Los pasos de Ibargüengoitia

Sucede con los escritores que se vuelven imprescindibles: nunca faltan motivos para revisitarlos. En el caso
de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), además de cultivar con generosidad el teatro y el periodismo —reunidos en volúmenes por demás disfrutables—, fue en la novela y en un libro de cuentos donde pareció alcanzar su expresión más hilarante y aguda. Sin ostentarse como un crítico literario, José Woldenberg recorre en dos entregas, como un lector puntual, los títulos de ese trayecto narrativo que brinda al autor un lugar privilegiado en la literatura mexicana: lo comunica y sintoniza con la historia, la vida cotidiana y los habitantes de un país que todavía se reconoce en sus páginas.

Jorge Ibargüengoitia
Jorge Ibargüengoitia (1928-1983).Fuente: twitter.com
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Hace algunos meses platicaba con Gil Gamés en su amplísimo estudio. Para molestarlo, le dije que el país entero trabajaba para él. Que su labor no era buscar material sino más bien desechar declaraciones, acontecimientos, programas, porque la realidad era un surtidor inagotable. “Trabajan para ti”. Ahora que he vuelto a revisar buena parte de la obra de Jorge Ibargüengoitia me doy cuenta de que el país y su historia también trabajaron para él. Encontró un manantial inacabable y lo explotó con gracia y sensibilidad.

No soy ni pretendo ser crítico literario. Respeto mucho a quienes sí lo son. Pero la larga reclusión obliga (o me obliga) a salir de la rutina y buscar otras tareas. Y las notas siguientes deben entenderse como eso: un esfuerzo por no perder, del todo, la salud mental, ya de por sí bastante amenazada.

LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO

Si Cervantes escribió El Quijote como una reacción ante las novelas de caballería, Ibargüengoitia construyó Los relámpagos de agosto como una parodia de la novela de la Revolución Mexicana1   y, más específicamente, de los testimonios de los revolucionarios.2

Se trata de una farsa inspirada en el asesinato de Obregón (aunque en la novela el presidente electo muere de una apoplejía); en la fuerza política y hegemonía de Calles. Remite a los levantamientos armados de De la Huerta (1923) y Escobar (1929), al asesinato de Francisco Serrano (1927); a la importancia estratégica que tiene el ejército y a sus facciones volátiles; a los intentos por construir un partido que reúna a todos los que se sientan herederos del movimiento armado, en especial, los militares; en fin, al núcleo de la política mexicana de los años veinte del siglo pasado.

Ibargüengoitia es capaz de trascender la solemnidad de sus antecesores al inyectar dosis de ironía fenomenales y convertir el dramatismo de los acontecimientos en una farsa hilarante. Ya para los años sesenta del siglo XX, la Revolución y su secuela se encuentran deslavadas. Desde el poder político se les invoca como una fórmula legitimadora, pero amplias franjas de la sociedad (modernizada) difícilmente pueden identificarse con aquellos acontecimientos. Son historia lejana y su explotación política, machacona, ritual, las ha petrificado.

El general José Guadalupe Arroyo escribe sus memorias para aclarar y desmentir los testimonios de sus excompañeros. Es, como se estila en el género, un texto autocelebratorio y feroz contra sus enemigos. Eso lo hace mordaz y rotundo. Nadie que se defienda a sí mismo en una época de levantamientos, traiciones, alianzas coyunturales, puede explicar con verdad los acontecimientos.

Los excesos son vistos como algo natural, propio  de la política. Ibargüengoitia tiene no sólo la capacidad
de develarlos sino de edulcorarlos

Su trayecto hacia el abismo inicia con una noticia prometedora. El presidente electo lo invita a incorporarse a su gobierno, como su secretario particular. Por supuesto, Arroyo “se dirige al Casino a festejar”, “por fin sus méritos han sido reconocidos”, no hay felicidad superior que encontrar un cargo importante en la nueva coalición de gobierno. Pero el gozo se irá al pozo porque en el trayecto que lo trae hacia la capital, el presidente electo muere. Y entonces empiezan las vicisitudes de don Guadalupe.

La fortuna, en tiempos convulsos, es caprichosa. Más aún si en el velorio del Jefe, en un desplante justiciero, nuestro personaje lanza a una tumba abierta a quien él cree que robó el reloj del muerto y quien resulta ser ni más ni menos que el presidente interino. Luego la viuda encontrará el reloj... pero el daño está hecho.

Ibargüengoitia juega con los personajes: el Jefe Máximo o presidente en funciones controla y fortalece los lazos de su poder, los generales se unen y desunen conforme creen que sopla el viento, los diputados no son más que figuras decorativas salvo cuando se les necesita para cumplir con algún formulismo de la Constitución (como es el nombramiento del presidente interino) y nadie quiere quedar fuera del juego, que en momentos de renovación del Ejecutivo tiene un nombre que Ibargüengoitia no usa: la cargada. No es oportunismo, dirían, es inteligencia política.

Conocedor de los códigos de la política mexicana, el novelista intuye los de la década de los veinte. Podría convertir su recreación en un panfleto indignado, un ensayo sobre los militares y el poder, una narración sombría sobre la violencia y la traición. Prefiere, sin embargo, otro acercamiento: distanciado y gozoso. Distanciado porque observa una serie de acontecimientos añejos, que marcaron otra época, y que con el paso del tiempo mutan de trágicos a cómicos. Como si los afanes y desventuras de los hombres estuvieran condenados, con el tiempo, a volverse el revés de lo que fueron.

Son generales proclives a pasarse por el arco del triunfo la Constitución y las leyes; nada les importa eso que otros, más adelante, llamarán opinión pública. Saben que en ellos está el poder que otorgan las armas y que como herederos y usufructuarios del movimiento armado, la lucha por los cargos estatales es entre ellos. El resto es fauna de acompañamiento. La lógica es contundente: el conciliábulo de generales ha decidido que Valdivia sea el próximo presidente. ¿Qué hacer entonces? Valdivia toma la palabra:

¿Quién decide quién es Presidente? El anterior. ¿Quién es el anterior? El Interino. ¿Quién nombra al Interino? La Cámara. ¿Quién domina la Cámara? Vidal Sánchez [el presidente en funciones]. Entonces es muy fácil. Basta con arreglar con Vidal Sánchez un interinato para Artajo, quien a su vez arreglará una elección con mayoría aplastante para un servidor de ustedes.

Ibargüengoitia

El pequeño detalle es que Vidal Sánchez se les adelantará.

No hay cinismo sino apego a la realidad. Se trata del pragmatismo arrollador que postula no sólo que el fin justifica los medios, sino que todo medio es aceptable si sirve para alcanzar el fin. Ibargüengoitia no se desgarra las vestiduras, devela la lógica de los actores y esboza una sonrisa juguetona. Porque el juego consiste en construir una farsa donde otros descubren un drama. Las diversas situaciones edifican dilemas, pero resultan sencillos: “Si hay una aplanadora, más vale estar encima que debajo de ella”.

¿Qué sucede entonces si alguien acusó al nuevo presidente interino de ratero y lo lanzó a una fosa abierta en el panteón? Puede rebelarse contra la decisión, intentar un magnicidio; pero los sabios amigos sugieren pedir perdón. La fortuna se ha convertido en desgracia y el futuro se angosta de manera inmediata. No obstante, el presidente en funciones, calculador, le ofrece a Arroyo la jefatura de la Zona Militar de Vieyra. Algo es algo y se abre un paréntesis hasta que el enemigo tome posesión del cargo.

Los relámpagos de agosto es también la crónica de los abusos del poder sin contrapesos, de los caprichos convertidos en política, del uso de la fuerza para hacer avanzar intereses particulares. Nada nuevo, diría alguien. Lo inédito, sin embargo, es el tratamiento: extender la lógica del poder hasta extremos que rayan en el delirio, colocar los caprichos como el motor que otorga sentido a los actos, a la fuerza como el único lenguaje que entienden y valoran los generales. Al final, los excesos son vistos por los protagonistas como algo natural, propio de la política. Ibargüengoitia tiene no sólo la capacidad de develarlos sino de edulcorarlos como los afanes de unos pobres diablos cuyas ambiciones no dejan de ser risibles (como las de todos, quizá).

