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Coronavirus, mon amour
Hotel des Arènes. Fuente: agoda.com

Ser enamorado, resuelto y paciente
al mismo tiempo es imposible.
Pues la resolución y el arrepentimiento son
como el lobo y el amor, como un dragón.

MASNAVI, poema de Rumi

MADRID, 12 DE MARZO. Nos levantamos tarde, hice caso omiso al despertador para un último abrazo de quince minutos que se prolongó una hora y del que nadie podría culparme.

Corrimos al aeropuerto. Justo antes del último transbordo, Alex leyó las noticias en los canales oficiales del departamento de sanidad de España: sería muy probable que, ante la escalada de contagios en Madrid, la ciudad tuviera que cerrarse al extranjero, lo cual afectaría no sólo nuestro regreso del domingo, sino también mi vuelta a México. Aunada a esa posibilidad, la noticia de que Donald Trump cerró por treinta días los aeropuertos a todos los vuelos provenientes de Europa, y que San Tom Hanks había dado positivo al Covid-19, no servían para consolar a ningún ciudadano de a pie.

Nos paramos en seco en el pasillo que divide el elevador y las escaleras eléctricas del transbordo. —¿Qué hacemos, tía? No quiero tomar esta decisión solo —me sorrajó de pronto Alex. Estamos en medio de una pandemia. The struggle is real —pensé.

Me quedé helada. Ni por un instante había ponderado la posibilidad de cancelar el vuelo a París, fiel a mi costumbre de vivir en Narnia permanentemente. Lo más lejos que llegó mi imaginación fue que nos negaran el acceso al avión a París porque no teníamos un motivo de fuerza mayor. Los noticieros del día anterior habían pedido a la población no viajar a menos que fuera estrictamente necesario. Nosotros no teníamos una razón contundente para justificar el viaje. El opening de la exhibición de arte de una de las personas que más quieres en la vida no convencería a ninguna autoridad aduanal o sanitaria.

Me derrumbé en dos segundos. Lo miré directo a los ojos y vi una sombra de miedo que sin duda reflejaba el mío. A mi alrededor sólo pude encontrar la soledad y el vacío. Los andenes mostraban una carencia extrema de usuarios. En una de las terminales aéreas más concurridas del continente, los vagones escupían no más de cinco personas en cada descenso.

“Nos paramos en seco en el pasillo que divide el elevador y las escaleras eléctricas del transbordo. —¿Qué hacemos, tía? no quiero tomar esta decisión solo”. 

—Tienes razón. Sería irresponsable viajar en un momento tan crítico del país (y del mundo, coño). Regresemos a casa —contesté con pesadumbre.

Me tomó de la mano y respondió con seguridad:

—Espera, hagamos algo: vamos al aeropuerto y que ellos nos digan y nos expliquen los riesgos. Al menos hagamos eso.

Durante el corto trayecto hacia la zona de embarque, yo iba en silencio. Pensé a bocajarro en las calles vacías de Madrid que me había tocado presenciar. Los supermercados vacíos después de las ventas de pánico de los días recientes. Las calles otrora bulliciosas, ahora con personas esparcidas aquí y allá. Las miradas sospechosas e inquisitivas de la gente del metro dirigidas a los desconocidos que tosían o mostraban algún síntoma de gripa o enrojecimiento en el rostro. Sin embargo, Madrid continuaba su vida aparentemente normal, es decir: podían encontrarse abiertos bares, restaurantes, tiendas de ropa, librerías. Los únicos comercios que había visto afectados eran los relacionados con la venta de víveres. La Gran Vía seguía mostrando afluencia de turistas y la Puerta del Sol estaba poblada tanto de paseantes locales como fuereños.

Llegamos al aeropuerto y buscamos nuestra puerta de embarque. A pesar de que únicamente faltaban treinta minutos para el abordaje de pasajeros, se encontraba vacía. Decidimos ir a almorzar algo antes de tomar cualquier decisión. Luego de devorar un sándwich y una botella de agua nos miramos. Había llegado el momento sin retorno.

—Bueno, ¿nos quedamos (como la lógica más elemental y el sentido común indicaban) o nos vamos a París? —me preguntó Alex ahí, parado frente a mí, a treinta y cinco pasos de la zona de embarque.

Me quedé callada. Algo en mí vería de laguna y niebla, porque me abrazó, besó mis labios y dijo:

—Demos el salto al vacío juntos. Ya veremos la forma de regresar. Te quiero —me paré de puntitas para alcanzar y corresponder al beso. Corrimos a la puerta J52 para volar al puto futuro.

