En los 90

El corrido del eterno retorno

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En los 90Fuente: ar.pinterest.com
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William Burroughs se proclamó en contra de los años noventa. La calificó como la peor década que le había tocado vivir. Sin embargo, fue durante esos años que su popularidad alcanzó el punto más alto. Trascendió el nicho literario. De ser el patrono de la generación punk pasó a ser el ídolo de la nación alternativa. Los músicos del grunge lo reconocieron como una figura influyente. El mismo Kurt Cobain lo visitó en su granja de Lawrence.

El olfato del Tío Bill le decía que un cambio cultural importante estaba ocurriendo. Y no se equivocaba. En el plano musical, por ejemplo, esos años fueron la última gran época del rock. Alejado de los centros neurálgicos, Burroughs se refugió en Kansas y como un profeta apocalíptico se dedicó a despotricar mientras cosechaba una nueva legión de admiradores.

Si existe una década Burroughs es la de los noventa, pese a que el Tío Bill se sintiera ajeno a ella. La cultura de la droga floreció con una intensidad burroughsiana. Y el culto a la aguja promovido por Trainspotting no habría sido posible sin El almuerzo desnudo. Quizá no exista mejor representación de la década en el cine que la que ofrecen Kids de Larry Clark y Trainspotting de Danny Boyle.

La segunda es la visión un tanto fresa, al final sus protagonistas se salvan. Pero la primera se apega más a la noción del mal metafísico que manifestaba Burroughs.

Con estas dos películas como referente, una nueva historia sobre el desmadre adolescente de aquella década se antojaba innecesaria. Sin embargo, Jonah Hill, el gordito que enseña a fumar crack al Lobo de Wall Street, hace un estupendo trabajo como director de En los 90. Aquí, Stevie, un morrito de 13 años, producto de un hogar roto, con un hermano golpeador y una madre que trabaja, busca reafirmar su identidad y comienza a frecuentar a un grupo de skatos. Cinco pubertos que buscan la redención a sus desventajas sociales y educativas patinando.

Stevie, de 13 años y de un hogar roto,
comienza a frecuentar a un grupo de skatos

Como retrato de una época, En los 90 es impecable. Imposible no pensar en Kids, pero mientras que ésta era un informe de la destrucción de la juventud descarriada de Norteamérica, la ópera prima de Hill es enteramente entrañable. Y se convierte en algo más: en una historia de amistad. En una historia de sobrevivencia. Y también en la inocencia que nos es arrebatada sin irnos al abismo.

Sobresale la actuación de esta pandilla de cinco menores de edad, pese a su corta experiencia conquistan la pantalla a los pocos minutos de conocerlos. Como en toda historia iniciática atestiguamos el acercamiento de los protagonistas al alcohol, la mota y el sexo incipiente. Stevie es un muchachito dulce que no tiene otra salida más que mostrar su dureza para ser aceptado en un círculo de morros unos años mayores que él.

La banda sonora es increíble. Obvio, rinde homenaje a la música noventera. Rap, hip hop y rock. E incluso jazz. “Watermelon Man” de Herbie Hancock suena en una de las mejores secuencias de la cinta. En una casa los chavitos se entretienen fumando mota y bebiendo.

Es ahí donde el morro es iniciado en el sexo. Una teen mayor que él lo desnuda en una habitación y lo guía en los misterios del faje. Esto lejos del ala sobreprotectora de la madre de Stevie, que como toda madre soltera se siente culpable del destino de sus hijos.

Pero no todo es ligereza, aunque hayan tenido que huir de la policía por patinar en un parque y él haya sufrido una aparatosa caída tratando de emular a los skaters más experimentados, el punto de quiebre llega. Después de una fiesta los cinco adolescentes suben a la camioneta de uno de ellos que maneja completamente borracho. Y entonces sufren un accidente de tráfico. El momento dramático.

Es un punto crítico de la película. Porque el mensaje que podría haber mandado Hill es que no puedes ser joven y divertirte porque serás castigado. Por fortuna la reprimenda moral no aparece. Stevie termina con un brazo enyesado y sus amigos en la sala de emergencias, esperando toda la noche, despatarrados por sillas y sillones. Es entonces que uno agradece que esta historia tan bien contada y actuada no se haya adherido a la ideología de lo políticamente correcto. Y así se convierte en un soplo de nostalgia. De una época que, a quienes nos tocó cuando éramos adolescentes, no ha salido de abajo de nuestra piel.