabros entre la profusión de ornamentos de oro que se hallaban dispuestos por todos lados o pendientes del techo. No había luz de ninguna clase que emanara de lámparas o bujías dentro de aquel conjunto de salones, pero en los pasillos que la circundaban se alzaba, frente a cada ventana, un macizo trípode que sostenía un brasero llameante que proyectaba sus rayos a través de los cristales de color e iluminaba la sala de un modo deslumbrante. Así se producían una infinidad de aspectos cambiantes y fantásticos. Pero en la sala occidental, o negra, el efecto de la luz del fuego que se esparcía sobre las negras colgaduras y a través de los cristales teñidos de color sangre, era espeluznante en extremo, y daba un aspecto tan singular a los semblantes de los que allí entraban, que eran muy pocos los que se atrevían a poner el pie en el interior de aquel recinto.
También en aquella sala había, en el muro occidental, un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo oscilaba de un lado a otro con pesado y monótono sonido; y cuando el minutero había dado la vuelta a la esfera e iba a sonar la hora, surgía de los mecánicos pulmones del reloj un sonido claro y recio, profundo, sumamente musical, pero de tono tan peculiar y acentuado que cada vez que sonaba la hora, los músicos se veían obligados a detenerse, momentáneamente, para escuchar su sonido; y de este modo los que bailaban se veían forzados también a cesar en sus evoluciones. Se producía un breve desconcierto en la alegre reunión; y mientras aún sonaba el reloj, se observaba que aun los más frívolos se tornaban pálidos y los de más edad y sosegados se pasaban la mano por la frente como en confusa meditación.
Edgar Allan Poe, “La máscara de la muerte roja”,Narraciones Extraordinarias, trad. Jaime Piñeiro, Bruguera, 1978.
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INQUIETUD EN LA PENUMBRA
¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiría mi rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginación, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confusa mente la noción temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano mortal. Los pasos del guía, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella región subterránea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las garras de un felino. Además, al escuchar con atención me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas, en lugar de dos pies.
H. P. Lovecraft, “La bestia en la cueva”, Cuentos de terror, trad. Benjamin Briggent, Plutón, 2020.
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EL OJO DEL CREADOR
El enemigo más implacable e incansable de los pobres es su Padre que está en los Cielos. El único amigo verdadero de los pobres es el propio hombre, que se compadece y apiada de ellos y lo demuestra con sus actos. Hace mucho por aliviar sus aflicciones, y en cada caso es el Padre que está en los Cielos quien se lleva el mérito.
Es precisamente lo que ocurre con las enfermedades. Cuando la ciencia extermina una enfermedad que Dios ha estado explotando, ¡el mérito se lo lleva Él, y todos los púlpitos prorrumpen en raptos de agradecida propaganda que ensalzan su voluntad ilimitada! Sí ha sido Él. […] Cuando la humanidad, exasperada con una tiranía de largos años, se alza contra ella, y derribándola, libera una nación, lo primero que hace el púlpito, jubiloso, es proclamarlo obra de Dios y exhortar al pueblo a caer de rodillas y profesarle su agradecimiento. “Que sepan los tiranos que el Ojo que nunca descansa les observa, y que no olviden que la paciencia del Señor nuestro Dios no es infinita, y que en el día señalado se desatará sobre ellos el huracán de su ira.”
Olvida mencionar que es lo más lento que existe en el universo, que más le valía dormir a ese Ojo suyo que nunca duerme, habida cuenta de que tarda un siglo en ver lo que cualquier otro ojo vería en una semana, y que en toda la historia no se ha dado un solo caso en que una idea noble se le haya ocurrido a Él primero, sino que siempre las tiene al poco de que otro las haya pensado y puesto en práctica. Después llega Él y se apunta el tanto.
Mark Twain, Cartas desde la Tierra, trad. Christine Monteleone, Trama editorial, 2006.
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EL BOSQUE
Los bosques, donde se colgaban ofrendas en los árboles, estuvieron entre los primeros lugares del mundo natural asociados con espíritus y deidades. En muchas culturas se cree que los árboles albergan espíritus o almas; en Australia, los warlpiri creen que las almas se reúnen en los árboles y la presencia de muchos, posiblemente malignos, que dejan filtrar poca luz simboliza lo desconocido y la muerte. Los troncos han sido comparados con las columnas de templos e iglesias, y el dosel del bosque con la imponente arquitectura interior de las catedrales; de hecho, muchos lugares de culto se construyeron sobre arboledas sagradas, como la catedral de Chartres, en Francia.
Kathryn Wlkinson (ed.), Signos y símbolos. Guía ilustrada de su origen y significado, trad. Deleatur, s.l., Dorling Kindersley, 2008.

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DOS INFIERNOS
El infierno maya consistía en nueve pasos que requerían que el alma cruzara un río custodiado por un perro amarillo, pasara entre dos picos de montaña, sufriera la embestida de vientos helados, estandartes y flechas, y escapara de un animal salvaje antes de llegar a una tierra de paz.
El infierno en la tradición india tiene varias capas, de las cuales la más baja se conoce como Mahahima. En una de ellas, Valuka, la tortura consiste en enterrarse en arena caliente.
J. A. Coleman, Diccionario de mitología, trad. Erick Vega,Mirlo, 2025.
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Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor

