José Guilherme Merquior estación mexicana

En la vinculación de los escritores con el trabajo diplomático —que prosperó durante el siglo XX—,
hay frutos y encuentros privilegiados. Este recuerdo abunda en la presencia de un escritor, crítico, filósofo,
así como embajador de Brasil en México que enriqueció esa herencia latinoamericana y cuyo trigésimo
aniversario luctuoso se cumplió el pasado 22 de abril. A su paso, la presencia itinerante de Alfonso Reyes
gravita una vez más en las páginas de este suplemento. Y también la riqueza de una amistad evocada
desde las afinidades, el hallazgo, el reconocimiento, la conversación que forma parte indisociable de la cultura.

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José Guilherme Merquior (1941-1991).Fuente: alias.estadao.com.br
Por:
  • Adolfo Castañón

I

Os cavalinhos correndo, E nós, cavalões, comendo...

“Rondó dos cavalinhos”, Manuel Bandeira

El sábado 19 de octubre del pasado 2020 recibí un mensaje del embajador de Brasil en México, Mauricio Carvalho Lyrio, invitándome a colaborar en un proyecto de libro dedicado al filósofo y escritor José Guilherme Merquior (1941-1991), quien fuera embajador de su país en México, entre 1987 y 1989. De inmediato, le hice llegar al embajador unas líneas que había yo escrito sobre el brasileño, reproducidas en mi libro Alfonso Reyes: Caballero de la voz errante:

Tuve la fortuna de contar con la amistad del inteligente —y en verdad inteligente y cordial— José Guilherme Merquior durante su estancia en México como embajador de Brasil a mediados de los años ochenta. Nos reuníamos a conversar una o dos veces al mes en algún restaurant de la Ciudad de México. Hablamos entonces de muchas cosas. Por supuesto de sus libros que editó el Fondo de Cultura Económica (De Praga a París, Foucault o el nihilismo en la cátedra, Liberalismo viejo y nuevo)... Además de esos asuntos editoriales el ensayista hablaba de sus maestros: Arnaldo Momigliano y Ernest Gellner; de Vico, de Joyce, de Lord Chesterfield y sus cartas; de política, por supuesto, y de los literatos de cada uno de nuestros países, de las pautas y líneas estructurales de la literatura brasileña: de Machado de Assis y de Octavio Paz; de João Guimarães Rosa y de Carlos Fuentes. Por supuesto, hablamos de Alfonso Reyes: ¿cuál sería la explicación, le preguntaba yo, de que a pesar de su brillante y memorable embajada Alfonso Reyes no hubiese dejado una huella más profunda en la cultura brasileña? La respuesta de Merquior fue espontánea y contundente: Reyes no era un intelectual ideológico y salió de Brasil justo en el momento en que se empezaba a desarrollar una recomposición ideológica de los campos culturales y artísticos. Pero por pequeña o relativa que fuese —insistía mi amigo— las huellas de Alfonso Reyes no son de las que se borran.

Me quedé pensando si estas palabras de José Guilherme Merquior no serían hijas de la cortesía. El interesante libro de Fred P. Ellison Alfonso Reyes y el Brasil me hace recordar al autor de De Praga a París y pensar que tenía razón.1

Un par de días después entré en contacto con el agregado cultural Luiz Feldman, quien me dio más detalles sobre el libro en cuestión. Incluiría dos partes: una antología de los libros y escritos de Merquior en México (artículos, conferencias, etcétera) y una segunda parte de crónicas y testimonios personales sobre el pensador brasileño.

ME QUEDÉ PENSANDO en Merquior durante los siguientes días: no recuerdo bien la fecha exacta en que lo encontré, pero debe haber sido en el Fondo de Cultura Económica, en el edificio situado en Avenida Universidad y Parroquia. Por entonces dirigía la editorial un poeta, editor y diplomático: Jaime García Terrés, quien era dueño de una visión editorial a la vez cosmopolita y marcadamente abierta hacia la cultura iberoamericana. Durante su gestión como director del Fondo, la Gaceta recibió el Premio Internacional de Periodismo en México en 1987.

Ese mismo año llegó José Guilherme a México. Era más bien bajo de estatura. Tez blanca, cabello castaño, labios finos, ojos vivaces y sonrientes. Se movía con seguridad y velocidad, intelectualmente me hacía pensar en las acrobacias y desplazamientos de una ardilla entre las ramas de los árboles. Tenía una inteligencia transversal: pasaba de la literatura a la historia y la filosofía con gran soltura. No le gustaba enfrentar al interlocutor abiertamente, era más bien irónico, fino y, detrás de sus lentes, brillaban sus ojos inquisitivos y traviesos.

