• Tamaño de fuente: A  A  A  A  
Tita Valencia (1938). Fuente: DGPyFE/UNAM

En 1976, cuando Minotauromaquia ganó el Premio Xavier Villaurrutia, Tita Valencia tenía 39 años y era una escritora apenas conocida en el ámbito literario. Su posterior residencia en Estados Unidos y el contexto en que fue publicada esta novela autobiográfica contribuyeron a eclipsar su trabajo como narradora.

Casi medio siglo después, la Dirección General de Publicaciones de la UNAM, por iniciativa de su directora, Socorro Venegas, y de Ave Barrera, se propuso recuperar obras narrativas que —como ésta— debieron esperar generaciones de lectores menos paternalistas para ser valoradas en su justa dimensión. Es la nueva serie titulada Vindictas, cuyos primeros cinco títulos son Minotauromaquia, de Tita Valencia; El lugar donde crece la hierba, de Luisa Josefina Hernández; La cripta en el espejo, de Marcela del Río; En estado de memoria, de Tununa Mercado; y De ausencia, de María Luisa La China Mendoza. Los prólogos, por orden de aparición, corren a cargo de las jóvenes escritoras Claudina Domingo, Ave Barrera, Lola Horner, Nora de la Cruz y Jazmina Barrera. Enseguida la autora de Minotauromaquia toma la palabra en una entrevista con motivo de este rescate.

“Resultó no sólo lógico sino casi compulsivo que la indiferencia del personaje amado derivara en apuntes constantes, casi diarios, aunque mínimos. Al mismo tiempo me aventuré a escribir algunas fantasías breves, como Los perros”.

Antes que escritora fuiste pianista. ¿Cómo llegaste a la literatura?

Mi carrera, digamos formal, fue la pianística. Una imposición materna que, sin embargo, constituyó la columna dorsal de mi formación. Pero desde que tengo memoria siempre alterné el estudio del piano con la colocación de una pequeña libreta en el extremo derecho del teclado, donde anotaba las ideas o imágenes que me venían a la cabeza. Escribí mi primer poema hacia los seis años y a los 17, gracias a un tío mío, refugiado español, José Moreno Villa —poeta excepcional, ensayista, pintor—, publiqué en el suplemento cultural de Novedades el cuento “Rutina”. Relata la jornada diaria de un músico atrilista, desde su asistencia al ensayo matutino de la Sinfónica Nacional a la impartición de clases en el Conservatorio o con particulares,  las actividades como miembro de grupos de música de cámara hasta, ya por la noche, la ejecución de música fina de cabaret, como Los Violines de Villa Fontana.

Mi tío, el escritor potosino Jorge Ferretis, que en tiempos de Ruiz Cortines fue director de Cinematografía se empeñó en invitar a escritores mexicanos a leer y dictaminar los guiones que recibía para obtener permisos de filmación en México, ya que el negativo, enlatado, era procesado en estudios extranjeros. La idea de Ferretis era enriquecer el cine mexicano con historias de mayor sustancia. Entre los escritores participantes se encontraban Juan Rulfo, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas, Ricardo Garibay. También fui invitada a participar. “Así se escribe”, me decía mostrándome los dictámenes de Arreola. Los dictámenes, pues, se convirtieron en un análisis literario formal. De estos ejercicios derivó mi alternancia casi obsesiva de letras y música.

La novela explora el amor frustrado por la indiferencia de uno de los amantes. Es, también, una novela autobiográfica. ¿Cómo fue el proceso? No implicó únicamente lo creativo…

Resultó no sólo lógico sino casi compulsivo que la indiferencia del personaje amado derivara en apuntes constantes, casi diarios, aunque mínimos. Al mismo tiempo me aventuré a escribir algunas fantasías breves, como “Los perros” o “El hombre negro”, que se publicaron en los Cuadernos de Unicornio; o “Frío”, que se publicó en la Revista de la Universidad Veracruzana; un par de poemas en la revista Zarza… pero la disciplina pianística no me dejaba tiempo ni espacio para una obra literaria formal.

“Un año después, el protagonista me anunció que había reestablecido una relación amorosa con una amante anterior, dando por concluida la nuestra”.

En la novela, mito y autobiografía se cruzan. ¿Pensaste en algún momento en escribirla de otra forma, por ejemplo, llevarla más hacia la ficción, detallar encuentros, motivos, enlaces y desenlaces con otros nombres, como si no hubiera sido tu historia?

