Elon Musk y Twitter

La historia de una obsesión

A través de internet, un puñado de megaempresas concentra el interés, las expectativas y buena parte de la vida social, profesional, económica y política, más allá de las fronteras nacionales. Así, en las décadas recientes
han prosperado unos cuantos empresarios que desde el ciberespacio hacen sentir y expanden su influencia,
con ganancias descomunales. Entre ellos, Elon Musk se propone como gurú de un mundo transfigurado por sus innovaciones tecnológicas, desde autos eléctricos hasta viajes espaciales o cápsulas magnéticas de transporte entre ciudades. También está a punto de consolidarse como dueño de la red social Twitter; las consecuencias prometen estremecer el mundo.

La historia de una obsesión.
La historia de una obsesión.Ilustración: shutterstock.com
Por:
  • Naief Yehya

El culto de la riqueza excesiva no es una característica exclusiva de Estados Unidos, sin embargo, como escribió Kurt Vonnegut en su novela Matadero cinco: “Todas las demás naciones tienen tradiciones populares de hombres pobres pero extremadamente sabios y virtuosos y por lo tanto más estimables que cualquiera con poder y oro”. En su corta historia, Estados Unidos ha construido mitologías a partir de sus multimillonarios, los creadores de inmensas fortunas por la industria del acero, los bienes raíces, los trenes, el robo de ganado, la corrupción, los autos, la especulación financiera, los productos químicos, la comida chatarra, los grandes supermercados, las armas y la industria de la información, por citar algunos campos. Así, nombres como Astor, Rensselaer, Vanderbilt, Rockefeller, Ford, Carnegie, Walton y Gates, entre otros, han pasado a conformar un panteón estadunidense de la opulencia como única expresión del éxito.

LA MITOLOGÍA DEL MILLONARIO

Inflamados por esa obsesión del poder monetario, los ciudadanos de ese país aceptan un sistema que desprecia a los pobres y donde el bien común es entendido como el bien de los poderosos y su generosidad ocasional hacia los desafortunados. Sólo así puede entenderse que el país más rico del mundo no cuente con seguro de salud universal y gratuito, confunda la caridad cristiana con la justa repartición de la riqueza y ofrezca un mínimo de beneficios y protecciones básicas a los trabajadores.

Debido a esa fascinación con las fortunas obscenas, Trump, quien no es multimillonario pero sabe pretender que lo es, llegó a la presidencia. Y ahora Elon Musk, presuntamente el hombre más rico del mundo, director general de Tesla, SpaceX, Boring Company, Neuralink, Solar City y OpenAI, entre otras compañías, ha pasado a dominar el imaginario colectivo como una especie de fuerza de la naturaleza capaz de transformar al mundo con la ilusión de autos que se conducen a sí mismos, la fantasía de conquistar el espacio, la inquietante propuesta de implantarnos computadoras intracraneales y el delirio de salvar al planeta del cambio global, o por lo menos transportar a algunos afortunados a otros mundos para comenzar de nuevo cuando la vida aquí se vuelva imposible.

El 14 de marzo de 2022, Elon Musk compró un poco más del nueve por ciento de las acciones de Twitter, con lo que se convirtió en el accionista externo mayoritario de la empresa. Todo indicaba que con eso lo harían miembro de la junta, lo cual parecía su objetivo, debido a que llevaba mucho tiempo exigiendo cambios en la plataforma. Pero él tenía otros planes. Rechazó la oferta y el 14 de abril siguiente ofreció comprar la compañía por 43 mil millones de dólares ($54.20 por acción, y no es casualidad que haya incluido el número 4.20, que es el código extraoficial para referirse en la cultura popular a fumar mariguana, una cifra que Musk usa constante y puerilmente para hacerse el chistoso). Ofrecía volver a hacer privada a la empresa, y “salvarla como un foro público indispensable... Para ayudar a que Twitter alcance su potencial de ser la plataforma para la libertad de expresión en todo el mundo”.

