Violación y #MeToo, ¿nosotras dónde?

Violación y #MeToo, ¿nosotras dónde?
Por:

La Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió una jurisprudencia sobre la especial relevancia que adquiere el dicho de la persona ofendida tratándose de delitos sexuales. Esto coincide con lo establecido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos el 30 de agosto de 2010, en el sentido de que la violación sexual es un tipo particular de agresión que se caracteriza por ocurrir en ausencia de otras personas más allá de la víctima y el agresor o los agresores. Por lo tanto, este delito no puede contar con la existencia de pruebas testimoniales, gráficas o documentales. Así, al consumarse generalmente en ausencia de testigos, la declaración de la víctima constituye una “prueba fundamental sobre el hecho” que es de vital importancia, siempre que sea verosímil, se corrobore con otro indicio y no existan motivos que le resten credibilidad, según los criterios de la lógica, la ciencia y la experiencia.

Sin embargo, en México estamos muy lejos de hacer valer precedentes como el anterior en materia de delitos sexuales. Tras la controversia generada por el movimiento #MeToo en marzo de 2019, cientos de mujeres decidieron hacer señalamientos públicos de violencia sexual en contra de escritores, académicos, políticos, músicos, conductores de programas de televisión y un puñado más de oficios. Después de sus acusaciones enfrentaron el escarnio y la desacreditación pública por no haber denunciado “en su momento” y por no hacerlo, les dijeron, ante las instancias judiciales.

En eso radica uno de los primeros inconvenientes del movimiento #MeToo, ya que el sistema penal de justicia es su principal obstáculo. De acuerdo con un informe de la ONU Mujeres sobre la violencia feminicida en México, una víctima de delitos sexuales puede tardar hasta veinte años en verbalizar el hecho, lo cual nos sitúa en otra problemática ya que los delitos prescriben. En el 2019 se propuso una iniciativa en la Cámara de Diputados para que los delitos de abuso sexual en menores no prescribieran; sin embargo, esta propuesta no ha tenido continuidad en el resto de los delitos sexuales tipificados en el Código Penal Federal.

"Es evidente que ninguna mujer se siente con plena confianza para denunciar, y ahí radica la fuerza política del movimiento #METOO, pese a las críticas que defienden el principio de presunción de inocencia".

¿POR QUÉ UNA MUJER no denuncia a su agresor? ¿Por qué pasan años para poner en evidencia los hechos? Un grupo de investigadores en criminología de la Universidad de Barcelona asegura que las principales razones por las que una mujer no denuncia es porque desconfía del sistema penal y lo considera inútil; también por el vínculo personal con el agresor, la represión del recuerdo como experiencia negativa, por no sentirse emocionalmente preparada, por miedo a ser culpada y revictimizada y por la dificultad de aportar pruebas. En la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, la abogada Fátima Gamboa resaltó que el derecho penal es contrario y antagónico a nuestros derechos humanos ya que sólo dos de cada cien mujeres denuncian violación en México, y sólo dos de cada mil llegan a una sentencia. Con estas cifras, es evidente que ninguna mujer se siente con plena confianza para denunciar, y ahí radica la fuerza política del movimiento #MeToo, pese a las críticas que defienden el principio de presunción de inocencia.

En ese marco, hubo una denuncia que llamó particularmente la atención por tratarse de dos personas muy conocidas del ámbito literario: Elena Poniatowska y Juan José Arreola. La polémica surgió por el señalamiento de violación, pero al estar finado el escritor no faltaron las acusaciones contra Poniatowska, por los mismos motivos que se imputaron a otras mujeres que también denunciaron: por qué hablar hasta ahora, el acusado no se puede defender, la presunción de inocencia, etcétera. La escritora tampoco se salvó de ser señalada por atreverse a hablar. Esto propició que la familia del fallecido escritor escribiera una defensa que apuntaba como injustas las versiones emitidas por Poniatowska y otras similares expuestas por la también escritora Tita Valencia; anexaron cartas a su respuesta con la intención de ofrecer una narrativa distinta a la declarada por las escritoras. Su intención, afirmó la familia, fue proteger la memoria de su padre y abuelo; sin embargo, el señalamiento estaba hecho y aun cuando la parte ofendida intentó ser cuidadosa y respetuosa, la nueva respuesta ante esa declaración fue desacreditada.

