Por qué escribir poesía Joan Margarit

Cuando muere un poeta, no siempre muere del todo. Si logró versos con el juego rítmico y la levedad
que son difíciles de explicar pero emocionan, sigue viviendo a través de sonidos que revolotean por el aire.
El poeta y traductor catalán, que en 2019 recibió el Premio Cervantes, falleció el pasado
16 de febrero. La también poeta mexicana Blanca Luz Pulido comparte una muestra de su obra,
al tiempo que nos lleva de la mano por las profundas galerías de sus imágenes, que deparan brillos secretos.

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Joan MargaritFoto: Especial
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Si el poema es bueno, como sucede en la música, procura un consuelo.

JOAN MARGARIT 

Afirma Joan Margarit, en Nuevas cartas a un joven poeta (Barral & Barral, 2009): “... la poesía sirve para introducir en la soledad de las personas algún cambio que proporcione un mayor orden interior frente al desorden continuado de la vida”. La lúcida e imprescindible obra de este autor catalán, que nació en Lérida en 1938 y ha muerto hace días, el martes 16 de febrero, es un oscuro relámpago de certezas. Certezas en ocasiones dolorosas, implacables, como la de los primeros versos del poema “Edad roja”, del libro homónimo de 1989: “Tanto tiempo para aprender que llegas tarde / al gran amor. Que nunca habrás vivido / ninguna edad de oro”. Se podría decir que la de Margarit es una poesía del aprendizaje de la mirada, de la observación que cristaliza en versos sin retórica, sin experimentalismos, sin grandilocuencia, sin lucimientos escenográficos: una poesía de profundidades.

La escritura de Joan Margarit nos habla de paisajes cotidianos, nos devuelve el sentido del tiempo y la conciencia de la muerte y la intemperie. Fue autor de una treintena de libros —además de arquitecto—, merecedor de múltiples reconocimientos por su obra, entre ellos, el Premio Cervantes en 2019. En 2017 se publicó, tanto en catalán como en español, su obra reunida: Todos los poemas - Tots els poems (1975-2015), y en próximas fechas la editorial Visor publicará una nueva edición actualizada, aunque no sé si incluya el último libro, sobre el cual en una entrevista en enero pasado Margarit afirmó que estaba concluido: Animal de bosque.

Entre sus libros se cuentan Restos de aquel naufragio (1975-1986), Edad roja (1989), Los motivos del lobo (1993), Aguafuertes (1995), Joana (2002), Cálculo de estructuras (2005), Casa de misericordia (2006), No estaba lejos, no era difícil (2010), Se pierde la señal (2012). En México, Valparaíso Ediciones publicó en 2018 una antología de su obra: La libertad es un extraño viaje. Agradezco que hace algunos años, Toni Deltoro me haya hablado de Margarit, lo que me permitió leerlo y conseguir una edición de 2015 (con bastantes erratas, por cierto) de Todos los poemas (1975-2012).

En el bien informado prólogo de José-Carlos Mainer a esta reunión de la obra de Magarit se citan estas palabras del poeta: “no hay obra de arte, no hay un solo buen poema en que su autor no se haya involucrado de alguna manera hasta el fondo [...] el poeta y el lector saben que el camino hacia el crecimiento interior de la poesía pasa por una aproximación a la lucidez, a la verdad”, para llevar a vivir “sin necesidad de olvidar”. En otras palabras, la poesía ayuda, consuela, porque nos permite acercarnos sin rodeos a la almendra de la realidad, apartando por un momento el desorden y el caos. De ahí la estrecha relación entre poesía y arquitectura en la obra de Margarit, pues ambas nos defienden de la intemperie. Termino esta breve nota con otra cita tomada de Nuevas cartas a un joven poeta, de ecos profundamente rilkeanos, como es evidente:

Pienso que quien escribe buena poesía se conoce profundamente a sí mismo. Conoce sus itinerarios interiores y puede circular a través de ellos. Las entradas en estos itinerarios se producen desde dentro y desde fuera. Un estímulo cualquiera —una voz, un color del cielo, un recuerdo— lleva al pensamiento a un lugar interior concreto. Desde ahí empieza sus recorridos como por las galerías de una mina, hasta que en algún lugar encuentra algo especial, quizá un brillo en la oscuridad, y sabe que allí comienza un poema.

POÉTICA

Alguien que mide versos y que guarda

de Vallejo la soledad en los huesos,

y la Muerte de Espriu dentro del alma.