En el momento electoral existe la iniciativa de construir un solo partido que cobije a todos. Y todos son el PUC, el FUC, el MUC, el POP, el MFRU, el CRPT, más el PRIR y el PIIPR. Todo cabe en un jarrito... Es la ambición del presidente, pero no falta el general sagaz que se pregunta qué ganan ellos, porque “la repartición de puestos no iba a alcanzar para recompensar a todos en un partido tan numeroso”. En efecto, el método preferido hasta entonces por los generales era el levantamiento, luego del cual los triunfadores gobernaban y los perdedores partían al exilio, al presidio o a mejor vida. Una fórmula costosa pero contundente, clara y sin remilgos. (Recordemos que la fundación del PNR intentó ofrecer un cauce a todos los caudillos, militares y organizaciones que se adscribieran a la ola revolucionaria, para pasar no sólo de la época de los caudillos a la de las instituciones, como dijo Calles, sino de la violencia a una cierta paz).

En el terreno electoral, en el que nadie cree, el expediente se cumple con un programa claro: difamar a los adversarios. Y mientras sigue girando la rueda de la fortuna política, los actores intrigan, se adulan mutuamente y hablan pestes cuando alguno da la espalda; pactan, desertan, se reacomodan. Una vorágine que a todos envuelve y en la que el azar parece jugar un papel fundamental. Los intereses del pueblo y el ideario de la Revolución son invocados una y otra vez, pero lo cierto es que esa retórica tiene un uso convencional. Lo que en verdad importa es tener las armas y los hombres suficientes y para ello se requiere dinero. El general Arroyo lo sabe: “Las clases populares siempre se han mostrado muy generosas con su sangre... Pero nunca se ha sabido de un ejército que se mueva con donativos populares”.

Los movimientos de los alzados no cesan, pero carecen de coordinación y en ocasiones de sentido. Si dudan entre atacar o no, la lógica se impone: “No sabemos cuántos hombres tiene Macedonio... Vamos a atacarlo y si nos gana, es que no teníamos fuerza suficiente, y si no, es que sí”.

Los derrotados, dispersos, tomarán distintos rumbos, incluyendo el del panteón. Pero el general Guadalupe Arroyo saldrá al exilio en Estados Unidos, del que regresará —lo sabemos por el epílogo— cuando un nuevo presidente expulse a su vez al exilio a Vidal Sánchez.

La historia, así, adquiere otro significado: una comedia sangrienta donde los papeles son intercambiables y los personajes prescindibles, porque todos sus esfuerzos están condenados a una desembocadura cruel: con el paso del tiempo, lo que se vivió con pasión, esperanza y miedo sólo puede verse como una mascarada.

Es una veta que al parecer gusta
a Ibargüengoitia: la del tipo
que hace todo por llevarse a la cama
a su compañera sin lograrlo.
En efecto, no hay nada más jocoso que
los intentos vanos de un galán frustrado

LA LEY DE HERODES

Cuentos y más cuentos.

En los años sesenta ya había pasado la llamada época de oro del cine mexicano. Esas películas que construyeron los grandes iconos, realizadas con extremo y gozoso cuidado artesanal, basadas en argumentos ingeniosos y esmerados, una fotografía pulcra e inspirada, con sello propio. La producción decayó en número y calidad. Y si bien en 1964 se convocó al Primer Concurso de Cine Experimental, que anunciaba nuevos temas, tratamientos y autores, lo cierto es que un cine anodino, conservador y con escasa imaginación, salvo contadas excepciones, inundaba las pantallas.3

El primer cuento del libro, “El episodio cinematográfico”, inicia cuando una poetisa y argumentista le propone al narrador escribir, junto con otras dos personas, el guión de una película que debe conjugar los siguientes elementos: “La amante del Gerente del Banco de Auxilio Agropecuario, una hacienda abandonada en el estado de Morelos, un oso amaestrado y su compañero inseparable, un niño oligofrénico y chimuelo”. Se le ocurre que la vida de Sor Juana Inés de la Cruz puede conjugar de buena manera a la amante y la hacienda, pero en efecto resulta difícil incluir al oso y al niño oligofrénico. Y por ahí continua el relato. Una sátira de los usos y costumbres en el cine, de la imposible colaboración entre los guionistas, de los proyectos condenados a la basura. Ibargüengoitia estira la liga buscando la sonrisa amable y cómplice del lector. No pontifica sobre lo que debe ser la industria cinematográfica, entiende que sus faenas pueden ser útiles para un divertimento.