En el ejercicio del derecho por parte de las mujeres, nos preguntamos a diario por qué no denuncian, por qué ya estando en el Ministerio Público se retractan por miedo a represalias. Un día dejé de preguntarme por los motivos de otras mujeres y me pregunté cuáles habían sido los míos para no denunciar. La respuesta fue sencilla: por las mismas razones que el resto, porque aun con el conocimiento de la ley y su ejercicio sabía bien a lo que me exponía, y ésa es la gran ventaja del agresor: que se sabe en la impunidad. Las razones de las mujeres para no denunciar es lo que ha llevado a muchas a trabajar por un derecho con perspectiva feminista y a resaltar las desigualdades del sistema. Esto nos ha llevado no sólo a colgarnos pañuelos alusivos a una causa, sino a bordar y coser ese pañuelo con las acciones realizadas en colectividad.

[caption id="attachment_1103911" align="alignnone" width="945"] Fuente: telesurtv.net[/caption]

DENTRO DE ESTE CONTEXTO, en el estado de Guerrero se fundó la Cooperativa Las Revueltas. Desde ahí se le ha dado seguimiento a casos de violencia, en particular a la violencia digital; se han diseñado protocolos de prevención y erradicación de violencia de género para instituciones y escuelas, y se ha recorrido el estado para generar un diagnóstico que nos permita dilucidar las condiciones sociales en las que viven las mujeres en una de las entidades más golpeadas por la violencia, como es Guerrero.

Revertir la impotencia mediante acciones para la colectividad es la vía que muchas mujeres encontramos para construir, cada una con su historia pero dispuestas a acompañar y ser pacientes con el dolor de otras víctimas. La Cooperativa Las Revueltas encabezó desde el 2016 la iniciativa para que fuera tipificado el delito de violencia digital en Guerrero, que al fin se aprobó en 2019 y así Guerrero se sumó a los otros quince estados del país que ya la han aprobado.

Aunque desde la perspectiva del derecho penal feminista las prácticas punitivas no han sido las mejores para resarcir el daño, esta ley le ha dado la posibilidad a las víctimas de darle rostro y nombre al agresor. Nombrarlos es vital para reparar el daño a la integridad. Al iniciar el trabajo de esta iniciativa, yo mantenía una relación afectiva con un individuo que aseguró que nuestra propuesta jamás iba a proceder; en caso de denunciar, las mujeres serían las únicas afectadas, ya que la violencia digital sólo las golpea a ellas al exponerlas; según su alegato, ellos —como hombres— quedaban bien, se les veía con más virilidad. Además, agregó, a nadie le interesaría ese delito, pues los hombres consumen esos materiales sólo para masturbarse y no les dan importancia; que dejáramos esa lucha ridícula de unas cuantas.

Al escucharlo, me aterró pensar que, como dice el refrán, se estaba amarrando el dedo antes de la cortada. Pero sus argumentos no se alejaban del todo de lo que los códigos penales establecen. Estos regulan nuestros derechos sexuales con una enorme desigualdad a la hora de tipificar los delitos que perpetúan roles de género y afectan a las mujeres como sujetas de derechos. El sistema jurídico penal reproduce los estereotipos de género y la forma en la que estos se reflejan en la legislación de los códigos procesales; es decir, se basa en consideraciones que corresponden según el sexo, desde una visión heteronormativa y binaria de la ley. Por eso tenía lógica el argumento de que los hombres quedan como el macho semental y la mujer como un objeto más para la distracción de sus intereses. Para ellos es un honor que les da reputación, para nosotras queda el escarnio. De ahí que la jurista Lucía Núñez recalque que el cuerpo, el sexo y la sexualidad erosionan el pretendido discurso neutral de la ley.

