Las muelas del juicio final

El corrido del eterno retorno

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Muela del juicioFuente: facebook.com
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Maldita cuarentena, saca lo peor de uno mismo. En mi caso, una bronca con las jodidas muelas del juicio.

Hace unos días desperté con la jeta de un Totito. Ese chicle que fraguó mi infancia. Más duro que un bolillo con una semana de antigüedad. De morrito gastaba tardes enteras en el parque de beis. Había un don, al que apodaban precisamente el Totito, que llegaba con las bolsas del pantalón hasta la madre de chicles y repartía entre los aficionados.

Por fin ocurrió, pensé, pesqué una infección por bajarme por los chescos. Pero no había dolor. Sólo la hinchazón. Me miré al espejo, abrí la boca y lo descubrí. Tenía una encía irritada. Había tenido dolores de cabeza, dolor de mandíbula y me zumbaba el oído izquierdo. Jamás lo relacioné. Pensé que eran síntomas de mi acuciante ansiedeath. Pensé en Bukowski, a quien le faltaban varias muelas. Si el viejo indecente vivió sin varias piezas dentales, yo puedo coexistir con una encía molesta. Me tomé una pastilla y volví a la cama.

Durante los siguientes días la inflamación bajó, sin embargo, la molestia se estacionó en doble fila dentro de mi hocico. Era un dolor sordo, pero no interfería con mi vida. Podía comer, dormir, coger y cagar sin contratiempos. Hasta que el cachete se me volvió a inflar. Justo como la imagen de la envoltura de los Totito, que mostraba a un niño con una cachucha mascando una bola rosa de chicle.

Hace días desperté con la jeta de un Totito. Ese chicle que fraguó mi infancia

Me vi entonces inmerso en una disyuntiva. Acudir o no al dentista. Ante la pandemia que sufrimos, me pregunté si era menester. Qué caso tiene, me pregunté. Capaz que mañana me infecto del Covid (menos 19) y me voy pa’l otro barrio. Para qué chingados quiero llegar al infierno con la dentadura perfecta. Vengo de un barrio en el que acudir al dentista es tomado como un gesto de aburguesamiento. Pero la molestia no desaparecía. Estoy convencido que el encierro incide en los males del alma, pero también en los del cuerpo. En 42 años las muelas del juicio no se habían manifestado. Me daba toda la güeva del mundo, pero de todos modos fui. La incomodidad tiene un límite.

En resumen, un desmadre: una infección en las muelas del juicio. Y había que extirparlas. Me dieron antibiótico y un desinflamatorio por siete días. Lo que más me dolió fue que me restringieron el alcohol. Por eso no quería hacer la cita. Ya lo sabía. Y pues ni pedo: a chingarse y a joderse. Dirán que exagero, pero para un alcohólico no es fácil aventarse una semana sin el elíxir sagrado. A ver, pídanle a un político que no robe. Ah, ¿verdad? Está cabrón.

Vi un meme en las reses sociales que decía: “Cuando ya intentaste todo y no sanaste, queda la biodescodificación”. Programé una entrevista con una doctora que me pidió cerrar los ojos, respirar profundo y en mi imaginación tomar mis muelas de juicio, hacerlas bolita y tirarlas a un bote de la basura hipotético. Me preguntó si habían dejado de dolerme. Le respondí que no. De hecho me molestaban más. Me había concentrado tanto en ellas que me hice más consciente de la infección. Salí de ahí más resuelto que nunca a que me las sacaran.

El lunes me aplasté en la silla de la dentista y mantuve el hocico abierto casi dos horas. Estaba más anestesiado que las recepcionistas del IMSS, así que no sentí casi nada. Me estuvieron esculcando el hocico y jaloneándome el cachete con varios instrumentos de tortura. Primero empiezan leve, pero después viene la artillería pesada. Un picahielos nice que te hace añicos la muela. Luego con las pinzas la jalan para arrancarla de raíz. Creí que iba a estar más rudo, la verdad, aunque reconozco que mi umbral del dolor es elevado. Imagínense estar esperando al díler cuatro horas, nada se compara a ese horror.

Salí del trance con la cara peor. La jeta más hinchada que la de Maradona cuando fue a desintoxicarse a La Habana. La boca me sabía a sangre. Y el sabor no se fue. Sospeché que no me abandonaría nunca. Por fortuna estamos en tiempos de Covid así que el cubrebocas disimuló mi cachete de niño con paperas. Me hicieron varias recomendaciones antes de dejarme ir. No succione (qué bueno que no soy gay, suspiré), no coma grasas ni picantes, no se puñetié y trague nieve. Las molestias desaparecerán en dos días, se me advirtió. Un proceso infeccioso menos, me dije. Ahora nomás falta que salga la vacuna del Covid.

Me dieron mis muelas dentro de un ratoncito de plástico. Para conservarlas como recuerdo.