Pachecos everywhere

El corrido del eterno retorno

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Por:
  • Carlos Velázquez

Para ser alguien al que no le gusta la mota últimamente me he discutido demasiadas gotas de THC. 

Una maldición pende sobre mí: me persiguen los pachecos.

Los señores del karma son implacables. Borges se volvió ciego, Ron Jeremy está en prisión por delitos sexuales y a mí me tocan editores, parejas y amistades amantes de la fritanga. Pinche vicio de soldados.

Cuando naces en un barrio bravo las drogas son asunto cotidiano. En mi colonia había pocos malandros. Pero estaba rodeada por puros barrios pesados. Y donde hay cholos hay mota. Además, a unos quinientos metros, un callejón desembocaba en una zona repleta de cantinas. En aproximadamente cinco o seis calles se desplegaban unas cuarenta. Aquello era el paraíso. Creo que gracias a eso me gusta el vicio y los viciosos. Ahí circulaba mota, por supuesto, pero también coca. Y el alcohol nunca hacía falta. El Gota de Uva, por ejemplo, cerraba hasta las cinco de la mañana. Ahí transcurrió mi infancia y mi adolescencia.

No recuerdo la primera vez que entré en contacto con la mota. Los domingos en la mañana nos brincábamos a una primaria para unas retas de básquet en la cancha. Casi todos fumaban mota para jugar. A mí nunca se me ocurrió. Conviví años con esa raza pero mi primer amigo pacheco de verdad fue La Peineta. Y desde entonces no dejo de atraer mariguanos.

No es habitual la relación entre un pacheco y un coco. Cuando conocí a La Peineta todavía no había probado la soda, pero ya estaba en mi destino que me aficionaría a ella. Antes de eso pasé mucho tiempo con La Peineta sin hacer nada, sólo escuchando discos, vagando y canasteando. Cada uno en una soledad particular. Un pacheco hace conexión con otro a través del toque. Ignoro por qué yo hice match con un mariguano. Ambos somos adictos y eso nos empata, pero lo más ordinario habría sido que buscáramos una compañía más afín.

La mota es ocio. El Conejo sale de trabajar y se encierra en su casa a fumar. Ya ni siquiera pistea 

La Peineta me presentó a otro pacheco: El Pájaro.

Con él también pasé tardes eternas de ocio mientras fumaba sin parar y yo no. De entre todas las clases que he conocido este par pertenecen al tipo férreo. No son militantes, de esos que todo el tiempo te hablan de los beneficios de la mota, pero son el típico mariguano que no puede estar más de dos horas sin fumar. El Pájaro se ahorcó en el 2015, de seguir vivo estoy seguro que ya empezaría a cosechar mota en su patio.

Otro mariguano ejemplar es La Paleta Payaso. La mota es ocio. El Conejo es un caso que lo ilustra a la perfección. Sale de trabajar y se encierra en su casa a fumar. Ya ni siquiera pistea. Se toma un par de chelas y se acabó. Y tampoco sale de su casa. Todo le da güeva. Ir por unas burgers le parece una tarea descomunal. Es el prototipo del mariguano retratado en el cine. Parece salido de Kids. Gasta sus días en jugar FIFA bien grifo. Pero La Paleta Payaso es un usuario activo. Fuma todo siempre pero siempre está en movimiento. Es un vagabundo de tiempo completo.

La calle es su mayor droga.

Lo mismo pasa con mis editores, sobre todo con el Joven Johnston. Se mete cantidades estratosféricas de mota pero no deja de hacer cosas. Edita, traduce, escribe columnas y ensaya con su banda de rock. Fue él quien me introdujo a las gotas de THC. Con las gotas me ocurre lo mismo que con la mota fumada, me tiran de una manera que no me explico. Me hacen dormir demasiado. Es ridículo que me pueda meter gramos de coca más veinticinco cervezas y siga en pie, y que unas gotas me manden a la lona. Pero como buen adicto soy un aferrado y cada que puedo me pego mi gotiza.

Hace un tiempo comencé a salir con una morra que era bien mariachi. Se fumaba diez churros al día. No me escandaliza. No tengo ningún tipo de autoridad moral para juzgar a la gente por lo que consume. Porque además, como ya he dicho en otras ocasiones, para mí la mota no califica como droga. Sólo da sueño y hambre. Y nunca he visto a un pacheco asaltar un banco. No es que no tenga ganas, es que le gana la güeva. Lo que me asombra es su dedicación para entregarse a la mota. Todo ese tiempo que le dedican a limpiar la yerba, a destroncharla y a forjar. Si esa energía fuera invertida en combatir la hambruna en África el mundo sería un lugar mejor.

Luego volví a salir con otra chica y resultó también ser pacheca profesional. Estoy condenado a convivir con puro mariguano.