Salud pública y niebla anticientífica

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Salud pública y niebla anticientíficaFuente: derechosdigitales.org
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En la historia de las dictaduras latinoamericanas, pocas escenas nos causan tanta indignación como el bombardeo a la Casa de la Moneda, en Santiago de Chile, durante el golpe de Estado dirigido por Pinochet. La muerte del presidente Salvador Allende fue el final abrupto de un proyecto que buscó construir, por la vía democrática, un Estado socialista. Pocos ignoramos la participación de Estados Unidos en la instauración de un régimen de extrema derecha, basado en el autoritarismo militar y el conservadurismo nacionalista. Esta historia es importante para la izquierda latinoamericana que busca su inspiración en la filosofía marxista, la literatura y las humanidades. Pero se olvida con frecuencia que Salvador Allende fue un médico, alumno del patólogo alemán Max Westenhöfer, quien enfatizaba las determinantes sociales de la enfermedad y la muerte, porque se había formado con el padre de la medicina social: Rudolf Virchow.

Según Virchow, la medicina es una ciencia social y tiene la obligación de atender los problemas colectivos junto a la política y la antropología; en sus términos, “la política es medicina en una escala más grande”. Pero Virchow también es uno de los padres de la teoría celular, según la cual nuestro organismo está formado por células; es fundador de la patología (el estudio biológico de la enfermedad y la muerte) y revolucionó la medicina mediante la anatomopatología, que permitió una reconceptualización de toda la medicina clínica.

Salvador Allende es el exponente más activo de la medicina social de Virchow, quien (a su vez) fundó la medicina científica. La historia es inusual, porque plantea una confraternidad entre las ciencias biomédicas y la transformación política de una sociedad. Esto contradice un prejuicio común dentro de las humanidades y las ciencias: a saber, que hay una barrera infranqueable entre la actividad científica y la acción social orientada a reducir las inequidades. Este prejuicio es peligroso, porque los problemas que hunden en la desgracia a la sociedad humana y al entorno ecológico requieren, para su atención, una síntesis inteligente de conocimiento científico, deliberación ética interdisciplinaria y acción colectiva organizada. Sólo así podemos enfrentar la crisis de la salud mental pública, la mortalidad asociada al cáncer y a las enfermedades cardio-cerebro-vasculares, la violencia de la guerra contra las drogas, la xenofobia, el racismo, la pobreza, la violencia machista y los peligros asociados al cambio climático.

La pandemia ha dejado claro que no hay diferencias esenciales entre las ciencias médicas de Oriente y las de Occidente 

La pandemia provocada por Covid-19 marca un punto crítico para entender el lugar de la ciencia en la sociedad. La conceptualización del virus y de sus efectos sobre la salud surgen de la investigación biológica, de las ciencias médicas y de la epidemiología, pero la pandemia nos muestra, también, la existencia de poderosas corrientes anticientíficas que atraviesan el mundo contemporáneo.

El fenómeno más evidente son los grupos que sostienen creencias irracionales: por ejemplo, “que el coronavirus fue creado por Bill Gates, con el propósito de vender vacunas cargadas de microchips o de un polvo inteligente con el cual controlar nuestros cuerpos, nuestras mentes, mediante la activación de la red 5G”. Estos grupos han hecho protestas (alguna con armas de fuego) en Estados Unidos y Europa, y sus portavoces incluyen a celebridades como Miguel Bosé. Muchos mandatarios del mundo hacen gala de sus prejuicios anticientíficos, y en las comunidades latinoamericanas también hay creencias anticientíficas peligrosas, como que el virus es un invento de los gobiernos.

La formación de una cultura científica requiere una integración del conocimiento científico, artístico y humanístico. Pero hay conflictos territoriales entre las ciencias y las humanidades. Es común encontrar científicos (no todos, desde luego) que devalúan el trabajo de las humanidades y lo consideran inútil. Los científicos debemos incorporar conceptos humanísticos que transforman a la sociedad y no provienen de la ciencia: por ejemplo, los derechos humanos. Mientras no se conozca y respete esa tradición, el ecosistema de la ciencia estará infiltrado por el clasismo, el sexismo, el racismo y otras delicadezas de la cultura popular. La falta de autocrítica del gremio científico mantiene esos dispositivos de discriminación al interior de nuestro propio sistema; pero sucede algo peor: nos convertimos en colaboradores ideológicamente pasivos de la guerra, del negocio excesivo de la salud y de la explotación de recursos naturales.

El diálogo interdisciplinario tampoco se ve favorecido por la falta de cultura científica tan presente en los académicos de las humanidades, o por las fórmulas reduccionistas que simplifican el trabajo científico: la más reciente consiste en relativizar el conocimiento científico como un producto de la ciencia occidental neoliberal. Esta fórmula genera prejuicios que descalifican de bloque una enorme cantidad de trabajo que no tiene ninguna esencia occidental o neoliberal. Si bien la crítica económica y política de la ciencia es muy necesaria, es importante reconocer que la ciencia es, desde hace más de un siglo, una actividad global; tiene una historia predominantemente occidental, pero no se limita, en su validez, al territorio o a los valores de Occidente.

Los científicos de Asia, África, Medio Oriente, Europa, Oceanía, América Latina y los del mundo anglosajón compartimos conocimientos y aprendemos unos de otros sin barreras epistemológicas o técnicas, aunque lo hacemos en condiciones de inequidad, porque muchos Estados realizan inversiones insuficientes, y esto da ventajas a los países que invierten más. Los reduccionismos que surgen en las humanidades por falta de conocimiento de la ciencia, contribuyen al prejuicio anticientífico, que resulta un campo de cultivo idóneo para los movimientos fanáticos, irracionales, al estilo de los terraplanistas y los antivacunas, y también justifican la falta de inversión estatal en investigación y divulgación de  la ciencia. El establecimiento de un diálogo maduro entre ciencias y humanidades requiere una actitud de confianza y un interés auténtico en el quehacer de los profesionales al otro lado de la frontera epistémica.

La pandemia ha dejado claro que, en todo el globo, no hay diferencias esenciales entre las ciencias médicas de Oriente y las de Occidente, como tampoco las hay entre las democracias liberales y los países más cercanos al espectro socialista. Esto no significa, desde luego, que las críticas sociológicas, políticas y culturales al mundo científico son innecesarias: son indispensables para dar una dirección menos destructiva a la sociedad contemporánea, y de hecho la crítica social sería muy deseable para garantizar el acceso universal a una salud pública con estándares de calidad basados en la racionalidad científica y en el respeto pleno a los derechos humanos. La falta de una perspectiva pública de la salud es uno de los factores más importantes de la crisis pandémica. La medicina tiene enfrente una de las tareas más difíciles en el entendimiento de la naturaleza y la sociedad. Estas palabras no son de Salvador Allende, sino de Virchow: “Si la medicina ha de cumplir su gran tarea, entonces debe entrar en la vida política y social... los médicos deberían ser los abogados naturales de los pobres".