La decisión con tintes mesiánicos y obsesivos de Musk parecía una más de sus provocaciones, ya que no podía tener motivos económicos (en principio, no a corto plazo), ni mucho menos altruistas —conociendo la historia de este multimillonario—, sino que es una inversión con claras ambiciones políticas, sociales y, de alguna manera amplia, culturales.

Elon Musk es un showman, un provocador, un tipo brillante y un bro del Valle de Silicio (la cultura bro o cultura de la hermandad se refiere a una idea misógina del
privilegio masculino y una extensión de la vida de fraternidad universitaria)

MUSK SE HA CREADO UN AURA de genialidad audaz, una reputación de atrevimiento sin escrúpulos, de ingenio transgresor y creatividad incontrolable que lo dibuja como un nuevo Steve Jobs. Gusta de presentarse como alguien que comenzó sin nada y se pagó sus estudios acumulando deuda, hasta que creó su primera empresa de software, Zip2, la cual se vendió en 307 millones de dólares en 1999 (personalmente, él recibió 22 millones). Ese mismo año fundó el banco X.com, que al fusionarse con la compañía Confinity se convirtió en PayPal. En 2002 creó SpaceX y en 2004 se unió a Tesla Motors, de la cual se volvió director general y principal accionista.

A pesar de tropiezos y demoras en sus planes, sus triunfos han sido espectaculares en algunos de los campos tecnológicos más difíciles y competitivos, gracias a ideas revolucionarias, así como a una rigidez y exigencia administrativa extrema.

La imagen del hombre que prosperó y llegó a la cima por su propio esfuerzo y sacrificio ha sido estigmatizada por la historia de que su padre fue propietario de media mina de esmeraldas en Zambia. Esta anécdota, publicada en un solo medio —Business Insider—, con una sola fuente —el propio padre de Elon, Errol Musk— y sin confirmación adicional alguna, es en el mejor de los casos extremadamente dudosa. No explica el éxito de quien escapó en 1989 de su Sudáfrica natal a los 17 años, con dos mil dólares en el bolsillo, para evadir el servicio militar (se negó a servir al ejército del apartheid y su familia, aunque beneficiaria del régimen blanco, se oponía a ese sistema) y también para alejarse de su padre, a quien detesta y considera un tipo que ha cometido “casi cualquier cosa criminal que puedas imaginar”. La historia de la mina y de falsas afiliaciones con el régimen racista sudafricano ha sido difundida con más mala fe que información o sentido común.

Musk es un showman, un provocador, un tipo brillante y un bro del Valle de Silicio, Silicon Valley (la cultura bro o cultura de la hermandad se refiere a una idea misógina del privilegio masculino y una extensión de la vida de fraternidad universitaria). Pero las mismas razones que le han engendrado un culto obsesivo han dado lugar a su repudio masivo. Ese bagaje resulta polarizante en extremo para alguien que tiene los ojos puestos en controlar un foro de conversación, debate e información.

La historia de una obsesión.
La historia de una obsesión.Ilustración: Alberto García Guillén / shutterstock.com

LOS ANTECEDENTES DE SU TRATO con subalternos y desconocidos dan una idea de lo que será su dirección de Twitter. Charles Duhigg escribió en diciembre de 2018 un perfil en la revista Wired (“Dr. Elon & Mr. Musk”), donde apunta: “Todo mundo en Tesla está en una relación abusiva con Elon”. Ahí se recogen anécdotas de que en sus ataques de rabia y frustración suele despedir empleados por las razones más absurdas: por no responder a sus preguntas como él desea, por caminar muy cerca de él en sus visitas a las plantas, por expresar la menor inconformidad o dudar de sus propuestas.

En 2017, Marcus Vaughn, un ex-empleado de la planta en Fremont, California, denunció que Tesla era “un semillero de comportamiento racista” y que fue despedido por reportar a recursos humanos el acoso de los supervisores. En octubre de 2021, un empleado negro demandó a la empresa por el ambiente de racismo rampante en la planta, y en diciembre del mismo año seis mujeres presentaron demandas por acoso sexual en el trabajo y un ambiente hostil provocado en buena parte por la actitud misógina y los comentarios obscenos de Musk, que establecían el tono de las relaciones laborales.

