Quietud

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Quietud
Por:
  • Fátima López

Agua helada donde bebo la quietud

de todas las horas, un atardecer

calado mas brillante carga el peso

de nuestro duelo más profundo, es un silencio

casi al borde de la dulzura

son las calles un altar semivacío,

es el arroyo donde te recuerdo cada tarde,

la nostalgia de una muerte a donde he ido,

aquí es donde me quiebro a cada instante.

Aquí es.

Aquella banqueta donde duermen los vagabundos,

no tienen dónde guardar su cuarentena,

la palabra hogar se nos rompió hace mucho,

los guardias de seguridad del edificio donde vivo

siguen trabajando día y noche,

porque el más pobre ha de servir

hasta en sus últimas horas.

En estas semanas se me arrecian los sentidos: noto

una nueva presencia de pájaros frente a mi ventana,

el vaivén de la ópera que escucha mi vecino,

los barrenderos que trabajan religiosamente

pasadas las diez de la noche y a los que saludo

en gratitud, desde la coreografía de sus escobas.

Mi cocina es el epicentro de un quantum alquímico,

mi respiración anda ya sin prisa de vivir,

mis caderas fluyen en la cantaleta

de lo ganado y lo perdido.

De la quietud bebo como una palma

que ha de abrirse ante mi boca,

como un altar amoroso al que me inclino,

y en esta lentitud obligada, en este duelo pleno

[de rabia,

hago de las horas enclaustradas

un espacio al naufragio,

este silencio en la ciudad:

un oráculo, un capullo vespertino.