En un ambiente sobreideologizado y en el contexto de la Guerra Fría, donde izquierdas y derechas fijan identidades rotundas, el narrador reconoce:

Sarita me sacó del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo entender que todos los hombres somos iguales, que el único ideal digno es el de la lucha de clases y la victoria del proletariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para destruirme después con una indiscreción. (“La ley de Herodes”).

¿Y cuál fue esa indiscreción? No sólo las vicisitudes para lograr una beca de la Fundación Katz, sino una humillación específica, la del examen médico para detectar úlceras en el recto que significó ser “doblegado por el imperialismo yanqui”.

Obtener la beca de una fundación estadunidense y el tacto rectal son los componentes fundamentales de la deshonra. El enemigo ha cometido una especie de violación y, peor aún, con el consentimiento del escritor. Nada volverá a ser como antes.

De la misma forma rememora la presencia de Bloomsbury en México, y el rumor de que era agente de la CIA. Un hombre ubicuo, por supuesto gringo, que se pasea por los círculos intelectuales y es acompañado de un aura de murmullos que lo señalan como sospechoso. Nada que se pueda documentar, nada producto de alguna certeza. Todo es fruto de ese ambiente plagado de suspicacias que fue propio de aquellos años, más un fruto del ocio y la paranoia que de la auténtica vida de los espías. (“Conversaciones con Bloomsbury”).

La posibilidad y el ensueño de que “ella” sea su amante (“La mujer que no”) sin jamás lograrlo. Encuentros, desencuentros, promesas, aproximaciones, momentos apropiados... que no llegan a consumarse. “Búscame mañana”, “esto es para ti”, citas programadas por ella que concluyen en un “espérate”.

El fracaso recurrente de un seductor en potencia. Muchos tiros a gol y ninguno entra a la portería. Resignado, concluye: “Las mujeres que no he tenido son más numerosas que las arenas del mar”. En un mundo de machos que suelen ostentar sus conquistas, que presumen de aventuras reales y ficticias, que expanden su ego contando sus lances sexuales, aunque sean imaginarios, Ibargüengoitia construye un antihéroe. El que está a punto, el que es buscado por “ella”, el que quiere... y es congelado.

En otro cuento relacionado con éste, el narrador desmiente el rumor de que él y Julia, a quien conoció en la Facultad de Filosofía y Letras, alguna vez fueron amantes, ya que nunca pasó de ser su confidente (“La vela perpetua”). Una comedia de equívocos que propicia habladurías, pero en la cual el presunto amante jamás alcanza ese añorado estatus. Y algo similar narra sobre su relación con Blanca, con quien tuvo oportunidades sin que al final pasara a mayores (“¿Quién se lleva a Blanca?”). Es una veta que al parecer gusta a Ibargüengoitia: la del tipo que hace todo por llevarse a la cama a su compañera sin lograrlo. Y, en efecto, no hay nada más jocoso, visto desde fuera, que los intentos vanos de un galán frustrado.

Sin embargo, en “What became of Pampa Hash?” el ligador logra su propósito. Y con una gringa: el sueño no tan contenido de millones. No faltan los esfuerzos por llamar su atención y cuando se consuma la conquista, descubre las cualidades de la dama, por ejemplo:

Habíamos nacido el uno para el otro: entre los dos pesábamos ciento sesenta kilos... comía una cantidad considerable de filetes con  papas... tenía la teoría de que 1 % era una propina aceptable... bastaba dejar dos minutos un brazo bajo su cuerpo para que se entumeciera... todo le parecía muy caro...

Comentarios desparramados a lo largo de la historia convierten la conquista en un suplicio. El penúltimo episodio sucede en una fiesta donde Pampa Hash, “como Mata Hari alrededor de Shiva”, acaba bailando alrededor de un danzarín que parece Fred Astaire. El ensueño convertido en pesadilla, pero la remembranza es graciosa, incluso querendona, lo que otorga al relato un toque de levedad agradecible.