Este emprendedor afrikáner (que no habla africaans) es un enemigo feroz de los sindicatos y no ha dudado en recurrir a amenazas y despidos ante el menor asomo de organización laboral. En 2018, un exempleado de Tesla denunció que la empresa hackeaba y espiaba los teléfonos de los empleados. Ese año Musk acusó de pederasta al buzo de cavernas británico, Vernon Unsworth, para descalificar que la estrategia de éste —con el fin de rescatar a un grupo de niños futbolistas atrapado en una caverna en Tailandia— tenía mucho más sentido que la suya, que involucraba un minisubmarino. Unsworth, a su vez, recomendó a Musk insertarse su submarino en donde le doliera más. En sus interacciones habituales en línea, Musk bloquea gente, hostiga y amenaza a sus críticos con demandas. Entre los blancos de sus insultos también están sus competidores multimillonarios y la barriga de Bill Gates.

HABLEMOS DE TWITTER

Ésta es una plataforma de microblogueo (sólo 280 caracteres por mensaje) que fue fundada en 2006 y se volvió una empresa cotizada en la bolsa de valores en 2013. Pero antes que nada es un fetiche, una empresa con peso desproporcionado en la política, los negocios, las esferas sociales y los espectáculos. Sin embargo, como modelo de negocios es y siempre ha sido un fracaso por su propio diseño, y ésa es una de sus principales virtudes. Numerosos políticos, celebridades y expertos son usuarios frecuentes —algunos compulsivos— de Twitter, y varios de ellos se han convertido en el equivalente de los influencers periodísticos, políticos e ideológicos de la cultura de la era de la red, lo que hace de esta plataforma un factor fundamental para determinar el cauce de la agenda mediática y política.

Ser tomado en cuenta en esta red, tener cientos de miles de seguidores, es considerado un privilegio que puede traducirse en éxito, dinero y contactos. Las propias agencias de noticias son junkies de Twitter, al que usan como mecanismo barato y eficaz para mantenerse vigentes las 24 horas de los siete días.

La vida democrática en el planeta, pero en especial en Estados Unidos, da enorme importancia a esta red: a pesar de presentar únicamente la opinión de una minoría de protagonistas mediáticos, existe la ilusión de que tiene un verdadero impacto popular. Cuando un tuit alcanza la viralidad y se retuitea cientos de miles o millones de veces, da la impresión de tocar un tema medular que concierne a la mayoría, pero en realidad tan sólo refleja intereses de grupos minoritarios, activistas y sus bots. Es paradójico que el precio de las acciones de Twitter no haya aumentado notablemente desde su lanzamiento en noviembre de 2013, cuando llegó a casi 45 dólares. Aun con el estrépito causado por el deseo de Musk de comprarla, las acciones subieron hasta 77 dólares en febrero, y luego bajaron otra vez a 47. La realidad es que —en términos de empresas poderosas— Twitter es una baratija, un dragón con un poderoso rugido, capaz de estremecer el mundo de la política, la cultura y el comercio, pero que vale menos de 50 mil millones de dólares. Difícilmente Musk podrá monetizar esta plataforma, pero es imposible saberlo ahora.

Twitter tiene alrededor de 200 millones de usuarios regulares en el mundo y cuenta con una comunidad muy ecléctica, diversa y vociferante. Cada vez que la dirección planea o lleva a cabo un cambio, innumerables usuarios se enfurecen y protestan, por lo tanto es una plataforma muy reacia a los cambios. Es debatible pero Facebook, TikTok e Instagram se mantienen más al día y quizá vitales por sus constantes actualizaciones. Twitter es mucho más barata que Facebook, o bien Meta, que vale cerca de 575 mil millones de dólares, a pesar de haber perdido casi la mitad de su valor el año pasado, y cuenta con 2 mil millones de usuarios. TikTok tiene mil millones de usuarios y está valuada en 250 mil millones.