El aeropuerto de Barajas, vacío por la pandemia. Fuente: lavozdealmeria.com

PARÍS, 14 DE MARZO. Nuestro arribo a la capital francesa ocurrió sin contratiempos ni retrasos importantes. La tranquilidad que da saber que la comunidad médica internacional no tiene conocimiento de ningún contagio a bordo de aviones, ni de coronavirus ni de pandemias anteriores de la misma categoría —MERS o SARS— cuenta mucho. Debo confesar que regresar a la ciudad favorita de este corazón tuvo implicaciones grandes. A pesar de que París nos recibió con un clima cuatro grados más bajo que Madrid y las caminatas resultaron disfrutables, una bruma invisible se cernía a mi alrededor. Una bruma emocional. Antes que nada, corrimos al Hôtel Des Arènes, en el corazón del Barrio Latino. La primera sorpresa del día fue la envidiable habitación que nos tocó, con ventana panorámica y una vista formidable al Panthéon y a Notre-Dame.

Sin probar alimento nos desplazamos a la galería Backslash, en el número 29 de la rue Notre-Dame de Nazareth, para llegar una hora y media tarde al opening de la exhibición Moi, mon aigle & mon serpent (Yo, mi águila y mi serpiente), del entrañable artista franco-iraní Sépànd Danesh. Lamenté muchísimo no haber podido abrazarnos tan fuerte como acostumbramos, apenas pudimos rozar nuestros brazos con calidez. Esa noche cenamos en el restaurante brasileño de la escritora Claudia Tavares, en medio de Montparnasse, acompañados por mi hermana francesa Florence Ascouet, y notamos que todo parecía absolutamente normal. Una cantidad enorme de bares se encontraban llenos a reventar y, los menos, mostraban una afluencia típica. El metro, a reventar como siempre. Pasamos junto al Pompidou y se encontraba abierto al público. Las plazas estaban llenas de color y vida. Como si nada pasara. Nos tocó ver —al menos— tres excursiones escolares de chicos de entre diez y quince años. En Francia, la gente parecía inmune o indolente, quizás, al estado de emergencia que vivía el país vecino, Italia, por ejemplo.

Antes de cumplir las 48 horas de estancia en la ciudad, Alex leyó en las noticias que, al día siguiente, Pedro Sánchez, presidente de España, decretaría el estado de alarma, en acuerdo con el Consejo de Ministros; la situación pone a todas las autoridades del Estado a las órdenes del gobierno. El rostro de Alex fue elocuente: ¿Y si pasa lo mismo que en Italia? ¿Si cierran el espacio aéreo? El menor de los males era quedarnos varados en Francia. Para mí, lo grave sería que yo no pudiera regresar a México por un tiempo indefinido. No teníamos idea de qué tipo de medidas adoptaría el jefe del Ejecutivo español, pero si algo quedaba claro es que no serían canciones de cuna. Primero que nada, decidimos acuartelarnos en el hotel y cancelar los planes de salida para nuestra segunda noche.

Motivada por el instinto de supervivencia y también, claro, en un acto de correspondencia al amor demostrado dos días atrás, al volar al precipicio por mi capricho parisino, ahora me tocaba a mí colocarnos el paracaídas y acelerar el regreso a casa. Al instante solicitamos a la aerolínea cambio de vuelo para el día siguiente. De una manera que aún no consigo entender, Vueling —nuestra aerolínea— no nos cobró un solo euro en la transacción, la web no colapsó por el tráfico de usuarios y en menos de quince minutos teníamos una nueva reservación confirmada. Incrédulos, tratamos de hacer una nueva reservación en un horario distinto y la página nos mostró un sold out total. Si nos hubiéramos tardado cinco minutos extra en tomar la decisión, seguramente no lo hubiéramos conseguido.

Cancelé compromisos con amigos. Dejé pasar como si nada una noche adicional ya pagada en un hotel chulísimo y no me caí en pedazos, como seguramente hubiera pasado en otro momento, en otro tiempo, estando en distinta compañía. Al otro día, de mañana, partimos con entusiasmo. El paseo relajado de la noche anterior nos sirvió para despedirnos de una ciudad enloquecida y de una hermosura sin parangón. Lo necesitábamos y lo merecíamos.

