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NECESIDAD DE ARTURO

VICENTE QUIRARTE

Entre las primeras noticias del tránsito de Arturo Trejo Villafuerte, llegó una de mi hermano Xavier, periodista y hombre de pluma, como Arturo. “Se lleva su buen humor al cielo”, fue el mensaje espontáneo de Xavier. Nuestras reacciones ante la noticia fueron múltiples, pero todos coincidimos en la egoísta y natural emoción de no tenerlo al lado para que nos hiciera menos difícil la existencia. Arturo era un volcán y nada era capaz de extinguirlo, porque era el primero en burlarse del ser más próximo, es decir, él mismo.

Sabía combinar, como pocos, el sentido del deber con el sentido del beber. Por eso su sentido del humor era su mejor sentido del amor. Gilberto Bribiesca conserva fresco en la memoria el coloquio celebrado en Comala, Colima, para recordar en 1996 el décimo aniversario de la muerte de Juan Rulfo, y en el cual participaron especialistas de todas partes del mundo. Arturo Trejo no sólo leyó su ponencia con la pasión y la seriedad de sus escritos; no sólo nos hizo reír, cuando en la alberca daba grandes saltos, mientras gritaba: “Vengan a decirle adiós a Keiko”, sino que nombró a Gilberto “benefactor de la humanidad”, al enterarse de que a sus múltiples virtudes como hombre de leyes, historiador y gran memorioso, Gilberto sumaba la de ser un maestro mezcalero que para la ocasión destiló un agave conmemorativo.

Pero Arturo Trejo Villafuerte era mucho más que un personaje que nos invitaba y enseñaba a reír. Trabajador incansable, impartía clases, escribía ensayos y reseñas, coordinaba talleres, fraguaba antologías de los más diversos temas y géneros. Cerca de sesenta títulos son de su autoría única o tienen una importante colaboración suya. La poesía y la mujer estaban siempre en el centro de todo. La mujer era la poesía y, como dijo alguien muy sabio, la única prueba de la existencia. Tuve el privilegio de incluir en la colección El Ala del Tigre uno de los libros de poesía más bellos que conozco, cuyo afortunado título es Nuevo mester de hotelería. Pocos como Arturo conocieron mejor esos refugios amorosos que tienen en Calzada de Tlalpan mayor cantidad de nombres y ofertas. Cuando decía: “Vamos a hacer un homenaje a Julio Cortázar”, significaba que su trinchera iba a ser el Hotel Maga, o “el río más caudaloso”, para referirse al Hotel Amazonas. Enamorado tenaz, se sentía en la grata obligación de conquistar a la muchacha que se le ponía enfrente o de no irse hasta que se terminara la sacrosanta botella de whisky. Como si fuera un deber, porque era un deber. Jorge Esquinca lo recuerda como su gran Virgilio de la noche mexicana. Como él, muchos gozamos del privilegio de su compañía, de ser por instantes, como el personaje de su novela, lámparas sin luz.

Todos conservamos un recuerdo de los códigos secretos, las señales, la manera en que entendíamos a Arturo sin necesidad de palabras. Yo me sentía totalmente seguro con él, cuando a bordo del automóvil que en ese momento manejaba, hacía una señal mágica que superaba todos los obstáculos. Nunca falló el conjuro. Evoco igualmente la ocasión en que la patrulla nos subió porque Arturo orinaba en la vía pública. Siempre solidario, al reclamarle a los uniformados por qué me arrestaban igualmente a mí, la respuesta fue que yo le estaba ayudando. Comenzamos a hablar de poesía y los policías, convencidos de que éramos unos pobres diablos, nos llevaron a mi casa, donde Arturo y yo terminamos la parranda.

No supe, hasta el instante en que su gran corazón se detuvo para siempre, que él había enviudado un poco después que yo. La dimensión enorme de ambos hechos explica la inexplicable lejanía física en que nos encontrábamos, aunque yo siempre recordaba su bonhomía, su presencia avasallante y generosa, tan necesarias como el aire o el agua. Tiene razón mi hermano Xavier cuando dice que Arturo se llevó su buen humor al cielo. No porque haya sido un alma de Dios sino porque fue congruente consigo mismo y le corresponde estar en el dominio de los justos. Con su Chinita, para ser fiel a quien siempre se mantuvo al lado de una mujer hermosa.

NO PUEDE SER…

EMILIANO PÉREZ CRUZ

“Pero tú, vida, malagradecida —escribió Arturo Trejo Villafuerte y agregó—, con lo mucho que me has dado, ahora me das el caos del abandono y de mi muerte”.

El tícher de Chapingo y de la prepa de la Ciudad de México siguió con su andar de barcote en alta mar y guió a sus alumnos a leer y escribir literatura y a no ser mal hechotes, a cavilar que el mundo puede transformarse para bien de todos, y lo anterior no le impedía gustar el ron de su preferencia, por lo general con amigos, porque Arturo era un nosotros con sus hijas y su nieto, y en las clases, con sus alumnos. Le dio por interconectar sus amistades con las de cada uno de sus amigos y fueron reuniones inolvidables, con tragos y botanas y las anécdotas que al mundo de carcajadas convocaban. Interconectó a gente de otras ciudades y regiones y se dio tiempo para la poesía, el ensayo, la novela y el trabajo editorial y de imprenta, entre muchas otras actividades, sin dejar de querer a los suyos y a las mujeres (su vicio), en la Ciudad de México o en Texcoco o en su casa de la Bondojo, con sus abuelos y hermanos, con música para gastar suelas como hizo en el Molino Rojo y otras instituciones urbanas para noctívagos, en la enorme ciudad donde su grande humanidad y sus chistes fueron bienvenidos, hasta que le llegó “el caos del abandono y de mi muerte”. Aunque con mucha suerte, sin hospitalizaciones: dícese que de repente su enorme corazón dijo hasta aquí llegamos, valedor: no te aguanto el paso ni el peso. Seguro que con la risa que nunca lo abandonó, y como si fuera un chiste, obedeció: Así pasó, así fue, escribió Arturo, que en Ixmiquilpan, Hidalgo, nació y aquí (en Ciudad de México) murió. ¡Abrazo, gooordooo! —y sincero.