En “Manos muertas” el personaje quiere comprar un predio en Coyoacán, pero el asunto no resulta sencillo. El vendedor es un prestanombres de la iglesia que legalmente no puede ser dueña de esos terrenos. La firma de la escritura está diseñada para “taparle el ojo al macho” y cuando después de varios años el comprador está en condiciones de construir el enredo se hace mayúsculo. Ibargüengoitia recorre los laberintos de los negocios y la burocracia sabiendo que son insondables y sorpresivos. Nada es transparente ni lineal. Resolver un trámite sólo es el escalón para toparse con otro más complicado. Los personajes de Kafka se enfrentan a enemigos inasibles y superiores a ellos por omnipresentes y todopoderosos; los de Ibargüengoitia también, pero al reconstruir los hechos intuyen que no hay de otra, las cosas son así. Una certeza redonda, deprimente, que en retrospectiva no es sino el cumplimiento de una ley de vida (por lo menos entre nosotros).

Ladrones de casas, mendigos, veladores, jardineros, plomeros desfilan en el “Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos”, y todos intentan pasarse de vivos. La mayoría lo logra y la víctima es el inquilino que habla en primera persona del singular. El mendigo da sus rondines y siempre encuentra un recurso para ganarse unos pesos o ropa o comida; la mujer del cuidador dice que éste murió para obtener alguna recompensa; todas las relaciones son asimétricas y quien tiene más saliva traga más pinole. Ni siquiera son abusos, sino parte de la picaresca de quienes viven al día: un mural de tipos sagaces y medio pillos que le dan sabor a la existencia.

El autor narra su etapa de vacas flacas y las vicisitudes para conservar su casa hipotecada (“Mis embargos”); sus aventuras, junto con Manuel Felguérez, para asistir al “Jamboree” de los  boy scouts, celebrado en Francia y los estropicios que realizaron en él (“Falta de espíritu scout”). Son, otra vez, estampas de abusos, grillas, laberintos burocráticos y legales, de las que el personaje central sale airoso. No tanto por sus habilidades o conocimientos sino porque la inercia o el azar resultan eficientes.

El conjunto de cuentos tiene el toque intransferible de un escritor que desde el poderoso filtro de la ironía narra de manera directa, limpia, sin circunloquios, y que sabe o intuye que en el revés de un relato siempre existe una dosis mayor de comedia que de drama.

El escritor con su esposa Joy Laville (1923-2018), en 1973.Fuente: falconvoy.com

MATEN AL LEÓN

La historia transcurre en 1926 en Arepa, isla del Caribe. República Constitucional, “su presidente, el Mariscal de Campo, don Manuel Belaunzarán, el Héroe Niño de las Guerras de Independencia... llega al término feliz de su cuarto periodo en el poder, máximo que le permite la ley”.4

Algunas estampas servirán para recordar el tono de aquel divertimento y a quienes no lo han leído quizá les abra el apetito.

1. Ley al gusto. Si la ley impide una nueva reelección, pues entonces debe modificarse la ley. Una manifestación popular así lo reclama y el orador, “subido en una barda”, proclama: “Durante veinte años el Mariscal Belaunzarán ha velado por los derechos del pobre. Durante veinte años ha conducido a este país por los senderos del progreso. Pidámosle que no nos abandone. Pidámosle que acepte la candidatura por quinta vez”.

A su vez, la Cámara de Diputados acepta que los tres legisladores de la oposición (Partido Moderado) abandonen el recinto porque tienen que ir a un sepelio. Y cuando salen de la sala, los siete diputados oficialistas (Partido Progresista) eliminan el párrafo que dice: “podrá permanecer en el poder durante cuatro periodos como máximo y no podrá reelegirse por quinta vez”.

