La casa como libertad

También en el contexto de estos días que se tiñen de color morado presentamos un adelanto de Mujeres. El mundo es nuestro, libro que reúne textos de 18 autoras. Coordinado por Miriam Mabel Martínez y Claudia Muzzi
y publicado por Universo de Libros, su presentación virtual sucedió esta semana; está por llegar a librerías. En este ensayo breve, Angelina Muñiz-Huberman aborda el caso de una madre española que modeló a su hija hasta el delirio; una historia que se transfigura para confirmar, a su vez, la vocación de escribir.

Hildegart Rodríguez (1914-1933).
Hildegart Rodríguez (1914-1933).Foto: rtve.es
Por:
  • Angelina Muñiz Huberman

Aunque mis ambientes preferidos son el campo y el mar nunca he sentido la casa como un espacio cerrado. La libertad se lleva por dentro, es algo más amplio que cuatro paredes. En los tiempos del coronavirus la casa es la libertad, siempre hay un resquicio al cielo.

El mundo de la mujer es un espacio abierto a los cuatro vientos y un tiempo unido al ciclo lunar y a la naturaleza. ¿Qué más se puede pedir? En las culturas más antiguas las diosas poblaron cielo y tierra sin ninguna preocupación: Lilit, Astarté, Anat, Shejiná. Lilit que acuna y entierra, nacida antes que Eva, a la par de Adán. Astarté domina ríos, mares y cielos. Anat, reina del cielo y de la abundancia. Shejiná, sin forma ni imagen, es la parte femenina de la divinidad, la que acompaña al doliente y al sin patria.

Lástima que, por el camino, se perdieran estas cuatro diosas.

Y hoy, ¿dónde estamos?

Estamos donde estamos y las respuestas se multiplican. Pensemos. Hay avances y retrocesos. Son muchas las teorías, las explicaciones, las justificaciones, las discriminaciones. Todas ellas palabras femeninas. (Y aquí, entre paréntesis, una pregunta: ¿por qué hay idiomas con género e idiomas sin género?).

El problema radica en la diferencia. Lo diferente es lo otro y lo otro se ve como extraño, raro, incomprensible, equivocado y en el peor de los casos malo, perjudicial, demoniaco. En cuanto a la mujer, en su diferencia hay un poderoso misterio: crear vida y sangrar sin morir. En la actualidad uno de los dilemas es abortar o no abortar, ser o no ser la dueña de vida y muerte, como si Lilit hubiera renacido.

intercalo un hecho histórico que ocurrió en la época de mi madre y me fue contado por ella. Un hecho que fue un escándalo durante la Segunda República española y que terminó en tragedia en torno al papel de la mujer

PASEMOS A LA PARTE personal. Tuve la suerte de tener padres que se regían por la absoluta libertad, por la explicación natural de los hechos ante las preguntas iniciales de la infancia. Así que no había diferencias: el género humano es uno, igual, con los mismos derechos y responsabilidades aunque sean variables su color de piel, su habla o su religión, sus hábitos o su género.

Ante las innumerables especies vegetales y animales imposible seleccionar la mejor: cada una cumple con su cometido y es parte indispensable de la cadena de los seres vivos. Somos eslabones del inmenso universo nuestro. Al que no deberíamos de maltratar.

Con esas ideas aprendidas desde la infancia y llevadas a la práctica, el deber era asistir a quienes no conocen la libertad y están encerrados no en las cuatro paredes de una casa sino en su mundo mental, al que es necesario abrirle puertas y ventanas.

No es que sea fácil la tarea, pero la convicción y la constancia son buenas luminarias. Lo dice el refrán: “Un grano no hace un granero, pero ayuda al compañero”. Y la prueba es las batallas ganadas a favor de la mujer desde el siglo XIX, que ya son muchas y que avanzan sobre el terreno.

A pesar de que todavía falta bastante por hacer cuando vemos países en los que la mujer es un objeto de explotación, cubierta de velos de pies a cabeza, y en los que el hombre sólo se basa en la fuerza física sin un asomo de racionalidad.