Cuando llegó, yo no sabía ni podía saber la extensión de su obra, que abarca la crítica literaria, la filosofía política, expone los argumentos de JeanJacques Rousseau, Ludwig Marcuse, Theodor W. Adorno, Walter Benjamin, Claude Lévi-Strauss, Michel Foucault, Max Weber. Le interesaba la poesía, como muestra el hecho de que su primer libro fuera la colaboración en una antología de la Poesía de Brasil (1963), hecha por Manuel Bandeira, lector de Alfonso Reyes; más tarde también publicó un libro de teoría poética, Razón del poema (1965), y diez años después uno dedicado al poeta Carlos Drummond de Andrade.

Foucault

PARA MERQUIOR, su maestro Bandeira era como una brújula poética que le permitía orientarse en la poesía hispanoamericana y le gustaba trazar paralelos entre la poesía de éste y la de Reyes. Bandeira es uno de los precursores y actores del modernismo y de la vanguardia en la literatura brasileña. Su influencia sobre la poesía escrita en ese país se ejerció sobre poetas como Carlos Drummond de Andrade y Mário de Andrade. Cuando Alfonso Reyes llegó a Brasil, como lo documenta su Diario, hizo una buena relación con el mundo artístico y cultural. En casa del pintor Cândido Portinari encontró algunos de los exponentes de la poesía brasileña. Entre ellos a Manuel Bandeira. Cuando Paul Morand pasó por Río invitó a cenar a un grupo reducido de poetas y escritores, uno de ellos fue Bandeira.

La amistad de este brasileño con Reyes cabría ser documentada en tres aspectos: el primero a través de sus libros, que Reyes fue atesorando —no hay otra palabra— en su biblioteca, como se puede documentar por la docena de ejemplares que se encuentran en la Capilla Alfonsina, todos con una breve y afectuosa dedicatoria manuscrita. Fechados entre 1930 y 1955, no sólo son de la época en que Reyes estuvo en Brasil sino también posteriores, lo que indica que la relación entre ambos fue más allá del momento brasileño de don Alfonso, como prueba la correspondencia. Además hay cartas entre Bandeira y Reyes que suman un expediente de treinta y cuatro folios y que incluyen mensajes de Manuel a Alfonso de 1931 a 1959; hay también alguna carta de 1954 del propio Reyes. Esto puede dar idea de la intensidad de la relación que mantuvieron. El diálogo literario y poético intercambiado es incontestable.

La huella risueña, traviesa y provocativa de Bandeira se puede seguir en algunos de los poemas escritos por Reyes en Río: “Copacabana”, “Oráculo”, “Salambona” y los “Versos sociales”; “A Ronald de Carvalho”, “A Iglea Macedo Suárez” o, en fin, “En cabo roto”. Bandeira siempre estuvo abierto al trabajo y la colaboración con los jóvenes escritores. Una prueba es que abrió las puertas a Merquior para que colaborara con él en esa antología de la cual Merquior estaba tan orgulloso de haber participado. Por eso no es extraño que la presencia de Reyes y de Bandeira recorriera las conversaciones que sostuve con el crítico, lector y diplomático, hombre de gusto que fue José Guilherme Merquior.2

La extensión de su obra abarca la crítica
literaria, la filosofía política, expone los argumentos de Rousseau, Marcuse, Adorno, Benjamin

NO LE ERAN AJENAS las preocupaciones de la lingüística ni del formalismo, como muestra su libro De Praga a París. Crítica del pensamiento estructuralista y postestructuralista. Tampoco le era ajena la cultura popular: Saudades do Carnaval (1972) así lo prueba. Era un crítico tanto del liberalismo como del marxismo, sus ensayos buscaban desenmascarar mitos e ideologías de un lado y otro. La columna vertebral de sus intereses era, sin embargo, el arte y la literatura, como muestra su libro El comportamiento de las musas (2005).