2. Cooptación. El Partido Moderado decide postular como su candidato a la presidencia al ingeniero Cussirat quien, luego de años fuera, vuelve a la isla piloteando su propio avión. Belaunzarán lo invita a platicar. Luego de varios rodeos llega al punto. Dice: “El momento ha llegado de emprender la creación de la Fuerza Aérea Arepana... Quiero que usted se encargue de todo... Lo nombro comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, con grado de Vicealmirante del Aire. Se va a Europa, por cuenta del gobierno, y compra seis aviones de caza... ”. Ante las dudas de Cussirat, el presidente es enfático: “Todo está calculado. Formar una fuerza aérea es... un factor de prestigio, que tarde o temprano redundará en beneficio nuestro”.

3. Sumando al adversario. Cussirat, sin aceptar la oferta, se retira de la contienda. Pretende asesinar al presidente. Cuando fracasa, tres legisladores del Partido Moderado son pasados por las armas, acusados de atentar contra la vida de Belaunzarán. Eran inocentes. Una nueva comisión del Partido va a ver a Belaunzarán, quien les dice (suprimo las reacciones):

—La Cámara ha quedado desequilibrada. Un debate acalorado podría conducir a la aprobación de leyes... perjudiciales... Para resolver esa situación, se me ha ocurrido que quizá la solución más expedita consistiera en que yo, personalmente, nombrara tres sustitutos... que contaran, desde luego, con el apoyo y la confianza del Partido Moderado... Son ustedes tres... Una vez ustedes en la Cámara, restablecido el equilibrio, tendrían oportunidad de hacer muchas cosas... (Pero) tendrán que hacerme un favor... Es muy sencillo: consiste en proponer la creación de la Presidencia Vitalicia... Este país necesita progreso. Para progresar necesitamos estabilidad... Otra cosa que sería conveniente es que el Partido Moderado, que no tiene candidato, me nombre a mí. De esa manera matamos dos pájaros de un tiro. El Partido Moderado podrá participar de mi triunfo, y evitamos el peligro, muy remoto, de que la Presidencia Vitalicia caiga en manos de algún desconocido.

Estos fragmentos ilustran las prácticas de los gobiernos autoritarios y dictatoriales de América Latina: la manipulación de la ley y la cooptación de los adversarios. Son fenómenos conocidos y documentados. Ibargüengoitia los devela con una sonrisa, exhibe su incoherencia, ilustra el cinismo mayúsculo que los preside.

El conjunto tiene el toque intransferible de un escritor que sabe  que en el revés de un relato siempre existe una dosis
mayor de comedia que de drama 

ESTAS RUINAS QUE VES

“Hermosa provincia mexicana” era un eslogan televisivo. Eso descubre, con ironía, Ibargüengoitia en Estas ruinas que ves. Un cuadro pintoresco de la clase media de Cuévano: endogámica, mocha, pretenciosa, protocolaria, semiilustrada, con ínfulas de ser algo más. Y al mismo tiempo chismosa, pícara, con hombres parranderos y mujeres “virtuosas”.

Los personajes resultan ilustrativos: Francisco Aldebarán, que vuelve a su terruño para ser profesor de literatura en la Universidad; el doctor Revirado y su mujer la Rapaceja, médico reconocido y su proba dama; Enrique Espinoza, el abusivo profesor de filosofía y Sarita, proclive a pintarle el cuerno; el Gordo Villalpando, gobernador del estado de Plan de Abajo; Sebastián Montaña, el grillo rector de la Universidad; Malagón, el maledicente profesor de historia; el ingeniero Rocafuerte, fuereño, cuya misión es venderle al gobernador un sistema de cómputo millonario; Gloria Revirado, la guapa hija del doctor y estudiante de literatura; “los siete sabios de Grecia”, que ni son siete, ni sabios y por supuesto nada tienen que ver con Grecia. Una galería de personajes que genera los conflictos y situaciones más sorprendentes.

Los habitantes de Cuévano se sienten orgullosos de su ciudad, la consideran “la Atenas de por aquí”, recuerdan con satisfacción las glorias pasadas y veneran a sus hombres ilustres. El clima rancio de quienes viven más con los ojos puestos en el pasado que en el incierto futuro. Y en ese ambiente se producen uno tras otro los episodios de una comedia disparatada.

