Miércoles 25.11.2020 - 11:22

Arturo Rivera: rostros del dolor

“Solamente la tortura saca la verdad a la luz. Solamente bajo tortura puede el ser humano conocerse a sí mismo”,
escribió el británico C. S. Lewis. Pareciera que el artista mexicano, fallecido el 29 de octubre pasado,
compartía esa opinión: su obra concentra el sufrimiento, la desolación que carcome toda membrana.
En diálogo con Julio Ruelas y Félicien Rops, por mencionar nombres notables, el trabajo de Arturo Rivera
extendió las fronteras de la pintura dentro y fuera del país. Este ensayo detalla su trayecto y glosa sus aportaciones.

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Ejercicio de la buena muerte, óleo sobre madera, 1999.Fuente: arturorivera-pintor.com
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Primero como meticuloso dibujante, exhumando técnicas antiguas, y después como pintor y escultor, Arturo Rivera (1945-2020) deja una iconografía emparejada con los temas decadentes del pintor Julio Ruelas (1870-1907) y las imágenes macabras del fotógrafo neoyorquino Joel-Peter Witkin (1939). Como ellos, sufrió la incomprensión y el desprecio.

Ruelas padeció críticas demoledoras que sintió en carne propia. Witkin fue desdeñado por Manuel Álvarez Bravo y una de sus seguidoras, quienes impidieron por muchos años que exhibiera sus obras en México. Además del rechazo de público convencional y de alguna crítica especializada, Arturo Rivera decía que una vez que lograba vender una de sus obras, los coleccionistas se la regresaban porque sus esposas se oponían a exhibir imágenes tan fuertes y desagradables.

En 1993 le rechazaron su tela Ecce homo en Balvanera (óleo sobre tela-madera, 1992) por retratar desnudo a un Cristo de espaldas, junto a un plano del convento de Balvanera.

Al comentar Bodas del cielo y del infierno, su retrospectiva de quince años en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México —que toma el título de William Blake—, la implacable crítica de arte Raquel Tibol (1923-2015) escribió que a sus cincuenta años Rivera ya tenía saturado su camino, que era el momento de cambiar, “afrontar con más audacia otras posibilidades creativas y no confinarse en comentarios a Velázquez, Goya o Buñuel”.

Ángel o demonio, óleo sobre tela y madera, 1999.Fuente: arturorivera-pintor.com

INICIOS

Su padre fue compañero de Octavio Paz en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, y autor del ensayo freudiano Paisajes interiores (1945), que Arturo Rivera utilizó para el título de su exposición en octubre de 1997 en la Galería de Arte Mexicano.

Fue nieto del ingeniero e historiador veracruzano Manuel Rivera Cambas (1840-1917), autor de varias obras, entre ellas México pintoresco, artístico y monumental (1880-1883), en tres volúmenes. Con litografías de Manuel Murguía (1807-1860), dedicó dos tomos a resaltar el esplendor de la Ciudad de México; en el volumen restante hizo lo propio con Hidalgo, Estado de México, Guerrero, Morelos, Michoacán y Colima.

La férrea disciplina del Colegio Alemán marcó la infancia de Rivera, sobre todo cuando fue castigado dejándolo en calzoncillos en medio del patio. Años después se dibujaría castigado, pero totalmente desnudo. Estudió en la Preparatoria 1 de San Ildefonso y en el Colegio Franco-Español. De 1963 a 1968 tomó clases de pintura y grabado en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (llamada popularmente la Academia de San Carlos). Sus profesores fueron Antonio Trejo, Antonio Ramírez y Antonio Rodríguez Luna.

En 1970 presenta obra en la Galería Molino de Santo Domingo. Al siguiente año, con Miguel Ángel Espinosa, realizó en la Casa del Lago una instalación con gallineros suspendidos en el plafón. En 1972 tuvo un “suceso urbano-instalación”, donde quemó un caballete de pintor en la avenida Mazatlán de la colonia Condesa. Años después se arrepintió de su instalación y del happening.

Pasó una temporada en Nueva York, donde pintó a destajo pinturas comerciales para adornar oficinas y cuartos de hotel. Al conocer sus dibujos, el surrealista alemán Mac Zimmermann lo invitó a ser su adjunto. De regreso en México, exhibió nueve “témperas de huevo y óleo sobre madera” en el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA). A las autoridades del Centro de Investigaciones y Servicios Museológicos se les olvidó fechar el catálogo. Tal vez fue en 1981.

AUTORRETRATOS

Como una mayoría de pintores que gustan de aparecer en sus obras, Arturo Rivera no tardó en incluirse. En 1981 se retrató desnudo de perfil, con barba y la cabeza a rape, mirando al espectador. Arriba de esta tela aparece el desnudo frontal de un joven: él mismo, castigado en el Colegio Alemán. En su Edipo (acuarela y grafito, 1989) aparece en un paisaje extraño, con lentes oscuros y sus dos ojos colocados en una cajita transparente.

Una operación a corazón abierto, en 1989, lo hizo meditar sobre su muerte y acentuó su pintura tomándose como modelo. Su obra más representativa es un lienzo de 125 x 300 centímetros titulado Ejercicio de la buena muerte, que dio nombre a la exposición a finales de 1999 en la Galería de Arte Mexicano. En ese óleo sobre tela se pintó recostado sobre la espalda. Tiene el cráneo vendado y el pecho al desnudo. En la muñeca derecha se aprecia un brazalete de hospital. Una sábana le cubre la cadera.

