Noches no tan buenas

Al margen

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Tropas británicas desplumando pavos en Navidad, 1918.Fuente: Imperial War Museum
Por:
  • Veka Duncan

Hace unos días, Julia Santibáñez me decía en mi canal de YouTube que nos gusta sentirnos inéditos, pero en realidad casi todo lo que nos está pasando ya ha sucedido antes y está, casi inequívocamente, consignado en un libro. Y es tan cierto que, si bien las circunstancias y condiciones son distintas, esta temporada decembrina tan inusual tampoco es inédita; a lo largo de la historia hubo otras navidades en las cuales las tradiciones que celebramos año con año se vieron sacudidas por acontecimientos mundiales. Aunque la historia, por supuesto, no es cíclica y no se repite, de pronto vale la pena recurrir a ella para arrojar luz sobre los momentos inciertos que vivimos, no en busca de lecciones para evitar errores futuros, pero sí para reconfortarnos recordando que nosotros también saldremos de ésta, como lo hicieron tiempo atrás. Yo, al menos, necesito un poco de ese consuelo para sobrevivir lo que resta de este 2020.

ENTRE LOS AÑOS en que se han trastocado estas fiestas que percibimos como inamovibles e imperturbables, 1914 es quizá el más referido y no es de sorprender, pues se trata de la primera Navidad celebrada durante la Gran Guerra. A cinco meses del inicio del conflicto armado, los soldados británicos y alemanes acordaron un cese al fuego que los historiadores bautizarían como la Tregua de Navidad. Ante la indignación de sus superiores, preocupados por la fraternización entre quienes debían percibirse como enemigos, los soldados salieron de sus trincheras en diversos puntos del frente occidental para regalarse cigarros, intercambiar golosinas e, incluso, echar una cascarita en la Tierra de nadie (nombre con el que se denominó el terreno entre las trincheras). De acuerdo con testimonios de la época, fue iniciativa de los alemanes: durante la Nochebuena, al escuchar que los británicos cantaban villancicos al igual que ellos, les gritaron a través del alambre de púas proponiendo que ningún bando disparara al día siguiente. La mañana del 25 no sólo respetaron la tregua, sino que convivieron con sus adversarios y se tomaron fotografías entre la nieve, compartiendo tradiciones.

Lo insólito de esa Navidad ha hecho que muchos pongan en duda la veracidad del acontecimiento o señalen que la historia lo ha romantizado, pero gracias al esfuerzo de instituciones como el Imperial War Museum del Reino Unido, sabemos que ese episodio del 25 de diciembre de la Primera Guerra Mundial está perfectamente documentado en fotografías, periódicos y entrevistas. Esto, desde luego, no significa que la tregua se haya celebrado a lo largo y ancho del frente; tampoco podemos afirmar que el espíritu de fraternidad se extendió por todas las trincheras. En algunos puntos simplemente fue un gesto de humanidad para permitir a cada ejército recuperar los cuerpos de sus soldados caídos y enterrarlos dignamente, mientras que en otros, el combate no paró —esa misma Nochebuena, por ejemplo, los germanos bombardearon la ciudad inglesa de Dover.

La mañana del 25 no sólo respetaron la tregua,
sino que convivieron con sus adversarios y se tomaron fotos

La Tregua de Navidad se ha usado una y otra vez como ejemplo de nuestra capacidad para la compasión y ha sido retomada como prueba fehaciente de que la Navidad es en efecto una época mágica, pero lo cierto es que ese ánimo de apoyo mutuo duró muy poco. Desde que comenzó a correr la noticia, los oficiales y las autoridades desalentaron este tipo de convivencia, pues apoyaba una empatía hacia el adversario que contradecía la imagen que la propaganda buscaba construir. Aunado a esto, a medida que la guerra se volvía cada vez más brutal se fue perdiendo cualquier interés por recordar aquel acto de solidaridad por parte del enemigo. No volvió a suceder una tregua similar.

Para 1918, el año del armisticio, se vivió otra Navidad fuera de lo común, que pocos quieren rememorar. Alemania se había rendido en noviembre, sin embargo, los aliados se negaron a levantar el bloqueo que limitaba la entrada de comida por la frontera teutona, un esfuerzo encabezado por los británicos, sin ninguna consideración por el espíritu navideño que tan sólo cuatro años antes les había hermanado. Al duelo causado por la guerra, esa Navidad se sumaban las pérdidas de los miles que no sobrevivieron al hambre, así como el de las víctimas de la Gripe Española, que ya azotaba Europa.

LAS NAVIDADES de la Primera Guerra Mundial sin duda han sido las más dramáticas, el material perfecto para una película épica o una novela que se lee a moco tendido, pero no han sido las únicas fechas agitadas en la historia de las fiestas decembrinas. De este lado del charco también hubo celebraciones azarosas, como la de 1851, cuando se quemó la Librería del Congreso de Estados Unidos. Aquella Nochebuena, los ciudadanos de Washington D. C. se conmocionaron ante las llamas que consumían dos tercios del acervo de la biblioteca más importante del país, alrededor de 35 mil volúmenes. Entre los libros irremediablemente perdidos entre las cenizas se encontraban los que pertenecieron a Thomas Jefferson, uno de los principales impulsores de la institución. En una triste ironía, los libros del tercer presidente de Estados Unidos habían sido adquiridos tras el incendio provocado al Congreso por tropas británicas en 1814, como un esfuerzo por reconstruir su colección.

Finalmente, en un recuento de las navidades más inusuales de la historia no puede faltar aquella inverosímil —y ya citadísima— iniciativa mexicana de sustituir a Santa Claus por Quetzalcóatl. Era 1930, apenas iniciaba la fugaz presidencia de Pascual Ortiz Rubio y el aire seguía impregnado de un profundo sentimiento anticatólico que se arrastraba de la Guerra Cristera. De pronto, en un extraño acto que hoy quizá podríamos interpretar como descolonizador, el gobierno en turno anunció que, a partir de ese año, el dios mexica sería el encargado de entregar los regalos de los niños mexicanos. A la noticia le seguiría un magno evento en el hoy extinto Estadio Nacional, pero la tradición nacionalista no duraría mucho; al año siguiente el gordito barbón volvería a reclamar su lugar en estas tierras tan lejanas al Polo Norte.