La vida democrática en el planeta, pero en especial en Estados Unidos, da enorme importancia a esta red,
a pesar de presentar únicamente la opinión de una minoría de protagonistas mediáticos

MUSK INGRESÓ A TWITTER en 2009 y tiene una gran afición por tuitear. Según él, fue ahí donde conoció a la madre de dos de sus hijos, la compositora Claire Bouchet, alias Grimes. Cuando esto se escribe tiene más de 91.7 millones de seguidores. Sin embargo, en un momento de su vida Musk cambió su obsesión de ser famoso en Silicon Valley por serlo en Hollywood. Entonces su enfoque pasó del mundo de la especulación al del espectáculo: ahí comenzó a ejercer su “administración por Twitter”, a divulgar sus humores y caprichos personales y corporativos para ser celebrados por la mayoría de sus seguidores.

Él mismo ha sido el mejor ejemplo del abusador de esa plataforma. Además de insultar a la gente que lo cuestiona, ha divulgado desinformación sobre el Covid-19, sometió a sus trabajadores a condiciones de riesgo durante la pandemia al negarse a obedecer las órdenes de confinamiento en su fábrica de California, y puso en duda las vacunas. También comparó a Justin Trudeau —el primer ministro canadiense— con Hitler, debido a sus políticas y mandatos para disminuir los contagios. Su visión del mundo queda clara en tuits como aquel en el que aseguraba que Estados Unidos podía bombardear a quien se le diera la gana y cuando se le antojara, o aquel otro en que amenazó con mandar una bomba atómica a Marte. Y más recientemente ha adoptado la verborrea del partido republicano para atacar las “ideas de extrema izquierda” del partido demócrata.

Sus tuits han causado que la bolsa de valores se estremezca, como cuando en 2021 lanzó una encuesta para sondear si debería vender sus acciones. De manera semejante, ha desatado el caos en el mercado de las criptomonedas: por un lado apoya y ha invertido en Bitcoin, por el otro creó un fenómeno de euforia por la criptomoneda dogecoin (creada a partir de un meme). Millones de inversionistas siguen sus tuits como si se tratara de palabras sagradas.

En agosto de 2018, la Comisión de Bolsa y Valores (la SEC, por sus siglas en inglés) le levantó cargos por fraude y le impuso una multa de 20 millones de dólares, luego de su ocurrencia de tuitear que haría de Tesla una empresa privada al comprar todas las acciones a 420 dólares (otra referencia al 20 de abril —4/20, en la notación de calendario inglesa—, fecha en que se celebra fumar marihuana). Un juez determinó que ese tuit irresponsable sobre las acciones de Tesla confundía al mercado y ponía en riesgo a los accionistas de la empresa, por lo que impuso a Musk una “niñera de Twitter” que debe monitorear, revisar y aprobar sus mensajes sobre la empresa, una imposición humillante que hasta ahora sigue tratando de revocar sin éxito. El empresario aún le guarda profundo resentimiento a la Comisión y en una entrevista en un foro reciente de TED Talks los llamó públicamente "bastardos". La amenaza inicial de comprar esta red bien pudo ser una forma de vengarse de la SEC. Pero sería en extremo irónico que el propio dueño de Twitter sea uno de sus pocos usuarios que necesita aprobación oficial antes de postear en su red.

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La historia de una obsesión.Ilustración: shutterstock.com

LA ADQUISICIÓN

Pasaron semanas de tensas negociaciones y un intento de Twitter de evitar la apropiación hostil de Musk, mediante un mecanismo bursátil conocido como la píldora envenenada, que hace que el precio de compra de una empresa se vuelva demasiado alto para el comprador (una vez que alguien tiene más del 15 por ciento de las acciones, la empresa inunda el mercado con acciones baratas que todos los accionistas pueden comprar, menos el que desea apoderarse de la empresa). Pero una vez que Musk prometió una generosa recompensa en efectivo a los accionistas y demostró tener el financiamiento (21 mil millones de su propio dinero, 13 mil millones de Morgan Stanley y 12.5 mil millones de otras instituciones financieras), entonces la ambición de los accionistas creció: sus principios, de haber existido, se evaporaron y aceptaron la oferta. Jack Dorsey declaró que la compra de la empresa que él cofundó y dirigió hasta noviembre de 2021 era la solución en la que él tenía confianza, lo cual resulta contradictorio para quien antes había dicho que Twitter no debería ser una empresa, “no debería ser propiedad ni estar bajo el control de nadie, sino ser considerada como un bien público”.