Aunque él siempre sostuvo que era ajeno al humor, en ésta y otras pinturas se halla presente su humor ácido. En Ejercicio de la buena muerte, en lugar de una cama hospitalaria está recostado sobre una colchoneta. Una lámpara de diseñador, muy de moda en los ochenta entre ese gremio, alumbra su pecho desnudo. A la mitad del cuadro se encuentra un cerdito disecado, el cual aparece en otros lienzos. Del lado derecho, entre las sombras, un búho con cabeza humana vuela y se halla un hombre pintado al estilo de José Luis Cuevas, a quien Rivera admiraba desde estudiante y quien lo recomendaría.

La exposición de 1999 incluyó otros dos autorretratos. El primero es el Sueño de la buena muerte (fresco de 56 x 45.5 cm.), sin duda antecedente del Ejercicio... En el segundo, titulado Autorretrato (homenaje a Julio Ruelas), Rivera se representa con la cabeza rapada, luengas y descuidadas barbas. Algo parecido a un insecto del tamaño de una mano le aguijonea la frente. La pintura, mixta de 21.5 x 28 centímetros, es una alusión al autorretrato del pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista y bohemio Julio Ruelas, con quien comparte sombrías atmósferas decimonónicas. En La crítica (1906), Ruelas se dibujó a sí mismo víctima de un punzante insecto que lo picotea.

En Arual (Homenaje a Vermeer) se autorretrata con sombrero y delante del mapa que recuerda los que plasmó el maestro de Delft. En Ángel o demonio, óleo sobre tela, aparece su rostro pintado y enmarcado. En La salida aparece volteando hacia la mujer que lleva lentes. Frente a ella hay un murete donde están colocados una jícara vacía, otra que parece contener sangre, un caracol y un pequeño animal. Así la presencia de Arturo Rivera fue ganando espacio en sus enormes telas.

La zoología del artista es singular. Vivos, muertos, en estado de putrefacción o convertidos en huesos, en sus obras aparecen murciélagos, ranas, conejos, caballos, pollos

OTROS MODELOS

A partir de 1985 dibuja o pinta al hermano muerto, a sus hermanas, a sus parejas, esposas, amantes, discípulas (María Medina, quien sigue fielmente su ruta plástica), representantes o curadoras (Jutta Rütz). Retrató a niños con malformaciones congénitas y las operaciones del cirujano Fernando Ortiz Monasterio (exhibidas en 1993 en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca), punks y tragafuegos. Para fijarlos no utilizó el pincel sino el bisturí. En La historia del ojo, Georges Bataille fue un cruel oftalmólogo.

Entre los modelos masculinos aparece el increíble Melchor Sortibrand. Entre 1938 y 1939 José Clemente Orozco lo plasmó en el Hombre de fuego, en la cúpula principal del Hospicio Cabañas de la ciudad de Guadalajara. Posiblemente antes posó desnudo para el fotógrafo jalisciense Librado García, quien firmaba sus fotos vanguardistas como Smarth. Imágenes de esa sesión o sesiones se encuentran en el Museo del Estanquillo. Modelo de varias generaciones de alumnos en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (hoy Facultad de Arte y Diseño) desde que llegó a México, en sus últimos años Sortibrand fue un consumado artista corporal. En el video La fiesta de Melchor, Miguel Ángel Corona, el Reynito, lo captó haciendo una suerte corporal con una botella.

Arturo Rivera no fue ajeno a la leyenda de Melchor y a su extravagante estampa, sus mechas largas y extrema delgadez. Lo pintó en Fuego (1982) con los brazos sosteniendo su cabeza. En Tiresias (acuarela y grafito, 1990) es un moderno adivino ciego que no se encuentra en Tebas, sino delante de una cortina de baño. Un ratón, que posa sobre su hombro izquierdo, sostiene uno de sus ojos. En Lagataria (1996) aparece con su melena, mientras una joven punk, de cabellera rojiza, abreva de su seno derecho. Más dramática es su presencia en La colección del chamán (1997), totalmente desnudo, sentado sobre una mesa y con mirada perdida en el techo.

Arturo Rivera, La última cena, óleo sobre lino,1994.Fuente: arturorivera-pintor.com

BESTIARIO

La zoología del artista es singular. Vivos, muertos, en estado de putrefacción o convertidos en huesos, en sus obras aparecen murciélagos, ranas, conejos, caballos, pollos (el amordazado en un plato), perros, cerdos y el cordero... un cordero seccionado en tres partes que se encuentra encima y con mayor tamaño que los apóstoles modernos representados en su óleo La última cena (1994).

La presencia de cerdos y mujeres lúbricas inicia con el pintor y grabador belga Félicien Rops (1833-1898), pasando por su admirado Julio Ruelas. En Pornócrates (1878), Rops identificó al cerdo-hombre guiando a una mujer con los ojos vendados. Es, como señala la iconógrafa Erika Bornay, la metáfora de la mujer perversa que convierte a los hombres en animales. Con idéntico mensaje aparece La domadora (1897), de Ruelas. Pintó a una mujer desnuda apenas cubierta con medias de algodón, que vigila a un cerdo dando interminables vueltas a un círculo. En su escultura en bronce La jineta —de la que hizo versiones gráficas entre 2000 y 2010—, Rivera utiliza la misma metáfora, pero ahora una mujer delgada monta al revés a un enorme cerdo.

El extenuante y tortuoso viaje de Arturo Rivera al fin de su noche como un puntal cronista de lo sórdido sigue resultando inquietante, como las imágenes de sus antecesores y maestros.