Regresando al asunto del confinamiento a causa de la pandemia mundial en la que vivimos y morimos, son muchas las reacciones humanas tanto de la psique como orgánicas. Y es interesante observarlo. Si son negativas, lo recomendable es desecharlas. Antes de la pandemia también se pasaba tiempo en las casas, pero al no existir la prohibición de salir era imperceptible. Siempre hubo miedo al exterior por asaltos, acosos, atropellamientos, mal tiempo, contaminación, pero se pensaba que podían soslayarse. Lo malo es sentir el peso de algo impuesto. Por eso se invoca el libre albedrío.

Cambios. Sí. Estamos en la época de los cambios. Hay tantos que uno más qué importa. Para bien y para mal. Uno benéfico, por ejemplo: en estos tiempos del coronavirus los partos prematuros han disminuido. Se investigan las causas: ¿vida sedentaria?, ¿menos tensión externa?, ¿menos contaminación ambiental? Quedan las preguntas.

Y lo malo: incremento de la violencia doméstica al no saber adaptarse a un espacio delimitado, presencia constante de la familia, roces continuos físicos y psíquicos.

A continuación intercalo un hecho histórico que ocurrió en la época de mi madre y me fue contado por ella. Un hecho que fue un escándalo durante la Segunda República española y que terminó en tragedia en torno al papel de la mujer. Se trata de la historia de Hildegart Rodríguez y la relación madre-hija.

Aurora Rodríguez Carballeira, en prisión, 1933.Foto: clarin.com

ÉRASE UNA VEZ HILDEGART RODRÍGUEZ

Una mujer decidió dar a luz una hija que sería moldeada como la perfección absoluta. Encarnaría a la mujer del futuro. El plan que llevó a cabo la madre, Aurora Rodríguez Carballeira, fue un plan metódico fríamente calculado. Defensora del feminismo, tenía que escoger un padre que no pudiera reclamar a la hija. Eligió un sacerdote, a quien sedujo, y de Galicia se trasladó a Madrid para el nacimiento de la hija en 1914. Le puso por nombre Hildegart, tal vez en memoria de otra mujer excepcional, Hildegard von Bingen.

Desde que nació la convirtió en una niña prodigio. Antes de los dos años leía y a los tres escribía a máquina y tocaba el piano. Cuando terminó el bachillerato, a los trece años, hablaba francés e inglés y dominaba el latín además de traducir del alemán, portugués e italiano. A los catorce años empezó su actividad pública impartiendo conferencias sobre la igualdad jurídica y social de la mujer, exponiendo las ideas de su madre. A los diecisiete años se tituló de licenciada en Derecho, convirtiéndose en la abogada más joven de España. Estudió también Filosofía y Letras y Medicina. Durante la Segunda República española fue vicepresidenta de las Juventudes del Partido Socialista Obrero Español, aunque poco después se acercó a movimientos más extremistas y, finalmente, al anarquismo.

Escribió quince libros sobre análisis político, crítica al marxismo, sexología. Colaboró en revistas como El socialista, La tierra, Renovación, La libertad, Gaceta médica y en el afamado periódico Heraldo de Madrid. Se carteaba con escritores, filósofos, analistas, políticos: Havelock Ellis, Magnus Hirschfeld, H. G. Wells, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Juan Negrín, entre otros.

Publicó los siguientes libros: Tres amores históricos. Estudio comparativo de los amores de Romeo y Julieta, Abelardo y Eloísa y Los amantes de Teruel; La limitación de la prole. Un deber del proletariado consciente; Educación sexual; Sexo y amor; La Revolución sexual; Profilaxis anticiconcepcional. Paternidad voluntaria; Medios para evitar el embarazo; Perversiones sexuales. El instinto sexual y sus manifestaciones mórbidas; Historia de la prostitución. La prostitución y sus consecuencias y Venus ante el derecho.

Fue gran lectora de Fedor Dostoievski, León Tolstoi y Máximo Gorki. De este último destacó La madre como figura heroica entregada al bien social.

Con el tiempo empezó a tener problemas con su madre, que no quería que se apartara de sus ideas ni que se independizara. Si Hildegart fue capaz de evolucionar y de adquirir un nuevo pensamiento, su madre no lo aceptó y trató de retenerla con amenazas y mano férrea.