El profesor Espinoza da la bienvenida a Aldebarán diciéndole que vio su artículo sobre Las Soledades de Góngora. Este último, orgulloso, empieza a disculparse, le hubiera gustado tener más tiempo... Pero Espinoza lo interrumpe: “Vi su artículo, pero no lo leí... Yo nunca leo los suplementos culturales”. Me recordó a un buen amigo que decía: “Cuando te dicen que te vieron en televisión te están diciendo la verdad. Te vieron, pero por supuesto que no te escucharon”.

Hay una competencia incesante por demostrar quién sabe más. Un personaje afirma: “Al atardecer los cerros de Cuévano se tiñen de color rosa. Esto lo dijo el Barón de Humboldt”. “¡Qué Barón de Humboldt, ni qué ojo de hacha! —dijo Malagón— eso lo dijo Gabriela Mistral cuando pasó aquí dos días en 1924”. Discusiones intrascendentes que se desvanecen. Esa fórmula de citar a personajes para ganar un debate o imponer una opinión, que llevaba a otro buen amigo a saludar así: “Como decía Lenin, muy buenos días”. La cita como criterio de autoridad.

El Gran Cañón del Colorado es una cantina donde bajo una luz fluorescente, los hombres se reúnen a chupar, cotorrear y jugar dominó. Ahí, un borracho impertinente decide mear a los contertulios. Otros parroquianos “lo abrazaron, le pusieron una zancadilla, lo tumbaron al piso, se revolcaron con él, lo llevaron a la puerta y le dieron puntapiés”. Osos de cantina, pleitos de briagos, momentos grabados en los anales de Cuévano.

El ingeniero Rocafuerte, por su parte, tiene una misión de negocios que sólo puede cuajar con el acuerdo del gobernador. El intermediario de la transacción es su futuro suegro, el doctor Revirado, pero la firma del Gordo Villalpando se retrasa. Se trata de una “empresa” que puede crecer al amparo del poder político o simplemente es inviable. No parece una cuestión provinciana sino un modus operandi de la República. La ancestral fórmula que anuda relaciones personales y prósperos negocios.

Parte medular de la trama consiste en un equívoco (fruto de una broma). Malagón le dice a Aldebarán que “Gloria (Revirado) nació con un defecto en una arteria... un corazón grande pero enfermo... no tiene remedio. El día en que Gloria haga el amor por primera vez y tenga su primer orgasmo, el corazón va a estallar”. De tal suerte que los acercamientos de Gloria y su profesor topan con una barrera infranqueable. Aunque al final el entuerto se resuelve, los términos del cortejo a lo largo de la novela están de cabeza: no es el típico caso de querer y no poder, sino de poder y no querer.

Mientras, los amoríos de Aldebarán con Sarita se desarrollan. Espinoza es tan soberbio que no le entra en la cabeza que a su mujer le pueda gustar otro hombre. Un típico triángulo de comedia fálica que incluye al marido distraído, la mujer ganosa y el acomodaticio amante. El amorío jamás será descubierto por Espinoza, pero el inicial acercamiento de Malagón a Sarita dará pie a un escándalo del tamaño de la Catedral de Cuévano. El drama no es producto de la infidelidad sino del azar.

Aldebarán tiene que pasar por el proceso de adaptación a una sociedad encerrada en sí misma. Ejemplos: 1) Un joven estudiante lo entrevista y la primera pregunta es: “Sabemos que usted es un cuevanense destacado, ¿quiere explicarnos a qué se dedica?”. 2) Se entera de Leonardo Begonia, reconocido como el más grande sabio que ha vivido en Cuévano, inventor del “opticulario” (“que tiene tres juegos de lentes y un agujero para meter la cabeza”), el “fonostato” (“que permite grabar los sonidos en un cono de cera y después los reproduce casi idénticos”) o “el grafógrafo”. La gloria de Cuévano no sólo fue un excéntrico sino un inútil. 3) Espinoza gana la lotería, pero es un paranoico: “¿Será falsificación, tú?”. Ya que recoge su pago, dice: “Vamos inmediatamente al banco. No me extrañaría llegar con el cheque y encontrarme que la Lotería Nacional no tiene fondos. ¿Qué hago entonces? ¿A quién recurro? ¡Estoy solo contra el gobierno!”. El profesor vive su inmersión en Cuévano como una suerte de aventura por recovecos materiales y mentales inhóspitos.