Es de imaginarse que Musk dará un giro a la dirección, por lo que es poco probable que el actual director general, Parag Agrawal (a quien Musk ha criticado y satirizado), se conserve en su puesto, por lo que anunció al personal que sus empleos tan sólo están garantizados durante los seis meses posteriores al cierre del acuerdo.

No se sabe si Musk, quien ha presumido que tuitea desde el excusado, la dirigirá personalmente, pero ha asegurado que transformará a esta empresa (que al volver a ser privada no tendrá que responder a una junta de accionistas ni a presiones externas). El rango de las promesas va de lo ambiguo, como decir que hará cambios determinantes para “desencadenar el potencial de Twitter al permitir toda forma de expresión legal”, hasta la caricatura: convertir sus instalaciones en un refugio de personas sin hogar, pasando por imposiciones polémicas que han sido discutidas por años, como añadir el proverbial botón para editar tuits. Piensa valerse de mecanismos similares a los tokens no fungibles (NFT) para autentificar a los humanos, eliminar a los bots (lo cual es absurdo, ya que existen muchos tipos de bot, algunos de ellos útiles y necesarios como los anuncios de terremotos, los asistentes personales y muchos más) y así hacer esta red “máximamente confiable y ampliamente inclusiva”. Es probable que imponga tarifas a los usuarios comerciales y gubernamentales, que promueva programas de suscripciones, que ofrezca incentivos y recompensas a los usuarios más fieles.

EL PROBLEMA MÁS PERTURBADOR en la inminente toma de control de Musk es su afirmación de ser un “absolutista de la libertad de expresión”, lo cual definió hace poco como: “Alguien que no te cae bien puede decir algo que no te guste”. Ha declarado que “Twitter es el ágora digital donde se debaten asuntos vitales para el futuro de la humanidad”, y que “la libertad de expresión es la base de una democracia funcional”. Sin embargo, ha traicionado esta supuesta fe en numerosas ocasiones, como cuando exigió al gobierno de Beijing silenciar a sus críticos en China, que se quejaban por las fallas de los frenos en los autos Tesla. También ha respondido con agresividad a reporteros que critican sus autos o prácticas empresariales, a veces incitando a sus fanboys a linchar a sus antagonistas. Un ejemplo son los ataques que ha lanzado contra la reportera Linette López, del Business Insider, que rayan en la difamación, emblemáticos de sus rabietas y misoginia.

Musk ha criticado las prácticas de moderación de Twitter, desde la censura a ciertos temas para evitar la difusión de ideas peligrosas o discriminatorias hasta las suspensiones o expulsiones de ciertos usuarios. Ha anunciado que permitirá a Trump regresar a Twitter si así lo desea. De manera que las múltiples incitaciones a la violencia de las que es responsable el expresidente no le parecen motivo suficiente para su expulsión definitiva e irrevocable. También declaró que Twitter, como cualquier otro foro, está regulado por las leyes del país donde opera. Por lo tanto, en Estados Unidos sólo deberá regirse por la Primera enmienda, que protege la expresión en un sentido muy amplio y no condena ni el racismo ni el sexismo ni ninguna forma de segregación. Las estrategias impuestas por esa plataforma, las cuales sin duda han sido erráticas, inconsistentes y en ocasiones injustas, tratan de mantener una atmósfera de civilidad y respeto básico. Es legítimo cuestionar su validez o efectividad, ya que aún con estas reglas es extremadamente común la agresividad y toxicidad de muchos intercambios. Es fácil imaginar que, de no existir dichas estrategias, se multiplicarían los abusos, la proliferación de mentiras, los llamados a la violencia y las campañas de odio.