Nos hicimos muy amigos. Los pretextos no faltaban. Cada vez que podía, Merquior iba a la editorial. No sólo estaba atento a la publicación de sus propios libros, sino a la de dos de sus maestros queridos: Arnaldo Momigliano y Ernest Gellner. Del primero, el FCE ya había publicado De paganos, judíos y cristianos (1982), Génesis y desarrollo de la biografía en Grecia (1986) y publicaría después, probablemente gracias a Merquior, La sabiduría de los bárbaros (1988) y Ensayos de historiografía antigua y moderna (1993); del segundo, El arado, la espada y el libro (1994). Merquior tuvo la diligencia de escribir para la editorial un dictamen sobre este libro que me permito transcribir aquí:

Hoy solo es posible debido a los cambios que hubo ayer —aunque dichos cambios no eran todos inevitables. Todos vivimos y actuamos a partir de presuposiciones, explícitas o implícitas, transmitidas por nuestra herencia histórica. Reconocer esas dos verdades es afirmar la legitimidad de la filosofía de la historia en un sentido sustantivo —algo que se había marginado en el pensamiento anglosajón, pero que Ernest Gellner restaura plenamente, en una teorización íntima de las ciencias sociales.

¿Cómo ha pasado la humanidad de la revolución agraria del neolítico al industrialismo —o, como dice Gellner, de Agraria, con su tecnología débil y su sociedad integrada, a Industria, la civilización tecnológicamente fuerte poblada por individualistas? ¿Cómo fue que el eje de la existencia social cambió la depredación por la producción, la magia por la ciencia y las jerarquías hereditarias por una cultura igualitaria?

Gellner profundiza el análisis de la relación entre esos cambios macrohistóricos y las transformaciones conceptuales decisivas en la trayectoria de la humanidad.

Plough, Sword and Book [El arado, la espada y el libro] es una destilación madura de los temas que él primero enfrentó hace un cuarto de siglo, en Thought and Change. El libro concluye con una estimulante problematización del destino de la modernidad, en el capitalismo avanzado, el área comunista y el Tercer Mundo. Una poderosa modernización de la teoría de la historia.

[Firma: J. G. Merquior]

Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908).Fuente: infobae.com

EL FCE TRADUCIRÍA de Merquior el libro titulado Michel Foucault o el nihilismo de la cátedra (1985). Yo tuve que ver, de alguna manera, con la edición de esos libros y puedo dejar constancia de que fueron dictaminados por el escritor mexicano Julio Hubard y por el librero Antonio Eyzaguirre. Los dictámenes de ambos eran entusiastas. Ernest Gellner fue el director de tesis de doctorado en sociología de Merquior y se puede decir que siguió siendo su amigo después de muerto, pues a este maestro se debe un libro de homenaje de 1996, Liberalism in Modern Times. Essays in Honor of Jose Guilherme Merquior, editado por el propio Gellner y César Cansino.

Merquior también fue discípulo en su momento de Claude Lévi-Strauss, con cuyas ideas polemizó en el mencionado De Praga a París. También siguió a Raymond Aron y a Harry Levin. Otro de los intereses que lo movían a visitar la editorial era de índole estrictamente bibliográfico. Ahí se custodiaban dos tesoros: la primera edición en francés de los varios volúmenes de la Encyclopedie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, de Diderot y D’Alembert (1751). Merquior pedía permiso para hojear algunos tomos de ese tesoro con algún pretexto asociado a sus investigaciones, digamos al pensamiento de Rousseau, sobre el cual se había interesado. El otro tesoro era la edición original en portugués de las obras completas del escritor brasileño Machado de Assis, que se encontraban en la editorial, probablemente como herencia del interés que tuvieron Alfonso Reyes y Arnaldo Orfila en la difusión de la cultura brasileña en México. De hecho, el libro Memorias póstumas de Bras Cubas, traducido por Antonio Alatorre, era uno de los atractivos que hacían ir a Merquior al FCE. Por cierto, una de las conferencias que daría Merquior en México, en la Facultad de Filosofía y Letras, sería precisamente sobre el citado autor brasileño del siglo XIX.

En aquellos años también frecuentaba la editorial un escritor mexicano, Francisco Cervantes, gran lector de literatura portuguesa y brasileña cuyo perfil aquilino aparece en alguna de las fotos colectivas en que Merquior figura con otros intelectuales mexicanos como Arturo Azuela, Jaime García Terrés, Mario Ojeda, Octavio Paz, Jorge Carpizo, Víctor Flores Olea y José Luis Martínez. De hecho, el embajador que antecedió a Merquior, Geraldo Holanda Cavalcanti, le había impuesto a Cervantes la prestigiosa distinción Río Branco que otorga el gobierno brasileño a quienes han cultivado el conocimiento de la cultura de esa región.