El clima pudibundo de Cuévano queda retratado por las reacciones ante la exhibición de una película “muy inmoral, pero muy buena” que “nomás la iban a dar un día, el cine se llenó de bote en bote”. Se trata de “la historia de una mujer que es alternativamente amante de dos hombres que son grandes amigos entre sí”. Cuenta Aldebarán: “Iba yo hacia la salida cuando se me emparejaron los Revirado. El doctor dijo: '¡qué inmundicia!'".

El profesor Espinoza da la bienvenida
a Francisco Aldebarán
diciéndole que vio su artículo
sobre Las Soledades de Góngora…
Vi su artículo, pero no lo leí...
Yo nunca leo los suplementos culturales

Pero lo mejor sucede en una cena, donde el doctor Revirado pontifica que esa película no debió ser realizada, la Rapaceja se espanta al saber que su hija fue a verla y el doctor le dice “degenerado” al ingeniero Rocafuerte, quien afirma que no ve motivo alguno para que los amantes de la mujer en la película sigan siendo amigos. Un conflicto tradicional y jocoso: los jóvenes entran en tensión con el código moral de los viejos y estos actúan amedrentados por la “desfachatez” de sus hijos. Eso sí, el morbo los convoca a todos a la sala de cine y cada uno reacciona con su equipaje “moral” y su capacidad de apertura.

De igual manera, cuando Gloria no avisa a sus padres que irá a una fiesta, estos arman un escándalo de época. Cuando salen a buscarla, “la encuentran abrazada del novio en el balcón de una casa extraña”. Dice la madre: “El honor de una mujer es un espejo que cualquier aliento fétido empaña”. Ibargüengoitia goza esos encontronazos. Sabe que expresan los valores y aprehensiones de generaciones distintas, pero su ojo mordaz intuye que no merecen un tratamiento serio y mucho menos dramático. Se trata, en el mejor de los casos, de un carnaval de poses y actitudes que claman por un acercamiento chocarrero.

Cuévano es un jolgorio para la pluma de Ibargüengoitia: colorido, pero sobre todo gracioso. No da para rasgarse las vestiduras, menos para un análisis sesudo. Lo que puede verse en la superficie es lo suficientemente fecundo para no requerir más que la observación irónica. Quizá la única que soporta el zoológico humano.

(En diferentes momentos de la novela, Aldebarán empieza a informarse y tomar nota de un suceso que conmovió no sólo al estado de Plan de Abajo sino al país entero. La captura de unas madrotas que explotaban sexualmente a sus “pupilas” y cometieron diversos asesinatos. Se trata del caso de Las Poquianchis, tema central de la que será su siguiente novela).

Referencias

Los relámpagos de agosto, Joaquín Mortiz, Serie del Volador, México, 1964, 127 pp.

La ley de Herodes y otros cuentos, Joaquín Mortiz, Serie del Volador, México, 1967, 156 pp.

Maten al león, Joaquín Mortiz, Serie del Volador, México, 1969, 179 pp.

Estas ruinas que ves, Editorial Novaro, México, 1975, 270 pp.

Notas

1 Quizá la antología más completa siga siendo la de Antonio Castro Leal, La novela de la Revolución Mexicana, Aguilar, México, 1960, dos tomos, con libros de Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Agustín Vera, Nellie Campobello, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, Francisco I. Urquizo, José Mancisidor, Rafael F. Muñoz, Mauricio Magdaleno y Miguel N. Lira.

2 Por ejemplo, los Ocho mil kilómetros de campaña de Álvaro Obregón, en el FCE, 2009, o Alonso Capetillo, La rebelión sin cabeza. Génesis y desarrollo del movimiento delahuertista, Ediciones Botas, México, 1925, o Emilio Portes Gil, Quince años de política mexicana, Ediciones Botas, México, 1941.

3 Puede consultarse la obligada serie de Emilio García Riera, Historia documental del cine mexicano, tomos 8 (1961-1963) y 9 (1964-1966), Era, México, 1976 y 1978.

4 Esta nota apareció originalmente en el diario El Universal del 23 de julio, 2019.