El dominio de Aurora sobre su hija llegó a ser tal que controlaba todo detalle de su vida, desde la manera de vestir hasta de cortarse el pelo. Le prohibía la alegría. Todo debería ser solemnidad, ni una risa, ni una broma. Escogía los alimentos que consideraba apropiados para ella. Calculaba su dieta. Vigilaba su peso y las horas de sueño. No podía llegar tarde a la casa. No debería tener amigos ni mucho menos un novio.

Por su parte, Hildegart era tan dependiente de su madre que no sabía vivir en el mundo material. No aprendió a coser, tejer, cocinar, manejar dinero. Actividades consideradas innecesarias ya que ella estaba destinada al intelecto puro.

Hasta que llegó el día en que Hilde-

Hasta que llegó el día en que Hildegart se liberó y Aurora se sintió traicionada. El delirio entró en la vida de Aurora y podríamos atribuirle el siguiente monólogo:

Mi hija Hildegart era mi experimento de la mujer perfecta. Todo lo calculé para que fuera el modelo de las generaciones futuras. Si se me escapa, yo, su creadora, la destruiré. Ahora duerme en su cama, pero siento que ya se me ha ido. Diecinueve años la crié, la esmeré, le di todo. Era mía, totalmente mía. No tenía vida propia: era mi propia vida la que corría por su sangre. Me traicionó. Se separó de mí. Quería su libertad y no sabía que no era libre: era mi doble: mi imagen en el espejo: lo que yo no fui. No me lo ha dicho, pero un cierto brillo en sus ojos y una sonrisa que, a veces, le descubro pueden indicar que se ha enamorado. Y esto mucho menos se lo perdono. Por eso guardaba esta pistola. Ahora que duerme con esa leve sonrisa de felicidad es el momento de acabar con mi obra de perfección. No sentirá nada: uno, dos, tres, cuatro disparos la coronan. He logrado mi propósito: no me arrepiento: como verdadera madre le di la vida y la muerte.

En efecto, Aurora mató a Hildegart el 9 de junio de 1933. Pasó el resto de su vida en prisión, la mayor parte en un centro psiquiátrico donde murió en 1955.

Ésta fue la historia que mi madre me contó y que se me grabó vívidamente. Desde luego que es una historia extrema, pero mi madre quedó tan impresionada que se le convirtió en una obsesión. Fue feminista, aunque no militante, y gran lectora. Como las mujeres de la anterior historia, uno de sus libros preferidos era La madre de Máximo Gorki, que leía y releía y que me dio a leer a temprana edad.

ximo Gorki, que leía y releía y que me dio a leer a temprana edad.

Dirigió mi educación hasta el mínimo detalle, siempre pendiente de mí y esperando lo máximo de mí, en estudios, en piano, en idiomas, guardando mis primeros cuentos escritos a los nueve años y alentándome a ser escritora. Hubiera querido hacer alguna carrera, pero las circunstancias de la vida se lo impidieron y puso sus esperanzas en mí para que yo lo lograra. A sus cincuenta años de edad se divorció de mi padre, cuando yo ya estaba casada y con hijos, y empezó la liberación de su vida al buscar trabajo y ser, por fin, autosuficiente.

Hildegart era mi experimento de la mujer perfecta. Todo lo calculé para que fuera el modelo de las generaciones futuras. Si se me escapa, yo, su creadora, la destruiré. Ahora duerme en su cama, pero siento que ya se me ha ido

PARA CONCLUIR retomo el tema de la casa en libertad y lo centro en la lectura. Y como la lectura es algo que tiene lugar en la casa y siempre quedan libros por leer, ¿qué mejor momento que el actual para ponernos a leer todos esos libros que estaban pendientes? Y si somos escritoras, observemos nuestro entorno y escribamos sobre nuevas experiencias. He aquí la gran oportunidad que se nos presenta. La casa, después de todo, es la clave de la libertad, fuente de creación y de reflexión, origen y principio, amor, vida y muerte. ¿Dónde leer, si no? ¿Dónde escribir, si no?

Ni estamos encerradas ni echamos la llave. Vemos a través de las paredes. Puertas y ventanas se rompen. Y si hay un balcón salgamos a tomar el aire fresco y un poco de sol y hasta de luna. Volemos como los pájaros y las mariposas. A escribir se ha dicho.