Escritores de los 70 y lecturas mexicanas ll

Amparo Dávila
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La obra narrativa de Amparo Dávila está firmemente situada en el canon mexicano. Las generaciones más nuevas de lectores (y más aún, de lectoras) la consideran un personaje icónico de la literatura nacional y esperan que se le mencione en las discusiones sobre cuento, sobre narrativa de imaginación, sobre literatura escrita por mujeres y, con toda justicia, sobre literatura nacional a secas. Sus fans se amontonan en las escasas presentaciones a las que llega ya frágil —nació en 1928: tiene 91 años— pero lúcida y dispuesta a ver gente y firmar ejemplares de sus libros. Una antología de su obra narrativa ha sido traducida al inglés y publicada con el título The Houseguest por la prestigiosa editorial New Directions, donde antes de Dávila sólo había una escritora mexicana: la poeta Coral Bracho. Próximamente se les unirá Fernanda Melchor con su novela Temporada de huracanes.

Todo lo anterior es sorprendente porque todavía vive una generación previa, la mía, para la cual Amparo Dávila era desconocida hasta que apareció Muerte en el bosque, la verdadera reunión crucial de su obra, en la colección Lecturas Mexicanas. Miles que éramos adolescentes entonces —y que éramos, además, lectores de a pie, tal vez ingenuos aunque también apasionados, con pocos prejuicios— la conocimos en el momento preciso para fascinarnos con la superficie de sus cuentos. Después exploramos sus profundidades; luego hablamos de ella, muchas veces, ante muchas personas.

Sin prólogo, sin indicación de quién realizó la selección (¿habrá sido la propia Dávila?), el libro presenta cuentos de dos libros: Tiempo destrozado (1959) y Música concreta (1964). “El huésped”, “Alta cocina” y “Moisés y Gaspar” serán probablemente los más conocidos: narraciones en las que entornos aparentemente normales son visitados, o invadidos, por presencias misteriosas, indefinidas y quizá indefinibles, con una capacidad perturbadora que resulta inagotable porque los textos evitan precisarla. Sin embargo, estos cuentos quedan en una perspectiva diferente a la hora de leerse dentro del resto de su conjunto. Amparo Dávila practica el relato de imaginación fantástica y usa una técnica que podría llamarse de oscurecimiento: retiene información y difumina los contornos de los sucesos para que los hechos misteriosos o alarmantes no acaben de revelar un orden superior de sus mundos narrados, un suplemento de la realidad habitual que pueda entenderse con la misma lógica. Pero no lo hace siempre de igual forma. Mientras “Fragmento de un diario” se concentra de manera rigurosa, racional, en una forma de la locura —la realización de una tarea imposible—, “Tiempo destrozado” en efecto hace pedazos todo orden en la percepción de la conciencia que narra para representar un presente perpetuo e infernal, que jamás podrá aprehenderse del todo. Entre estos extremos están cuentos como “La señorita Julia”, otra de las obras maestras de Dávila, en el que una realidad abrumadora invade una vida soñada a medias, ilusoria.

Una reseña de The Houseguest publicada en Estados Unidos afirmaba que Amparo Dávila era “la respuesta mexicana a Shirley Jackson”. Aunque la comparación es bienintencionada —quiere elevar a la autora del país tercermundista, congraciarla con sus lectores angloparlantes y monolingües—, ignora el contexto en el que se desarrolló la producción de Dávila, mucho más complicado y hostil que el que Jackson tuvo que enfrentar. Los lectores de Muerte en el bosque lo entrevimos, por lo menos. Las dos fechas de los libros utilizados como fuente de aquella colección bastaban para entrever una carrera escasa en títulos, aun sin tener más conocimiento de las dificultades personales que frenaron a la escritora. Y otras dificultades estaban a la vista. Éste era un libro no sólo de narraciones fantásticas, en las que diferentes personajes participan en la irrupción de lo inquietante o lo inexpresable en entornos y mentalidades aparentemente normales. Era, además, un libro de cuentos fantásticos escritos por una mujer mexicana. Todavía hoy la palabra fantástico es, para algunas personas, una marca de clase, un signo de inferioridad, al igual que el término literatura femenina.

Amparo Dávila, aun si no todos lo comprendimos con la misma rapidez, regresó de su exilio en 1985 para convertirse en la vanguardia de más de una forma de apertura y liberación. Era una mujer que empleaba su imaginación sin pedir perdón ni permiso. Por fortuna, ella sigue con nosotros —se dice que está escribiendo nuevamente— y muchas más han seguido sus pasos.