Que se confía a un resto de Quevedo

mientras escribe, con la estilográfica

y el húmero, la letra de un bolero.

Si nunca nadie riera ni llorara

con algún verso de estos que me invento,

¿para qué tanta historia? No es ficción.

Hijos muertos, amores sin mañana,

este mañana que nos amenaza

como un arma. Por toda la extensión

del nebuloso mal que no es noticia.

Por todo esto se escribe poesía.

NO TIRES LAS CARTAS DE AMOR

Ellas no te abandonarán.

El tiempo pasará, se borrará el deseo

—esta flecha de sombra—

y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,

se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.

Caerán los años. Te cansarán los libros.

Descenderás aún más

e, incluso, perderás la poesía.

Un frío ruido de ciudad

en los cristales

acabará por ser tu única música,

y las cartas de amor que habrás guardado

serán tu última literatura.

FULGORES

Nadie es la patria.

J. L. BORGES

Nada ni nadie es la poesía.

Ni el personaje solo en una roca

que mira los embates

del mar. Ni el mar, lo único

que ha perdurado en la mitología.

Poesía no eres tú. Ni los crepúsculos,

ni el inútil prestigio de la rosa,

ni haber escrito el verso más triste alguna noche.

Nada ni nadie es la poesía.

Ni el ínfimo temblor de las estrellas,

ni mármol y ceniza, reunidos por los clásicos,

ni los muelles al alba, ni la hojarasca al viento,

ni escuchar la canción “Les feuilles mortes”.

Nada ni nadie es la poesía.

Ni las cartas de Rilke, ni Venecia,

ni la bala en la sien de Mayakovsky,

ni la luz del farol entre la niebla

junto al que esperará Lili Marlene.

Nada ni nadie es la poesía,

pero en ella me salvo de este monstruo

que acecha en mi interior.

Y me hace compañía.

DISCURSO DEL MÉTODO

Ya de niño buscaba las ventanas

para escaparme con los ojos.

Desde entonces, si entro en un lugar,

miro con atención dónde dejo el abrigo

y dónde está la puerta de salida.

Libertad, para mí, quiere decir huida.

Hay muchas puertas en el mundo.

Incluso el sexo, es una de emergencia.

Pero se van cerrando: ya, muy pronto,

para huir quedarán tan sólo aquellas

ventanas de la infancia.

De par en par abiertas, listas para saltar.

LA PÉRDIDA DE LA IGNORANCIA

No escribas tus memorias.

Lanzarán a tus pies a aquel que fuiste,

como un cadáver enemigo.

Cuando el pasado empieza a ser mentira

queda muy poco ya para llevarse:

una inútil e indigna convicción,

alguna equivocada crueldad. Apenas algo

de lo que tengas que volver a hablar.

La alegría de un viejo es el silencio.

NO ESTABA LEJOS, NO ERA DIFÍCIL

Ha llegado este tiempo

cuando ya no hace daño la vida que se pierde,

en el que la lujuria es sólo

una lámpara inútil, y se olvida la envidia.

Es un tiempo de pérdidas prudentes,

necesarias: no un tiempo de llegar

sino de irse. Ahora es cuando el amor

al fin coincide con la inteligencia.

No estaba lejos. No era difícil.

Un tiempo que me deja tan sólo el horizonte

como medida de la soledad.

Un tiempo de tristeza protectora.

LÍRICA DE MIS 70 AÑOS

Que nadie busque en esta lírica

ninguna de las hogueras grandes del solsticio.

Las prenden religiones y filósofos,

pero no nos abrigan

contra el frío que da la metafísica,

y que es el mismo

de la superstición.

Si has de quemar tu vida en este frío,

soporta ser quien eres,

vuelve a la tierra dura

y no entres dócil en tu invierno.

Ambos, tú y la mujer con quien disputas,

mentís sobre el pasado.

Su triste viento te ama maldiciéndote.

Pero tú no entres dócil en tu invierno.

VIDA Y POESÍA

Todo sucede afuera.

El interior es un desangelado

cuarto de máquinas.

Quizás amar sea lavar los platos

o bien planchar una camisa sucia.

Y el resto sean ráfagas

de brusquedad que vienen como el viento.

Y dentro no haya más

que algunas luces rojas,

rumor de maquinaria. Los poemas.

Fuente 

Joan Margarit, Todos los poemas (1975-2012), prólogo de José Carlos Mainer,  Austral / Planeta, Barcelona, 2015.