Drogándome para escribir

El corrido del eterno retorno

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Por:
  • Carlos Velázquez

Chíngate dos gotas, no seas joto, me dijo Laloacán.

Así suelen gestarse las desgracias, con dos gotas. Desde un accidente con una galleta de mota me prometí a mí mismo que jamás volvería a ingerir mariguana. Pinche pandemia, me ha hecho beber más, pero no perderle el miedo al gotero. Eso no impidió que hiciera cálculos. Si le entraba y sufría otra disociación mental no contaba con rivotril para remontarla.

Existe un enemigo peor que la pasoneada de mota: el maldito aburrimiento. Pero ni éste pudo disuadirme. Además tenía que escribir esta columna y no se me ocurría nada. Me convencí de que lo mejor era mantenerme alejado del THC.

Chíngate dos gotas, no seas joto, repitió Laloacán.

Destapé una chela pensando en que ya sabía lo que me esperaba. Todo el día y parte de la noche Laloacán me recetaría la técnica “queremos piscina, papá”. Patentada por los Simpsons, es una manera bastante eficaz de doblegar a alguien por hartazgo. Pero me mantuve firme. No deseaba revivir la sensación de que mi cuerpo se rezagaba dos metros cada paso que daba. Laloacán es un peligro para mí. Y yo soy un peligro para él. Siempre que estamos en el mismo espacio se suceden unas pedotas interminables.

Chíngate dos gotas, no seas joto, insistió.

Chíngate dos gotas, no seas joto, continuó jodiendo la borrega.

Chíngate dos gotas, no seas joto, dijo ya ciclado.

Chíngate dos gotas, no seas joto, no seas joto, no seas joto, no seas joto. Ándale, joto.

Si algo le reconozco a este cabrón es su perseverancia. No se cansa nunca. Le expliqué la razón por la cual no me metería las dos gotas. Porque no me gusta la mota. La última vez que fumé THC en San Francisco me desconecté de la realidad 16 horas. Me manda a dormir más cabrón que si me hubiera metido dos rivo de 2 mg. Y por supuesto, el argumento de que tenía que escribir era una razón de peso para abstenerme. Se le ocurrió una pésima idea. Me dijo que me metiera dos gotas y que la columna tratara de mi experiencia con el THC del Loco Bizco, así le apodan al díler.

No podía seguir de pie, necesitaba sentarme. Pinches dos gotitas eran kriptonita

Ok, cabrón, dije, ponme dos gotas.

Me entregó un vaso con poquita agua y me lo tomé sin pestañear. Sabían a lima limón. No sentí ni madre. Pasó media hora, una hora, hora y media, y a las dos horas sentí el puto ramalazo.

Esta madre está muy potente, le dije a Laloacán.

No podía seguir de pie, necesitaba sentarme. Pinches dos gotitas eran kriptonita sin cortar. El cabrón soltó una carcajada.

No te puse dos, te puse veinte.

Hijo de su Pink Floyd. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al tiempo que me atacaba la sensación de que el miedo, asco y terror se apoderarían de mí al menos las siguientes dos horas. Este tipo de bromas son peligrosas. Yo no soy del tipo que le echa ácido al ponche de la fiesta. Alguien puede tener un brote psicótico y lanzarse por la ventana. Yo no me arrojaría desde la azotea, soy un veterano de la guerra contra las drogas, pero no deseaba pasarla mal.

Comencé a sentir que se me entumecía el cuerpo por secciones. Primero la mano derecha, luego la izquierda, después el pie izquierdo y al final el pie derecho. Si me hubieran arrojado a una alberca, yo que soy un nadador experimentado, me habría ahogado sin remedio.

No entres en pánico, me recomendé mentalmente.

Tratar de serenarse para un excocainómano es bastante difícil. No existe técnica de relajación que funcione. Ni aunque tuviera al mismísimo David Lynch como gurú de meditación conseguiría apaciguarme. Es en momentos así cuando más lamento no tener benzodiacepinas a la mano. Son indispensables en el botiquín de cualquier hogar donde habite un drogadicto. Comencé a sentir que mi cabeza tenía la consistencia de un chicle. Algo que me asombra de la mariguana es cómo consigue crear en mí el efecto de sentirme un pedazo de hule. Como si yo fuera un plástico.

A continuación caí en un oscurantismo ejemplar. Vino gente al depa a beber y a gotear pero yo estaba autisteando machín. En algún punto me quedé dormido. Al día siguiente no podía abrir los ojos, literal. Tardé casi cuatro horas en poder ver. Cuando lo conseguí, Laloacán empezó again.

Chíngate dos gotas, no seas joto.

Espera, le dije. Sí me las chingo, nomás deja acabo la columna.