CÓMO NOS REAGRUPAREMOS

RAFAEL VARGAS

A media madrugada desperté pronunciando tres palabras: “cómo nos reagruparemos”, igual que si fuera parte de un pelotón de soldados disgregado en territorio enemigo. Pero, ¿por qué?, ¿quiénes?, ¿y a qué viene esta frase? —pensé enseguida.

Hasta ese instante había soñado que estaba en un día de campo, jugando futbol con un grupo de amigos. En algún momento le pasaba la pelota a una muchacha creyendo que ella era parte de mi equipo, sólo para verla correr de inmediato contra mi portería, muerta de risa. Yo me reía también: era el único defensa frente a dos atacantes y acababa de entregarle el balón a uno de ellos —“la historia de mi vida”, alcancé a decirme, y enseguida desperté con la frase mencionada: “cómo nos reagruparemos”.

Me sentí como muñeco de ventriloquía, incapaz de comprender el lugar de esas palabras en relación con mi sueño.

Para comenzar, si al sueño se referían, dudé de que después de semejante pifia me hubiesen permitido seguir en el juego —suponiendo que el sueño siguiera, que el juego continuara—; éramos seis o siete amigos bajo un cielo soleado y en la cascarita participaban tres muchachas aún menos interesadas que yo en demostrar sus habilidades en el balompié. De manera que, para el caso, “reagruparse” era un verbo más que excesivo.

Mientras intentaba volver a dormir recordé mis conversaciones del día anterior con mis amigos y mi mujer, luego de recibir la desdichada noticia de la muerte de Arturo Trejo, mi hermano, fulminado por un rayo mientras se bañaba, su cuerpo descubierto sólo hasta el día siguiente del relámpago letal. La tristeza que me invadió al pensar en sus hijas, de la misma edad que las mías, se prolongó toda la noche tras repasar un puñado de fotos tomadas hace 30 o 35 años, cuando teníamos más o menos la misma edad que ahora tienen algunos vástagos de nuestra pandilla.

Mirando de nuevo por la mañana esas fotografías me di cuenta de cuántos de entre nosotros han desaparecido, cuánto nos ha distanciado el tiempo, que ni siquiera conocemos ya nuestros números telefónicos ni sabemos bien a bien dónde estamos ahora. Entonces fijé mi atención en la fotografía que Mario Rodríguez, El Diablo, le tomó a nuestro grupo hace justo 38 años en el Palacio de Bellas Artes (la “Apoteosis de Cuauhtémoc”, de Siqueiros, como parte del telón de fondo). Allí está Arturo, sonriente siempre, al centro, celebrando una broma, pensando, tal vez, en alguna muchacha (o bien en su equivalente: un poema); todos con una expresión de confianza claramente infantil respecto al futuro.

Así me fue dado comprender la frase que me sorprendí pronunciando al momento de despertar.



FANTASMA

El dios del amor vive en el estado de la necesidad.

El amor es entonces una necesidad, una emergencia,

un desequilibrio doméstico, como el hambre y la sed.

PLATÓN

Para M

Eres fantasma que me habita en cuerpo

[y alma

y no paga alquiler

Eres la imagen de mis más íntimos

[deseos

mi pensamiento favorito

La ausencia más presente en todos

[mis actos

La medida de mis sentidos y de mis cosas

La prolongación terrible de los mejores

[momentos

de la vida

Ahora

muchos años después de que

[te fuiste

a ningún lado

cuando pienso en ti

y te habito

siento el mismo estremecimiento

que cuando estabas aquí

frente a mí

en esos instantes preciosos

cuando ya sabía —te tuviera o no—

que te estaba perdiendo.



POEMA POLÍTICAMENTE INCORRECTO

Toma lo que quieras, dijo Dios,

y paga por ello.

PROVERBIO ÁRABE

Los errores que he cometido,

todos han valido la pena.

TINA MODOTTI

Para M

Este poema es políticamente incorrecto,

porque parte del deseo de un viejo por tu juventud,

porque va a hablar de tus rotundas caderas

que me vuelven casi loco.

De tus dulces ojos donde naufrago y me pierdo constantemente

cuando me miras

De tus pechos que son del tamaño de mis ilusiones.

Todo esto es muy tuyo y nada mío,

por eso sufro me agacho y me voy de lado.

Este poema es políticamente incorrecto

porque habla de un pecho que contiene

un corazón enloquecido por ti.

Es políticamente incorrecto porque mi mente

tiene un solo pensamiento favorito: tú

y porque todo lo mío es tuyo

para cuando lo quieras o lo necesites.

Este poema es políticamente incorrecto

porque habla de cosas humanas,

mundanas, sociales,

que a veces, irremediablemente,

suceden entre una mujer como tú

y un hombre como yo.

(8 de marzo, 2020, Día Internacional

de la Mujer y cumpleaños de M)


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