Censurar es negar el acceso al público a cierto tipo de información o material bajo la excusa de que puede ser peligroso. Así ha sido con lo que se califica como pornografía y, más recientemente, con las teorías conspiratorias que pueden ser perjudiciales para la sociedad al difundir mentiras o ideas incendiarias. La libertad absoluta de información no existe, así como es imposible que todo mundo tenga acceso a cualquier tipo de información confidencial. Es claro que en nombre de proteger al público se tiende a mantenerlo en la ignorancia, pero es muy distinto imponer reglas básicas de convivencia y tolerancia que protejan a las personas más vulnerables de ataques, extorsiones, engaños y marginación. Musk no necesita ser protegido, como muchas y muchos usuarios comunes lo requieren por sus ideas, apariencia, afiliaciones y a veces sólo por ser mujeres o pertenecer a minorías. Contar con los mecanismos para prevenir los linchamientos en línea y otras formas de acoso no es lo mismo que censurar.

Musk ha criticado las prácticas de moderación de Twitter, desde la censura a ciertos temas para evitar la difusión
de ideas discriminatorias hasta las expulsiones de ciertos usuarios. Ha anunciado que permitirá a Trump regresar a Twitter

GANANCIAS COLATERALES

Musk ha sabido maniobrar para que sus empresas se beneficien mutuamente, tanto de sus logros como de sus aparentes fracasos. Es de esperarse que Twitter no será la excepción y que sabrá usarlo para manipular los mercados, la opinión pública y los gobiernos en favor de sus intereses. La inmensa fortuna del empresario, de 249 mil millones de dólares, está en gran medida invertida en Tesla (él es dueño del 23 por ciento de las acciones), de modo que su riqueza depende principalmente de vender coches. No obstante, ha anunciado que su objetivo es resolver el problema del tráfico. Hace nueve años lanzó la propuesta del Hyperloop, que haría que la gente se transportara en cápsulas magnéticas a través de túneles entre ciudades, a velocidades de 1,200 kilómetros por hora. Por un lado, la seducción de esta propuesta ha hecho que se pierda interés en nuevos trenes bala, y mientras se desarrolla esta tecnología él sigue vendiendo coches y las carreteras tienen cada vez más tráfico. Por otro lado, estas cápsulas tan sólo podrían transportar —en el mejor de los casos— a unas cuarenta personas a la vez, a un costo muy alto, en vez de miles a bordo de trenes. Y esto sin contar el problema de someter a seres humanos a ese tipo de velocidades y presión.

Este sistema de transporte, así como sus naves espaciales, reflejan una visión elitista que resulta insostenible, costosa y sin duda antisocial. Sus estrategias para crear transporte público son ineficientes, ridículamente caras y en algunos casos inoperantes o irrealizables, sin embargo son un gran recurso para mantener al público distraído e ilusionado, y a los gobiernos financiando y subsidiando proyectos que tal vez no concluirán nunca o beneficiarán a muy pocos.

Supuestamente, Musk está preocupado por las energías limpias y por el cambio climático, sin embargo sus cohetes producen cantidades astronómicas de dióxido de carbono y su jet privado contribuye con numerosas toneladas de esa sustancia en sus frecuentes vuelos. A esto debemos sumar el impacto ambiental de la fabricación de baterías y la generación de electricidad. Musk ha declarado muchas veces estar en contra de los subsidios gubernamentales y de toda intromisión del Estado para controlar la economía. Sin embargo, ha recibido por lo menos 4.9 mil millones de dólares en subsidios, préstamos gubernamentales, contratos y créditos fiscales hasta 2015 y muchos más a partir de entonces.

El narcisismo de Musk es la primera razón para rechazar su control de Twitter, pero la realidad es que este megamillonario es producto de una economía desenfrenada, un sistema financiero que opera como casino y un consumismo frenético. El hecho de que Musk sea dueño de Twitter, Jeff Bezos del Washington Post y Mark Zuckerberg de Meta, son ejemplos de que la ilusión de la libertad de expresión se ha vuelto un slogan de archimillonarios fatuos con un poder inagotable para manipular a sus clientelas y usuarios.