Una de las conferencias que daría Merquior en México sería precisamente sobre Machado de Assis

SOBRA DECIR que Merquior era educado y cosmopolita, gran lector de la literatura clásica europea en francés y en inglés. De hecho, yo le debo el conocimiento de un libro poco citado en estos años, las cartas de Lord Chesterfield a su hijo Standhope:

José Guilherme Merquior, el ensayista, filósofo y diplomático brasileño, en alguno de los recodos de su deslumbrante conversación, me citó de memoria en perfecto inglés algunos pasajes de las Cartas de Lord Chesterfield, alguna vez en una cena allá por 1988, a propósito de las buenas maneras y para subrayar, con las anécdotas recitadas en otro idioma, la grosería cometida a la mesa por uno de los invitados al tomar los cubiertos del vecino.3

II

A Merquior le interesó mucho que el Fondo de Cultura Económica hubiera publicado la Antología general de la literatura brasileña, de la hispanista brasileña y judía Bella Jozef (1926-2010). Esta autora había sido amiga de José Luis Martínez y me imagino que en su época fue muy digna de su nombre y siempre inteligente. Tenía, al igual que Merquior, una visión muy amplia de la literatura brasileña e hispanoamericana. Su libro fue cuidado para el FCE por el poeta mexicano Eduardo Langagne. Ella fue maestra durante muchos años y uno de sus discípulos es Marco Lucchesi, actual presidente de la Academia de las Letras de Brasil, que seguramente fue conocido de Merquior.

Una vez recibida la encomienda de escribir estas páginas me puse en contacto con quienes pensaba que pudieron conocer a Merquior. Entre ellos el diplomático mexicano Andrés Ordóñez. Su respuesta fue muy entusiasta:

Tuve mucho contacto con José Guilherme. Lo conocí en Londres. Yo estudiaba en el Departamento de Estudios Portugueses y Brasileños del King’s College y él, en sus años de encargado de negocios a.i. en el Reino Unido, acudía a menudo a las conferencias y seminarios del departamento. Su primer destino como embajador fue México y allí lo reencontré. Efectivamente, traduje su libro El marxismo occidental, que luego publicó [la Editorial] Vuelta, y durante el proceso viví un prolongado curso de filosofía política privado, con cena y whiskies incluidos. Escribía en portugués, inglés, francés o español, según lo necesitara. Por ejemplo, el libro que traduje lo escribió en inglés y el de Foucault en francés. Era impresionante ir de librerías con él. Parecía que todo lo había leído y lo más impactante era que recordaba todo lo que había leído, incluso era capaz de citar por página. Ya estando en México se manifestó su enfermedad. Su siguiente destino fue París, como representante permanente ante la UNESCO. Allí lo sorprendió la muerte. Además de su conversación y hospitalidad, tuve el honor de ser citado en una o dos ocasiones en sus escritos. Nunca he escrito sobre él y tal vez debería.

De las conversaciones con Merquior que recuerdo, ahora me viene a la mente, contrastándolas con el índice de la Antología general de la literatura brasileña, el nombre de algunos poetas que él citaba de memoria al paso de la conversación, y que habían tenido que ver con México o con Alfonso Reyes, como el mismo Bandeira o los poetas Roland de Carvalho o Cecilia Meireles. Del pasado colonial tenía una especial predilección por el libro Marilia de Dirceu, de Tomás Antonio Gonzaga, que en 2002 publicaría el FCE en traducción de Jorge Ruedas de la Serna, otro de los brasileróforos mexicanos, con un prólogo de Antonio Cándido. Años después de la partida de Merquior, Ruedas de la Serna me hizo conocer el disco Marília de Dirceu. Liras escritas no Brasil até 1792 del citado Gonzaga, musicalizadas y cantadas por la soprano Anna Maria Kieffer, publicado por el sello Bandeirante en 2000. Este disco incluye además la voz de Ruedas de la Serna y del eminente bibliófilo brasileño José Mindlin.