"#MeToo está fuera de lugar, porque rompe la comodidad del silencio, del se sabe pero no se dice. Es ahí donde explotan las buenas conciencias".

ESTAS PRECISIONES sobre la desigualdad legal entre mujeres y hombres no es otra forma de victimizar a las mujeres, sino el análisis puntual de cómo la desigualdad es sistemática desde las instituciones. En efecto, el sistema legal es el primer aliado para desacreditar los testimonios de movimientos como el #MeToo, que desde luego puede tener fallas y es perfectible como todo movimiento social; lo importante en este punto es esclarecerlo para la opinión pública, porque ha sido atacado justificándose en la ley que ampara estas prácticas. A este fenómeno hay que agregar que cuando las mujeres se atreven a denunciar son tachadas inmediatamente de rencorosas, de ejercer venganzas amorosas en contra del otro y demás comentarios que ponen en duda sus palabras.

Es obvio que el movimiento #MeToo está fuera de lugar, porque rompe con la comodidad del silencio, del secreto, del se sabe pero no se dice. Es ahí donde explotan las buenas conciencias y todos se convierten en especialistas en derecho penal que alegan la presunción de inocencia, el debido proceso, el estado de derecho por todos lados. Pienso en Elena, en Tita, en todas las mujeres del #MeToo, en mí, en cómo nos callamos porque nos da pena exponer eso que soportamos durante mucho tiempo, cómo nos empecinamos por continuar en sitios donde nos llamaban locas por hablar, pero no lo éramos porque nos hacíamos responsables de las cuentas.

Es importante acotar que se debe separar el asunto de las infidelidades y las patanerías ejercidas en una relación, de los hechos que recaen en delitos sexuales. No por minimizar el daño ocasionado en el primer supuesto, sino para no demeritar la fuerza y credibilidad de las víctimas de estos delitos. Todo testimonio es necesario, porque los hombres que victiman a las mujeres no son monstruos, sino individuos que se saben privilegiados por un sistema que deja a las mujeres la responsabilidad de probar los hechos. En la práctica, al momento de denunciar la carga de la evidencia recae en nosotras: somos quienes debemos demostrar el hecho, el no consentimiento, la resistencia.

Como abogada me ha tocado escuchar muchas veces que los hombres se amparen en el clásico no van a tener cómo probarlo. Sin embargo, yo creo que sí, que ya hemos aprendido el modo de comprobar cada testimonio.

MIENTRAS NO PENSEMOS en nuevas formas de justicia para resarcir el daño a las víctimas, seguiremos teniendo este sistema penal que revictimiza, señala y está pensado para salvar la honra de los hombres, desde la visión del tutelaje sobre las mujeres, como afirma la abogada Fátima Gamboa. Me gusta este ejercicio de detenernos a observar las formas que estamos usando para acompañar nuestra palabra, porque cada vez que una habla, lo hace otra y otra. Es necesario respetar la experiencia de cada una, con la clara certeza de que no se trata de venganza sino de justicia. Pero es claro que en un país injusto, este ejercicio de darle movimiento y voz a la justicia que ha permanecido inmóvil durante tantos años se toma como un atentado al principio de presunción de inocencia.

El #MeToo nos exige a las abogadas el trabajo diario por un derecho con perspectiva feminista, con sentencias que sean redactadas y emitidas en esa misma tesitura. Sobre todo, nos exige que no perdamos de vista que la causa es el reconocimiento pleno de los derechos humanos de las mujeres, no sólo en el discurso sino en todos los sistemas que no fueron creados en un principio para nosotras. Mientras eso sucede, construyamos juntas la resistencia de nuestra palabra. Porque a los mejores pescadores se les escaparán las sirenas y las redes de una justicia los alcanzarán.