No pensé en novelarla porque, además de que siempre se mantuvo como secreto de confesión (ante mí misma), el tiempo que dedicaba al piano era muy absorbente y no me permitía hacer nada más.

La carta no leída es un punto esencial para crear el laberinto; sobre todo las cartas que escribes desde París, mientras estudias piano, y que nadie contesta de este lado del Atlántico. ¿Recuperaste esas cartas al volver? Para escribir Minotauromaquia, ¿intentaste recobrarlas en tu memoria?

Recabé la secuencia de Minotauromaquia, más o menos como se conoce, en los años setenta, entre las que el minotauro me devolvió y los borradores que yo conservaba. Las di a leer a Silvia Prado, pintora, y a Uwe Frisch, entrañable compañero del Conservatorio, violoncelista y posteriormente geofísico, poeta exquisito. Él intervino sugiriendo la forma; esto es, respetando la brevedad de los párrafos para reunirlos en secciones capitulares. Por su parte, Silvia Prado influyó de manera decisiva en la audacia que me llevó a publicarla.

Tal vez fue durante mi estancia en París, ya becada en la École Normale de Musique, cuando se intensificó la necesidad de escribir mi desasosiego. La espera de cartas era una tortura; sin duda, además de responder, escribía muchas más cartas de las que recibía. Hacia el final, las de él fueron menguando considerablemente. Pero el resquebrajamiento final ocurrió cuando, un año después, ya de regreso en México, el protagonista me anunció que había reestablecido una relación amorosa, capital para él, con una amante anterior, dando por concluida la nuestra. Muy decimonónicamente, me devolvió mis sobres. Sin duda en esta etapa, además de las cartas recuperadas, escribí los textos más dolorosos y autodestructivos. El agregado constituye la entretela y/o la trama misma del libro.

Fuente: DGPyFE/UNAM

En varios momentos de tu novela haces referencia a la identidad del escritor con quien viviste esta historia de amor trunco; guiños a sus obras, el nombre de pila, la capa de terciopelo negro… Se trataba ya en ese momento de un escritor querido y famoso. ¿No temiste echarte encima, con ese retrato descarnado, un mundo entero de amigos y adoradores suyos?

No, no temí echarme encima ese mundo entero de amigos y adoradores suyos. ¡Ni siquiera se me ocurrió! En primer lugar, jamás aparece en mi texto su nombre completo. En segundo lugar, y a pesar de mis cuentitos publicados, yo no era nadie en el mundo de las letras. Mi testimonio era escuetamente cabal en términos de legitimidad amorosa, y por demás discreto en términos de identidad.

Fue cuando recibí el Premio Xavier Villaurrutia —la primera azorada fui yo— que estalló, casi al unísono, la crítica más acerba contra el libro. Nunca habría soñado provocar la ira de eminencias como Ernesto de la Peña, puertas cerradas como la de José Luis Martínez, director del FCE, la agresividad verbal y clásica malevolencia de Emmanuel Carballo. En fin, la cargada en pleno defendiendo el honor literario masculino. Por eso a esta novela no la siguió ninguna otra.

Pero seguiste escribiendo…

Lo que siguió, y que en su índole constituye una tremenda zozobra en mi vida, fue que un gran señor, pluma excepcional aunque mayoritariamente en la vertiente del Derecho —las letras habrán perdido en él a una de sus promesas más finas—,  el doctor Sergio García Ramírez, me invitó a escribir una biografía mínima de  Ricardo Flores Magón, personaje de inclusión forzosa entre una serie de “presos notables” cuyas biografías dirigió el doctor García Ramírez. El texto resultante no tiene mayor crédito, pero descubrí en la figura de Flores Magón una fuente de investigación prerrevolucionaria de la que resultaron innumerables textos para radio, para toda una serie televisiva. Y que por su índole anarquista, subversiva, nadie quiso producir.

En 1998, cuando al fin parecía que todo el material magonista que había recabado podía concretarse en la publicación de una biografía sólida en el FCE, gracias a la invitación del licenciado Miguel de la Madrid, mi amigo, el licenciado Fernando Zertuche obtuvo la prioridad del personaje. Alegó que yo tenía material de primera mano para escribir, para la misma serie, la biografía de mi abuelo, Rafael Nieto (La patria y más allá), con lo que volví a perder el tema de mi vida: el magonismo.