El marxismo occidental

III

Gracias también a José Guilherme Merquior tuve noticias de la obra de Nélida Piñon:

Me reunía a conversar [con él] una vez al mes. Merquior era hombre de una inteligencia natural, naturalmente educada. Alguna vez, hablando de Machado de Assis le pregunté si el autor de Dom Casmurro tenía alguna descendencia en la literatura brasileña contemporánea. No me contestó, pero minutos después, cuando ya estábamos hablando de Lawrence Sterne, dijo “sí, tal vez en Nélida”. “¿Por qué?”, insistí. “Por dos cosas: la primera que en ambos se da una evolución, un desplazamiento desde una mirada aparentemente compleja hacia una mirada aparentemente diáfana. Lo paradójico es que esa complejidad es transparente, esa transparencia, abismal. La otra razón, paralela, es que en ambos se dan, entrelazados y autónomos —como ha señalado Antonio Cándido para Machado—, un mundo superficial y un mundo subterráneo. Nélida Piñon ha practicado además un difícil ejercicio: el de hacer convivir las dos tradiciones de la literatura portuguesa y brasileña —la mística y taciturna y la realista y ética”. La opinión de Merquior me pareció tanto más generosa por cuanto pasaba por encima de ciertas diferencias políticas. Esa fue una de mis últimas conversaciones con mi querido amigo José Guilherme Merquior.4

La búsqueda de materiales de o sobre Merquior —como su discurso de ingreso a la Academia Brasileña de las Letras— me llevó a las estanterías de la biblioteca donde me encontré un par de sorpresas. La separata de “Patterns and Process in Brazilian Literature. Notes on the Evolution of Genre”, texto de la conferencia dictada en el King’s College de Londres el 19

de noviembre de 1985 y publicado en Portuguese Studies, vol. 3, 1987, con una dedicatoria manuscrita: “A Adolfo Castañón con la mejor amistad de José G. Merquior el II de 1988”. Un detalle me llama la atención: su escritura se parece a la de Borges, que también tenía caligrafía de patas de mosca. El discurso, que expone la dialéctica entre oralidad y escritura, se resuelve en una exposición hecha con brío y perspicacia del gran escritor brasileño Joaquim Maria Machado de Assis, uno de los autores más apreciados por Merquior. La dedicatoria de la conferencia tiene la misma escritura borgesiana que puso con tinta azul en el libro From Prague to Paris: “Para Adolfo Castañón, con un fuerte abrazo de José Guilherme. México, V, 87”.

João Guimarães Rosa (1908-1967).Fuente: revistaprosaversoearte.com.br

OTRO LIBRO DE GUILHEMERQUIOR —como le decía yo en broma— es la antología Crítica 1964-1989, uno de los últimos que publicó en vida, con el sello Editora Nova Fronteira. Cuando lo compré en Río de Janeiro, me sorprendió encontrar que en el índice de nombres, que podría considerarse como una recapitulación retrospectiva y acaso testamentaria, el de Octavio Paz se encontraba citado más de quince veces, poco menos que Ezra Pound, Heidegger, Kafka, Benjamin, Harry Levin y Manuel Bandeira, pero más que Fuentes (ninguna), Reyes (una) y George Steiner (cinco).

Todos estos autores formaban parte de la conversación desordenada y amistosa que se desarrollaba en los salones y pasillos de la editorial, en los trayectos en auto, en las visitas a la embajada o en los encuentros casuales —y no pocos hubo— en otras embajadas y casas de amigos, donde por una imantación entre casas grandes, pequeñas y fronteras visibles e invisibles nos acercábamos el uno al otro para seguir nuestro entretenido diálogo sobre Erico Verissimo y México, o sobre Gilberto Freyre, con cuyo pensamiento el de Merquior tenía no pocas afinidades. Este pensador era uno de los autores que volvían a nuestras conversaciones, como si fuese una suerte de cero o de signo matemático para invocar y aludir a esos relojes de la sociología que tienen que ver con los “tiempos perdidos”, la libertad y la conversación. Ahora pienso que el diálogo que sostuvo Freyre con Aldous Huxley es comparable al que Merquior sostuvo, siempre polémico, con Claude Lévi-Strauss o Michel Foucault. Esas divagaciones entre morenidad y modernidad que huelen de lejos a Freyre también sabían impregnar los trapos de la conversación que íbamos agitando en el aire no siempre transparente, pero embebido por la luz de otoño de esa Ciudad de México en la cual Merquior se sentía como pez en el agua.

En Crítica 1964-1989 descubro un par de artículos firmados o publicados en México, “Sobre la doxa literaria” (p. 357-371), firmado en “México, setembro de 1987” y “Gilberto depois”, escrito en español y publicado en Vuelta, en México, 1987. Merquior se revela ahí como un pensador que, desde la crítica literaria, articula un saber capaz de desenmascarar los oscurantismos disfrazados de humanismo, para frasearlo con una voz suya. Cita ahí a dos autores que no siempre se encuentran mencionados juntos: Octavio Paz y Luis Díez del Corral, salvo en los propios escritos de Merquior y en los de Castañón. Ésas y otras afinidades vuelven transparente la profunda afinidad intelectual y critica que nos unía.