Todo parecía normal hasta que notamos una tardanza inusual en el proceso de embarque. Habían pasado más de veinte minutos y seguíamos esperando. Alex trató de conseguir que nos colocaran en asientos próximos, pero fue imposible. Nos resignamos a viajar con cinco filas de diferencia. Pero a bordo del avión pudimos cambiar asientos, pues cinco personas no llegaron, lo que me hizo pensar en qué les había pasado, qué tropiezo les había impedido la huida. El último sobresalto obedeció a que el avión se detuvo media hora en la pista de salida. Miramos con preocupación a la sobrecargo que recibió una llamada de cabina. No sabíamos si el presidente ya había emitido algún comunicado y el peor de nuestros miedos ya estaba en el aire: el cierre del espacio aéreo. En cuanto el avión al fin despegó, también se nos despegaron tres toneladas de miedo.

“El avión se detuvo media hora en la pista. Miramos con preocupación a la sobrecargo. El peor de nuestros miedos estaba en el aire: el cierre del espacio aéreo”.

A NUESTRO REGRESO a Madrid tuvimos que enfrentarnos a una visión apocalíptica: todo estaba vacío. El metro, las avenidas, los comercios. Al parecer, los madrileños también se mantenían en vilo, en espera de las inevitables medidas de restricción a las que se verían sometidos. La transmisión del decreto presidencial se retrasó más de una hora. El presidente apareció firme, pero a la vez desencajado. Su esposa dio positivo en la prueba de Coronavirus.

—Las medidas son drásticas y van a tener consecuencias —advirtió el jefe del Ejecutivo. Ay.

España no había visto nada igual en su historia. El momento frente al televisor escuchando los pormenores del estado de alarma (sanitaria, económica, social) era histórico, sin duda.

Durante quince días, los ciudadanos del territorio ibérico están obligados a cambiar su vida: prohibidos los paseos a menos que sean expresamente necesarios (se refiere en específico a los relacionados con el ocio); las excepciones se limitan a dirigirse a una actividad indispensable o cuidar a un enfermo. Ningún comercio abrirá sus puertas, excepto farmacias, tiendas de víveres o peluquerías (sí, yo pensé lo mismo que ustedes). El uso de automóviles será justificado para actividades específicas como ir al hospital, al banco, al trabajo, a cargar gasolina, pero sin compañía. Todo traslado de los habitantes debe ser individual. Está prohibido que más de dos personas vayan a comprar víveres.

Para cuidar el cumplimiento de las medidas de semirreclusión, el Estado utilizará a militares y a la policía. Ambos grupos se encargarían de monitorear que todos los ciudadanos españoles cumplan a cabalidad con las limitaciones impuestas. España vive su peor crisis desde la Guerra Civil y nadie está exagerando aquí.

Mientras escribo estas líneas, España ha alcanzado la cifra de 6,391 contagios y 196 defunciones. Las calles lucen vacías y sólo se alcanzan a ver los patrullajes que rondan por cada calle y avenida, vigilando el comportamiento de una comunidad tan excepcional como consciente de que las medidas del gobierno (con su cuota de polémica y salvedades politiqueras) son necesarias.

Anochece, continúo escribiendo con temor fundado de lo me deparará el destino los siguientes días, meses y años. El contemplar desde primera fila la fase tres de una pandemia sin vacuna alguna es, además de espeluznante, un privilegio. Dejo en esta ciudad a gente entrañable y querida de la que me preocuparé a la distancia porque está en riesgo. Saberte un sujeto potencialmente disponible para ser devorado por un virus bien vale un episodio de ansiedad, histeria, lágrimas y zozobra.

El vuelo que me llevará de regreso a casa es el día de mañana a la media noche. Mientras cruce el Atlántico, mi corazón estará acongojado por Mercedes y Fidel. Por Blanquita. Por Daniel, Coral, Paula (y sus padres), Claudia (e hijos), Víctor, Marce, Amelia, Javier (e hijos). Por la vecina anónima que hoy se llevaron los servicios de salud pública en una ambulancia. Por esta bella patria que ha dotado a mi corazón de tanta solvencia amorosa, de tantas primeras veces.

Pero, sobre todo, por Alex. De quien hace poco tiempo entendí que no representa en mi vida un simple viaje en esta etapa apocalíptica. Es un cometa. Mis ojos están volcados en su dirección porque no tengo, ni quiero, ni espero otro lugar para regresar. Y sé, lo sé desde ya, que muero por volver a volar en su hemisferio. Ojalá que esta pandemia lo permita.

Send good vibes, palomilla. 

Madrid, España, 15 de marzo, 2020. 

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