Para concluir, en 2007 emprendí la elaboración de Urgente decir te amo gracias al apoyo de mi marido, Miguel González Gerth, poeta y ensayista, doctor docente en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Texas, en Austin. El título, texto telegráfico en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, se basa en la correspondencia que mi padre sostuvo con mi madre a lo largo de sus dos años de noviazgo y siete de matrimonio, al cabo de los cuales él murió. Ella conservó esas cartas y telegramas religiosamente pero, pecado imperdonable de feminidad de la época, destruyó las propias. Propuse su publicación a un par de editoriales que se negaron, arguyendo la injerencia de pasajes en inglés. Pero para mi alegría y agradecimiento, el Colegio de San Luis Potosí finalmente aceptó publicar el libro.

“En 1998, cuando parecía que todo el material magonista que había recabado podía concretarse en la publicación de una biografía sólida en el FCE, el licenciado FERNANDO  Zertuche obtuvo la prioridad del personaje”. 

A tu salida de México te dedicaste a la promoción cultural.

En 1975 me fui a San Antonio, Texas, por un convenio firmado entre Relaciones Exteriores y la UNAM, a trabajar en el Instituto Cultural Mexicano. Al principio había rechazo y desconfianza de parte de la comunidad chicana, ya que por su historia familiar o personal muchos migrantes sentían un fuerte rechazo hacia lo proveniente de México. Entonces le pedí a mi amigo Fernando Solana que nos regalara unas vitrinas de vidrio que mandé colocar en los barrios mexicanos, llenándolas de libros mexicanos. Después llegó el Fondo de Cultura Económica, que tuvo un gran éxito.

En 1995 publicaste El trovar clus de las jacarandas, un poemario en el que los árboles (y en particular, los de la jacaranda), son una metáfora metafísica del ciclo de vida y muerte. Cuéntanos cómo hiciste este mapa de la Ciudad de las Jacarandas y por qué decidiste que este poema largo remitiera al verso críptico del trovar clus.

En cuanto a El trovar clus de las jacarandas —imperfecta y personal forma del haikú—, constituyó una especie de letanía o, mejor dicho, una suerte de misal y su año de guardar, la vida anual de ese árbol prodigioso. De niña, mis descansos del teclado consistían en tirarme en el pasto del pequeño jardín de mi casa bajo una jacaranda gigantesca. Descansar la espalda era el pretexto para alucinar perdiendo la mirada en su fronda contra el cielo de aquellas primaveras en “la región más transparente”. Con el tiempo, mis recorridos por la Ciudad de México, en camión o en coche, se convirtieron en un mapeo de las jacarandas existentes. Y llegó el día en que se encarnaron a mi chulel,* a la manera de los animalitos que dejan su impronta mágica en la tierra suelta, frente a los jacales pueblerinos. Los seres vivos que tienen la suerte de no pertenecer a nuestra especie guardan, en su savia o sangre, por más que queramos descifrarlos, un lenguaje cifrado, un trovar clus. Al principio, el mapa de la ciudad fue aleatorio. Poco a poco, y ya obsesionada por el ciclo vital de las jacarandas, las busqué, me encontraron, y me encontraron sola y con la tragedia de la muerte de mi entonces única y entrañable amiga, Elisa Bitar Letayff.

Me disculpo por dar la impresión de que mi escasa obra literaria parezca responder siempre al malentendido y la tragedia. No fue así cuando escribí Esencia y presencia guadalupanas, a solicitud de un gran museo que exponía la más notable colección de obras desde el siglo XVI a la actualidad. Simplemente, y toda vez que la Iglesia Católica —el Azobispado, si bien recuerdo— autorizaba el préstamo no sólo de la mayor parte, sino de las obras cumbre del Virreinato hasta nuestros días, no pudo admitirse un texto que yo iniciaba comentando las ceremonias a las diosas prehispánicas. Finalmente, el libro fue editado por la UNAM y está por ahí, a la caza de algún lector o lectora que acepte ver la presencia de nuestras diosas prehispánicas en el que considero el culto mexicano máximo: el consagrado a la Virgen de Guadalupe.

“Al principio, el mapa de la ciudad fue aleatorio. ya obsesionada por el ciclo vital de las jacarandas, las busqué y me encontraron sola y con la tragedia de la muerte de mi única amiga: Elisa Bitar”.



* Según la creencia chamula, se refiere a las almas de personas que pueden manifestarse también como animales.

Latest posts by Claudina Domingo (see all)

Compartir