Merquior llegó a México sabiendo a dónde llegaba
y a qué llegaba; como prueba la cauda de artículos que aquí publicó, su presencia, sus amistades y lecturas mexicanas

IV

Una de las conversaciones que tenía con Merquior giraba en torno a los viajeros y escritores brasileños que habían pasado por México. Dos eran los nombres que surgían en esas conversaciones: el del narrador Erico Verissimo, quien conoció nuestro país, viajó por él y publicó un libro titulado con su nombre, México, 1957. El otro era João Guimarães Rosa, quien viajó a México a principios de 1967 al congreso convocado por la Comunidad Latinoamericana de Escritores, promovido por Carlos Pellicer y José Revueltas, que tuvo lugar en la Ciudad de México y en Guanajuato.

Guimarães Rosa hizo amistad con Juan Rulfo, a quien había leído, admiraba y con cuya obra se daban corrientes profundas de simpatía y empatía, como ha hecho ver Horácio Costa, el crítico brasileño que radicó en México durante algunos años. Guimarães Rosa había venido antes al país, en los años cuarenta, para casarse con su segunda esposa, Aracy Moebius de Carvalho, pues en Brasil no existía el divorcio. Por otro lado, uno de los jóvenes colaboradores de Juan Rulfo en el Instituto Nacional Indigenista, Gilberto Sánchez Azuara, “recuerda que Rulfo se sabía de memoria cuentos de Guimarães Rosa y que él y la asistente de toda la vida de don Juan, Iraís Rodríguez, estuvieron a punto de grabar una de las historias del brasileño contada por el mexicano”.5 A Merquior le interesaba conocer los lugares que habían visitado ambos y creo recordar que viajó a Taxco, Cholula, Sayula y Jalisco, donde estuvieron juntos Rulfo y Guimarães Rosa.

De hecho, a Merquior le tocó inaugurar la Cátedra João Guimarães Rosa en 1987, poco después de haber llegado, gracias a los empeños de Walkiria Wey, Jorge Ruedas de la Serna e Ignacio Díaz Ruiz en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Guimarães Rosa había sido amigo de Manuel Bandeira, el amigo a su vez de Alfonso Reyes y tutor de Merquior. El libro de Erico Verissimo fue una de las guías literarias que tuvo Merquior al llegar a México. Por cierto, cabría rescatar el retrato y la entrevista que Erico Verissimo hizo al filósofo —y “profeta”, añadiría él.6

Antología General

MERQUIOR LLEGÓ A MÉXICO sabiendo a dónde llegaba y a qué llegaba; como prueba la cauda de artículos que aquí publicó, su presencia, sus amistades y lecturas mexicanas.

Cuando en enero de 1991 tuve noticias de su muerte acaecida en París el día 7 de ese mes, recordé todo lo que arriba he registrado y también que Merquior fue uno de los dos amigos escritores —el otro fue Alejandro Rossi— que me visitó en junio de 1988 para darme un abrazo de condolencias en el velatorio a donde habíamos llevado a mi madre muerta en un accidente ese día. Todavía recuerdo el ligero olor de su lavanda Roger & Gallet al abrazarme. Ese gesto selló la amistad que dicta estas líneas.

Notas

1 “Vuelta a Brasil en Reyes”, en Alfonso Reyes: Caballero de la voz errante, El Colegio de México, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2016, pp. 210-211.

2 Las menciones de Alfonso Reyes a Manuel Bandeira se encuentran Diario III. 1930-1936, edición de Jorge Ruedas de la Serna, Fondo de Cultura Económica, México, 2011, pp. XXVIII, XXXII, XXXIV-XXXVII, 41, 120, 230, 259.

3 “Cartas de Lord Chesterfield a su hijo”, publicado en Revista de la Universidad, 56, octubre, 2008, pp. 92-94.

4 Adolfo Castañón, América sintaxis. Algunos perfiles latinoamericanos, Editorial Universidad Nacional (EUNA), San José de Costa Rica, 2002, pp. 117-118.

5 Alberto Vital, Noticias sobre Juan Rulfo: 1784-2003, México, Editorial RM, 2004, p. 167.

6 Erico Verissimo, Mexico, Double Day & Company, Nueva York, 1962, pp. 210-264.